Bangkok, segundo asalto

Lunes, 17 de diciembre de 2018

Ya empezó, segundo asalto.

Y esperaré el gran impacto.

Golpea bien.

Hazlo bien.

“Segundo Asalto”, Love of Lesbian

 

Aquí estoy, tumbada en un sofá blandito de un hostal perdido en uno de los miles de callejones de Bangkok. Sí, esos callejones sucios y oscuros, esos que encienden la luz de tu sentido común para decirte gritarte “si entras ahí, nada bueno puede pasarte”.

Hace tanto calor que se me pegan las ropas, y éstas al sofá, y de repente somos una misma masa blandiblú de piel, tela, colchón y rizos. Y eso que la ventana está abierta detrás de mí. Cada suspiro de brisa me da la vida. No puedo comprender cómo la Navidad está a la vuelta de la esquina con 27º a las doce de la noche. Son mis segundas navidades “de verano” seguidas y soy incapaz de acostumbrarme. Pero es o estar en el sofá, o irme a la habitación con un aire acondicionado tan fuerte que no tengo más remedio que estar bajo una manta.

Y me niego a taparme con veintisiete grados.

Porque ya he aprendido a encajar los golpes de Bangkok. Sí, a encajarlos, que no a esquivarlos. Bangkok sigue tan peleona como siempre, solo que ahora sé que el combate no lo inició ella. Fui yo. Enfrentarse a Bangkok es como dejar en ridículo delante de todos al malote de clase: te vas a llevar una paliza.

O estás en el bando de Bangkok, o estás en su contra, que es lo mismo que salir perdiendo.

Tuve que alejarme de ella para poder comprenderla. Tuve que salir de su caos para aprender a fluir y entender que hay cierto orden dentro de este puzzle de piezas que aparentan no encajar entre sí.

Ahora ya no te peleo. Ya no te planto cara. Ya no me defiendo.

Ahora fluyo por tus carreteras. Me siento a ver tu vida pasar. Y más que entenderte, te respeto. Respeto que seas diferente a mí y a lo que he vivido antes de ti. Y comprendo que tus diferencias no te hacen mi enemiga, ni que remamos en un barco distinto.

Es obvio que tú no puedes adaptarte a mi forma de navegar. Eres demasiado como para cambiar (por favor, no lo hagas nunca). Pero si quiero llegar al mismo puerto, tengo que hacerlo a tu estilo, a tu ritmo y con tus reglas.

Y así, sólo así, podré disfrutar de esta maravillosa travesía que es Bangkok.

– – – – – – – – –

Lo que es la mente.

Llevo ya más de un mes que no dejo de pensar en Bangkok. No en Tailandia, no, en BANGKOK. Y siempre me preguntaba «¿cómo es posible que tenga ganas de volver a Bangkok si yo la odiaba?». Hasta llamé a mi madre por teléfono para comentarle lo raro del asunto. Es como decir «odio tanto el arroz con leche que me apetece muchísimo comer arroz con leche». No tiene ningún sentido.

Pero aprovechando el tiempo libre me decidí a ordenar los archivos de mi ordenador, y mira qué cosa me encontré. Algo que escribí en diciembre de 2018, un poco después de volver a Bangkok después de viajar por el norte del país.

Yo recordaba lo mal que lo pasé en mi primera visita a la capital, pero no recordaba que había hecho las paces con ella, que la comprendí y, sobre todo, comencé a disfrutarla. Teniendo como cúlmen la última noche que pasé en ella, una en la que salí sin rumbo a meterme en los callejones que me llamaban, a comprar la comida que mi olfato me pedía. A caminar y ver y vivir.

Esa noche la recuerdo con el mismo cariño que se recuerdan las Navidades de la infancia.

Ay… ahora te entiendo, cuerpo. Qué útil escribir. Creo que voy a empezar un diario.

¿Será momento de volver a Tailandia también? Quién pudiera.

Who knows… ✈

Bangkok vs. Marta: primer asalto

Noté cómo la sangré se acumuló en cuestión de microsegundos en una zona concreta de mi piel para luego, aún más rápido, dejar paso a un dolor intenso y candente que incendió mi mejilla derecha de tal modo que no pude sostener el torrente de lágrimas que mis ojos pretendían bloquear con un dique de falso orgullo.

En ese preciso instante comprendí que la decepción me había hostiado la cara con todas sus fuerzas.

Porque así me sentía, en un ring de boxeo.

Damas y caballeros, agárrense bien fuerte a sus asientos porque el combate que van a presenciar hoy será recordado ya no por sus hijos, ni por sus nietos, sino que hasta sus bisnietos hablarán de él: de cómo una joven principiante decidió enfrentarse a uno de los grandes del muay thai. Damas y caballeros, let’s get ready to rumble!

En la esquina inferior izquierda, con su metro sesenta de altura y con 0 años de experiencia como mochilera, encontramos a una Marta de 23 tiernos añitos y seis países a sus espaldas. Y en la esquina superior derecha tenemos a Bangkok, con sus diez millones de habitantes, sus sensaciones térmicas de 42º en invierno, su olor a suciedad y alcantarilla constantes, sus timos y su circulación temeraria.

Recordemos, queridos espectadores, que Bangkok tiene un récord de peleas ganadas y cero derrotas por la vía del K.O. ¡Comencemos!

Bangkok se prepara y calienta sus músculos para el combate sin quitarle el ojo de encima a su contrincante. Choca los puños, lanza golpes al aire, da saltitos rápidos en un juego de pies, esquiva golpes imaginarios, contraataca. Wow, ¡qué mirada, qué movimientos, qué agilidad! Se lee a través de sus ojos que no tendrá piedad con ella. 

Mientras… ehm, bueno… Marta está sentada en una silla… balanceando sus pies colgantes… mientras se come una piruleta. Su mirada está más bien dirigida hacia Babia. Sospechamos que no tiene ni idea de lo que se le avecina.

 

Cuando me recuerdo en mis primeros días en Bangkok, me visiono a mí misma como una Dora la Exploradora de la vida, como un personaje inocente, infantil y positiva –que no estresada- ante las adversidades. Y a Bangkok lo recuerdo como un Godzila rugiente escupefuegosrayosláseroculares. David y Goliat. Marta y Bangkok.

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Bangkok y yo.

Cada vez que la ciudad me cruzaba con un amable tailandés que detrás de la falsa ayuda aguardaba un timo, yo respondía con un “bueno, es lo que hay, habrá que acostumbrarse”. Y cuando me lanzaba una bola de humo de pura contaminación hacia mi sistema respiratorio, yo respondía con un “bueno, es lo que hay, habrá que acostumbrarse”. Y cuando lo que hacía era marearme con su ola de calor, ya podéis imaginar lo que seguí predicando. También lo hice cuando los taxis me cobraron muuuucho más de lo que correspondía, cuando me perseguían y asaltaban para coger tuk-tuks, cuando una noche me dio diarrea por comer una comida cuya salsa tenía un sabor sospechoso, cuando en un hotel me querían cobrar más de la cuenta, cuando se rompió una rueda de mi maleta en el horrible asfalto o cuando esperé bajo un sol abrasador a un autobús que nunca llegó.

Pero la gota que colmó mis ojos me golpeó en la estación de trenes de Bangkok.

 

Suenan las campanas y el combate comienza. El público está eufórico, hasta los asientos tiemblan por sus rugidos. Oh, un momento, ¿qué es eso? Hay tanto humo en la sala que Marta parece que no ve bien. Se mueve por el cuadrilátero como un zombie: con los brazos extendidos hacia ningún lugar. Creo que le están lagrimeando los ojos. Me da a mi que va a pillar una conjuntivitis –y la pillé-. La desorientación de Marta crece aun más cuando miles de espectadores le hablan a la vez desde distintos puntos para venderle cosas: tuk tuk, lady? Massage? Tuk tuk, taxi, taxi. cheap, ping-pong show, suit, massage? lady, lady, LADY MASSAGE? TUK TUK? Marta no ve nada y no sabe hacia dónde dirigir su atención yOH DIOS MÍO, aprovechando la desorientación, Bangkok da el primer paso con un combo de movimientos gancho hacia el hígado y luego a la mandíbula y ahora da un golpe bajo (-Pero señor réferi, ¿esto no es ilegal en el boxeo? -Da igual, ¡es Bangkok! :D) gancho en las costillas izquierda derecha izquierda arriba a la frente puño nariz sangre y…

 

Todo negro.

 10… 9… 8… 7… 6… 5… 4… 3… 2… 1…

 Knock-out.

 Bangkok ha derribado a su oponente. Marta está incapacitada para reincorporarse a la pelea.

Bangkok gana.

 

El momento en el que me vi en la estación de trenes con una maleta rota, una mochila de 50L y otra de 70L y con dos mochilas pequeñas, una de ellas de 7kg aproximados; con la imposibilidad de dejar la maleta rota en las taquillas de la estación porque (oh, sorpresa) resulta que “justo” cuando nosotros queremos hacer uso de ellas el precio se triplica, solo que no habían actualizado el cartelito de precios (oh, sí, vaya, muy casual); en ese mismo momento me golpearon el calor, el tráfico, la gente, el picante, la frustración, los timos, la señora que me persigue con una rana de madera que hace cri-cri-cri, los vendedores y el ser vista como un saco de billetes con patas.

En ese mismo instante, mi cuerpo no pudo aguantar más y me quebré y lloré todo lo que había intentado combatir con positivismo.

 

Y, derrotada, con las pocas fuerzas que me quedaban, me arrastré hacia el tren 13, vagón 2, asiento-cama número 33 que me llevaría hasta la otra punta del país.

Diario de viaje kiwi 5: Hokitika, una serendipia en forma de arcoíris

Día 16 de viaje (del 21 al 23 de enero de 2018)

Después de un primer bocadito de hielo con el lago Tasman y el Monte Cook, nos metimos de lleno en el corazón glacial neocelandés con los glaciares Rob Roy, Fox y Franz Josef. Nuestro siguiente destino era Christchurch, pero la casualidad hizo de las suyas y terminamos en la mágica Hokitika.

 

La llegada

Nosotros sólo queríamos repostar gasolina, nada más. El tiempo que le dedicaríamos a Hokitika sería el equivalente al de salir del coche, coger la manguera, llenar el depósito, pagar e irnos.

Sería cosa de haber pasado varios días seguidos entre glaciares y montañas que mi cuerpo al oler la brisa fresca y salada del mar, la brisa que se desliza por las fosas nasales y te enfría los pulmones. No fui yo, fue esa brisa la que me informó que Hokitika merecía más tiempo. De ahí que mis primeras palabras al salir del coche fueran «Miguel, vamos a ir al iSite a ver qué se puede hacer aquí”.

Mis piernas se aferraron como anclas en ese pueblo costero de sabor sal y sonido gaviota. La decisión de quedarnos ya estaba tomada mucho antes de siquiera haberla pensado.

 

El feto de la suerte

Yo no sé vosotros pero yo una llave sin llavero me parece una llave desprotegida, como que sin llavero, sin peso, tiene más oportunidades de perderse. Por eso no tardamos mucho en hacernos con uno cuando compramos nuestro coche. El ganador como acompañante de nuestra llave había sido un feto de la suerte maorí que al llegar a Hokitika se autodecapitó.

Sí, a nuestro feto de la suerte se le partió la cabeza.

Ya no era cuestión de placer, era una necesidad ir al iSite (centro de información turística) para comprar un nuevo llavero, no vaya yo a quedarme sin suerte ahora. Fuimos al iSite, compramos un nuevo feto (esta vez de metal, para tener suerte reforzada) y nos fuimos con panfleto en mano de cosas que hacer en el pueblo.

Marta Diarra Lampi

Hei-tiki, el feto de la suerte maorí

 

Hokitika, «the cool little town»

Leyendo un poco sobre Hokitika descubrí que era una localidad de la West Coast que se fundó en 1864 gracias a la fiebre del oro, llegando a ser uno de los mayores centros de población del país. ¡Del país! Sin embargo, a partir del siglo XIX su población ha ido decreciendo notablemente, siendo así que en el pueblo viven actualmente unas 3.000 personas.

Descubrí también la historia del pounamu, más conocida como greenstone (piedra verde). En el río de Hokitika se esconden unas piedras de jade color verde brillante, piedras que son todo un tesoro espiritual para los maoríes.

Con ellas, los maoríes creaban diferentes joyas llenas de simbolismos que regalaban de generación en generación. Casualmente, una de las joyas más comunes son el Hei-tiki de jade, nuestro feto de la suerte.

Pero lo más bonito de todo es que, según la mitología maorí, todos tenemos un pounamu que es nuestra alma gemela, y si algún día te encuentras con una no pienses que has sido tú el que ha encontrado la piedra, sino que el pounamu, que tiene alma propia, te encontró y te eligió a ti como compañero de vida.

Dicen que algunas de estas piedras pueden encontrarse en la playa de Hokitika.

 

Y claro… yo me enamoro con estas historias. Así que nuestro plan fue pasar la tarde en la playa a esperas de que mi alma gemela pétrea me encontrara.

Marta Diarra Lampi

Pasamos la tarde paseando por la playa, buscando posibles pounamus, sacando fotos y aprovechando los últimos rayos del sol. Encontrar un pounamu no es fácil, porque cuando está seco su apariencia es como la de una piedra corriente, sólo cuando se moja es cuando su color se torna verde intenso.

Así que nos pasamos la tarde cogiendo piedras que al mojarlas se volvieran verdosas. Y verdaderamente encontramos varias, pero… ¿cómo saber si era un pounamu real? Más que nada porque se supone que son piedras difíciles de encontrar y yo ya tenía un buen puñado.

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Las piedras verdes que encontré

Disfrutamos de un atardecer naranja en la playa, con un cielo que se reflejaba en la orilla cuando las olas se retiraban. Notaba la frescura del agua bajo mis pies y el picorcillo del olor a sal en mi nariz.

Y me sentí tremendamente feliz por haber seguido a mi instinto y haberme quedado en este lugar.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Hasta tienes tu propio sofá en la playa para ver el atardecer.

Marta Diarra Lampi

Pero lo mejor de Hokitika ocurre precisamente después del atardecer, aunque yo aún no lo sabía.

 

La noche en la que salieron dos veces las estrellas

Al llegar creí que nos habíamos equivocado.

Las indicaciones se suponían correctas, pero estábamos ahí, un poco en medio de nada, rodeados de vegetación y de… nada.

– ¿Seguro que es aquí, Miguel?

– No lo sé, vamos a esperar…

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Todavía no se había escondido el sol, pero ya se podían vislumbrar las primerísimas estrellas en el cielo, a través de la copa de los árboles.

La noche se iba ciñendo sobre nosotros, de forma gradual e imperceptible a los ojos, pero notable, evidente. Hasta que vimos las primeras luces, que se asomaron tímidas pero brillantes.

No, no nos habíamos equivocado de lugar.

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A medida que oscurecía y nuestra visibilidad se reducía, iban apareciendo más y más lucecitas a nuestro alrededor.

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Cuando la oscuridad fue total, se me encogió el corazón. Es más, se me está encogiendo en este mismo instante sólo de recordarlo. Estábamos en medio de un cuento de hadas, rodeados de estrellas azules. La noche era cerrada y la visibilidad era nula. Me sentía  flotando en el espacio rodeada de miles de estrellas.

Y no podía más que maravillarme por semejante espectáculo de la naturaleza.

Estos gusanos luminiscentes son pura magia.

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No existe fotografía en el mundo que pueda retratar la belleza de estar en medio de esa fantasía lumínica.

 

Nos quedamos tres horas admirando a los gusanos luminiscentes.

 

La hora de la verdad

Nos despertamos con el sonido de las gotas al caer sobre nuestra van. El ambiente era frío y nublado, y mi plan era hacer un picnic en uno de los lagos del pueblo.

¿Qué sandfly le había picado? ¿Por qué Hokitika estaba de morros? ¿A qué viene esta lluvia desproporcional después de toda la magia del día anterior?

Fuimos a la biblioteca a cargar nuestros dispositivos con el deseo de que el clima mejorara. Pero no, Hokitika estaba decidida a mostrar su furia tormentosa.

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También aprovechamos e hicimos la colada

¿Recordáis el día anterior que había recogido varias postulantes a ser mi alma gemela? Pues era el momento de saber la verdad.

Como sabía que en Hokitika había una joyería especializada en la piedra de jade, decidí echarle cara y plantarme allí para preguntar a sus expertos si alguna de mis adquisiciones era una greenstone.

Tras pasar la ostentosidad de la joyería, vi a un joven trabajando en un estudio. Me acerqué con el corazón latiendo tan fuerte pensé que el chico lo escucharía. Por no hablar de mis mejillas, que hubieran servido para asar un pollo.

Me acerqué al joven y le comenté que había recogido algunas piedras en la playa y quería saber si alguna era un pounamu.

Miguel y yo teníamos especial esperanza en una piedra chiquitita que al mojarla se tornaba verde verde. Pero al experto en pounamus no le hizo falta mojar las piedras para saber que eran eso, piedras. Sin embargo, con la piedrita chiquitita le entraron ciertas dudas. La miró y remiró, le dio vueltas, la lijó, sacó el móvil, encendió la linterna,  la alumbró y me confirmó que no era un pounamu.

Mi gozo en un pozo.

Pero mi curiosidad por comprender eso de la luz desbancó a la desilusión, y así se lo hice saber. Y el artesano me enseñó un piedra verde oscura que, al alumbrarla, se volvió translúcida y verde y con manchitas y relieve y… hermosa.

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Esta piedra sin luz se vería verde oscura. Fotografía cogida de Google Imágenes.

Salimos de la tienda con nuestras piedras normales, con la esperanza de que nuestra alma gemela nos encontrara algún día.

 

El significado de los arcoíris

Si el mal tiempo no amainaba, no tendríamos más remedio que continuar con el viaje y dejar el pueblo atrás. Pero había un lugar que quería visitar sí o sí, lloviese o no, y eso era Hokitika Gorge.

Este río se encuentra a unos kilómetros del pueblo, y es famoso por su color azul turquesa que se torna grisáceo cuando llueve.

Entre bosques, ríos y puentes, nos volvimos a asombrar con la naturaleza de Nueva Zelanda.

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Justo en ese momento comenzó a llover otra vez.

Como el tiempo no hacía más que empeorar, no hubo más remedio que continuar el viaje. Yo estaba decepcionada, ¿de verdad tenía que dejar tan pronto este lugar? Para mí había encontrado un tesoro, un secretillo fuera de las rutas turísticas, ¡y encima sin buscarlo! ¿Por qué tenía que abandonar forzosamente mi descubrimiento?

Le dije a Miguel que parecía que Hokitika se hubiera enfadado con nosotros.

 

Pero a la salida del pueblo comprendí que no cuando lo vi. Estábamos en el coche y frente a nosotros brillaba un gran arcoíris.

«Miguel, ¡Hokitika no está enfadada con nosotros! Simplemente quiere que sigamos con la ruta. Mira ese arcoíris, nos está diciendo que no está molesta, que todo está bien. La lluvia ha sido su forma de decirnos que debemos continuar, que no nos podemos anclar, que debemos seguir. Y eso está bien».

No sé qué pensaría Miguel en ese momento, si pensaría que estaba loca o no. Simplemente me apretó la mano con fuerza, y eso fue suficiente para mí.

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Mi teoría de los arcoíris se volvió a confirmar cuando llegamos Greymouth, donde volví a ver uno y pensé «aquí nos vamos a quedar a dormir». Mi confirmación llegó unos minutos después cuando, al terminar las compras en el supermercado, Miguel me ofreció pernoctar allí.

«Yo ya sabía que dormiríamos aquí porque he visto un arcoíris».

Y esa noche nos acostamos viendo Netflix frente al mar.

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Aquí tienes los otros diarios del viaje por Nueva Zelanda:

Diario de viaje kiwi 3: lo que mal empieza… bien acaba en Dunedin

Día 8 de viaje (del 11 al 13 de enero de 2018): después de recorrer Los Catlins, tenía el cuerpo hecho polvo. En cuestión de días habíamos surfeado, hecho largas caminatas de senderismo, visitado varios puntos de interés… Tenía agujetas y me dolía el pecho por la tabla de surf, así que decidimos relajarnos unos días en Dunedin, el último punto de la Ruta Escénica del Sur.

 

Es curioso, que nuestro coche sea nuestra casa nos ha dado la oportunidad de dormir en todo tipo de lugares. Desde despertar frente al mar hasta dormir en cunetas. Sin embargo, lo que nunca me imaginé fue que dormiría al lado de un circo que, para qué engañarnos, le daba al ambiente cierto toque… tétrico. Será que esa tetricidad (?) se nos contagió un poquito y al día siguiente todos nuestros planes se fueron al garete.

O casi.

Marta Diarra Lampi

Anda y dime que te da buen rollo

Después de haber pasado unos días en Dunedin, notaba cómo mi cuerpo se estaba recuperando, así que el viaje debía continuar. Sin embargo, Miguel quería despedirse de Dunedin con un picnic en las alturas, admirando el paisaje de la ciudad.

Ese habría sido un plan perfecto si no fuera porque estaba nublado. Extremadamente nublado. No se veía un carajo.

Así que con cierta desilusión descartamos el plan picnic. Lo último que queríamos era tener que salir corriendo monte abajo porque la lluvia decidiera hacer acto de presencia sin ser invitada. Mejor buscar una alternativa.

Y eso hicimos. Encontramos el plan perfecto: traspasar el picnic a una playa donde, en teoría, se pueden ver focas y pingüinos de ojos amarillos. Así que fuimos al Pack’n Save, compramos comida para el picnic y para allá que nos fuimos.

Marta Diarra Lampi

Un día estúpidamente nublado

Hay veces que en Nueva Zelanda el Google Maps decide volverse loco, y estoy segura que la aplicación no encontró mejor día que este para mandarnos al quinto carajo, lejos de donde queríamos ir.

– Miguel… ¿seguro que es por aquí?

– Eso dice el Maps.

– Yo creo que el cartel ese de «Albatross & Penguins ➙» ya lo hemos visto dos veces.

– Mierda…

Exacto. Google Maps se había hecho un lío y nos estaba llevando por donde no debía, haciéndonos dar vueltas y vueltas.

Finalmente encontramos el lugar sin ayuda del Maps, pasamos por una carretera horrible de tierra y llegamos al inicio de la playa. Sí, al inicio, porque para llegar a ella debías recorrer un camino de 1h ida… y yo con el cuerpo malo todavía… Nope.

– Oye Miguel, ¿recuerdas el cartel ese de los albatros?

– ¿Qué carajo es un albatros?

– Ay, yo qué sé. ¿Vamos a averiguarlo?

– ¡Venga!

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Básicamente un albatros es una gaviota gigante

Así que volvimos a pasar la horrible carretera de tierra, pasamos el cartel de los albatros y pingüinos, me emocioné un montón al descubrir en Internet qué era un albatros, buceé un poco más sobre ellos y… resulta que nos estábamos dirigiendo hacia Royal Albatross Centre, un centro de conservación de flora y fauna y el único sitio donde puedes ver a estas aves en libertad en su ambiente natural…

… pagando un tour.

Más de lo mismo con los pingüinos azules, ya que la zona donde están es restringida y sólo puedes visitarla con guía.

Nuestro gozo en un pozo.

No es que fueran tours caros, la verdad (50NZD los albatross, 35NZD los pingüinos azules), pero nos habíamos propuesto ver a los animales en libertad si la Naturaleza así lo quería, no través de agencias o centros, aunque fueran de conservación. Sin embargo -bendito Internet-, encontré un comentario que decía que si te paseas por los alrededores del Royal Albatross Centre, podías tener la suerte de que alguno volara por allí.

No teníamos nada que hacer y ya se dice que la esperanza es lo último que se pierde, así que ¡allá que fuimos!

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Llegamos a lo alto de un acantilado, a un lugar en el que debía haber también una colonia de gaviotas, porque la cantidad de aves por metro cuadrado era de una cifra anormal. Lo que tampoco era normal era el VIENTO -en mayúsculas- que hacía. Ni las propias gaviotas podían volar si ser revoloteadas. Cada vez que una alzaba el vuelo, salía disparada hacia los confines del cielo.

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A la izquierda, un mirador; enfrente nuestra, el Royal Albatross Centre; y a la derecha, otro mirador. Debíamos decidir a dónde ir. Y en esta decisión, fue cuando nuestra suerte comenzó a cambiar.

Decidimos ir a la derecha, donde había gente.

Estuvimos mirando un rato el espectáculo de las gaviotas que querían volar pero no podían, hasta que Miguel divisó un ave grande. Quiero decir, inusualmente grande…

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Se supone que de punta a punta, las alas de los albatros pueden llegar a medir hasta tres metros. Y había un pájaro gigante sobrevolándonos. Menos mal que decidimos traer nuestros prismáticos, porque sino nunca habríamos salido de dudas sobre si lo que estábamos viendo era o no un albatros. Y vaya si lo era, ¡yujuuu! 😁

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No sé si vimos varias veces al mismo o es que iban y venían, pero sobrevolaron la zona varios albatros. Estuvimos allí más o menos una media hora. Así que contentos con el avistamiento, decidimos explorar el otro mirador.

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El otro lado del acantilado

Allí encontramos una playa con mil gaviotas y focas. Eso sí, todas durmiendo la siesta y dándose algún que otro chapuzón repentino. Sin embargo nos encontrábamos muy augusto, observando a las focas con los prismáticos, examinando e inventándonos historias sobre el extraño comportamiento de las gaviotas y las focas, disfrutando del lugar y su «tranquilidad» (en serio, las gaviotas son muy ruidosas).

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Nos encontrábamos tan a gusto que estuvimos dos horas observando. Hasta que una gaviota gigante y enfadada llegó a la playa y «regañó» a las otras gaviotitas, vaya usted a saber por qué.

Quizás debía ser hora de irse.

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La gaviota mandona

Cuando estábamos subiendo las escaleras para regresar al coche, una señora mayor me miró de lejos y puso su dedo índice sobre sus labios. Yo la miré desconcertada, y le hice un gesto con la cabeza. Ella asintió con la suya.

No mediamos palabra, pero supe exactamente qué me estaba diciendo. Y el corazón me dio un vuelco.

Escondido, entre los arbustos, había un pingüino azul. ¡¡¡Un pingüino azul!!! Nos os podéis ni imaginar la enorme alegría que me invadió, sobre todo porque yo daba por hecho que jamás vería uno por lo difícil de su avistamiento. Pero allí estaba, pequeñito, escondido y verdaderamente azul.

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El pingüino azul, también conocido como pingüino del hada (?), es la especie de pingüino más pequeña del mundo, siendo su medida habitual 40 centímetros y pesan -atentos- un kilito. Viven todo el año en grandes colonias y cuando salen por las mañanas hacia el mar, lo hacen en grupos pequeños para poder defenderse de los depredadores.

¿A que es adorable? 😍

 

Y aquí debería acabarse el relato de un mal día que acabó bien.

Pero no.

Estábamos tan on fire por el pingüino azul, que en lugar de conformarnos con la mano que nos tendió la buena suerte, le agarramos el brazo. Y claro, pasa lo que pasa: que la retira.

En plena euforia pingüinística (?) nos vinimos arriba y dijimos «¡oye, ya que hemos tenido suerte con los animales, vamos a buscar más pingüinos!» y nos fuimos a Sandfly Bay, una playa preciosa donde habitan leones marinos y pingüinos de ojos amarillos (que ya habíamos visto en Curio Bay).

Ya por el camino nos encontramos con bastante niebla en la carretera, pero estábamos tan emocionados que no había clima que nos parara los pies.

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Claro, tú la ves así y dices «ooohhh, qué bonita». Pero son 40 minutos para bajar a una playa de dunas… ¿Sabes lo que significa que sea de dunas? ¡¿SABES LO QUE SIGNIFICA!?

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Esto. A cada paso. Real como la vida misma.

Marta Diarra Lampi

No había humano en el mundo que pudiera avanzar por un terreno así. Cada paso te enterraba a mil kilómetros bajo tierra. Es decir, que los 40 minutos de bajada se multiplicaron por tres. Y no sólo eso: el viento. Hacía un viento horrible que alzaba al vuelo a la arenita fina de la playa directa a nuestros ojos.

Cuando bajamos, el viento era tan intenso que el choque de la fina arena con la piel dolía mil demonios, y a Miguel se le metió tanta arena en los ojos que no hubo más remedio que darnos la vuelta y volver.

A los DIEZ minutos.

Eso sí, los diez minutos mejor aprovechados de nuestra vida: vimos dos pingüinos de ojos amarillos y un león marino. Uno de los pingüinos, el muy pobre, estaba subiendo una enorme y empinada duna. Anda que tener que hacer eso todos los días de su vida… No me atreví a sacar la cámara por miedo a que se llenara de arena y la liara parda, sino hubiera retratado la ardua -y bastante admirable- tarea del pingüino.

Marta Diarra Lampi

¿Ves la arena arrastrada por el viento?

En fin, que venga otras mil horas de subida, con más arena en los zapatos que en el Desierto del Sahara, con los ojos como un chino sospechando y la piel más dolida que la de un alemán en pleno agosto en la Costa del Sol española. Y os recuerdo que yo tenía el cuerpo chunguele por el trote que le di en Los Catlins.

Un desastre, vaya.

 

Para cuando llegamos al coche, estaba cayendo la tarde, así que tuvimos que conducir de noche. Cabe explicar que nosotros siempre evitamos a toda costa conducir por la noche porque… bueno. En Nueva Zelanda te arriesgas a atropellar a algún animal nocturno, que desgraciadamente son muchos.

Pero si esa noche algún animalejo se quedó bajo nuestras ruedas -espero que no-, ni siquiera podríamos haberlo visto. Porque nos habíamos introducido de lleno en la novela The Mist de Stephen King. Jamás, y repito, JAMÁS habíamos estado en un lugar con una niebla TAN espesa. No podíamos ver nada en 360º. Encima conduciendo… la verdad es que pasamos (pasé) miedillo. Pero menos mal que Miguel es un excelente conductor y tomó todas las precauciones habidas y por haber.

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Si te fijas, sólo se ve una rallita de la carretera. UNA.

Sin embargo llegamos sanos y a salvo al sitio elegido para dormir, un amplio camping con váteres portátiles. Al final la suerte se apiadó un poco de nosotros y por la noche vino a visitarnos (bueno, a la tienda de campaña de al lado) un erizo simpaticón buscacomidas 🙂

Tocaba descansar, ya que al día siguiente empezaríamos a explorar lo que más ilusión hacía a Miguel: la zona de glaciares.

 

Y tú, ¿alguna vez viajando se han truncado todos tus planes? ¿Cómo acabó el día finalmente? Cuéntamelo en los comentarios 🙂