Bangkok, segundo asalto

Lunes, 17 de diciembre de 2018

Ya empezó, segundo asalto.

Y esperaré el gran impacto.

Golpea bien.

Hazlo bien.

“Segundo Asalto”, Love of Lesbian

 

Aquí estoy, tumbada en un sofá blandito de un hostal perdido en uno de los miles de callejones de Bangkok. Sí, esos callejones sucios y oscuros, esos que encienden la luz de tu sentido común para decirte gritarte “si entras ahí, nada bueno puede pasarte”.

Hace tanto calor que se me pegan las ropas, y éstas al sofá, y de repente somos una misma masa blandiblú de piel, tela, colchón y rizos. Y eso que la ventana está abierta detrás de mí. Cada suspiro de brisa me da la vida. No puedo comprender cómo la Navidad está a la vuelta de la esquina con 27º a las doce de la noche. Son mis segundas navidades “de verano” seguidas y soy incapaz de acostumbrarme. Pero es o estar en el sofá, o irme a la habitación con un aire acondicionado tan fuerte que no tengo más remedio que estar bajo una manta.

Y me niego a taparme con veintisiete grados.

Porque ya he aprendido a encajar los golpes de Bangkok. Sí, a encajarlos, que no a esquivarlos. Bangkok sigue tan peleona como siempre, solo que ahora sé que el combate no lo inició ella. Fui yo. Enfrentarse a Bangkok es como dejar en ridículo delante de todos al malote de clase: te vas a llevar una paliza.

O estás en el bando de Bangkok, o estás en su contra, que es lo mismo que salir perdiendo.

Tuve que alejarme de ella para poder comprenderla. Tuve que salir de su caos para aprender a fluir y entender que hay cierto orden dentro de este puzzle de piezas que aparentan no encajar entre sí.

Ahora ya no te peleo. Ya no te planto cara. Ya no me defiendo.

Ahora fluyo por tus carreteras. Me siento a ver tu vida pasar. Y más que entenderte, te respeto. Respeto que seas diferente a mí y a lo que he vivido antes de ti. Y comprendo que tus diferencias no te hacen mi enemiga, ni que remamos en un barco distinto.

Es obvio que tú no puedes adaptarte a mi forma de navegar. Eres demasiado como para cambiar (por favor, no lo hagas nunca). Pero si quiero llegar al mismo puerto, tengo que hacerlo a tu estilo, a tu ritmo y con tus reglas.

Y así, sólo así, podré disfrutar de esta maravillosa travesía que es Bangkok.

– – – – – – – – –

Lo que es la mente.

Llevo ya más de un mes que no dejo de pensar en Bangkok. No en Tailandia, no, en BANGKOK. Y siempre me preguntaba «¿cómo es posible que tenga ganas de volver a Bangkok si yo la odiaba?». Hasta llamé a mi madre por teléfono para comentarle lo raro del asunto. Es como decir «odio tanto el arroz con leche que me apetece muchísimo comer arroz con leche». No tiene ningún sentido.

Pero aprovechando el tiempo libre me decidí a ordenar los archivos de mi ordenador, y mira qué cosa me encontré. Algo que escribí en diciembre de 2018, un poco después de volver a Bangkok después de viajar por el norte del país.

Yo recordaba lo mal que lo pasé en mi primera visita a la capital, pero no recordaba que había hecho las paces con ella, que la comprendí y, sobre todo, comencé a disfrutarla. Teniendo como cúlmen la última noche que pasé en ella, una en la que salí sin rumbo a meterme en los callejones que me llamaban, a comprar la comida que mi olfato me pedía. A caminar y ver y vivir.

Esa noche la recuerdo con el mismo cariño que se recuerdan las Navidades de la infancia.

Ay… ahora te entiendo, cuerpo. Qué útil escribir. Creo que voy a empezar un diario.

¿Será momento de volver a Tailandia también? Quién pudiera.

Who knows… ✈

Work and Holiday Australia: ¿la gran mentira?

Lejos queda ya aquella conversación que tuve con un chiquillo durante un trayecto en Blablacar. “Que sí, que hay noséqué cosa que puedes ir a vivir a Australia”. Sería allá por… ¿2015? Lejos queda, sí.

Pero gracias a esa conversación viví 14 meses en Nueva Zelanda, un año en Australia y en cuestión de días comenzaré mi segundo año australiano. Adoro las Work and Holiday Visas (WHV) y las oportunidades, ya no solo a nivel laboral sino a todos los niveles personales, que traen consigo. Mis experiencias han sido todas positivas, con sus más y sus menos, por supuesto, pero positivas al final del día.

Sin embargo, últimamente (bueno, ya desde que comencé a informarme del tema hace años) encuentro muchas publicaciones de gente que la pasa muy mal y tiene muchas complicaciones a la hora de encontrar trabajo, sobre todo en Australia. Hace unos días, más concretamente, me encontré este post, que da título al que estoy escribiendo.

En él, Indira comenta que llegó a Australia con la idea de ahorrar pero que a la hora de la verdad no solo le fue complicado encontrar trabajo, sino que además los sueldos no eran tan altos como esperaba recibir y la vida en comparación era muy cara, por lo que ahorrar y “forrarse” le eran imposible.

Contacté con Indira y le pedí permiso para poner de ejemplo su post y escribir mi experiencia, que ha sido todo lo contrario. Creo que, si su objetivo era ahorrar dinero, podría haber tomado otras decisiones que la hubieran acercado a su fin. Así que ¡al lío! Voy por puntos:

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¿Es tan fácil ganar dinero trabajando en Australia?

En el caso del post, la chica intenta buscar trabajo en dos ciudades: Gold Coast y Sydney. En la primera no encuentra trabajo hasta pasado un mes y con un sueldo menor de lo que se esperaba; en la segunda, directamente califica su experiencia como “pesadilla” (¡y no le falta razón!).

En mi opinión, si lo que de verdad quieres es “forrarte” en Australia, o tu principal objetivo es ahorrar el máximo de dinero posible no matter what, intentar hacerlo en Sydney y Gold Coast es un error del tamaño del propio continente.

Australia es ENORME. Casi tan grande como Europa. Y no entiendo por qué extraña razón la inmensa mayoría de jóvenes con visado de estudiante van a Gold Coast, y un gran número de work and holidayers van a Sydney. ¿Os podéis imaginar cuantísima, pero CUANTÍSIMA competencia tendréis? Haced números:

3.400 visas para españoles + 3.400 cupos para chilenos + 1.500 para argentinos + 200 para uruguayos + 5.000 para chinos + el resto de países sin limitación de cupo + los que hacen un segundo año + las visas de estudiante = UNA MILLONADA DE COMPETENCIA

¿Qué pasa si todas estas personas van siempre a los mismos lugares? Sydney, Melbourne, Gold Coast, Brisbone e incluso Perth. Que se congestiona. Que no dan pa’ más y sólo van a coger o a los mejores de los mejores o, muy a mi pesar, los empresarios se aprovechan de esta situación y comienzan a pagar en negro, o a no pagar lo correspondido o a sacar su negocio adelante a base de “trials”. En esos casos, lo mejor que puedes hacer es huir en cuanto puedas de tu jefe abusador, te mereces más.

Así que mi mejor consejo es que si no tienes el sueño vivir en una big city australiana, ábrete a todo el país. Adelaide, Exmouth, Broome, Darwin, Margaret River, el “red centre” o las islas de alrededor de Australia como las Tiwi o las Whitsundays. ¡Las posibilidades son tan amplias como tú quieras ampliarte! De este modo, no sólo tendrás menos competencia sino también más oferta. Y, además, es posible que conozcas un nuevo rincón del país del que no tenías ni idea.

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Tipos de trabajo para los Work and Holidays

En este caso, la chica del post indica que si vienes con esta visa casi que los únicos trabajos que encontrarás serán o de limpieza o camarero o friegaplatos o granjas, básicamente. En su caso, trabajó de niñera y limpiando.

Yo, según veo y leo, creo que tiene mucha razón. La mayoría de las personas que he conocido han trabajado de eso pero… también es a lo que la mayoría aplicamos, ¿no? Yo por ejemplo he trabajado de cajera en un supermercado y en una gasolinera. Y en un tour para ver focas que hice, una de las chicas de la tripulación tenía visado de Work and Holiday y pensé “jope, nunca se me hubiera ocurrido aplicar para un trabajo así”. Y más de lo mismo encontré en un museo y en un visitor centre. ¿Pilláis por dónde voy?

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¿Te imaginas trabajar junto a esta cosita? 😊

Creo que se ha machacado tanto (sobre todo por parte de las agencias de visado de estudiante) que lo mejor es ir currículum en mano a restaurantes y bares, que se nos olvidan otros muchísimos puestos de trabajo que, a veces, ni sabíamos que existían. Y para encontrarlos lo mejor es volver al punto anterior: estar abierto  a TODO.

Y en este apartado del post de Indira es donde, al darse cuenta de que no estaba alcanzando su propósito de ahorrar, decide dejar Gold Coast (¡bien!) e intentarlo en Sydndey (¡mal!). Allí, según entiendo, la experiencia fue todavía peor.

Conclusión (y consejos 😉): ¿merece la pena?

El post del que me vengo refiriendo todo el rato, finalmente, sí anima a la gente a hacer la WHV porque, al fin y al cabo, ella sólo ha relatado su experiencia y opiniones. Y ahí, de nuevo, estoy más que de acuerdo con ella. Al final esto son experiencias vitales de las que, como mínimo, una enseñanza seguro que te llevas. Y creo que es muy enriquecedor compartir vivencias con otros.

En mi experiencia y como conclusión, el mejor consejo que te puedo dar es cuanto más remoto, mejor. Sí, en Australia «remoto» puede significar sitios cuya población sea de 0 habitantes (como una gasolinera en el medio de la NADA), pero tampoco es necesario aislarse tanto. Ciudades como Kununurra son remotas y habitan unas 4.000 personas. Además, si buscas trabajos remotos por encima del Trópico de Capricornio no sólo ahorrarás, sino que además te valdrá para la extensión de la visa 462.

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¡No hace falta que te vayas a vivir a un sitio así!

Otro consejo (o mini reflexión) es que, como en cualquier otro país, si tienes nada o muy poquita experiencia laboral, tienes un inglés muy bajo o sólo estás dispuesto a trabajar en puestos muy específicos, tendrás más difícil encontrar trabajo. Lo digo porque a veces nos cegamos con el “me dijeron que era fácil y rápido” cuando ni siquiera hablamos mínimamente el idioma. Dime, ¿a qué puesto de trabajo podría optar alguien en España sin saber nada de español?

Aun así, si hay un trabajo que te encantaría probar pero no te sientes del todo segura por tu falta de experiencia, aplica a él, nunca se sabe. A mí tanto en NZ como en Australia me dieron la oportunidad de trabajar en cosas de las que tenía cero experiencia y allí mismo me enseñaron.

Por ejemplo, estuve trabajando casi seis meses de Kitchen Hand en una pequeña comunidad aborigen en el medio de la nada (nunca había hecho nada relacionado con cocina) donde ahorraba -que no cobrar- 900aud a la semana, me daban comida y vivía en una casita que me proporcionaba el propio trabajo. Aquí os dejo un post de Australi-ana muuuy bueno que os cuenta cómo consiguió ella su trabajo remoto ganando 1.200aud a la semana.

Gracias a ese trabajo (que combiné por un tiempo con el de cajera) me fui a Indonesia de vacaciones una semana, a España un mes y medio, me compré un coche y me hice este recorrido por Australia en tres meses:

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Mi roadtrip australiano 😊🚙

Como veis, hay tantas experiencias de WHV como personas existen, y cada una es única y especial. Yo comparto la mía simplemente para echar un cable a quienes a lo mejor deciden vivir su año de visa en una sola ciudad o en un determinado trabajo porque no conocían otras opciones.

Ánimo a todos, Australia os espera ✈

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Camarero, una de buenas decisiones, por favor.

Todavía me acuerdo de cuando vivía en Dargaville e intentaba planear un poquito mi futuro. Porque por mucho que parezca que voy por ahí a loco hacia donde me llevan los vientos, en la estructura, digamos, necesito tenerlo todo bien atado. De ahí a que escribiera planes de vida viajeros a cinco años vista meses antes de partir.

Y en Dargaville era donde no me ponía de acuerdo. «¿Qué hago? ¿Viajo o hago el máster que tanto deseo?» Luego en Tailandia, más de lo mismo: “¿Qué hago?». Pensé que quizás si hablaba con mi madre ella me daría un nuevo punto de vista. Y me lo dio. Pero no fue lo suficientemente amplio como para decidirme. Más tarde, cuando llegué a Australia, seguí igual: «¿Qué hago? ¿Viaje o audiovisual?». Y ahora, cuatro meses después de mi llegada, sigo preguntándome exactamente lo mismo. «¿Qué hago?».

No quiero presionarme, pero tampoco quiero cagarla. Me da miedo equivocarme. Y siempre he “pospuesto” la decisión porque, quizás sea muy romántica, pero soy de las que piensan que, llegado el momento, sabemos qué hacer. Pero… ¿y si el momento no llega?

Pasan los meses y yo todavía no tengo ni idea de qué hacer una vez termine de trabajar en Fitzroy Crossing y mi visita de un mes a España llegue a su fin.

¿Y si en realidad debo forzarme a decidir algo? ¿Y si me flipo cuando pienso en que, como si de un golpe de viento se tratara, de repente sabré qué quiero? ¿Y si dejo la toma de decisión para el futuro y cuando el futuro llegue, sigo sin saber qué hacer?

No me gustaría verme en septiembre de 2019 tomando una posición cualquiera porque no me he aclarado la cabeza. Es más, ¿cómo se aclaran las cabezas? ¿Con tiempo?¿Reflexión? ¿Autoanálisis? ¿Agua y jabón?

Porque por un lado quiero seguir viajando, quiero cumplir mi plan viajero de vida, quiero dar una vuelta al mundo. Ahora mismo estoy trabajando muchísimo y esforzándome el doble para ahorrar dinero y, al menos, viajar por varios meses. Y pienso que ahora es el mejor momento porque

  1. Ya estoy “en movimiento”, no tengo que dejar ni casa ni trabajo ni familia porque ya lo hice en su día.
  2. Estoy en Oceanía, tengo a mi alcance muchísimos destinos que desde Europa son más complicados -y caros- de llegar y
  3. Tengo ganas y ánimos para ello.

Pero por otro lado añoro el mundo audiovisual. Sueño también con estudiar un máster de documental creativo en Barcelona, sueño con tener mi propia habitación con mi propio escritorio y mi propia estantería donde colocar mis libros FÍSICOS (sigue sin gustarme leer desde una pantallita). Sueño con relacionarme con gente con mis mismas inquietudes culturales, con crecer artísticamente, con grabar y hacer documentales y trabajar pero de lo mío.

Y siento que, ahora mismo, no puedo tener ambas cosas. No puedo viajar a la vez que asentarme. Siento que en un futuro igual sí, quizás pueda combinar periodos de asentamiento con viajes. O, mejor aún, trabajar en proyectos que requieran viajar. Pero que ahora mismo o es uno u otro.

Y a veces me da miedo asentarme ahora y que luego me sea difícil volver a “la vida viajera”. Y a veces me da miedo dejar para después el meterme en el mundo audiovisual por si es “demasiado tarde” o me quedo desfasada. Jamás he trabajado en el mundillo así que no tengo ni idea de “cómo” funciona, o qué perfiles buscan o si quiera si buscan perfiles. Yo qué sé. No sé nada. ¿Y si sólo quieren gente joven que ha ido creando su propia experiencia al término de sus carreras?

Yo cuando terminé la carrera me fui a Nueva Zelanda… Quizás estoy perdiendo tiempo audiovisual… (?)

Y lo sé, mira que soy fiel defensora del nunca es tarde, del que si se trabaja duro se puede con todo y, sobre todo, que la edad nunca es un impedimento para nada. Pero no sé, a veces me da miedo. Y no se me da bien eso de seguir mis propios consejos, aun creyendo en ellos de todo corazón.

Y lo que más me ¿aterra? de todo es equivocarme. Por nada del mundo querría tomar una decisión y al tiempo darme cuenta que fue la errónea. Porque dar una vuelta al mundo durante un año y pagar la matrícula del máster+vivir en Barcelona sin depender de un trabajo, según mis cálculos, me costarían más o menos lo mismo. Y según mis cálculos también, si sigo trabajando como lo estoy haciendo ahora, es lo que ahorraré en Fitzroy en cuestión de unos cuantos meses más.

¿Por cuál sueño me decanto?

Sé que todavía queda tiempo, que no tengo que decidir nada aún.

Pero a veces no sé gestionar bien la incertidumbre. A veces estoy tranquila y me digo slow down Marta, todo se llegará… o no.

Ay…

¿Algún consejo para tomar buenas decisiones? Necesito una ración doble de eso, por favor.

 

P.D: la foto de portada es de diciembre de 2014, cuando por una extraña razón tenía por costumbre poner un marco blanquinegro a mis fotografías, ugh 😫

Mi plan viajero-vital 2.0

¿Sabéis de esas veces que estáis viendo una cosa determinada que te lleva a otra, y a  otra, y a otra hasta el punto de que acabas haciendo algo que no tenía nada que ver con la actividad inicial?

Pues así es como he acabado releyendo y reflexionando sobre el primer post de este blog.

Todo empezó con la publicación en mi Facebook personal de un proyecto fotográfico que realicé durante el mes de marzo (si quieres verlo, pincha aquí). El caso es que me puse a revisar todo el proyecto y como me pareció corto, decidí revisionar de principio a fin otro proyecto fotográfico del año pasado, en el que hice una fotografía al día (aquí). El caso es que en una fotografía de julio hay un enlace a un post mío, que es el que escribí como despedida a Ohakune, el pueblo donde viví por tres meses en el medio de la isla norte de Nueva Zelanda.

Y claro, entré y ese post me redirigió a otro, y a otro, y a otro… hasta llegar al primero que publiqué en el blog. Y ahí me detuve. Porque me di cuenta de una cosa: ese es un post potente. Potentísimo. Y han tenido que pasar como dos años para darme cuenta de ello.

Ese post es muy potente porque tiene decisión. En aquel entonces, en diciembre de 2016, Miguel y yo vivíamos en Málaga y no teníamos ni un duro. Literal. En diciembre de 2016 no sólo no sabía si llegaría a tener el dinero suficiente ni para comprarme un billete de avión, es que ni siquiera sabía si conseguiría la visa de Nueva Zelanda. Sin visa, se desmorona el plan, no hay nada que hacer.

Ese primer post es potente porque sentencio firmemente que

«yo quiero dar la vuelta al mundo. Vivir viajando.

Y mi primer destino será Nueva Zelanda.»

¿Cómo podía yo afirmar tan rotundamente algo tan grande? Sin visa, sin dinero y hasta sin los estudios acabados. ¿Qué pasa si suspendía alguna asignatura que tuviera que repetir?

Ese primer post es toda una declaración de intenciones tanto hacia mí como hacia el mundo entero. Estaba gritando que sabía lo que quería y que estaba decidida a conseguirlo. Ni siquiera existía un Plan B, no había nada de «bueno, si no lo consigo puedo hacer X». No, no lo había porque no concebía no alcanzar mis metas.

 

Por eso hoy tengo ganas de escribir otra vez, porque me siento orgullosa. De mí y de todo lo que he conseguido. Por cómo soy, por soñar fuerte y por trabajar aun más fuerte para cumplir mis locas onirias.

Y por eso hoy también quiero repasar aquel post que escribí un 26 de febrero de 2017 en el que ponía en palabras el plan de vida de viaje que me gustaría tener, para ver y analizar qué cosas he alcanzado y qué no. Así que allá voy.

 

En febrero de 2017 escribía que quería…

1º: Salir de España a Nueva Zelanda con una Working Holiday Visa. Estar allí de 12 a 15 meses. Solicitar una WHV para Australia.

¡Conseguido! El 16 de octubre de 2017 me monté en cuatro aviones y 56h después aterricé en Aotearoa, el país de la gran nube blanca, donde viví unos maravillosos 14 meses. Ese año, además, conseguí la visa para Australia 😃

2º: Con el dinero ahorrado en Nueva Zelanda, hacer un viaje por el sudeste asiático de seis meses aproximadamente. Según el ritmo que llevemos -probablemente lento- nos dará tiempo a visitar más o menos países. Pero la ruta “ideal” sería Indonesia, Filipinas, Vietnam y Tailandia, ya que no daría tiempo a más. Y desde Tailandia, volar a Australia.

JAJAJAJAJA no te lo crees ni tú, maja. Con lo que yo no había contado en este plan viajero-vital es con los costos de la visa australiana. Entre los papeleos, el costo de ir mil veces a la embajada de Wellington, el costo de la visa en sí, el costo del examen de inglés, el costo de los biométricos y el costo de la gasolina para ir a todos estos sitios, los seis meses por el sudeste asiático se redujeron a uno.

Bueno, al menos un punto sí que lo cumplí: volé desde Tailandia a Australia.

3º: Pasar un año (o dos) en Australia. Al terminar la visa, con el dinero ahorrado ir en barco a Argentina.

Bueno, ahora mismo sólo llevo tres meses en Australia, así que no sé si se cumplirá este tercer punto o no. Por lo pronto, lo dudo mucho porque es algo que ya no quiero.

Uno de mis mayores sueños es recorrer Sudamérica y Centroamérica, pero con lo que tampoco contaba en aquellos días es que una visita a las Islas Cook y vivir en Nueva Zelanda me harían enamorarme de la cultura Polinesia, por lo que ahora mi sueño sudamericano combate con el de viajar por las Islas del Pacífico Sur.

Lo que sí que planeo ahora es quedarme en Australia dos años y muy probablemente un tercero (ahora que la visa lo permite) para poder unir mi sueño Pacífico con el Sudamericano en un mismo viaje: viajar por las islas del Pacífico Sur y entrar en Sudamérica a través de la Isla de Pascua y ya allí recorrer el continente.

4º: ¡Por fin en Sudamérica, mi mayor sueño! ❤ Una vez en Argentina, lo ideal sería probar suerte por si pudiéramos llegar a la Antártida, que queda “cerquita” 😜Y ya de ahí hacer un recorrido por toda Sudamérica (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, las Guayanas y Suriman), hasta llegar a Centroamérica y México. De ahí solicitar de nuevo una WHV a…

Sigue siendo mi sueño, pero va a tener que esperar un poquito más.

5º: …Canadá, y pasar allí un año para recuperar algo de dinero y volver a Europa (pasando por Groenlandia).

Uf, no sé yo. Como la WHV de Canadá es hasta los 35 años, ahora me planteo «aplazarla» un poco más para hacer antes otras cosas, como la WHV de Japón, por ejemplo.

6º: El primer destino europeo sería España para visitar (tras un lapso de… ¿cinco o seis años? 😱) a la familia y amigos. Y después partir por una ruta a través de Europa hasta llegar a Finlandia, donde me gustaría pasar un año.

JAJAJAJAJAJAAAAA X10000, que te creías tú que aguantarías cinco o seis años sin ver a tu familia y amigos, ya, claro. Por lo pronto ya tengo un billete comprado para agosto de 2019 para pasar un mes y medio en España. O sea, que sólo has aguantado dos añitos, guapi.

De todos modos ha sido bonito descubrir que soy mucho más apegada de lo que pensaba. Al final va a resultar que tengo sentimientos 😜

La ruta de Europa me encantaría, la verdad. Y también me gustaría vivir en Finlandia (es más, hay un Máster de dos años en Helsinki que me encantaría estudiar). Pero nope, todavía no.

7º: Al término del año finés, lo ideal sería cruzar Rusia con el Transmongoliano, hasta llegar a Mongolia o China. De ahí pasar a Japón, Corea del Sur, Laos, Myanmar, Nepal y estar una larga temporada en la India. No tengo muy claro qué haré con los países de alrededor, ya que no sé cómo será su situación política para aquellos años, pero me gustaría llegar a…

Me sigue pareciendo un plan de putísima madre que me encantaría realizar algún día.

8º: …Turquía, y de ahí dar un salto al continente africano.

Sí y no. Últimamente tengo TANTAS ganas de conocer más África que creo que va a ser de los primeros viajes que haré, no el último. Tengo más interés en viajar primero por África que por Asia, si soy sincera.

La verdad es que no voy en mal camino. Más o menos he cumplido mis previsiones a dos años vista, con sus más y sus menos. Y me encanta ver que mis gustos y sueños han cambiado, que yo he mutado, conocido y crecido más. Aunque ahora me encuentro mucho más confusa para con mi plan de vida viajero.

Ahora mismo, a 3 de abril de 2019, estoy trabajando en Fitzroy Crossing. Aquí me quedaré hasta finales de julio. En agosto iré a España y a mitad de septiembre volveré a Australia. De ahí en adelante, no tengo planes.

A veces me apetece coger e iniciar en 2020 una vuelta al mundo. A veces me apetece comprarme un coche y recorrer Australia sin prisa. Y a veces hasta me apetece ir a Barcelona a estudiar el máster de documental creativo que tanto me interesa.

No sé.

No sé qué pasará ni qué haré. Lo único que sé con una certeza feroz es que, en el momento que sepa lo que quiero, lo tendré.

Es una autopromesa.

 

P.D: sigo amando la canción de la postdata del viejo plan viajero-vital ❤ 

Resumen de mi añazo en Nueva Zelanda

Un año en Nueva Zelanda.

Todavía recuerdo una conversación que tuve con Lorena, una chica española que estaba viajando sólo ida por seis meses, cuyos caminos se cruzaron con los míos para convertirnos en amigas; una conversación que se dio cuando llevaba menos de cuatro meses en el país.

  • No creo que pueda soportar estar un año en Nueva Zelanda. Es demasiado –sentencié.

Quién me ha visto y quién me ve. Que no sólo he llegado al año, sino que encima extendí mi visa, y me quedé un par de meses más. Cuánto menosprecié sin darme cuenta a este maravilloso país, del que todavía me quedan asuntos pendientes por hacer (lo que me lleva a tener obligatoriamente una segunda visita).

Ha sido un año de extremos: de extrema felicidad y libertad pero también de extremo llanto y tristeza. Porque ya me lo escribí en una carta antes de venir: cuanto más lejos estés de casa, más se intensifican los sentimientos. Y este ha sido un año de sentir(me) los 365 días del año.

CA-DA-U-NO.

Ahora me encuentro en la biblioteca de Auckland, a un día de irme del país. Pero no de vacaciones. Esta vez de verdad, para no volver… pronto.

Y desde aquí quiero hacer un post para mí, para la Marta del futuro. Porque no lo sé, pero lo intuyo: voy a echar de menos esto. Voy a echar de menos a Nueva Zelanda y a mi vida aquí. Un tipo de vida que, precisamente, por las características del país, sólo puede darse aquí.

Un post para mí para tener un refugio del corazón para cuando la memoria del cerebro me falle.

Un post para mí para volver a sentir el año tan bonito que he vivido en Nueva Zelanda.

Así que he decidido hacer una recopilación de cosas que –conociéndola como lo hago- seguro que a la Marta del futuro, la de la añoranza por tiempos pasados, le va a encantar.

Este seguramente sea un post largo e, incluso, aburrido. Así que si lo deseas tu lectura puede acabar aquí. Tranquila, no me ofenderé. Ya te dije que, esta vez, el post sería más para mí que para ti. Pero eres más que bienvenida a quedarte y a viajar virtualmente por mi resumen anual en las antípodas.

Empecemos:

 

OCTUBRE

El 19 de octubre de 2017 llegamos a Auckland después de haber cogido cuatro vuelos, viajado por 56h y haber visitado Shanghái.

Ese mes fue el de aclimatación, el de darme cuenta que Auckland no me gustaba y que si el resto del país era así, no sobreviviría. De hacer papeleos, buscar WiFi, comer barato, dormir en backpackers y de buscar trabajo y coche.

El último día del mes, en Halloween, compramos a nuestra querida Dama de Negro.

 

NOVIEMBRE

Con nuestra van recién comprada nos dirigimos a la Península de Coromandel a comenzar nuestro primer trabajo: un campo de kiwis.

Duramos una semana.

Mientras, estuvimos dando los últimos retoques de la van y buscando trabajo en granjas lecheras. Finalmente, con la excusa de un esguince que se hizo Miguel, aprovechamos el accidente para no volver nunca más a ese horrible trabajo y a los días nos cogieron en una granja.

A 1.576 kilómetros de donde estábamos.

A 22 horas de viaje.

En tres días nos recorrimos el país entero.

 

DICIEMBRE

El 10 de noviembre comenzamos a trabajar ordeñando vacas a las 4am. Noviembre y diciembre fueron meses de trabajo duro pero de mucha felicidad. Trabajábamos once días seguidos y luego teníamos tres días libres que aprovechábamos siempre para coger el coche e irnos a explorar ciudades más lejanas.

Fueron meses de verdadera Libertad.

 

ENERO

Dimos la bienvenida al año nuevo en Queenstown sin todavía ser conscientes de todo lo que nos depararía ese mes.

El cinco de enero fue nuestro último día de trabajo, y el seis de enero comenzamos la aventura de nuestras vidas. Nos recorrimos TODA la isla sur de Nueva Zelanda en 25 días viviendo en nuestra van: vimos Milford Sound, hicimos la Ruta Escénica del Sur pasando por Los Catlins y por el punto más al sur del sur de Nueva Zelanda, nos despedimos de Dunedin, nos asombramos con Tekapo, Pukaki, Twizel, Monte Cook, Tasman, también dijimos adiós a Queenstown y conocimos al glaciar Rob Roy y a Wanaka, a las Blue Pools y a los glaciares Fox y Franz Joseph; me enamoré de Hokitika y pasé miedo en Greymouth, infravaloramos –injustamente- a Christchurch, nos relajamos en Hamner Spring, nos sorprendimos con las focas y delfines de Kaikoura, nos contagiamos del “hipperío” en Takaka y nos bañamos con nostalgia en Nelson.

El 30 de enero cogimos el ferry en Picton para volver a la isla norte.

 

FEBRERO

Comenzamos el mes en Welligton, dejando atrás a la isla sur y comenzando nuestro viaje de 23 días por la isla norte.

En la capital del país nos pilló muy mal tiempo, así que nuestro días se basaron en visitas a museos, quedándome prendada por primera vez en mi vida de uno: Te Papa Museum.

Tras dejar la capital, continuamos el viaje por carretera volviendo a la Península de Coromandel, visitando una de las supuestas playas más bonitas del mundo, quemándonos los pies en Hot Water Beach con espectáculo acrobático de delfines incluido y visitando mi referencia de nuestras antípodas: Cathedral Cove. De ahí subimos a una lluviosa Northland que nos permitió disfrutarla a ratitos contados: visitamos Whangarei y sus Mermaid Pools, conocimos al Kauri Tane Mahuta, nos maravillamos con los gusanos luminosos de las Waipu Caves y sentimos paz en el punto más al norte del norte de Nueva Zelanda: Cabo Reinga.

El 15 de febrero volvimos a Auckland con billete avión a hacer un sueño realidad: Rarotonga.

Pasamos una semana en la capital de las Islas Cook. Nos enamoramos del país, lo flipamos haciendo snorkel y hasta me quemé la piel por primerísima vez en toda mi vida. Fueron unos días maravillosos.

A la vuelta estábamos tan cansados, que disfrutamos a medias de Hamilton, Hobbiton, Rotorua y Taupo. Estábamos felices de viajar pero también extremadamente cansados.

Necesitábamos un parón.

 

MARZO

El mes de marzo lo pasamos haciendo housesittings: uno en Napier y otro en Levin. Fue un mes de parón en el que descansamos, asimilamos el viaje, comprendimos que es humano necesitar una pausa y encontramos un nuevo trabajo.

Ah, también visitamos Taumata, el lugar con el nombre más largo del mundo.

 

ABRIL, MAYO Y JUNIO

El cinco de abril (día siguiente a mi cumpleaños) se acabaron nuestras vacaciones de tres meses y comenzamos a trabajar en una fábrica de zanahorias y patatas en Ohakune, un pueblo en el centro de la isla norte de Nueva Zelanda.

Fue curioso, cuando buscábamos trabajo nos negamos a volver a la isla sur. ¿Quién en su sano juicio se iría en pleno invierno a donde más frío hace?

Nosotros.

Resulta que Ohakune es de los lugares más fríos del país. Pero nosotros no lo sabíamos. Aunque eso sí, es de corazón caliente a rabiar.

Allí pasamos tres meses de altibajos: todo me hacía feliz menos mi trabajo, que desde el principio me sumergía en una tristeza profunda. Pero gracias a pasar nuestros meses allí conocimos a gente maravillosa (por fin teníamos amigos después de seis meses en NZ), conseguimos la extensión de la visa y aprobamos el examen de inglés que nos permitiría solicitar la WHV de Australia.

Con mucho cariño dejamos Ohakune para seguir con la aventura.

 

JULIO

Julio fue un mes movidito: comenzamos haciendo un housesitting en Feilding y luego en Wellington, para volver después a Feilding para trabajar en una granja familiar criando a terneritos recién nacidos.

 

AGOSTO

El trabajo en la granja nos gustaba, nuestro jefe nos gustaba, pero su mujer no. Por primera vez nos enfrentamos a una violación del contrato de trabajo: la esposa de nuestro jefe se lo quería saltar, con lo que ganaríamos mucho menos dinero del pactado.

Tuvimos que tomar una decisión: aceptar o renunciar.

Con mucho valor renunciamos y decidimos volver a la isla sur para caer en otra granja con el mismo trabajo. Todo parecía perfecto: buena localización, buen sueldo, buenos compañeros, buenas condiciones.

Pero no trataban bien a los animales.

Así que con el alma en pena por lo presenciado, abandonamos ese trabajo también.

 

SEPTIEMBRE

Septiembre fue un mes de curación.

Decidimos retirarnos del mundo en Sumner, un pueblo costero de Christchurch a cuidar de dos perritos. Estaba tan afectada por lo ocurrido en la granja que necesitaba esa desconexión. Y la tuve. Y me curé.

Me curaron la relajación y la falta de preocupaciones graves, los paseos en la playa, las excursiones por el Distrito de Mackenzie y por Christchurch, las fotografías a los impresionantes ríos azules y la ilusión por organizar un viaje a Tailandia donde me vería con mi madre tras un año.

En septiembre además vimos una aurora austral y nos hicimos veganos.

 

OCTUBRE

Los primeros días del mes fueron para despedirnos de Ragna y Rollo, nuestros compañeros de cuatro patas por todo un mes.

De nuevo volvimos a conseguir un trabajo en la otra punta del país: en Dargaville, Northland, a 1.269 kilómetros de donde estábamos. Así que, de nuevo, en tres días nos cruzamos el país entero aprovechando para visitar la República Independiente de Whangamomona y a nuestros queridos amigos de Ohakune.

El 10 de octubre empezamos a trabajar en una plantación de kumara.

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Ragna & Rollo ❤

 

NOVIEMBRE Y DICIEMBRE

Nuestros últimos meses en el país los pasamos en Dargaville, donde trabajamos tranquilos al son de la música isleña. Convivimos con doce personas e hicimos muchos amigos maoríes (incluso aprendimos algunas palabras). Dargaville fue para interiorizar Nueva Zelanda, para descansar.

El 30 de noviembre dejamos Dargaville y nos fuimos para Auckland donde pasamos nuestros días con una uruguaya con la que compartimos habitación hasta hoy, cuatro de diciembre de 2018, que estoy escribiendo estas palabras.

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Escribiendo me doy cuenta de todo lo que he hecho. Ha sido un año increíble de no parar y de aprendizaje y autoconocimiento constante. He hecho un montón de cosas alucinantes que jamás en mi vida me hubiera imaginado llegar a hacer. Y también he llorado y sufrido una barbaridad. Pero si pongo todo en una balanza, la tristeza no tiene nada que hacer aquí. Es una total perdedora.

Y como a nostálgica no me gana a nadie, voy a seguir resumiendo mi año en una lista de cosas totalmente aleatorias que he hecho/visto/me han sucedido pero que me parecen interesantes de mencionar (ahora porque no tengo tiempo, pero subiré fotillos):

 

CIUDADES DONDE HE VIVIDO

Auckland CBD (15 días)

Whitianga (7 días)

Lumsden (2 meses)

Coche (2 meses)

Napier (10 días)

Levin (20 días)

Ohakune (3 meses)

Wellington (4 días)

Feilding (1 mes y medio)

Hinds (2 semanas)

Sumner (1 mes)

Dargaville (2 meses)

 

VIAJES HECHOS

Shanghái, China (16h)

Viaje en coche por las dos islas de Nueva Zelanda (2 meses)

Rarotonga, Islas Cook (7 días)

 

TRABAJOS REALIZADOS

Campo de kiwi

Ordeñadores de vacas

Fábrica de patatas y zanahorias

Criadores de terneros

Plantadores de kumara

 

HOUSESITTINGS

Napier: Sooty y Bella

Levin: Goldie & Co.

Feilding: dos gatitas

Wellington: Rudolf

Sumner: Ragna & Rollo

 

SITIOS CHULOS/CURIOSOS DONDE HEMOS DORMIDO

Frente al mar (Dunedin, Tauranga, Greymouth)

En un vecindario (Whitianga)

En una playa (Cocacola Lakes)

Junto a unas cascadas (Whangarei)

En puertos marítimos (Auckland y Wellington)

A la orillas de ríos y lagos

En el parking de un restaurante, dos veces (entre Kumara y Hokitika, y en Waihi)

En bahías

Debajo de un puente (Takaka y Taupo) – te da sombra, por lo que puedes dormir más tiempo 😀

En una base militar (Waiouru, llegando a Ohakune)

En un campo de tiro (Wanaka)

En un parque nacional (Levin)

En innumerables cunetas

Al lado de un circo (Dunedin)

Junto a un campo de críquet (Dunedin)

A los pies del Pukaki con vistas al Monte Cook (Twizel)

En una estación antigua de trenes (Lumsden)

En un camping de pago pero alojándonos gratis porque era temporada baja (Kaikoura)

Frente al océano pacífico con delfines saltando (Kaikoura)

En un complejo de tiendas en el centro de la ciudad (Blenhein)

 

DÓNDE NOS HEMOS DUCHADO

Con eso de vivir en el coche nos hemos duchado en…

Playas (agua fría)

Baños públicos

Piscinas municipales

Gasolineras

 

MOMENTOS TOP

Ver la aurora austral

Surfear con delfines

Jugar en la calle más empinada del mundo

Espectáculo de salto de delfines improvisado en Kaikoura y en Hot Water Beach

Cuando vimos de sorpresa un pingüino azul

Cuando vimos Pukaki en invierno

Estar rodeados de terneritos y abrazarlos

Darme cuenta de que estaba en China

Ver el azul de Black Rock Beach, en Rarotonga

Celebrar la Navidad en Bikini

Desear “feliz verano” en la nieve

Tener una experiencia musical con el viento

Ver cinco keas a la vez

 

ANIMALES QUE HEMOS VISTO

Focas y leones marinos

Pingüinos de ojos amarillos y pingüino azul

Kea

Weka

Águilas

Vacas, toros y ovejas

Ciervos

Alpacas y llamas

Gaviotas

Albatross

Tüi

Delfines Héctor y buscar

Diferentes tipos de peces

Tortugas marinas

Morenas

Estrellas de mar

Liebres salvajes

Possums

Cabras

Erizos

Caballos

 

NÚMEROS SUELTOS

Aviones: 6

Kilómetros con la Dama: 25.000km (lo sé, una burrada)

Noches dormidas en el coche: 77

Noches dormidas en el coche que hemos pagado: 0

 

COSAS QUE NOS FALTARON POR HACER

  • Realizar el Tongariro Alpine Crossing
  • Completar el Great Walk del Abel Tasman National Park
  • Taranaki hike
  • Visitar Tauranga
  • Visitar la zona de Gisborne
  • Visitar Rotorua en condiciones
  • Hacer el Great Walk en Kayak
  • Visitar la Stewart Island
  • Hacer un voluntariado en Curio Bay

 

ACCIDENTES WTF

  • Caída de moto (me dañé las dos rodillas por varias semanas)
  • Rotura de labio inferior por el cabezazo de un ternero
  • Rotura del labio inferior por golpe con manguera
  • Esguince de tobillo por pisar una piedra
  • Tendiditis en dos dedos por frío
  • Heridas varias como moratones, cortes, quemaduras, raspaduras…
  • Me corté un trocitito de dedo
  • Tuve un día de trabajo realmente malo malísimo
  • Una vaca me cagó en la cabeza

 

Reflexiones tardías tras cinco meses fuera de casa

Había decidido no escribir un post de «mensuario» porque el cuarto mes casi se me solapó con el quinto, y no sentía que tuviera nada nuevo que decir. Pero esta tarde, mientras paseaba por la playa, me he encontrado reflexionando sobre mis cinco meses fuera de casa.

Marta Diarra Lampi

El atardecer en la playa de hoy

Estaba pensando en que en cuestión de cinco meses he vivido muchas vidas. Siento que llegué a Nueva Zelanda hace mil años. Pero no porque se me esté haciendo pesada la experiencia (¡ni mucho menos!), es que vivo tantas cosas a diario que el tiempo parece que se dilata y dilata hasta hacerse infinito.

Siento que he vivido muchas vidas porque el primer mes en el país lo viví como emigrante, como una chica recién graduada que está en un país que le es completamente ajeno, con un idioma distinto al que está acostumbrada y teniéndose que enfrentar a sus primeros pasos en el mundo laboral.

Era una chica algo miedosa pero con ganas de alcanzar metas.

(para qué engañarnos, sigo siendo miedosa)
Marta Diarra Lampi

Miguel y yo en nuestro primer día en Nueva Zelanda

Siento que he vivido muchas vidas porque el segundo mes lo viví como una verdadera granjera. Me levantaba a las 03:30am para ordeñar vacas. Vivía, literalmente, en medio de la nada, en medio de un paisaje que estaba rodeado de montañas en 360º cuyo cielo nocturno se llenaba de tantas estrellas que sentías que si nacía una más, el cielo colmaría. Vivía feliz y libre, me encantaba mi trabajo (aunque tenía ciertos sentimientos encontrados) y no me importaba ensuciarme ni estar lejos de la civilización.

Estaba encantada con la vida tranquila -y dura- de granja.

Marta Diarra Lampi

Las preciosas vaquitas

Marta Diarra Lampi

Una parte de las montañas

Marta Diarra Lampi

El cielo de la granja

Siento que he vivido muchas vidas porque el tercer y cuarto mes lo viví como una nómada. Vivía en mi van, viajaba descubriendo Nueva Zelanda y sin saber dónde dormiría cada noche. Viajaba lento, sin prisas ni planes, saboreando cada lugar, parándome donde me lo pedía el corazón y yéndome cuando la brisa de otros mares me llamaba.

Caminé por montañas, recorrí cientos de miles de kilómetros de carretera, cogí aviones, me sumergí en culturas diferentes a la mía. Viajé y soñé y disfruté sin hogar fijo. Sin nada fijo.

Y lo volvería a hacer.

Marta Diarra Lampi

He recorrido Nueva Zelanda de punta a punta

Y siento que he vivido muchas vidas porque el quinto mes lo he vivido sedentaria, teniendo una casa «propia» en condiciones que nunca antes había tenido: casas de dos pisos, con grandes jardines, huertos, jacuzzis, todo tipo de electrodomésticos, televisores cuyos programas se pueden rebobinar… Para mí, que he vivido 20 años en un estudio 15m2, ha sido como vivir en verdaderos castillos. Y además acomapañada de gatos (cuatro en total), un perro y peces. Me he encargado de limpiar piscinas y de cortar el césped, de mantener cosas que nunca habían formado parte de mi día a día.

Es como si hubiera adoptado la identidad de otras personas, me hubiera instalado en sus casas y vivido sus vidas pero siendo yo. Ya no es «vivo como quiero», ahora es «me ajusto a como viven otros».

Y lo volvería a hacer.

Marta Diarra Lampi

Hemos cuidado de la preciosa Bella

Marta Diarra Lampi

Y de Goldie, la robacorazones

Creo que es normal que sienta que llevo mil años en Nueva Zelanda porque siento que he vivido mil vidas diferentes: la trabajadora, la campestre, la nómada, la sedentaria, la niña, la mujer, la libre, la de las obligaciones… he vivido mil vidas y todas ellas me han encantado.

Creo que me gusta eso, el cambio. Mutar. Probar y adaptarme Quedarme si me gusta e irme si no congenio.

Creo que me estoy descubriendo en otros ámbitos, cómo reacciono, cómo me las apaño o cómo funciono en general. O quizás me esté forjando una nueva personalidad. O personalidades.

No lo sé.

La única certeza que tengo es que me ha gustado eso de experimentar tantas vidas tan diferentes.

Estoy preparada para vivir todo aquello que esté por venir en los siguientes meses 🙂

 

Cuarto mes de viaje I: la pausa

No sé cómo enfrentarme a mi blog después de tanto tiempo sin escribir. Pero aquí estoy: he vuelto. Y he regresado con muchísimo que contar.

He estado ausente porque todo enero y febrero he estado viajando non-stop hasta el presente/la pausa/el stop, a gusto del lector.

 

Cuando inicié el blog, hace ya un poquito más de un año, había tomado una decisión que estaba dispuesta a completar costase lo que costase (¡error!). Y esa era vivir viajando. Lo del error es cosa del «cueste lo que cueste», ya que para mí nada debería merecer la pena.

Lo de vivir viajando es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

 

En lo más profundo de mi corazón sabía que se podía, sobre todo porque había visto a otros hacerlo. No en primera persona, claro está, sino visto en la red, en libros e incluso en documentales. Mi corazón me lo decía y ellos lo mostraban y lo gritaban a los cuatro vientos: puedes vivir la vida que deseas vivir, sólo tienes que romper un poquito algunos moldes.

Y yo nunca he sido de encajar.

Soy más de volar.

 

Yo tenía -y tengo- un plan viajero-vital que dejé plasmado en un post en el que, recuerdo con una sonrisita escapándose de mis labios, manifestaba mis bajas aptitudes en el ámbito geográfico. Porque siempre he sido un desastre con los mapas y relieves y ríos y formaciones.

Pero fíjate tú algo que me ha aportado viajar: me sé enteritas las dos islas de Nueva Zelanda, uso mejor los atlas y ahora puedo incluso proyectarlos en mi mente. Antiguamente pensar en un mapa me causaba mucho estrés y no podía proyectar ningún mapa mental porque no había manera de aprender un mapa. Me cuesta mucho llegar de un punto A a un punto B porque no sé leer las indicaciones correctamente y me bloqueo. Pero ahora, de forma totalmente natural y sin preverlo, he mejorado muchísimo a la hora de leer un atlas. ¡Punto para mí! 😁

Eso sí, mi orientación sigue muy, pero que muy desorientada. Step by step…

 

Ay, que me desvío del tema.

Lo que quería contar era que yo tenía un plan de vida a largo plazo. Evidentemente es sólo una idea, estoy abierta a que pase lo que tenga que pasar y a modificaciones. E incluso a dejar de desearlo.

El caso es que nadie creía en mi plan, salvo Miguel (❤). Y eso me llevó varias veces a dudar de si estaba tomando el rumbo correcto o no. Yo deseaba viajar por el mundo intercalando periodos de trabajo in situ con viajes lentos. Quiero disfrutar de los países y sus ciudades y sus pueblos y su gente desde lo más interior que me sea posible.

No quería trabajar, tener vacaciones y volver a casa para volver a trabajar. Sobre todo porque en general (¡qué digo en general!: TODOS) los trabajos están muy descompensados con los períodos vacacionales: once meses de trabajo, uno de vacaciones.

Espera, que lo repito para que se interiorice bien: ONCE meses de trabajo frente a UNO de vacaciones.

No way. Por ese aro no paso.

Que no es lo mismo que «no pasaré». Simplemente ahora no me apetece. Me apetece estar haciendo justo lo que hago: vivir según lo que siento.

 

Porque lo pasé muy mal en su día. Es más, este blog nació porque estaba mal, estaba triste y no me gustaba mi vida. Fueron tiempos de altibajos, de tormentas emocionales, de inquietud. Con esa experiencia fue cuando aprendí aquello de que «nada puede merecer la pena».

Pero he aprendido otra cosa más: a escucharme.

¡A escucharme! Qué maravilla.

 

Si ahora mismo estoy donde estoy -tumbada en el sofá cuidando de dos gatas en la casa más grande y «»»lujosa»»» en la que he vivido nunca- es porque me escuché y me adelanté a los acontecimientos.

Llevábamos un mes y poco de viaje cuando comencé a estar inquieta. Fueron un par de días en los que un «run run» correteaba por mi cabeza. Había algo que mi subconsciente no paraba de pensar, pero yo no lo oía. En mi mente se estaban dando una serie de pensamientos y no se me estaba incluyendo en el proceso.

Hasta que decidí pararme a escuchar (CREO que lo que hago se asemeja bastante a la meditación). Y descubrí algo: mi cuerpo me avecinaba que nos íbamos a cansar. Yo no sabía por qué pero había sacado esa conclusión.

«Miguel, nos vamos a cansar, tenemos que alquilar una habitación para marzo».

Imaginad el semblante de Miguel cuando le dije eso. ¿Pero no querías empezar a trabajar en marzo? ¿Cómo que alquilar una habitación? ¿Sabes que eso se nos sale de presupuesto?

Pero la decisión ya estaba tomada. No quería por nada del mundo alterar mi paz interior, así que decidí escuchar y hacerme caso. Y como no teníamos suficiente dinero para alquilar algo, decidimos concretar para las dos primeras semanas de marzo un housesitting con una pareja con dos gatitas (explicaré en profundidad en otro post de qué trata el housesitting, pero básicamente es cuidar mascotas y plantas mientras los dueños están ausentes: nosotros vivimos en su casa y cuidamos de sus mascotas mientras ellos, los dueños, por lo general, viajan).

Acordamos el housesitting y nos olvidamos del asunto cansancio.

Miguel confiaba en que efectivamente llegaría un punto del viaje en el que yo me cansaría, por el simple hecho de pensar que me cansaría (como los hipocondríacos, vaya). Pero lo que ninguno de los dos nos imaginamos fue que los últimos días de febrero serían mortales para nosotros. Bueno, igual mortales no, pero se hicieron pesados.

Estábamos cansados al cubo. No durábamos despiertos muchas horas, por lo que no podíamos hacer muchas cosas, todo nos cansaba, no nos apetecía aprovechar nuestros últimos días de viaje para visitar lugares nuevos. Estábamos realmente cansados. Los dos.

Agotados, exclamábamos «¡menos mal que el 28 comenzamos el housesitting!».

Miguel todavía se sorprende de que pudiera anticiparme a ello, porque él dice que jamás se imaginó sintiéndose como se sintió a finales de febrero. Era algo que ninguno habíamos experimentado antes.

 

¿Sabéis esas veces que os sentáis en algo blandito y removéis el culo intentando encontrar la postura perfecta? Removéis, os sentís incómodos, y volvéis a remover… ¿Os ha pasado?

Pues así me sentía a mediados de febrero. Había algo removiéndose en mí que no encontraba la postura ideal. Fue darme cuenta del enorme WARNING! que me estaba enviando mi cuerpo, y volver la paz interior.

Resulta que toda aquella época de turbulencias en mi alma han derivado en esta capacidad no sólo de escucharme, sino de apostar por mis instintos. Que sí, que por temas monetarios habría convenido comenzar a trabajar. Pero si me siento tan en paz con las decisiones tomadas, confío en que he hecho lo correcto.

 

Recuerdo que en el tercer mes de viaje escribía que si había aprendido algo, todavía no estaba siendo consciente de ello.

Ahora sé que he aprendido a tomar mejores decisiones en base A MÍ, no a lo que me conviene, me es mejor, me sugieren, me comentar, me aconsejan, se-dice-que… Está bien saber la opinion de otros para tener una perspectiva más amplia y alejada de uno mismo, pero la última palabra la tengo yo, y soy yo quien «sufrirá» (o disfrutará, oye) las consecuencias.

 

Porque si en lugar de haber seguido mi instinto hubiera seguido los consejos (miedos) de los demás, ahora mismo no estaría escribiendo que llevo cuatro meses viviendo viajando ✈

La música, las cicatrices y la relatividad.

“Ponme musicoti, ¿no?” me pide Miguel.

Abro Spotify y pongo el disco de 1999. Hacía mucho tiempo que no lo escuchaba. Me encanta. La primera vez que lo escuché tendría unos quince años. ¿Esa Marta se imaginaría a sí misma escuchando 1999 casi ocho años después en Nueva Zelanda?

Qué va. Ni de lejos.

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Me acaricio las manos. Las tengo bastante secas. Mis dedos se topan con unos callos que tengo al inicio del dedo corazón, anular y el meñique de la mano derecha. Me miro la izquierda y más de lo mismo bajo el dedo corazón y el anular, pero estos son unos callos más suaves.

Unos callos suaves que nacieron con un trabajo duro.

Me acuerdo de la granja lechera y me entra cierta nostalgia. Me encantaba trabajar y vivir allí. Me acuerdo del cantar de los pájaros (sobre todo uno que sonaba como una flauta de metal), me acuerdo de cuando me cagó una vaca en la cabeza y me di cuenta que no era tan malo como parecía, me acuerdo de Lumsden y su cafetería Route 66 Style, me acuerdo de cuando las vacas casi se escaparon, me acuerdo de nuestra habitación y de las montañas que rodeaban el campo… pero también me acuerdo de mi peor día de trabajo y de aquel día que trabajando me encontré a una vaca enferma tirada en la hierba exhalando sus últimos alientos. La niebla y la lluvia le pusieron el broche a aquella estampa difícil de olvidar. Sólo pude acariciarla y acompañarla en su final.

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Los callos de mis manos me recuerdan que soy fuerte. Mucho más de lo que creía(n). Varias personas me dijeron que la granja no era para mí, que no aceptara el trabajo, que me fuera, que sería muy duro. Y joder si fue duro. Pero no solo lo superé, sino que lo disfruté muchísimo. Estos callos callan a los que subestiman, a los que no alentan, a los que frenan. Estos callos me dicen tú puedes todo… y más.

La granja… allí aprendí a montar en moto y tuve una caída fatal donde me dañé las dos rodillas. Me miro la rodilla izquierda y ahí está, blanca, resaltando en mi piel morena. Ahí está esa cicatriz que me duele sólo con mirarla. Ya estoy bien, sólo si fuerzo demasiado las rodillas me duelen un poco. Como recuerdo me queda esa cicatriz que me repite que no somos de hierro, que estamos sanos y vivos hoy, pero que somos finitos.

Los días que tuve las rodillas malas fueron días difíciles: andar dolía, agacharse dolía, sentarse dolía, flexionar dolía, estirar dolía, apoyarse dolía… Desde entonces pienso muchas veces en lo agradecida que estoy de estar bien y sana. En la granja me repetían siempre if you don’t feel safe, DON’T DO IT. Me lo guardo como estilo de vida, thanks.

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Estilo de vida…

¿Cuál es mi estilo de vida actual? ¿Nómada? ¿Vivir viajando? ¿”vanpacker”? Sólo sé que mi hogar es mi coche y mis coordenadas son itinerantes, lo que me recuerda a otras cicatrices que tengo en los tobillos. Los culpables son las sandflies, que son la versión demoníaca de los mosquitos, ya que en lugar de picar tienen como una “sierra” y te rajan la piel.

La primera vez que probaron su serrucho conmigo me dejaron unas picaduras que se volvieron grandísimas, moradísimas, feísimas y que picaban muuucho. Hace dos meses de eso y todavía están las cicatrices. Unas cicatrices pequeñísimas, casi imperceptibles, pero que en el fondo me sacan una sonrisa. Porque las sandflies aparecen en las orillas de los lagos, ríos y del mar, sobre todo al amanecer y atardecer.

Estas puñeteras cicatrices me recuerdan a las veces que hemos dormido y despertado frente a un lago o al mar, todos aquellos atardeceres –y algún que otro amanecer- y los cielos estrellados que hemos visto desde nuestro coche, nuestro hogar. Me encanta mi vida, me encanta moverme, quedarme e irme cuando lo desee. Soy feliz. Y si me tienen que picar sandflies para ello que vengan, que yo voy armada con repelente y no tengo ningún problema en usarlo.

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Suena Segundo Asalto. Cómo me gusta esa canción.

Definitivamente no.

Jamás en la vida me habría imaginado con quince años que a los veintidós estaría recorriendo Nueva Zelanda escuchando la música que escuchaba cuando creía que mis sueños nunca se harían realidad.

Qué relativa es la vida.

Un trimestre viajando

Hoy hace tres meses de aquel día en el que por poco me quedo en tierra. A saber qué sería de mí si la suerte hubiera decidido quedarse dormida esa noche…

Tres meses que salí de casa.

Intento hacer introspección para ver si el viaje me ha cambiado en algo pero no consigo encontrar diferencias. En mi personalidad, digo. De alma soy mucho más feliz que antes, y ese es un cambio que quiero que sea perenne.

Lo que sí me he dado cuenta es que el viaje me ha hecho conocerme más. Es decir, ahora podría describirme mejor. Quizás no pueda ver los cambios en mí porque antes no sabía cómo era. No lo sé.

El caso es que ahora me conozco mucho mejor.

Me he dado cuenta que me gusta andar pero no tanto hacer senderismo. Creí que era una persona que disfrutaba de las caminatas en la naturaleza pero me he dado cuenta que no me gustan tanto.

Me he dado cuenta que me gustan las vivencias a fuego lento. Si algo me agrada, le voy a dedicar todo el tiempo que quiera. En este viaje he estado una hora sentada viendo el mismo paisaje, la misma cascada; horas y horas viendo animales dormidos, muuucho tiempo viendo una y otra vez los mismos cuadros y dibujos. Ahora que tengo tiempo me he dado cuenta que me encanta invertir el mío en mirar.

Me he dado cuenta que echo de menos a mi familia y amigas más de lo que me imaginé cuando todavía vivía en España.

Me he dado cuenta que soy igual de soñadora pero diferente. Ya no digo «me encantaría hacer X», ahora digo «voy a hacer X». ¿Notáis la diferencia? Siento que los límites de las posibilidades se han reducido, que no hay imposibles.

También me he dado cuenta que cuando se trata de sueños saco una fuerza de voluntad enorme. Las metas no se regalan, las metas se alcanzan. Y si hay que trabajar duro, se hace.

Me he dado cuenta que las RRSS me estresan. Que cada vez deseo más y más borrar todas mis redes y apagar el teléfono y vivir mi vida. No quiero decir que quiera perder el contacto con mis conocidos, todo lo contrario. Lo que pasa es que el contacto continuo es demasiado para mí. Me estresa que dos días de mutismo se conviertan en un «¿Marta estás bien? ¿Por dónde vas? ¿Cuál es el plan? Es que no has publicado nada». Me causa estrés. Pero a la vez lo comprendo, y debo aceptar que no puedo desaparecer del mapa sin dejar ningún rastro. Sería cruel para mis seres queridos.

Siempre supe que me encantaban los animales, pero ahora lo reafirmo mucho más. Ver los animales en libertad me fascina, pero es que ver las mascotas también. Echo de menos tener mascota. Esta noche soñé que tenía un hámster ruso. Quizás sea hora de hacer un housesitting.

Me he dado cuenta que le cojo mucho cariño a las ciudades y a los momentos. Me encanta estar donde estoy, pero a veces añoro la granja, Lumsden, Curio Bay, Dunedin… Es como una dualidad: me gusta el ahora pero añoro el ayer, aunque si me quedara en el ayer ahora estaría insatisfecha. Creo que simplemente no me gusta anclarme, me gusta el cambio y el movimiento, aunque eso signifique dejar atrás lo que te ha hecho feliz. La quietud prolongada me causa incomodidad.

Me he dado cuenta que cada vez aparto más la cámara. Siempre me ha encantado la fotografía y el vídeo. Y ahora tengo la oportunidad perfecta para hacer mil vídeos y no me sale. Me da pereza. No veo momento de interrumpir mis vivencias para coger una cámara y ponerme a grabar, y luego invertir mi tiempo en editar. Estoy segura que en un futuro me haría muchísima ilusión ver esos vídeos, pero es que no puedo. Sólo me apetece vivir los momentos, no grabarlos (y muchas veces ni fotografiarlos).

Ya me di cuenta de ello con el desafío de los 21 días, y es que si tengo que escribir por obligación, no lo voy a hacer. Y ya me estoy arrepintiendo de escribir tan poco en mi diario (físico, no digital), pero no me salen las palabras cuando me obligo a escribir. Y tengo que obligarme porque sino no lo hago. No me gusta escribir pero tampoco me gusta no escribir. De alguna forma tengo que arreglar esto.

Me he dado cuenta que soy persona de agua. Aquí he visto paisajes montañosos increíbles. Paisajes que creo que jamás ningún otro lugar podrá superar. Sin embargo donde siempre me he sentido mejor, más en paz y fascinada ha sido frente al mar y a lagos. Me encanta el agua (no tanto mojarme), sobre todo el mar, su inmensidad, su azul, su olor… Soy mujer de agua.

 

Quizás no haya notado cambio en mí -aunque seguro lo ha habido-, pero creo que también es muy importante el conocerse a uno mismo. O quizás esté forjando una nueva personalidad, quién sabe. Sea lo que sea me gusta quien soy y la vida que llevo. Que así siga

Feliz año nuevo neozelandés II

Nunca he sido de darle especial importancia a los cambios de año. Ni mucho menos de hacer balances, introspecciones, propósitos ni nada parecido.

Pero este año ha sido diferente.

 

Los últimos días del 2017 me tuvieron muy reflexiva. Pensaba en el trabajo, pensaba en mi tiempo libre, pensaba antes de dormir… pensaba en todo lo vivido en el 2017. Y llegué a la conclusión de que no ha merecido la pena.

2017 ha sido un año duro. Durísimo. Y muy triste.

Demasiado.

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En los vasos, nuestras 12 uvas.

Me releo en aquel primer post que escribí hace un año a la desesperada, y en mis palabras me noto mejor de lo que realmente estaba. Recuerdo haber sustituido palabras como «huir» por «querer irse» para autosuavizarme el malestar. La huida la haces cuando tienes miedo y quieres evitar un peligro.

Y así me sentía: con una amenaza pisándome los talones.

Lo supe antes de vivir todo lo que se me vino encima. Esas navidades fueron difíciles. Ese año nuevo fue difícil: había vuelto a una ciudad a la que no quería volver, y para ello había rechazado oportunidades que deseaba aprovechar. Estaba estudiando en una Universidad en la que no quería estudiar, por lo que no me pude adaptar bien al regreso. No me pude adaptar ni a mis compañeros de clase. Y además, Miguel tenía en su cuenta bancaria 21€ y yo en la mía más o menos lo mismo, y no tenía ni idea de cómo saldríamos del paso.

El resto, si habéis leído todos mis posts, ya lo sabéis: finalmente salimos del paso trabajando mucho en todos los aspectos que «trabajando» puede abarcar, fui cayendo en una espiral de insatisfacción tal que sólo quería marcharme lejos y sola y desaparecer. Pero también fuimos cumpliendo todos los objetivos que nos propusimos, hasta llegar a donde estamos hoy.

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La gente preparada para dar la bienvenida al año nuevo.

Por eso digo que 2017 no ha merecido la pena. Porque nada debería merecer mi pena. Puede merecer el esfuerzo, merecer el sacrificio o la constancia, pero jamás debería merecer la pena. Es como si sólo con tristeza pudieran lograrse los objetivos. Creo que habiendo hecho las cosas un poco diferentes habría alcanzado los mismos resultados sin tener que pasar por tanta penuria.

Y ese ha sido uno de los aprendizajes que saco de este 2017. Puede sonar a cliché facilongo y repetitivo, pero es real: sigue a tu corazón, instinto, alma… llámalo como quieras, pero síguelo. Hay veces que conscientemente no estamos seguros de algo, sin embargo tenemos esa pequeña vocecilla que nace del subconsciente y que intenta decirnos algo que en el fondo ya sabemos, pero que no logramos ver con claridad.

Yo tomé varias decisiones a través del miedo. Aposté por lo seguro en lugar de por lo que verdaderamente quería, aunque fuera más arriesgado. ¿Logré mis objetivos? Sí. ¿Mereció la pena? Jamás. ¿Creo que podría haber logrado mis objetivos siguiendo a mi instinto? Sí. Habría sido más difícil pero sí, creo firmemente que tarde o temprano lo habría conseguido.

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Todos estos pensamientos me rondaron la cabeza los últimos días del año. Y me daba rabia porque debería haber estado focalizando mis reflexiones en la meta, no en el camino, porque ahora estoy siendo inmensamente feliz. ¿Para qué gastar el tiempo regurgitando malas sensaciones? Pero era algo que no podía evitar. No puedo evitar pasarme la vida reflexionando y autoanalizándome.

Hasta que llegaron los fuegos artificiales.

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El 31 de diciembre de 2017 Miguel y yo nos fuimos a Queenstown a celebrar el paso de un año a otro. Nos sentamos a la orilla del lago, a esperar que el reloj diera las 00:00, yo con doce ositos de gominola (no me gustan las uvas) y Miguel con sus doce uvas, para no perder la tradición. De repente el coro general hace una cuenta atrás, nos comemos nuestras «uvas» lo mejor que podemos y… comienzan los fuegos artificiales.

Marta Diarra Lampi

A orillas del lago.

Estaba en primera fila sentada a la orilla de un lago, en una ciudad preciosa de un país alucinante y con la persona que amo, haciendo mis sueños realidad y viendo cómo una explosión de luces y colores y magia caía como lluvia sobre mí. He visto muchísimos fuegos artificiales, pero jamás los había visto desde un punto de vista que diera la sensación de que las chispas fueran a salpicarme. Fuegos enormes, coloridos, en espirales, oblicuos… y sentí cómo con cada explosión el peso de todos los males que había guardado del 2017 se iban diluyendo.

Cada estallido de color reventaba un mal recuerdo.

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Así que cuando el espectáculo terminó, con los ojos aun brillando de ilusión, me sentí muy ligera y aliviada. Comprendiendo mejor que nunca la aborrecida frase «año nuevo, vida nueva». Pudiendo mirar a los ojos a Miguel, y felicitarle esta vez a la cara e in situ: feliz año neocelandés, mi amor.

 

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Fotografía cogida de KiwiYouToo

 

P.D: otra actividad en la que invertí mi tiempo antes de entrar al 2018 fue revisar antiguos proyectos fotográficos. Vi todo mi Proyecto 365 días, en el que del 26 de junio de 2015 hasta el 25 de junio de 2016 saqué una fotografía diaria, y me emocioné mucho al recordar ese año.

Así que me he decidido a volver a hacer un nuevo Proyecto 365 días, que podrás ir viendo en esta página