República Independiente de Whangamomona, la joya del mundo olvidado

– ¡Joder con el pájaro!

Y frenazo.

El parón fue tan brusco, que la fuerza de la inercia no sólo detuvo al coche, sino a mi corazón por unos instantes. Lo que me pareció un loro en miniatura de color rojo-azul-verde-amarillofluorescente se había cruzado ante nosotros con intenciones si no suicidas, al menos bromistas, pero de muy mal gusto.

– Este sitio es muy raro, Miguel.

 

La curiosidad fue lo que nos llevó a ese momento. Estábamos, otra vez, cruzando las dos islas de Nueva Zelanda para comenzar en un trabajo nuevo. Todavía nos quedaban dos días de viaje cuando, de repente, lo vimos por la ventanilla del coche.

«FORGOTTEN WORLD HIGHWAY BEGINS»

Autopista al mundo olvidado. Qué nombre tan… curioso. «Mundo olvidado», suena casi poético. Teníamos tiempo para un desvío. ¿Por qué no? Seguro no llevará mucho tiempo. ¿Cómo resistirse? Autopista al mundo olvidado… Como si de un eco se tratara, el nombre de la autopista resonó y rebotó por todas las paredes de mi cabeza. Ya no podía soltar la idea de descubrir ese mundo olvidado.

Así que allá nos adentramos.

IMG_7010.jpgLa carretera comenzó como toda Nueva Zelanda: verde. Verde hasta donde la vista te alcanza, veinte por ciento azul del cielo, ochenta por ciento verde lima, verde menta, verde pino, verde caqui, verde pistacho, verde oliva, verde esmeralda. Incluso se dejó ver algún que otro verde amarillento, pero verde al fin y al cabo.Marta Diarra LampiTodo este verde era el manto de un sinfín de montes redonditos plagados de vacas y toros y ovejas que a lo lejos no eran más que puntos negros, como si un gigante hubiera ido dejando bollitos por doquier, y en ellos se subieran hormiguitas a por su trocito de merienda.

Marta Diarra LampiIncluso juraría que algunos árboles tenían el color verde en toda su expresión, un verde que me hacía sentir que ese debía ser el original, el puro. Creo que el efecto óptico-colórico vino de la mano del sol, que aun fuerte a esas horas del día ya se preparaba para el atardecer, apreciándose en él las primeras pérdidas de intensidad antes de tornarse naranja y desaparecer en la noche. Me hacía pensar en el sol como un culturista de 60 años: musculoso pero pachucho.

_MG_7023-Pano.jpgLos cuarenta minutos de carretera plácida y en línea recta mutaron sin apenas darnos cuenta a una serie de serpenteantes curvas inseguras que curva tras curva susurraban a mis sesos que de ese sitio mi psique no saldría ilesssa. Curva tras curva tras curva…

El camino, sin quitamiedos y con precipicios, nos adentró en una selva templada donde las palmeras verde oscuro fueron las protagonistas. Bajamos la ventanilla del coche para que me diera el aire fresco en la cara, tenía el estómago descompuesto.

Y entonces lo olí.Marta Diarra Lampi

– Miguel, ¿lo hueles?

Sí… huele a… a Coromandel. Y a los Catlins.

¡A la cascada! –adivinamos a la vez.

Olía a lo que huele cuando te adentras en la vegetación del país, a una humedad aplastante pero tan gélida que al respirar te enfría la nariz, los conductos nasales y hasta los pulmones. Olía a madera de árbol que de tan mojado que está sabes que se ha ablandecido aun sin tocarlo. Olía a frondosidad, a apartar árboles con las manos para darte paso y a oscuridad porque las ramas se también niegan a dárselo a los rayos del sol.

Olía a mi año en Nueva Zelanda, a recuerdos que dibujan sonrisas en el alma, a abrazos que son hogar. Ahí fue cuando tuve la certeza de, nos llevase a donde nos llevase esta carretera del mundo olvidado, sería a un sitio especial.

Porque a eso huelen los lugares especiales en Nueva Zelanda.

– ¡Joder con el pájaro!

Y frenazo.

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Un pequeño loro de colores (que más tarde descubrí se llaman kākāriki) se cruzó frente a nuestro parabrisas. Al ave suicida le siguieron más loros, faisanes de colores y colas laaargas, cabras, pavos y hasta toros sobre vías de tren. La carretera, ahora de grava, fue una locura animal que terminó en el único pueblo de toda la «autopista»: Whangamomona.

Después de tanto verde, parecía que habíamos llegado a otro mundo. En el pueblo sólo había un par de casas, un parque, un hotel, una oficina de correos destartalada y lo que creo era un mecánico. Parecía que estábamos en un silencioso lejano oeste de asfalto, sólo faltaba la bola de paja solitaria rodando ante nuestros ojos. Porque el individuo bebiendo en el porche del hotel con ropa tejana, pocos dientes, muchos tatuajes, barba gris de varios días y expresión de no haber salido nunca de allí ya lo teníamos frente a nuestros ojos.

Era la reencarnación en vida de Cletus, el cateto de Los Simpsons._MG_7061.jpgEntramos en el hotel, pregunté rápido por el servicio y corrí hacia él. Hice que mis intestinos volvieran a su posición original entre carteles consejeros del tipo “no tire al W.C. productos sanitarios, pañales, cachorritos, sueños ni esperanzas” o “la jardinería es más barata que ir a terapia y encima obtienes tomates”.

Hasta que no salí del baño recompuesta, no me había tomado el tiempo suficiente para examinar el lugar donde estaba. Las paredes de este hotel, que más que acomodación parecía un bar, estaban plagadas de carteles chistosos, recortes de periódicos y fotografías antiguas. En un corcho titulado «REPUBLIC DAY 2005» colgaban fotografías de cientos de personas vestidas de cabaret, otras cortando leña, otros pintando a niños, otros en una bañera con ¿serptientes?, otros viendo carreras de ovejas…

Cada rincón de pared tenía una historia distinta. Había de todo.

 

Volviendo sobre mis pasos me encontré de nuevo en el bar del hotel, con su billar en el centro, sus paredes adornadas con cráneos y cuernos de cabras, fotografías de equipos de rugby y merchandising con camisetas y gorras del pueblo; con sus cuatro personas viendo las noticias y con su camarera en la barra. Un cartelito de “PASSPORT OFFICE” llamó mi atención.

– Por dos dólares te sellamos el pasaporte. Te lo pueden sellar el mismísimo presidente de la república y la primera dama –me dijo la camarera señalando a una pareja de ancianos que bebía cerveza detrás mía.

¿Presidente de la república? ¿Primera dama? ¿Sellar pasaporte? ¿Dónde me había metido? Tenía que averiguarlo.

– Excuse me… can you…? My passport…

Yes, It’s two dollars.

Ese breve chapurreo mío inglés dio paso a toda una conversación en la que descubrí que no estaba en un pueblo, sino en una micronación. Todo se remontó a 1989 cuando, tras haber formado desde siempre parte de la región de Taranaki, el gobierno redibujó las fronteras regionales haciendo que el pueblo ahora formara parte de la región de Manawatu-Wanganui. Los ¿whangamomoneños?, se negaron al cambio. Y el gobierno se negó a que se negaran. Visto que no podían luchar contra la ley, se inventaron la suya: el 1 de noviembre de 1989 se autodeclararon República Independiente de Whangamomona como protesta, separándose así no sólo de Manawatu-Wanganui, sino de todo el país.

Y como micronación que es cada dos años enero es el mes de las elecciones. Y si la historia de la República de Whangamomona ya me suponía una genialidad, la historia de sus presidentes ya me parece brillante: el primer presidente, Ian Kjestrup, gobernó durante diez años. Lo curioso es que ni siquiera sabía que formaba parte de la candidatura, alguien puso su nombre sin su permiso.

En 1999 «Billy Gumboot» pasó a ser el nuevo presidente porque… se comió todas las papeletas y no tuvo más remedio que aceptar el mando. Ah, se me olvidó comentar que Billy es una CABRA que gobernó la República durante dieciocho meses.

El siguiente presidente fue Tan, un caniche cuyo mandato no duró mucho, pues fue atacado por un mastín. Tai sobrevivió, pero nunca llegó a recuperarse del todo del ataque. Algunos, todavía sospechan que fue un intento de asesinato…

En 2005 el caballero Sir Murt «Murtle the Turtle» ganó unas elecciones bastante reñidas. Aunque lo apodaban «turtle», éste era un hombre de verdad. En 2009 fue reelegido por un solo voto. Lamentablemente murió en 2015, y en memoria el pueblo lo nombró como primer y único caballero de la República.

Durante dos años y por primera vez en la historia de la República Independiente de Whangamomona, una mujer se hace con el poder: Vicky Pratt. Resulta curioso que gobierne una cabra años antes que una mujer. Como la vida misma…

Y en ese instante de octubre de 2018 estaba conversando con John, el actual presidente de la República, y su mujer en un bar perdido en medio del universo.

IMG_7063.jpgCuando le di mis dos dólares por el sello que me estampó, puso las monedas en un tarrito de cristal con más monedas y billetes.

– Con el dinero que recaudamos de los pasaportes y del merchandaising, es con lo que pagamos los arreglos del pueblo, el colegio y el equipo de rugby. Porque aquí vivimos 200 personas eh, en 20km cuadrados.

Y yo me preguntaba dónde vivirían estas personas. Yo no vi casa alguna al llegar. Y existir, existen, que las he visto en las fotografías del bar. ¿Dónde estarán? ¿Por la montaña? ¿A qué se dedicarán? Y como si me leyera la mente, me explica que

– Aquí no tenemos Internet. Aquí las personas nos relacionamos las unas con las otras, hablamos entre nosotros, no como en las ciudades. Aquí los niños salen a jugar a cazar possums y cabras.

Mi móvil me confirma que efectivamente, no hay cobertura, por lo que no podría haber Internet. Y pienso que a veces sentimos que el mundo es muy moderno y «avanzado» (habría que ver qué se entiende por «mundo avanzado»), pero que todavía existen rincones donde no hay Internet, ni YouTube, ni memes, ni vídeos virales. Todavía existen lugares donde los niños salen a cazar.

Y a veces los tenemos a un par de horas en coche.

– Marta, tenemos que irnos ya. No podemos conducir de noche.

Noquiero-noquiero-noquiero-noquiero.

Mi mente y mis pies deseaban anclarse en ese lugar por unos días más, quería saber más, quería ser estar y vivir, hablar con más ciudadanos, conocer. Pero anochecía y debíamos seguir con la ruta. Whangamomona sólo era un paréntesis en el camino. Un paréntesis hecho de bosque puro cuya curvatura abraza a la República Independiente más fascinante en la que jamás haya estado.

IMG_7067.jpgEl atardecer se comía el cielo mientras cubría a las montañas con su manto anaranjado. Al día le quedaban pocas horas de vida. Y viendo por última vez el pueblo desde la ventana del coche comprendí que en el hotel de Whangamomona no sólo me sellaron el pasaporte. También dejaron una estampilla de felicidad en mi corazón, que desde ese día se hizo un poquito más grande.

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Diario de viaje kiwi: memorias de un trayecto en ferry

En realidad este post lo escribí hace mucho tiempo, hace ya mas de un ano. Ano de anual, no el del culo… Lo que pasa es que el cargador de mi portátil se ha roto por lo que adiós portátil y adiós tildes (bendito autocorrector) y adiós a la letra «ene» pero con rallita encima. A ver cómo encuentro yo un cargador de Macbook en el medio del desierto

Pero bueno, a lo que iba: que este texto lo escribí hace muchísimo tiempo y hoy, que tengo la manana libre me apetecía publicar fotos y textos en el blog. Pero como no puedo acceder a mis fotos… me he limitado a escribir. Y revisando las entranas del blog me he encontrado con este post que jamás llegué a publicar y que me parece de lo mas tierno (!y tiene fotos! 😜).

Así que nada, disfrutad de este trayecto en ferry por mis recuerdos 😊

Día 25 de viaje (30 de enero de 2018): después de haber viajado durante casi un mes por la isla sur, tocaba decirle adiós. Esto es lo que escribí ese mismo día en el trayecto en ferry que une ambas islas:

 

Ferry Picton-Wellington (30 enero 2018)

Aquí estoy, escribiendo. Triste. Melancólica. Debería haberme puesto calcetines y pantalones largos, el aire del ferry está muy frío. Miguel juega con el móvil a mi lado y de fondo oigo un gran ronquido probablemente masculino.

Todo está en calma. El ferry se mueve muy suavemente. Cuasi sigiloso.

He conseguido un asiento amplio, cómodo y junto a la ventana, por lo que puedo hacerme un ovillo humano y envolverme en mi chaqueta. El sol brilla y el mar es intenso y azul y ocupa toda la ventanilla. Todo es azul hasta donde alcanzan mis ojos.

El mutismo ha llegado a mis cuerdas vocales, paralizándolas. Sólo puedo mirar por la ventana y pensar.

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Y recordar.

“¿Por qué me siento triste, Miguel? ¿Por qué siento que se acaba un viaje en lugar de emocionarme por empezar otro?”.

 “Ya te lo dije cuando vivíamos en Murcia, con lo emocional que eres viajar te va a costar mucho”.

 “¿Pero por qué me siento así?”.

 “Eres emocional. Pero eso es bonito, es parte de tu magia, de tu cariño por las ciudades, es bonito”.

“Pero es difícil” pienso sin poder abrir la boca y soltarlo.

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El mar está hermoso. Nada que ver con cuando llegamos a la isla sur. Aquel día tuvimos una tormenta horrible. Eran las tantas de la madrugada y hacía tanto viento que creía que saldríamos volando, y estábamos tan cansados que dormimos todo el trayecto.

Pero esta vez es distinto.

El sol brilla fuerte y el mar… está hermoso. Hasta veo un pequeño arcoíris en las faldas marinas del barco.

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“Ahora sí puedes decir que mereció la pena”.

Al principio no comprendo a qué se refiere Miguel, pero poco a poco voy pillando el sentido de la frase. Desde que escribí el post de año nuevo, Miguel y yo nos hemos prohibido utilizar la frase “merecer la pena” y la sustituimos por “mereció el esfuerzo/la inversión/el tiempo/la paciencia” o derivados que nos eviten la necesidad de sentir tristeza para conseguir o valorar las cosas buenas de la vida.

“Ahora puedes decir que, aunque te de pena, mereció el viaje. Viajar es esto, decir adiós. Ahora mismo te sientes triste pero a cambio has tenido veinticinco días de viaje. Merece la pena, ¿no?”

Supongo que sí, que merece la pena.

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El Estrecho de Cook, la ruta en ferry que une las dos islas

Pero cuanto más lo pienso más triste me pongo. Nos recuerdo llegando a la isla sur sin saber con qué nos encontraríamos, nos recuerdo en nuestros primeros días de trabajo con agujetas en cada extremidad, recuerdo a las vacas y lo preciosas que estaban cuando el amanecer las teñía de rosa… estaban sencillamente fabulosas. Recuerdo lo bien que nos acogieron en la granja, como si fuéramos de la familia, pasando las Navidades juntos (haciendo una barbacoa, jugando al críquet y viendo un mundial de dardos). Nos recuerdo yendo a Lumsden a por helados, y a Gore cuando nos apetecía KFC. Nos recuerdo pasando la Navidad en Bluff en la Dama (nuestra van). Nuestras primeras navidades en el hemisferio sur con bikini y gorrito de Papá Noel. Nos recuerdo felices y tranquilos.

El viaje recorriendo el país por 25 días ha sido espectacular. Pero es que la isla sur ha sido más que eso. Ha sido mucho. Y me alegro que haya ocurrido pero me entristece que se acabe. Aunque tampoco lo quiero para siempre.

 

Es raro.

Es triste.

Es difícil.

Es decir adiós.

 

Pero mereció la pena.

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Falta poco para llegar a Wellington. Quiero subir a la azotea, me apetece sentir la brisa del mar.

Subimos y ahora el azul del mar nos rodea en 360º. Hasta que lo veo. Allá, en el horizonte, lo veo. Edificios… Me sorprende el sorprenderme. Este es el momento en el que me doy cuenta de lo rural que es la isla sur de Nueva Zelanda.

Marta Diarra Lampi

¡Edificios! ¡Estoy viendo edificios!

Y noto cómo cierta energía eléctrica recorre mi cuerpo. Noto la adrenalina en mis venas. Noto que mis extremidades se tensan y cogen fuerza, que el pulso se me acelera, que estoy ansiosa, inquieta, impaciente, que los edificios se hacen más grandes, más altos, más presentes, que son inminentes que nos acercamos que YA.

 Y con una sonrisa comienzo a dar saltitos de emoción e impaciencia, porque una idea, una palabra, se ha cruzado rápida como una flecha por mi mente:

A V E N T U R A

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Wellington me estaba recordando que todavía quedaba mucho por viajar y conocer, por experimentar, por explorar. Que no hay tiempo para lamentarse, que es hora de seguir viajando.

 

La aventura continúa.

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El puerto de Wellington y el ferry Interislander

Mi plan viajero-vital 2.0

¿Sabéis de esas veces que estáis viendo una cosa determinada que te lleva a otra, y a  otra, y a otra hasta el punto de que acabas haciendo algo que no tenía nada que ver con la actividad inicial?

Pues así es como he acabado releyendo y reflexionando sobre el primer post de este blog.

Todo empezó con la publicación en mi Facebook personal de un proyecto fotográfico que realicé durante el mes de marzo (si quieres verlo, pincha aquí). El caso es que me puse a revisar todo el proyecto y como me pareció corto, decidí revisionar de principio a fin otro proyecto fotográfico del año pasado, en el que hice una fotografía al día (aquí). El caso es que en una fotografía de julio hay un enlace a un post mío, que es el que escribí como despedida a Ohakune, el pueblo donde viví por tres meses en el medio de la isla norte de Nueva Zelanda.

Y claro, entré y ese post me redirigió a otro, y a otro, y a otro… hasta llegar al primero que publiqué en el blog. Y ahí me detuve. Porque me di cuenta de una cosa: ese es un post potente. Potentísimo. Y han tenido que pasar como dos años para darme cuenta de ello.

Ese post es muy potente porque tiene decisión. En aquel entonces, en diciembre de 2016, Miguel y yo vivíamos en Málaga y no teníamos ni un duro. Literal. En diciembre de 2016 no sólo no sabía si llegaría a tener el dinero suficiente ni para comprarme un billete de avión, es que ni siquiera sabía si conseguiría la visa de Nueva Zelanda. Sin visa, se desmorona el plan, no hay nada que hacer.

Ese primer post es potente porque sentencio firmemente que

«yo quiero dar la vuelta al mundo. Vivir viajando.

Y mi primer destino será Nueva Zelanda.»

¿Cómo podía yo afirmar tan rotundamente algo tan grande? Sin visa, sin dinero y hasta sin los estudios acabados. ¿Qué pasa si suspendía alguna asignatura que tuviera que repetir?

Ese primer post es toda una declaración de intenciones tanto hacia mí como hacia el mundo entero. Estaba gritando que sabía lo que quería y que estaba decidida a conseguirlo. Ni siquiera existía un Plan B, no había nada de «bueno, si no lo consigo puedo hacer X». No, no lo había porque no concebía no alcanzar mis metas.

 

Por eso hoy tengo ganas de escribir otra vez, porque me siento orgullosa. De mí y de todo lo que he conseguido. Por cómo soy, por soñar fuerte y por trabajar aun más fuerte para cumplir mis locas onirias.

Y por eso hoy también quiero repasar aquel post que escribí un 26 de febrero de 2017 en el que ponía en palabras el plan de vida de viaje que me gustaría tener, para ver y analizar qué cosas he alcanzado y qué no. Así que allá voy.

 

En febrero de 2017 escribía que quería…

1º: Salir de España a Nueva Zelanda con una Working Holiday Visa. Estar allí de 12 a 15 meses. Solicitar una WHV para Australia.

¡Conseguido! El 16 de octubre de 2017 me monté en cuatro aviones y 56h después aterricé en Aotearoa, el país de la gran nube blanca, donde viví unos maravillosos 14 meses. Ese año, además, conseguí la visa para Australia 😃

2º: Con el dinero ahorrado en Nueva Zelanda, hacer un viaje por el sudeste asiático de seis meses aproximadamente. Según el ritmo que llevemos -probablemente lento- nos dará tiempo a visitar más o menos países. Pero la ruta “ideal” sería Indonesia, Filipinas, Vietnam y Tailandia, ya que no daría tiempo a más. Y desde Tailandia, volar a Australia.

JAJAJAJAJA no te lo crees ni tú, maja. Con lo que yo no había contado en este plan viajero-vital es con los costos de la visa australiana. Entre los papeleos, el costo de ir mil veces a la embajada de Wellington, el costo de la visa en sí, el costo del examen de inglés, el costo de los biométricos y el costo de la gasolina para ir a todos estos sitios, los seis meses por el sudeste asiático se redujeron a uno.

Bueno, al menos un punto sí que lo cumplí: volé desde Tailandia a Australia.

3º: Pasar un año (o dos) en Australia. Al terminar la visa, con el dinero ahorrado ir en barco a Argentina.

Bueno, ahora mismo sólo llevo tres meses en Australia, así que no sé si se cumplirá este tercer punto o no. Por lo pronto, lo dudo mucho porque es algo que ya no quiero.

Uno de mis mayores sueños es recorrer Sudamérica y Centroamérica, pero con lo que tampoco contaba en aquellos días es que una visita a las Islas Cook y vivir en Nueva Zelanda me harían enamorarme de la cultura Polinesia, por lo que ahora mi sueño sudamericano combate con el de viajar por las Islas del Pacífico Sur.

Lo que sí que planeo ahora es quedarme en Australia dos años y muy probablemente un tercero (ahora que la visa lo permite) para poder unir mi sueño Pacífico con el Sudamericano en un mismo viaje: viajar por las islas del Pacífico Sur y entrar en Sudamérica a través de la Isla de Pascua y ya allí recorrer el continente.

4º: ¡Por fin en Sudamérica, mi mayor sueño! ❤ Una vez en Argentina, lo ideal sería probar suerte por si pudiéramos llegar a la Antártida, que queda “cerquita” 😜Y ya de ahí hacer un recorrido por toda Sudamérica (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, las Guayanas y Suriman), hasta llegar a Centroamérica y México. De ahí solicitar de nuevo una WHV a…

Sigue siendo mi sueño, pero va a tener que esperar un poquito más.

5º: …Canadá, y pasar allí un año para recuperar algo de dinero y volver a Europa (pasando por Groenlandia).

Uf, no sé yo. Como la WHV de Canadá es hasta los 35 años, ahora me planteo «aplazarla» un poco más para hacer antes otras cosas, como la WHV de Japón, por ejemplo.

6º: El primer destino europeo sería España para visitar (tras un lapso de… ¿cinco o seis años? 😱) a la familia y amigos. Y después partir por una ruta a través de Europa hasta llegar a Finlandia, donde me gustaría pasar un año.

JAJAJAJAJAJAAAAA X10000, que te creías tú que aguantarías cinco o seis años sin ver a tu familia y amigos, ya, claro. Por lo pronto ya tengo un billete comprado para agosto de 2019 para pasar un mes y medio en España. O sea, que sólo has aguantado dos añitos, guapi.

De todos modos ha sido bonito descubrir que soy mucho más apegada de lo que pensaba. Al final va a resultar que tengo sentimientos 😜

La ruta de Europa me encantaría, la verdad. Y también me gustaría vivir en Finlandia (es más, hay un Máster de dos años en Helsinki que me encantaría estudiar). Pero nope, todavía no.

7º: Al término del año finés, lo ideal sería cruzar Rusia con el Transmongoliano, hasta llegar a Mongolia o China. De ahí pasar a Japón, Corea del Sur, Laos, Myanmar, Nepal y estar una larga temporada en la India. No tengo muy claro qué haré con los países de alrededor, ya que no sé cómo será su situación política para aquellos años, pero me gustaría llegar a…

Me sigue pareciendo un plan de putísima madre que me encantaría realizar algún día.

8º: …Turquía, y de ahí dar un salto al continente africano.

Sí y no. Últimamente tengo TANTAS ganas de conocer más África que creo que va a ser de los primeros viajes que haré, no el último. Tengo más interés en viajar primero por África que por Asia, si soy sincera.

La verdad es que no voy en mal camino. Más o menos he cumplido mis previsiones a dos años vista, con sus más y sus menos. Y me encanta ver que mis gustos y sueños han cambiado, que yo he mutado, conocido y crecido más. Aunque ahora me encuentro mucho más confusa para con mi plan de vida viajero.

Ahora mismo, a 3 de abril de 2019, estoy trabajando en Fitzroy Crossing. Aquí me quedaré hasta finales de julio. En agosto iré a España y a mitad de septiembre volveré a Australia. De ahí en adelante, no tengo planes.

A veces me apetece coger e iniciar en 2020 una vuelta al mundo. A veces me apetece comprarme un coche y recorrer Australia sin prisa. Y a veces hasta me apetece ir a Barcelona a estudiar el máster de documental creativo que tanto me interesa.

No sé.

No sé qué pasará ni qué haré. Lo único que sé con una certeza feroz es que, en el momento que sepa lo que quiero, lo tendré.

Es una autopromesa.

 

P.D: sigo amando la canción de la postdata del viejo plan viajero-vital ❤ 

Resumen de mi añazo en Nueva Zelanda

Un año en Nueva Zelanda.

Todavía recuerdo una conversación que tuve con Lorena, una chica española que estaba viajando sólo ida por seis meses, cuyos caminos se cruzaron con los míos para convertirnos en amigas; una conversación que se dio cuando llevaba menos de cuatro meses en el país.

  • No creo que pueda soportar estar un año en Nueva Zelanda. Es demasiado –sentencié.

Quién me ha visto y quién me ve. Que no sólo he llegado al año, sino que encima extendí mi visa, y me quedé un par de meses más. Cuánto menosprecié sin darme cuenta a este maravilloso país, del que todavía me quedan asuntos pendientes por hacer (lo que me lleva a tener obligatoriamente una segunda visita).

Ha sido un año de extremos: de extrema felicidad y libertad pero también de extremo llanto y tristeza. Porque ya me lo escribí en una carta antes de venir: cuanto más lejos estés de casa, más se intensifican los sentimientos. Y este ha sido un año de sentir(me) los 365 días del año.

CA-DA-U-NO.

Ahora me encuentro en la biblioteca de Auckland, a un día de irme del país. Pero no de vacaciones. Esta vez de verdad, para no volver… pronto.

Y desde aquí quiero hacer un post para mí, para la Marta del futuro. Porque no lo sé, pero lo intuyo: voy a echar de menos esto. Voy a echar de menos a Nueva Zelanda y a mi vida aquí. Un tipo de vida que, precisamente, por las características del país, sólo puede darse aquí.

Un post para mí para tener un refugio del corazón para cuando la memoria del cerebro me falle.

Un post para mí para volver a sentir el año tan bonito que he vivido en Nueva Zelanda.

Así que he decidido hacer una recopilación de cosas que –conociéndola como lo hago- seguro que a la Marta del futuro, la de la añoranza por tiempos pasados, le va a encantar.

Este seguramente sea un post largo e, incluso, aburrido. Así que si lo deseas tu lectura puede acabar aquí. Tranquila, no me ofenderé. Ya te dije que, esta vez, el post sería más para mí que para ti. Pero eres más que bienvenida a quedarte y a viajar virtualmente por mi resumen anual en las antípodas.

Empecemos:

 

OCTUBRE

El 19 de octubre de 2017 llegamos a Auckland después de haber cogido cuatro vuelos, viajado por 56h y haber visitado Shanghái.

Ese mes fue el de aclimatación, el de darme cuenta que Auckland no me gustaba y que si el resto del país era así, no sobreviviría. De hacer papeleos, buscar WiFi, comer barato, dormir en backpackers y de buscar trabajo y coche.

El último día del mes, en Halloween, compramos a nuestra querida Dama de Negro.

 

NOVIEMBRE

Con nuestra van recién comprada nos dirigimos a la Península de Coromandel a comenzar nuestro primer trabajo: un campo de kiwis.

Duramos una semana.

Mientras, estuvimos dando los últimos retoques de la van y buscando trabajo en granjas lecheras. Finalmente, con la excusa de un esguince que se hizo Miguel, aprovechamos el accidente para no volver nunca más a ese horrible trabajo y a los días nos cogieron en una granja.

A 1.576 kilómetros de donde estábamos.

A 22 horas de viaje.

En tres días nos recorrimos el país entero.

 

DICIEMBRE

El 10 de noviembre comenzamos a trabajar ordeñando vacas a las 4am. Noviembre y diciembre fueron meses de trabajo duro pero de mucha felicidad. Trabajábamos once días seguidos y luego teníamos tres días libres que aprovechábamos siempre para coger el coche e irnos a explorar ciudades más lejanas.

Fueron meses de verdadera Libertad.

 

ENERO

Dimos la bienvenida al año nuevo en Queenstown sin todavía ser conscientes de todo lo que nos depararía ese mes.

El cinco de enero fue nuestro último día de trabajo, y el seis de enero comenzamos la aventura de nuestras vidas. Nos recorrimos TODA la isla sur de Nueva Zelanda en 25 días viviendo en nuestra van: vimos Milford Sound, hicimos la Ruta Escénica del Sur pasando por Los Catlins y por el punto más al sur del sur de Nueva Zelanda, nos despedimos de Dunedin, nos asombramos con Tekapo, Pukaki, Twizel, Monte Cook, Tasman, también dijimos adiós a Queenstown y conocimos al glaciar Rob Roy y a Wanaka, a las Blue Pools y a los glaciares Fox y Franz Joseph; me enamoré de Hokitika y pasé miedo en Greymouth, infravaloramos –injustamente- a Christchurch, nos relajamos en Hamner Spring, nos sorprendimos con las focas y delfines de Kaikoura, nos contagiamos del “hipperío” en Takaka y nos bañamos con nostalgia en Nelson.

El 30 de enero cogimos el ferry en Picton para volver a la isla norte.

 

FEBRERO

Comenzamos el mes en Welligton, dejando atrás a la isla sur y comenzando nuestro viaje de 23 días por la isla norte.

En la capital del país nos pilló muy mal tiempo, así que nuestro días se basaron en visitas a museos, quedándome prendada por primera vez en mi vida de uno: Te Papa Museum.

Tras dejar la capital, continuamos el viaje por carretera volviendo a la Península de Coromandel, visitando una de las supuestas playas más bonitas del mundo, quemándonos los pies en Hot Water Beach con espectáculo acrobático de delfines incluido y visitando mi referencia de nuestras antípodas: Cathedral Cove. De ahí subimos a una lluviosa Northland que nos permitió disfrutarla a ratitos contados: visitamos Whangarei y sus Mermaid Pools, conocimos al Kauri Tane Mahuta, nos maravillamos con los gusanos luminosos de las Waipu Caves y sentimos paz en el punto más al norte del norte de Nueva Zelanda: Cabo Reinga.

El 15 de febrero volvimos a Auckland con billete avión a hacer un sueño realidad: Rarotonga.

Pasamos una semana en la capital de las Islas Cook. Nos enamoramos del país, lo flipamos haciendo snorkel y hasta me quemé la piel por primerísima vez en toda mi vida. Fueron unos días maravillosos.

A la vuelta estábamos tan cansados, que disfrutamos a medias de Hamilton, Hobbiton, Rotorua y Taupo. Estábamos felices de viajar pero también extremadamente cansados.

Necesitábamos un parón.

 

MARZO

El mes de marzo lo pasamos haciendo housesittings: uno en Napier y otro en Levin. Fue un mes de parón en el que descansamos, asimilamos el viaje, comprendimos que es humano necesitar una pausa y encontramos un nuevo trabajo.

Ah, también visitamos Taumata, el lugar con el nombre más largo del mundo.

 

ABRIL, MAYO Y JUNIO

El cinco de abril (día siguiente a mi cumpleaños) se acabaron nuestras vacaciones de tres meses y comenzamos a trabajar en una fábrica de zanahorias y patatas en Ohakune, un pueblo en el centro de la isla norte de Nueva Zelanda.

Fue curioso, cuando buscábamos trabajo nos negamos a volver a la isla sur. ¿Quién en su sano juicio se iría en pleno invierno a donde más frío hace?

Nosotros.

Resulta que Ohakune es de los lugares más fríos del país. Pero nosotros no lo sabíamos. Aunque eso sí, es de corazón caliente a rabiar.

Allí pasamos tres meses de altibajos: todo me hacía feliz menos mi trabajo, que desde el principio me sumergía en una tristeza profunda. Pero gracias a pasar nuestros meses allí conocimos a gente maravillosa (por fin teníamos amigos después de seis meses en NZ), conseguimos la extensión de la visa y aprobamos el examen de inglés que nos permitiría solicitar la WHV de Australia.

Con mucho cariño dejamos Ohakune para seguir con la aventura.

 

JULIO

Julio fue un mes movidito: comenzamos haciendo un housesitting en Feilding y luego en Wellington, para volver después a Feilding para trabajar en una granja familiar criando a terneritos recién nacidos.

 

AGOSTO

El trabajo en la granja nos gustaba, nuestro jefe nos gustaba, pero su mujer no. Por primera vez nos enfrentamos a una violación del contrato de trabajo: la esposa de nuestro jefe se lo quería saltar, con lo que ganaríamos mucho menos dinero del pactado.

Tuvimos que tomar una decisión: aceptar o renunciar.

Con mucho valor renunciamos y decidimos volver a la isla sur para caer en otra granja con el mismo trabajo. Todo parecía perfecto: buena localización, buen sueldo, buenos compañeros, buenas condiciones.

Pero no trataban bien a los animales.

Así que con el alma en pena por lo presenciado, abandonamos ese trabajo también.

 

SEPTIEMBRE

Septiembre fue un mes de curación.

Decidimos retirarnos del mundo en Sumner, un pueblo costero de Christchurch a cuidar de dos perritos. Estaba tan afectada por lo ocurrido en la granja que necesitaba esa desconexión. Y la tuve. Y me curé.

Me curaron la relajación y la falta de preocupaciones graves, los paseos en la playa, las excursiones por el Distrito de Mackenzie y por Christchurch, las fotografías a los impresionantes ríos azules y la ilusión por organizar un viaje a Tailandia donde me vería con mi madre tras un año.

En septiembre además vimos una aurora austral y nos hicimos veganos.

 

OCTUBRE

Los primeros días del mes fueron para despedirnos de Ragna y Rollo, nuestros compañeros de cuatro patas por todo un mes.

De nuevo volvimos a conseguir un trabajo en la otra punta del país: en Dargaville, Northland, a 1.269 kilómetros de donde estábamos. Así que, de nuevo, en tres días nos cruzamos el país entero aprovechando para visitar la República Independiente de Whangamomona y a nuestros queridos amigos de Ohakune.

El 10 de octubre empezamos a trabajar en una plantación de kumara.

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Ragna & Rollo ❤

 

NOVIEMBRE Y DICIEMBRE

Nuestros últimos meses en el país los pasamos en Dargaville, donde trabajamos tranquilos al son de la música isleña. Convivimos con doce personas e hicimos muchos amigos maoríes (incluso aprendimos algunas palabras). Dargaville fue para interiorizar Nueva Zelanda, para descansar.

El 30 de noviembre dejamos Dargaville y nos fuimos para Auckland donde pasamos nuestros días con una uruguaya con la que compartimos habitación hasta hoy, cuatro de diciembre de 2018, que estoy escribiendo estas palabras.

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Escribiendo me doy cuenta de todo lo que he hecho. Ha sido un año increíble de no parar y de aprendizaje y autoconocimiento constante. He hecho un montón de cosas alucinantes que jamás en mi vida me hubiera imaginado llegar a hacer. Y también he llorado y sufrido una barbaridad. Pero si pongo todo en una balanza, la tristeza no tiene nada que hacer aquí. Es una total perdedora.

Y como a nostálgica no me gana a nadie, voy a seguir resumiendo mi año en una lista de cosas totalmente aleatorias que he hecho/visto/me han sucedido pero que me parecen interesantes de mencionar (ahora porque no tengo tiempo, pero subiré fotillos):

 

CIUDADES DONDE HE VIVIDO

Auckland CBD (15 días)

Whitianga (7 días)

Lumsden (2 meses)

Coche (2 meses)

Napier (10 días)

Levin (20 días)

Ohakune (3 meses)

Wellington (4 días)

Feilding (1 mes y medio)

Hinds (2 semanas)

Sumner (1 mes)

Dargaville (2 meses)

 

VIAJES HECHOS

Shanghái, China (16h)

Viaje en coche por las dos islas de Nueva Zelanda (2 meses)

Rarotonga, Islas Cook (7 días)

 

TRABAJOS REALIZADOS

Campo de kiwi

Ordeñadores de vacas

Fábrica de patatas y zanahorias

Criadores de terneros

Plantadores de kumara

 

HOUSESITTINGS

Napier: Sooty y Bella

Levin: Goldie & Co.

Feilding: dos gatitas

Wellington: Rudolf

Sumner: Ragna & Rollo

 

SITIOS CHULOS/CURIOSOS DONDE HEMOS DORMIDO

Frente al mar (Dunedin, Tauranga, Greymouth)

En un vecindario (Whitianga)

En una playa (Cocacola Lakes)

Junto a unas cascadas (Whangarei)

En puertos marítimos (Auckland y Wellington)

A la orillas de ríos y lagos

En el parking de un restaurante, dos veces (entre Kumara y Hokitika, y en Waihi)

En bahías

Debajo de un puente (Takaka y Taupo) – te da sombra, por lo que puedes dormir más tiempo 😀

En una base militar (Waiouru, llegando a Ohakune)

En un campo de tiro (Wanaka)

En un parque nacional (Levin)

En innumerables cunetas

Al lado de un circo (Dunedin)

Junto a un campo de críquet (Dunedin)

A los pies del Pukaki con vistas al Monte Cook (Twizel)

En una estación antigua de trenes (Lumsden)

En un camping de pago pero alojándonos gratis porque era temporada baja (Kaikoura)

Frente al océano pacífico con delfines saltando (Kaikoura)

En un complejo de tiendas en el centro de la ciudad (Blenhein)

 

DÓNDE NOS HEMOS DUCHADO

Con eso de vivir en el coche nos hemos duchado en…

Playas (agua fría)

Baños públicos

Piscinas municipales

Gasolineras

 

MOMENTOS TOP

Ver la aurora austral

Surfear con delfines

Jugar en la calle más empinada del mundo

Espectáculo de salto de delfines improvisado en Kaikoura y en Hot Water Beach

Cuando vimos de sorpresa un pingüino azul

Cuando vimos Pukaki en invierno

Estar rodeados de terneritos y abrazarlos

Darme cuenta de que estaba en China

Ver el azul de Black Rock Beach, en Rarotonga

Celebrar la Navidad en Bikini

Desear “feliz verano” en la nieve

Tener una experiencia musical con el viento

Ver cinco keas a la vez

 

ANIMALES QUE HEMOS VISTO

Focas y leones marinos

Pingüinos de ojos amarillos y pingüino azul

Kea

Weka

Águilas

Vacas, toros y ovejas

Ciervos

Alpacas y llamas

Gaviotas

Albatross

Tüi

Delfines Héctor y buscar

Diferentes tipos de peces

Tortugas marinas

Morenas

Estrellas de mar

Liebres salvajes

Possums

Cabras

Erizos

Caballos

 

NÚMEROS SUELTOS

Aviones: 6

Kilómetros con la Dama: 25.000km (lo sé, una burrada)

Noches dormidas en el coche: 77

Noches dormidas en el coche que hemos pagado: 0

 

COSAS QUE NOS FALTARON POR HACER

  • Realizar el Tongariro Alpine Crossing
  • Completar el Great Walk del Abel Tasman National Park
  • Taranaki hike
  • Visitar Tauranga
  • Visitar la zona de Gisborne
  • Visitar Rotorua en condiciones
  • Hacer el Great Walk en Kayak
  • Visitar la Stewart Island
  • Hacer un voluntariado en Curio Bay

 

ACCIDENTES WTF

  • Caída de moto (me dañé las dos rodillas por varias semanas)
  • Rotura de labio inferior por el cabezazo de un ternero
  • Rotura del labio inferior por golpe con manguera
  • Esguince de tobillo por pisar una piedra
  • Tendiditis en dos dedos por frío
  • Heridas varias como moratones, cortes, quemaduras, raspaduras…
  • Me corté un trocitito de dedo
  • Tuve un día de trabajo realmente malo malísimo
  • Una vaca me cagó en la cabeza

 

Pinceladas de mis días en Dargaville

Cuando suena la música, sé que es hora de entrar a trabajar. Vivo, literalmente, a 30 segundos de mi puesto de trabajo, por lo que no es de extrañar que a veces me levante quince minutos antes del comienzo de mi jornada laboral.

A pesar de vivir doce personas en casa, nunca hay colas en la cocina ni en el baño, asi que es imposible llegar tarde. Imposible.

Probablemente la música que se escuche sea un 65% rap afroamericano, un 10% de reggae, un 5% de música isleña maorí y un 20% de grandes éxitos de los ’70.  Todo mezclado. Esa será mi banda sonora por ocho horas diarias.

Dudo que exista en el mundo un ambiente de trabajo más relajado. Puedes trabajar de pie. O sentado, si quieres. Puedes escuchar música, hablar, reír, trabajar a la velocidad de la luz o ir leeeeeennntooo. Todo vale. Lo importante es que el trabajo quede hecho. Y el hecho de estar escuchando música isleña no hace más que ayudar a la relajación.

Porque así son los maoríes. O al menos, mis compañeros de trabajo. Salvo los doce que vivimos en casa y un par más, todos -jefa incluida- son maoríes. Hablan alto, fuman mucho, fuck es la palabrota más suave de su vocabulario básico y en realidad decir que fuman mucho se queda corto, visten como raperos-gánsteres en pijama y su lenguaje no verbal va en sintonía con su aspecto. Para mí, son la versión neozelandesa del -muchas veces injusto- imaginario gitano español. Pero a su vez ríen fuerte, bromean mucho, son felices y contagian esa felicidad a todos; son relajados y alegres y trabajadores. Mucho. Por eso es imposible estar mal en el trabajo. Es imposible estar triste o estresado. Y si lo estás, sólo basta con iniciar una conversación con ellos: su buen humor es contagioso.

A veces pienso en mis compañeros como si los malotes del Bronx se hubieran mudado a Rarotonga, y que un encontronazo a mano armada con ellos sería en plan “give me all your fucking money madafaka!!! But take it eaaasy bro, take your time. Peace my fucking bro!”.

Algo así.

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Pero no sólo me gusta mi trabajo por mis compañeros, también me gusta por el trabajo en sí. Los primeros días me sentaron genial. Cortamos plantas a mano, preparamos las plantas a mano y las plantamos a mano. Es decir, todo el proceso es artesanal, sin mucha maquinaria de por medio. Creo que eso me sentó de maravilla después de haber tenido mis experiencias con grandes producciones de grandes maquinarias. Necesitaba ese ratito terapéutico de coger la planta, mirarla, oler a qué huele cuando es cortada, notar sus imperceptibles pequeños pelitos de los tallos en mis dedos. Eso me brindó la oportunidad de centrarme en el ahora y conectar un poco más con la naturaleza.

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Porque no lo he dicho, pero trabajo en una plantación de kumara. Perdonad, seguramente no lo sepáis, pero kumara es el nombre que los maoríes dan a la sweet potato. Yo no lo sabía, pero resulta que la patata tiene una hermana gemela a veces morada, a veces naranja, cuyo sabor es dulce. A mí no me gusta, porque es como si al freír patatas en lugar de echar un toque de sal, echaras azúcar. Pero podéis imaginar que tiene sus seguidores. Miguel el primero.

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Kumara/Sweet potato

Los días libres suelen deberse a dos causas: una, porque es fin de semana y toca; y dos, porque ha llovido. Salvo excepciones contadas, los días de lluvia no se trabaja porque no podemos plantar. Así que la mayoría de días libres son para pasarlos en casa. En una casa que, por cierto, no tiene Internet. No os podéis ni imaginar la de juegos de cartas que he aprendido a jugar con mis compañeros. Una vez tuvimos una semana en la que llovieron varios días seguidos. Esos días fueron duros. Estar encerrados en casa a veces se hace duro.

Porque donde vivimos no hay nada que hacer. Trabajar en el campo y vivir a 30 segundos de tu puesto de trabajo, significa vivir en el campo. Y eso en Nueva Zelanda se traduce a vivir en medio de la nada. Dargaville, la ciudad, está entre cinco y diez minutos en coche de nuestra casa. Y ahora que hemos vendido el coche, dependemos de nuestros compañeros para que nos lleven a la ciudad.

En Dargaville no hay mucho que hacer: hay una biblioteca que deja el WiFi encendido 24h al día, un par de supermercados, unos cuantos restaurantes y cafeterías, un par de tiendas, unos cuantos talleres de coches, un videoclub (sí, aún existen), un hospital que abrió en 2010 y poco más. Es más, el cuerpo de bomberos está formado por voluntarios: cuando se necesitan sus servicios, suena una sirena que se escucha por todo el pueblo (al principio creí que era una especie de toque de queda), y ahí es cuando todos los voluntarios deben ir corriendo al edificio de bomberos para coger los camiones. Lo vi todo una vez que estaba en el parking de la biblioteca conectada al WiFi.

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Pero a veces, si la suerte te sonríe y tienes un día libre soleado y tienes coche, no te faltarán cosas por hacer. Dargaville se encuentra en Northland, la parte más norte del país, esa que la mayoría de turistas no visitan. Northland es tremendamente verde, con preciosas playas, pueblitos costeros y selvas templadas. Es más, a unos 40 minutos de donde vivimos, hay un lago enorme llamado Kai Iwi que es verdaderamente precioso. Sus aguas son de un azul turquesa que, abruptamente, como si se hubiera trazado una línea con regla, se torna de color azul añil. Creo que esta vez, una foto vale más que mil palabras.

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Kai Iwi Lakes

 

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Por no hablar de los compañeros, que no nos faltan. Somos cinco franceses, tres taiwanesas, un alemán, una sueca, Miguel y yo, los españoles. Somos muchos, todos jóvenes backpackers que sorprendentemente no montamos fiestas de desmadre, tenemos turnos de limpieza que respetamos mucho y, curiosamente, todos comemos muy sano. Vamos, todo lo contrario al típico mochilero (y a Ohakune).

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De izq a dcha: Stephen, Eva, Alex, Lucas, Solenm, Danita, Juanita, Jonathan, Violeta, yo, Miguel y Melanie en Halloween

La casa no es enorme pero tampoco pequeña. Las camas literas están repartidas en dos habitaciones. Miguel y yo compartimos habitación con una pareja francesa y el alemán. Aunque parezca que seamos muchos, nunca tenemos problemas con la cocina gracias a nuestras diferencias culturales: cuando nosotros vamos a cenar, algunos ya están dormidos o lo hicieron hace horas. Maravilloso, ¿verdad?

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Ese domingo todos cocinamos un plato típico de nuestro país 🙂

Mi vida en Dargaville es tranquila. Quizás demasiado para algunos. Quizás demasiado para mí en otro momento de mi vida, pero no ahora. Nada más llegar, le dije a Miguel que no podríamos haber caído en mejor lugar para pasar nuestros últimos dos meses en Nueva Zelanda. Y ahora que me quedan tres días aquí, lo confirmo. Vivir y trabajar en este ambiente me ha brindado tiempo para interiorizar todo lo vivido en un año, que no es poco. Y de descansar y canalizar en condiciones mis emociones, que ya se me estaban agolpando en el pecho.

Dargaville ha sido para asimilar, para decir adiós y para prepararse para lo que está por llegar.

Hasta siempre, kumara country.

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Todo lo que ocurrió entre Ohakune y el presente

Esto de llevar un blog de viajes mientras se está de viaje no es nada fácil. A veces uno tiene que encontrar el equilibrio entre lo que está viviendo y escribir sobre lo que está viviendo. Y yo todavía no he encontrado mi punto medio, pero estoy en ello.

Lo último que publiqué por aquí sobre mi paradero fue que, tras tres meses de llanto y felicidad absoluta, dejábamos la encantadora Ohakune. Y de eso han pasado casi cinco meses ya.

¡Casi cincomeses!

Ni siquiera me había dado cuenta…

Cerca de cinco meses en los que he vivido de todo. Y en ese todo, una de las experiencias más duras y desgarradoras de toda mi vida. Pero de eso escribiré en otro post, que lo necesito.

Así que para actualizar mi presente y que os ubiquéis entre los posts que llegarán a continuación (¿estoy muy optimista con eso de que ahora escribiré más?), y porque las listas molan, he aquí la…

LISTA DE TODO LO QUE ME PASÓ ENTRE OHAKUNE Y EL PRESENTE:

  • La misma noche que dejamos Ohakune llegamos a Fielding, un pueblito que vete tú a saber por qué se había llevado el título de la “ciudad más bonita de Nueva Zelanda”. O sea, ¿khé? Es exactamente igual que las demás. Pero buéh…
  • En Fielding pasamos un par de semanas ciudando de dos gatitas en un housesitting. Una de ellas tenía el labio mal y se le asomaba el colmillo cual vampira, la otra tenía complejo de perro y le gustaba jugar a que le tiraran la pelota.
  • Al término del housesitting, fuimos por unos días a lo que tendría que ser nuestro hogar y trabajo por tres meses: una granja lechera familiar en medio de la nada a trabajar alimentando a terneritos chiquitos bonitos. Pero como todavía no nos necesitaban para trabajar…
  • Nos fuimos a hacer otro housesitting por unos días a Wellington a cuidar de un perrito viejito y a hacer papeleos para la Work and Holiday Visa de Australia.
  • Tras unas vacaciones en Wellington, mi ciudad favoritísima de NZ, volvimos a Feilding para comenzar a trabajar con los terneros.
  • En el trabajo pasamos unas semanas. El trabajo nos resultaba fácil, no era cansado, la casa estaba bien, nuestro jefe era un cielo… pero su mujer, la “jefa”, no lo era tanto. Hasta el punto que cuando comenzó a saltarse el contrato, decidimos irnos del trabajo antes de que fuera demasiado tarde. Estábamos perdiendo un dinero que nos correspondía.
  • Después de las angustias y discusiones tenidas con la “jefa” para que cumpliera el contrato, nos sentíamos agotados y temerosos por el desempleo. Estábamos en pleno invierno y el único buen trabajo para los backpackerscomo nosotros era el de cuidador de terneros, pero la temporada ya había empezado.
  • Lo que jamás nos hubiésemos imaginado fue que al dejar un mensaje en una web de granjeros sobre nuestra disponibilidad, nos LLOVIERAN las llamadas. Teníamos tanta experiencia con granjas de NZ que todas nos querían.
  • Así que entre tanta oferta, nos decantamos por una que estaba en la isla sur, mi gran amor de verano. Nada nos hacía más ilusión que volver a la isla sur y verla en invierno.
  • Y para allá que fuimos, a un lugar cerca de Ashburton, a 1h aproximada de Christchurch y de los lagos Pukaki y Tekapo, a trabajar en una granja grande, con jornadas laborales de +10h al día, con compañeros geniales, sin pagar alojamiento, ganando mu-chí-si-mo dinero… pero con una depresión y pesadumbre encima que me estaba superando. Todo parecía perfecto en la granja, pero no lo era. Tenía un lado muy oscuro que me acabó consumiendo y dejándome los ánimos por los suelos…
  • Así que hablamos con mi jefe y decidimos abandonar el trabajo. Yo estaba tan triste y derrotada que sólo me apetecía desconectar del mundo entero y desaparecer. Y eso hicimos.
  • Nos fuimos durante un mes entero a cuidar(me) de dos perritos a Sumner, un pueblito costero de Christchurch. Ese mes para mí fue como de retiro espiritual: tuve tiempo para mí sin preocupaciones, llevando una vida y rutina normal lejos de todo aquello que yo quisiera tener lejos. La primavera, el sol, la tranquilidad, los paseos por la playa fueron medicina para mi alma. Poco a poco fui recuperando el ánimo y las ganas de seguir con la aventura. Y eso volvimos a hacer.
  • Tras un mes de parón, conseguimos trabajo en una plantación de kumara (papa dulce), en Dargaville, Northland. Es decir, en la otra punta del país. Así que de nuevo cogimos carretera y manta y en tres días nos recorrimos el país entero, haciendo una parada en nuestra querida Ohakune para visitar a nuestros queridos amigos argentino-colombianos.
  • Lo que nos lleva a hoy: ahora mismo estoy escribiendo desde mi cama en un día libre. El trabajo me gusta, mis compañeros de casa me gustan, mi casa me gusta, los compis de trabajo me gustan, la ciudad me gusta. Trabajar con las plantas a mano me encanta, me relaja y me parece súper terapéutico. O sea, que me pagan por hacerme autoterapia (?). Cortamos, seleccionamos y plantamos las patatas todo a mano con cariño, es como más artesanal y menos industrial, y creo que eso me hacía mucha falta.

Y eso es todo lo que me pasó entre Ohakune y el hoy. En otro post entraré a hablaros más en profundidad sobre todo lo que es Dargaville y mi vida en ella, que también da para rato.

¡Nos vemos en la próxima!

Diario de viaje kiwi 5: Hokitika, una serendipia en forma de arcoíris

Día 16 de viaje (del 21 al 23 de enero de 2018)

Después de un primer bocadito de hielo con el lago Tasman y el Monte Cook, nos metimos de lleno en el corazón glacial neocelandés con los glaciares Rob Roy, Fox y Franz Josef. Nuestro siguiente destino era Christchurch, pero la casualidad hizo de las suyas y terminamos en la mágica Hokitika.

 

La llegada

Nosotros sólo queríamos repostar gasolina, nada más. El tiempo que le dedicaríamos a Hokitika sería el equivalente al de salir del coche, coger la manguera, llenar el depósito, pagar e irnos.

Sería cosa de haber pasado varios días seguidos entre glaciares y montañas que mi cuerpo al oler la brisa fresca y salada del mar, la brisa que se desliza por las fosas nasales y te enfría los pulmones. No fui yo, fue esa brisa la que me informó que Hokitika merecía más tiempo. De ahí que mis primeras palabras al salir del coche fueran «Miguel, vamos a ir al iSite a ver qué se puede hacer aquí”.

Mis piernas se aferraron como anclas en ese pueblo costero de sabor sal y sonido gaviota. La decisión de quedarnos ya estaba tomada mucho antes de siquiera haberla pensado.

 

El feto de la suerte

Yo no sé vosotros pero yo una llave sin llavero me parece una llave desprotegida, como que sin llavero, sin peso, tiene más oportunidades de perderse. Por eso no tardamos mucho en hacernos con uno cuando compramos nuestro coche. El ganador como acompañante de nuestra llave había sido un feto de la suerte maorí que al llegar a Hokitika se autodecapitó.

Sí, a nuestro feto de la suerte se le partió la cabeza.

Ya no era cuestión de placer, era una necesidad ir al iSite (centro de información turística) para comprar un nuevo llavero, no vaya yo a quedarme sin suerte ahora. Fuimos al iSite, compramos un nuevo feto (esta vez de metal, para tener suerte reforzada) y nos fuimos con panfleto en mano de cosas que hacer en el pueblo.

Marta Diarra Lampi

Hei-tiki, el feto de la suerte maorí

 

Hokitika, «the cool little town»

Leyendo un poco sobre Hokitika descubrí que era una localidad de la West Coast que se fundó en 1864 gracias a la fiebre del oro, llegando a ser uno de los mayores centros de población del país. ¡Del país! Sin embargo, a partir del siglo XIX su población ha ido decreciendo notablemente, siendo así que en el pueblo viven actualmente unas 3.000 personas.

Descubrí también la historia del pounamu, más conocida como greenstone (piedra verde). En el río de Hokitika se esconden unas piedras de jade color verde brillante, piedras que son todo un tesoro espiritual para los maoríes.

Con ellas, los maoríes creaban diferentes joyas llenas de simbolismos que regalaban de generación en generación. Casualmente, una de las joyas más comunes son el Hei-tiki de jade, nuestro feto de la suerte.

Pero lo más bonito de todo es que, según la mitología maorí, todos tenemos un pounamu que es nuestra alma gemela, y si algún día te encuentras con una no pienses que has sido tú el que ha encontrado la piedra, sino que el pounamu, que tiene alma propia, te encontró y te eligió a ti como compañero de vida.

Dicen que algunas de estas piedras pueden encontrarse en la playa de Hokitika.

 

Y claro… yo me enamoro con estas historias. Así que nuestro plan fue pasar la tarde en la playa a esperas de que mi alma gemela pétrea me encontrara.

Marta Diarra Lampi

Pasamos la tarde paseando por la playa, buscando posibles pounamus, sacando fotos y aprovechando los últimos rayos del sol. Encontrar un pounamu no es fácil, porque cuando está seco su apariencia es como la de una piedra corriente, sólo cuando se moja es cuando su color se torna verde intenso.

Así que nos pasamos la tarde cogiendo piedras que al mojarlas se volvieran verdosas. Y verdaderamente encontramos varias, pero… ¿cómo saber si era un pounamu real? Más que nada porque se supone que son piedras difíciles de encontrar y yo ya tenía un buen puñado.

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Las piedras verdes que encontré

Disfrutamos de un atardecer naranja en la playa, con un cielo que se reflejaba en la orilla cuando las olas se retiraban. Notaba la frescura del agua bajo mis pies y el picorcillo del olor a sal en mi nariz.

Y me sentí tremendamente feliz por haber seguido a mi instinto y haberme quedado en este lugar.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Hasta tienes tu propio sofá en la playa para ver el atardecer.

Marta Diarra Lampi

Pero lo mejor de Hokitika ocurre precisamente después del atardecer, aunque yo aún no lo sabía.

 

La noche en la que salieron dos veces las estrellas

Al llegar creí que nos habíamos equivocado.

Las indicaciones se suponían correctas, pero estábamos ahí, un poco en medio de nada, rodeados de vegetación y de… nada.

– ¿Seguro que es aquí, Miguel?

– No lo sé, vamos a esperar…

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Todavía no se había escondido el sol, pero ya se podían vislumbrar las primerísimas estrellas en el cielo, a través de la copa de los árboles.

La noche se iba ciñendo sobre nosotros, de forma gradual e imperceptible a los ojos, pero notable, evidente. Hasta que vimos las primeras luces, que se asomaron tímidas pero brillantes.

No, no nos habíamos equivocado de lugar.

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A medida que oscurecía y nuestra visibilidad se reducía, iban apareciendo más y más lucecitas a nuestro alrededor.

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Cuando la oscuridad fue total, se me encogió el corazón. Es más, se me está encogiendo en este mismo instante sólo de recordarlo. Estábamos en medio de un cuento de hadas, rodeados de estrellas azules. La noche era cerrada y la visibilidad era nula. Me sentía  flotando en el espacio rodeada de miles de estrellas.

Y no podía más que maravillarme por semejante espectáculo de la naturaleza.

Estos gusanos luminiscentes son pura magia.

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No existe fotografía en el mundo que pueda retratar la belleza de estar en medio de esa fantasía lumínica.

 

Nos quedamos tres horas admirando a los gusanos luminiscentes.

 

La hora de la verdad

Nos despertamos con el sonido de las gotas al caer sobre nuestra van. El ambiente era frío y nublado, y mi plan era hacer un picnic en uno de los lagos del pueblo.

¿Qué sandfly le había picado? ¿Por qué Hokitika estaba de morros? ¿A qué viene esta lluvia desproporcional después de toda la magia del día anterior?

Fuimos a la biblioteca a cargar nuestros dispositivos con el deseo de que el clima mejorara. Pero no, Hokitika estaba decidida a mostrar su furia tormentosa.

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También aprovechamos e hicimos la colada

¿Recordáis el día anterior que había recogido varias postulantes a ser mi alma gemela? Pues era el momento de saber la verdad.

Como sabía que en Hokitika había una joyería especializada en la piedra de jade, decidí echarle cara y plantarme allí para preguntar a sus expertos si alguna de mis adquisiciones era una greenstone.

Tras pasar la ostentosidad de la joyería, vi a un joven trabajando en un estudio. Me acerqué con el corazón latiendo tan fuerte pensé que el chico lo escucharía. Por no hablar de mis mejillas, que hubieran servido para asar un pollo.

Me acerqué al joven y le comenté que había recogido algunas piedras en la playa y quería saber si alguna era un pounamu.

Miguel y yo teníamos especial esperanza en una piedra chiquitita que al mojarla se tornaba verde verde. Pero al experto en pounamus no le hizo falta mojar las piedras para saber que eran eso, piedras. Sin embargo, con la piedrita chiquitita le entraron ciertas dudas. La miró y remiró, le dio vueltas, la lijó, sacó el móvil, encendió la linterna,  la alumbró y me confirmó que no era un pounamu.

Mi gozo en un pozo.

Pero mi curiosidad por comprender eso de la luz desbancó a la desilusión, y así se lo hice saber. Y el artesano me enseñó un piedra verde oscura que, al alumbrarla, se volvió translúcida y verde y con manchitas y relieve y… hermosa.

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Esta piedra sin luz se vería verde oscura. Fotografía cogida de Google Imágenes.

Salimos de la tienda con nuestras piedras normales, con la esperanza de que nuestra alma gemela nos encontrara algún día.

 

El significado de los arcoíris

Si el mal tiempo no amainaba, no tendríamos más remedio que continuar con el viaje y dejar el pueblo atrás. Pero había un lugar que quería visitar sí o sí, lloviese o no, y eso era Hokitika Gorge.

Este río se encuentra a unos kilómetros del pueblo, y es famoso por su color azul turquesa que se torna grisáceo cuando llueve.

Entre bosques, ríos y puentes, nos volvimos a asombrar con la naturaleza de Nueva Zelanda.

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Justo en ese momento comenzó a llover otra vez.

Como el tiempo no hacía más que empeorar, no hubo más remedio que continuar el viaje. Yo estaba decepcionada, ¿de verdad tenía que dejar tan pronto este lugar? Para mí había encontrado un tesoro, un secretillo fuera de las rutas turísticas, ¡y encima sin buscarlo! ¿Por qué tenía que abandonar forzosamente mi descubrimiento?

Le dije a Miguel que parecía que Hokitika se hubiera enfadado con nosotros.

 

Pero a la salida del pueblo comprendí que no cuando lo vi. Estábamos en el coche y frente a nosotros brillaba un gran arcoíris.

«Miguel, ¡Hokitika no está enfadada con nosotros! Simplemente quiere que sigamos con la ruta. Mira ese arcoíris, nos está diciendo que no está molesta, que todo está bien. La lluvia ha sido su forma de decirnos que debemos continuar, que no nos podemos anclar, que debemos seguir. Y eso está bien».

No sé qué pensaría Miguel en ese momento, si pensaría que estaba loca o no. Simplemente me apretó la mano con fuerza, y eso fue suficiente para mí.

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Mi teoría de los arcoíris se volvió a confirmar cuando llegamos Greymouth, donde volví a ver uno y pensé «aquí nos vamos a quedar a dormir». Mi confirmación llegó unos minutos después cuando, al terminar las compras en el supermercado, Miguel me ofreció pernoctar allí.

«Yo ya sabía que dormiríamos aquí porque he visto un arcoíris».

Y esa noche nos acostamos viendo Netflix frente al mar.

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Aquí tienes los otros diarios del viaje por Nueva Zelanda:

Diario de viaje kiwi 4: cuando viajar cansa

Día 9 de viaje (del 14 al 17 de enero de 2018):

Después de pasar unos días de recuperación, diversión y avistamiento de pingüinos en Dunedin (puedes leer el diario de viaje que corresponde a Dunedin aquí), decidimos ir directamente al punto neurálgico-turístico de Nueva Zelanda: a los lagos Tekapo, Pukaki, Tasman y al Monte Cook. Así, del tirón, haciéndonos un viaje de tres horas por carreteras estrechitas, de esas que cuando pasa un camión te da la sensación de un choque frontal inminente.

 

Es curioso porque mucho se ha escrito sobre las bondades de viajar, incluso de viajar largo y lento, pero hay un aspecto del que no se habla mucho.

Y es que viajar cansa.

Sí, cansa.

Nueve días de viaje no parecen mucho, pero hagamos cálculos:

  • 9 días son 216 horas.
  • Si quitamos las 8 horas de dormir diarias, nos quedamos con 144 horas.
  • Si a eso le restamos todas las 10 horas de coche conducidos desde el primer día + otras 10 horas que se habrán ido en comer, nos quedamos con 124 horas.
  • En esas horas hemos: hecho un crucero por fiordos, surfeado, avistado pingüinos, focas y delfines, hemos hecho rutas de senderismo y visitado varias cascadas, faros, playas, acantilados… en total, habremos hecho unas 23 actividades/visitas.
  • Si 124 horas son algo más de 5 días, hemos hecho 4,6 actividades al día, cuando cada actividad te lleva más o menos de media unas 2-3 horas.

O sea, en 124 horas/5 días activos, he llegado a hacer unas 25 actividades, o lo que es lo mismo, demasiadas cosas para tan poco tiempo.

Por eso no es de extrañar que cuando llegara al lago Tekapo, casi ni saliera del coche.

 

El cansancio

El lago Tekapo y el Pukaki son famosos por su característico color azul intenso, de esos que se te derrite el corazón nada más verlo. Pero yo estaba tan cansada que cuando llegué mis ojos sólo pudieron fijarse en la horda de turistas asiáticos y en el «click click click click CLICK» de sus cámaras que ametrallaban fotos, en la pareja de al lado y en su niña llorona, y también en la pareja de novios (asiáticos) que, entre el gentío y a vestido blanco pomposo, estaban en medio de su sesión de fotos de boda.

Ese lugar estaba tan congestionado, que preferí irme a dormir.

 

Después de la siesta y de comer, le (nos) dimos una oportunidad al Tekapo, la otra maravilla del lugar.

Como una imagen vale más que mil palabras, dejo plasmado mi cansancio en formato fotografía chusta:

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Lo que es el lago Tekapo.

Marta Diarra Lampi

Mi foto.

Preciosa Marta, preciosa, sí señor.

 

Lo que sí eran preciosas fueron las vistas hacia el Monte Cook de nuestro free camping. El tener una van self-contained y poder dormir en tantos lugares gratis, nos ha permitido amanecer en lugares maravillosos. Y este es uno de los mejores en los que hemos amanecido.

Marta Diarra Lampi

Al fondo el Monte Cook, la montaña más alta de Nueva Zelanda.

El enfado

El día amaneció soleado y despejado, perfecto para ver el Monte Cook y el lago Tasman. Éramos suertudos, pues no pocos son los que llegan a esos lares y se van a casa decepcionados, pues las nubes y la lluvia no les han permitido no disfrutar, sino siquiera admirar los paisajes.

Lo que yo no sabía es que incluso en el día más resplandeciente de todos, puede formarse una tormenta interior que te arrebata el disfrute.

 

Condujimos por un valle verde, con montañas enormes cuyos picos, durante el verano más caluroso que ha registrado el país, estaban todavía nevados. Hasta que el verde dio paso al marrón y a nuestro lado apareció un río color azul grisáceo único, pues sus aguas viene directamente de un glaciar.

Marta Diarra LampiLlegamos a un aparcamiento, dejamos el coche y subimos bajo un sol ardiente lo que para mí fueron como mil escaleras hasta que llegamos a un mirador con vistas hacia el glaciar Tasman y el Monte Cook.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Ojalá una foto así con mis amigos 😂

Allí Miguel y yo respiramos paz, disfrutamos, nos asombramos, nos embelesamos… y nos peleamos. Lo peor de todo es que ni siquiera recuerdo el motivo del enfado, simplemente recuerdo que me quería ir y no me apetecía ver nada más ni mucho menos sacar fotos.

 

Estaba cansada, enfadada y al borde de una insolación. Así que nos volvimos por el mismo valle por el que llegamos, pero sin ser los mismos.

Marta Diarra LampiEste post me resulta algo difícil de escribir, ya no por el enfado en sí, sino porque éste borró todo lo que sentí en esos momentos, incluso se borró a sí mismo, porque ni siquiera sé a día de hoy qué leñes me molestó tanto como para preferir irme de un lugar tan alucinante en vez de calmarme, dejarlo pasar, poner una sonrisa y seguir disfrutando de un lugar tan único.

Sobre todo porque poco después de irnos me calmé.

Pero ya por logística no íbamos a volver atrás.

Al menos aprendí una lección: no dejar nunca más que mi temperamento y estado de ánimo tomen el timón de MI viaje.

 

Calmando los calores

Hay una cordillera montañosa en la ciudad Twizel que dicen es muy bonita, pero no sabíamos muy bien cómo encontrarla. Paramos en Twizel para comprar unos helados que pensábamos aplacarían los sudores que ya mojaban nuestras ropas.

Paseando con nuestros helados vimos un mapa de la ciudad.

– Oye Miguel, aquí hay un lago, y pone que se pueden hacer picnics…

Eso fue más que suficiente para coger el coche e irnos hacia el lago Ruataniwha a zambullirnos de lleno en sus refrescantes aguas.

Fuimos buscando montañas y encontramos un lago.

Me pareció una alternativa perfecta.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Nos refrescamos, hicimos la comida, me tumbé a leer bajo la sombra de los árboles, hice fotos… y cuando llegó el atardecer, seguimos con el viaje. Como me pasaría más adelante con Hokitika, encontré algo que para nada iba buscando.

Y me encantó.

 

Así que segunda lección aprendida: date lo que necesitas. Que sí, que en la ruta que planificaste estaba hacer una ruta de 3h por el monte, sí. Pero si lo que necesitas es descansar, hazlo. ¿Para qué vas a ir al monte si no vas a estar agusto? ¿Para que tu malestar aumente y en la siguiente excursión estés aun peor? Si tu cuerpo te pide algo, dáselo. Es más sabio de lo que creemos 😉

 

El resto del viaje continuó por las montañas y glaciares de Nueva Zelanda, fuimos a Cromwell donde desvirtualicé a una amiga de mi Instagram, cruzamos el Lindis Pass (un paso de montaña que cruza los alpes del sur de NZ), visitamos Queenstown, Glenorchi, Rob Roy, Wanaka, Tasman Glacier, Fox Glacier, Blue Pools…

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Con tanto destino montañoso, no es de extrañar que al llegar a Hokitika sintiera una conexión más que especial.

Pero eso os lo contaré en el siguiente diario de viaje.

 

Adiós, Ohakune.

Aquí estoy, en la cama, escribiendo un texto de despedida a escasas horas de abandonar el lugar en el que he estado viviendo tres meses.

 

Ohakune…

 

No sé cómo te puedo tener tanto cariño con lo mal que lo he pasado aquí. He vivido momentos tremendamente felices, sí, pero también he tocado fondo a más no poder. Ahora me encuentro bien, algo nostálgica y tristona quizás, pero bien.

La verdad es que no me hiciste muy fácil la llegada. En menos de una semana, ya estaba llorando preguntándome cómo iba a aguantar tres meses en semejante lugar. Yo, que odio el frío. Yo, que no soporto estar lejos del mar. Yo… ¿qué hacía en Ohakune entonces?

Aprender. Eso es lo que he hecho.

Quizás no de forma consciente, pero ahora, a punto de partir, me doy cuenta que he crecido muchísimo como persona. Que no soy la misma que la que llegó hace tres meses. Tampoco estoy hablando de un cambio radical o de un giro de 180º, pero me noto distinta, más madura, más fuerte, más grande.

Como he dicho, al inicio no me lo pusiste fácil. Pero entonces, cuando cambié un par de teclas, cuando los nubarrones se disiparon, pude verte; así como se ve el Ruapehu cuando las nubes se desvanecen.

Pude ver que a pesar de lo pequeño que eres, eres enorme. Que no me he aburrido aquí. Que tienes lo justo y necesario, ni un poco más. Que estás orgulloso de quien eres y lo que tienes que ofrecer, aunque a ojos de otros pueda ser poco. Que tus alrededores son impresionantes. Y que tu gente, también.

Si la granja me enseñó que tengo más fuerza física de lo que pensaba, tú me enseñaste que tengo mucha más fuerza de voluntad de lo que creía. Aprendí a valorar correctamente a una empresa, su trabajo y su sueldo. Aprendí la importancia de los amigos y, sobre todo, a diferenciar cuáles son para divertirse un rato y cuáles son los de verdad, los que vinieron para quedarse. Aprendí a valorar las montañas y su belleza. Incluso, la belleza de la nieve.

Sólo puedo estar agradecida por lo aprendido, a pesar de todo. A pesar de los dolores físicos y los bajonazos emocionales multiplicados al cuadrado. Me has dado risas y felicidad pero joder, también me has dado llanto, a grandes cantidades.

He llorado al volver del trabajo. Me he despertado por la mañana y lo primero que he hecho ha sido llorar sólo por pensar en el trabajo. He estado muy decaída, tremendamente cansada, he tenido rutinas de trabajo-casa-dormir-trabajo-casa-dormir-trabajo-casa… sin ningún entretenimiento de por medio.

Pero te adoro porque si pongo en una balanza lo malo y lo bueno, lo positivo gana. Quizás no por goleada, pero gana. Y como, al final, lo mejor es quedarse con lo bueno, voy a recopilar los buenos momentos vividos en Ohakune, para que el día de mañana, cuando me vuelva la nostalgia que siento ahora mismo mezclada con el olvido, pueda recordar por qué echo de menos un pequeño rincón perdido en medio de la isla norte de Nueva Zelanda:

En Ohakune:

He tenido vida social. He conocido a muchísima gente maravillosa que muchos fines de semana me llenaban de tanta energía que me hacían más amena la semana siguiente. Algunos son amigos que sé que me llevaré para siempre. Lo sé.

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Sip, también ha habido alcohol.

Me he enamorado de una montaña, lo que ha hecho que las montañas en general cobren un nuevo sentido para mí. La “culpable” ha sido Ruapehu, tan imponente y bonita como ella misma. Así como sus alrededores, que no se quedan atrás.

Hemos “vivido” con una gatita que decidí bautizar como “la gorda de oro” (porque está gorda y, bueno, tiene un color así doradito), una gata que SÓLO aparece los viernes y sábado por la noche. Ah, y tiene sombra de humano.

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Ahí, esperando delante detrás de nuestra puerta

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Me he convertido en peluquera oficial.

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Viví una experiencia mágica:

 

He aprendido más inglés que en toda mi vida académica.

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Hablar con los compañeros y estudiar, ¡la mejor combinación!

He reconfirmado que en Nueva Zelanda las carreteras son “atracciones” por sí mismas. Sencillamente hermosas.

He presenciado un festival de zanahoras. ¡Miguel incluso participó y ganó!

 

He aprendido a valorar lo que es una empresa que se preocupa por sus trabajadores.

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¡Los viernes son para hacer una barbacoa en el trabajo! 😀

 

Hemos aprendido a sacar un coche estancado en el barro…

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… y a devolver a la vida un coche sin batería… (vale, confieso: ha sido la segunda vez que nos pasa en NZ).

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¡Funciona!

 

He conseguido apreciar el valor paisajístico que tiene la nieve. Y no sólo lo he visto, sino que me gusta.

 

Marta Diarra Lampi

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Adiós, Ohakune. You’ll be always in my heart.

 

Ohakune, la packhouse y el bajonazo emocional

Ya llevamos más de medio año en Nueva Zelanda.

Después de trabajar durante dos meses en la granja, con el dinero ahorrado estuvimos tres meses de vacaciones: dos recorriendo el país y visitando Rarotonga y un mes haciendo dos Housesittings, uno en Naipier y otro en Levin.

Después de los tres meses de parón, había que volver a trabajar para seguir ahorrando y viajar. Como se acercaba el invierno y queríamos solicitar la extensión de la Work and Holiday Visa, decidimos aplicar sólo a trabajos en pack house, es decir, en fábricas de empaquetado de verduras.

Así fue como llegamos a Ohakune, un «pueblo» (lo pongo entre comillas porque básicamente son un par de calles largas) en el que, durante el mes que he estado aquí, he sentido todo un revuelto de emociones.

Marta Diarra Lampi

Ohakune, mi nuevo hogar

La llegada

Comenzamos a trabajar un cinco de abril, el día después de mi cumpleaños. Como en todos los trabajos no cualificados, nada más llegar comienzas a trabajar casi sin instrucciones previas. Simplemente te pones a hacerlo, como si llevaras toda la vida ahí.

¿Seleccionar zanahorias malas y feas para quitarlas de una cinta? Bah, eso es fácil, puede hacerlo cualquiera. Y sí, lo es, es el trabajo más fácil del mundo. Y aburrido. Y algo doloroso. Son ocho horas de trabajo en los que estás de pie, en la misma posición, haciendo los mismos movimientos de mano a cierta velocidad. ¿Lo puede hacer cualquiera? Sí. ¿Lo aguanta cualquiera? Eso habría que verlo…

Marta Diarra Lampi

Así todo el día, seleccionando patatas y zanahorias feas

Bueno, en realidad no son ocho horas, son siete y medio, porque cada dos horas tenemos un breve descanso, siendo el del descanso del almuerzo de una hora.

En el primer almuerzo conocí a los que serían mis compañeros de trabajo en adelante. Todos jóvenes, con el mismo visado que yo, con las mismas intenciones que yo. Checos, japonesas, coreanos, italianos, alemanes, maoríes, neocelandeses… y nuestros jefes chinos.

Si eso no es interculturalidad ya me diréis.

Suena la sirena. Se acaba el descanso. Hay que volver a trabajar.

 

La fábrica

La fábrica en la que trabajamos se dedica principalmente a la cosecha, recolección, empaque y distribución de patatas y zanahorias a toda Nueva Zelanda. Mi trabajo consiste en la selección (grading) de verduras malas, que van pasando por una cinta y yo debo eliminar las que son feas, están podridas o rotas.

Miguel en cambio se dedica a empaquetar (packing) las verduras. Tiene que hacer cajas, embolsar y montar las cajas listas en los palés que otros compañeros, que tienen el carnet, se se llevan con la carretilla elevadora.

Marta Diarra Lampi

Vista aérea de la fábrica y de las zanahorias que yo tendré que seleccionar

La fábrica está a 10 minutos en coche de Ohakune, o lo que es lo mismo: está en medio de la nada. Estamos rodeados de campo, ovejas y vacas. Por lo que si necesitamos cualquier cosa de la ciudad, como hacer la compra o tener un buen acceso a Internet, tenemos que coger el coche.

Marta Diarra Lampi

Estos son los alrededores de la fábrica

 

La cabina

Después de haber estado cinco meses sin pagar por ningún tipo de alojamiento en Nueva Zelanda (hemos vivido en nuestra van, hecho housesitting y en la granja nos dieron casa gratis), tuvimos que enfrentarnos al pago de un alquiler. Se acercaba el invierno y no queríamos vivir en el coche.

Preguntamos en diferentes alojamientos en Ohakune y la opción más barata era de 100 dólares la habitación.

Cada uno.

A la semana.

Es decir, que pasaríamos de no haber pagado nada en cinco meses a pagar cuatrocientos dólares cada mes. Auch…

Sin embargo, por 70 dólares cada uno, la fábrica nos proporcionaba una cabina que consistía en eso, una cabina con una litera, un radiador y un «»»armario»»» a unos minutos a pie de la fábrica, donde están la cocina, el wáter, la ducha y un Internet a pedales.

Nos conformamos. Era lo más barato y queríamos ahorrar. Además, nosotros no somos nada pijos, con eso nos sobraría.

Y así fue. Durante los primeros días.

Marta Diarra Lampi

Miguel en la litera de la cabina

El insomnio

Tras mi primer día de trabajo me dolía todo el cuerpo, hasta músculos que ni sabía que tenía. Me dolía la espalda, los pies y un dedo que se me había hinchado, estaba mojada (no sabía que trabajaríamos con agua) y sólo quería tumbarme en la peor cama del mundo: la de la cabina, ya que era donde viviríamos.

Marta Diarra Lampi

El dedo corazón está tan hinchado, que me es imposible cerrar la mano. Y duele muuucho…

Imagináos si era incómoda la cama que peferimos usar el colchón de nuestra van. Idea perfecta porque nos arregló el problema.

O no.

Durante la primera semana no es que no pudiera dormir bien, es que me encontré con un patrón. Todas las noches, a partir de las tres de la mañana, me despertaba. A las 03:08, a las 03:38, a las 04:08, a las 04:38… así hasta que sonaba la alarma a las 08:00. A veces me despertaba a las y 9 o a las y 50, pero más o menos ese era el patrón.

Estaba sobre un colchón cómodo, cansadísima, con ganas de dormir para descansar de una vez por todas. Pero no podía.

Y no tenía ni idea de por qué.

Marta Diarra Lampi

Algo bueno de vivir en medio de la nada: los cielos nocturnos

El encontronazo emocional

Estaba en un trabajo que no me gustaba, en el que hace un frío anormal para ser la isla norte y con problemas para dormir. Pero si estaba en ese trabajo era por una razón: para extender la duración de mi visado. Las condiciones de mi visado actual sólo me dejan estar en Nueva Zelanda por 12 meses, pero si trabajara durante tres meses en esa pack house, como «recompensa» Inmigración de Nueva Zelanda nos permitiría estar en el país 15 meses. Es decir, tendríamos tres meses extra para trabajar y ahorrar, lo que nos vendría genial.

Pero no estaba siendo feliz. Y nadie me obligaba a estar donde estaba.

Miguel sin embargo estaba muy contento, haciéndose amigo de un checo, hablando durante sus horas de trabajo. Yo, en cambio, tenía de compañero al único hombre gruñón de la empresa. Sólo con deciros que una compañera, nada más verme trabajar con él, me dijo he’s horrible, isn’t he?

Recuerdo mirarla con extrañeza y decirle que no, horrible no. Bueno… pues lo es. Habla muy, muy mal; no pide, exige y falta muchísimo el respeto. La empresa es genial, los compañeros son geniales, los jefes son increíbles (nos traen comida en todos los descansos y antes de irnos a casa nos dan las gracias), pero ese hombre es un Grinch de la Navidad.

Y yo me estaba convirtiendo también en uno.

Me sentía mal, cansada, confusa y enfadada. No sabía qué hacer, no quería trabajar allí pero quería conseguir la extensión. Todo era puro cansancio y caos.

Hasta que llegaron dos momentos clave.

Marta Diarra Lampi

Sólo tenía energía para arrastrarme a la cama y dormir

La tormenta

Aquel día, mientras trabajábamos, hubo una tormenta que yo me atrevería a llamar ciclón. De un momento a otro, comenzó a llover tan fuerte que ni siquiera podíamos hablar entre nosotros por el ruido ensordecedor de la lluvia. Si mirabas hacia el exterior, sólo podías ver un velo blanco creado por la fuerza con la que caía la lluvia.

Después comenzó a granizar.

El viento arrancó un tendido eléctrico.

Nos quedamos sin luz.

Esperamos lo que me parecieron mil años sentados a que arreglasen la luz. Haciendo nada. Por lo que ese día acabamos aún más tarde de trabajar, y mucho más cansados si cabía.

Por culpa de la tormenta, los días siguientes de trabajo fueron muy duros porque había que recuperar el ritmo de producción perdido. Pero no sólo eso, sino que el Gobierno Neocelandés decidió hacer un corte de luz para arreglar los desperfectos eléctricos que la tormenta había causado en los alrededores de Ohakune, así que para no perder ese día tuvimos que trabajar en nuestro único día libre.

Resultado: siete días seguidos trabajando sin descanso y a un ritmo anormal.

Eso sí, destaco a nuestro jefe, que nos pidió mil veces perdón y la semana siguiente nos concedió sábado y domingo libres como compensación, y nos prometió que las cosas «serían más fáciles a partir de ahora». Y así fue, el ritmo de la producción bajó.

 

La nevada

Eran al rededor de las tres de la madrugada. Miguel se despertó para salir a hacer pipí (os recuerdo que el wáter está dentro de la fábrica, a unos cinco minutos a pie). Cuando vuelve, va y me dice «Marta, está nevando». Claro, yo pensaba que sería la típica nieve que ni siquiera cuaja al llegar al suelo. «He hecho una foto, ¿quieres verla?».

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La foto que me enseñó

Estaba nevando. Fuerte. ¡Eso era toda una nevada a principios de otoño!

Así que al día siguiente ya os lo podíais imaginar: los grados bajo cero y una capa de nieve cubriéndolo todo. Cabe destacar que si odio la lluvia y el clima frío, por extensión odio la nieve por ser precisamente fría y mojada.

Ese fue un duro y frío día de trabajo.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

El antes

Marta Diarra Lampi

El después

Marta Diarra Lampi

Imagina: cada vez que quieras cocinar, mear o ducharte, deberás pasar por nieve

 

Al llegar a casa le dije a Miguel basta, que no podía más. Entre el insomnio, el dedo hinchado que no paraba de crecer y me impedía cerrar la mano, el coñazo de tener que salir afuera para cocinar, ducharme (con agua caliente limitada), mear o tener un poquito de Internet, entre los bajones que me daban cada vez que el Grinch me hablaba mal, el frío que lo estaba llevando fatal y la sensación de no poder aguantar allí por tres meses, me hicieron explotar.

Por suerte Miguel tuvo las palabras perfectas para mí. Me dijo que por encima de todo estaba nuestro bienestar, que no teníamos por qué seguir allí, que teníamos dinero ahorrado, que podíamos ir a cualquier otro sitio. O él quedarse allí y yo buscar un trabajo que me guste en Ohakune.

Que podíamos ir al médico a ver mi dedo.

Y, sobre todo, que podíamos mudarnos. Que quizás mi insomnio estuviera causado por un malestar psicológico. Si no te gusta tu trabajo y vives en él, ¿cuándo desconectas? Que cobrábamos bien en la empresa, que nos podíamos permitir pagar más, que no hacía falta ser tan estrechos.

A los dos días dejamos la cabina.

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Bye bye cabinas (la nuestra era la de la izquierda)

La mudanza

Ya os comenté que el lugar más barato que encontramos fue 200 dólares la habitación. El sitio está en Ohakune pueblo, a 10min en coche del trabajo, y nuestro nuevo alojamiento consiste en una cama de matrimonio, un escritorio, BAÑO Y DUCHA PROPIA DENTRO DE LA HABITACIÓN CON AGUA CALIENTE ILIMITADA, Internet ilimitado y una pequeña cocina. Encima, nos limpian la habitación semanalmente. Más que habitación, es como un estudio.

Así que lo único que está fuera y se comparte es una cocina más equipada, la lavadora y un jacuzzi. Sí, como leéis, un jacuzzi.

Desde la primera vez que dormí en nuestro nuevo hogar, no he vuelto a tener insomnio ni una sola noche.

 

El cambio

Desde que nos mudamos, todo fue a mejor: me sentía más contenta y enérgica para trabajar y la relación con los compañeros se ha fortalecido mucho: salimos por ahí, quedamos, nos vamos de fiesta, nos reímos, bromeamos… Todos somos diferentes, cada uno de un país más particular que el otro, con edades comprendidas desde los 20 años hasta los 37; unos acaban de salir de una larga relación y otros tienen ya hijos. Somos diferentes pero hemos creado un grupo muy bonito -y divertido- de amigos.

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Mi grupo de trabajo y de amigos

Y con el tiempo me he acostumbrado al trabajo, ya no me duele el cuerpo, he aprendido a ignorar al Grinch y, más importante aún, YA NO SOY SU COMPAÑERA DE TRABAJO. Así que la interacción con él es nula.

Estoy aprendiendo a gestionar mejor el frío, ya no lo sufro tanto como antes (veremos cuando se acerque más el invierno), y estoy empezando a adorar a este pequeño pueblecito. Es muy pequeño, por lo que se hace fácil de recorrer y muy acogedor, siempre nos encontramos a alguien conocido en la calle o en el supermercado; pero Ohakune es lo suficientemente interesante como para no aburrirte: tiene pubs, rutas de senderismo en sus alrededores, cascadas que visitar, está a los pies del Tongariro Alpine Crossing (un volcán activo cuya ruta está considerada como una de las más bonitas del país y del mundo para hacerte en un día) y, lo que más me gusta: el Ruapehu.

Marta Diarra Lampi

Puedes salir a tomar algo y jugar al billar

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O explorar la zona del Tongariro

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O encontrar cascadas

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O ver volcanes activos como el Ngauruhoe

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O ver el centro de Ohakune con el Ruapehu de fondo

Os lo digo totalmente en serio, estoy enamorada hasta las trancas de esta montaña. No siempre se deja ver por capricho de las nubes, pero cuando lo hace… de verdad, es impresionante verla ahí tan grande, tan imponente en el horizonte. Vas caminando o conduciendo y PUM, ahí está, tan enorme que casi te la comes.

Marta Diarra Lampi

Ohakune a los pies del Ruapehu

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De camino al trabajo

Marta Diarra Lampi

Siempre que puedo salgo a fotografiarla

No existe fotografía que pueda hacerle justicia.

El Ruapehu es lo que más me gusta de este pueblo.

 

Estoy empezando a adorar a este trocito neocelandés y a la vida que estoy creando aquí, pues es como otra vida nueva que estoy viviendo (lo de las vidas lo explico en este post). Ahora estoy siendo no la viajera ni la sedentaria, sino la joven que se ha ido a Nueva Zelanda con una Work and Holiday Visa y la está viviendo con otra gente que está allí por el mismo motivo.

Marta Diarra Lampi

Ohakune al atardecer

Cuando llegué a Ohakune, le dije a Miguel que me sería imposible durar aquí tres meses.

Ahora, cuando pienso en la fecha de partida, me pongo triste.

Curioso, ¿eh?