Toda la cultura aborigen que cabe en un cuadro

Él no fue el primero en intentarlo. De hecho, se convertiría en costumbre que los aborígenes más talentosos se pasaran por la gasolinera a intentar sacar provecho de su arte. A algunos, la palabra “talentoso” se les quedaba verdaderamente corta. Otros… bueno, lo intentaban. Pero, al final del día, ¿quién soy yo para decidir qué es arte?

El caso es que cuando lo vi, me enamoré. Conecté profundamente con él. Me maravilló, me cautivó, me asombró.

– ¿Cuánto pides?

– ¿50?

– 30 dólares y te los doy ahora mismo.

– Hecho.

Ni siquiera tenía dinero. Sólo sabía que no podía ignorar aquel flechazo. Ya lo describía Michael Corleone en la novela de El Padrino cuando ve a Apolonia por primera vez: “el rayo” me había atravesado. Y a mí por las venas ya sólo me corría electricidad.

Menos mal que el que era mi novio por aquellos tiempos me dio los treinta dólares que me brindarían uno de los objetos más preciados que conservo.

Marta Diarra Lampi

La gasolinera donde trabajaba.

Todo fueron risas cuando volví con mi enorme cuadro a mi puesto de trabajo. “¡pero qué feo!”, me dijo mi compañera belga. “Bueno, lo importante es que te guste a ti, cariño”, me decía mi novio con una sonrisa torcida. Y más risas entre los compis. Pero nada podía afectarme porque yo estaba radiante, sobre todo después de la conversación que tuvimos:

– A mí no me gusta dibujar lo que veo. A mí me gusta dibujar lo que tengo en la cabeza.

– ¿Y qué tienes en la cabeza?

– Estos son mis antepasados, están bailando y tocando el didgeridoo porque están muy felices. ¡Por fin está lloviendo! Esto de aquí son las huellas de mis ancestros, que están ahí para protegerte.

– ¿Y por qué hay una serpiente gigante en el cielo?

(jamás olvidaré la mirada de obviedad, extrañeza y dulzura que me echó, como si fuera una niña pequeña haciendo una pregunta estúpida)

– Porque está lloviendo.

Está claro que sin la interpretación del artista, no habría llegado a comprender qué ocurría dentro del dibujo. Aunque algo sí que sospechaba, ya que la noche anterior hubo una tormenta que ni el apocalipsis. Estábamos en el inicio de la rainy season de los Kimberleys, en medio del desierto de la Australia Occidental.

Marta Diarra Lampi

Algunas tormentas en los Kimberleys eran brutales.

Yo creí que lo que el dibujo representaba era un grupo de personas que se estaban defendiendo con armas de una serpiente que les atacaba. Fíjate, nada que ver. Aun así, el dibujo tenía algo que me atraía, y me terminó de encandilar cuando comprendí del todo de qué iba la cosa.

Pasaron los meses (en total, estuve seis viviendo en aquella comunidad aborigen), y siempre que veía el cuadro en mi habitación sentía cierto orgullo mezclado con un profundo cariño. Eso sí, mis amigos seguían preguntándose qué era lo que veía yo en ese cuadro tan “feo”. Cuando volví a España de vacaciones, lo guardé a muy buen recaudo, para que esperase a salvo mi regreso definitivo.

Lo que yo no sabía era que ese dibujo escondía todavía más secretos. Secretos que descubrí en mi visita al Parque Nacional Kakadu. Allí, me encontré cara a cara con una de las mayores galerías de arte rupestre aborigen australiano del mundo. Son pinturas maravillosas que no sólo han retratado el paso de los años, los siglos, las eras y la historia general, no; es que son pinturas que divulgan conocimientos, pues los aborígenes no registraban sus vivencias a través de la escritura, sino que enseñaban por la palabra y las pinturas. Son historia aborigen pura y dura, desde cómo cocinar un pescado hasta de cómo eran los barcos que llegaban de Europa.

Una de las metodologías con las que los aborígenes enseñan a los jóvenes los códigos de conducta es a través de la misma práctica que han ejercido tantas y tantas otras culturas en el mundo, desde la griega a la egipcia, a la japonesa, a la budista o la maorí: a través de la mitología. Y la mitología aborigen australiana es igual de fascinante y bonita como cualquier otra.

Marta Diarra Lampi

Pintura de la Serpiente Arcoíris en el P.N. Kakadu.

Por ejemplo, una de las figuras más importantes de su mitología es la Serpiente Arcoíris, diosa creadora de la vida –y el universo- a través de su relación con el agua. Cuenta la leyenda que esta inmensa serpiente salió de la tierra (¿recordáis el cráter Wolfe Creek?) levantando a su alrededor enormes cimas, montañas y desfiladeros a medida que avanzaba hacia arriba. Una vez fuera, mientras la serpiente se deslizaba por la Tierra, fue creando a su paso pozos, barrancos, canales, cauces… pues ella es quien controla el recurso más preciado de la existencia: el agua. Sin ella, no hay vida.

Se dice que habita en profundos pozos de agua y que, al igual que puede dar vida, si se enfada, puede enviar grandes tormentas que arrasan con todo. O, si está de buenas, permite que los pozos estén perennemente llenos de agua aun siendo plena temporada seca en el desierto. Cuando se ve el arcoíris en el cielo, se rumorea que es la Serpiente Arcoíris pasando de un pozo de agua a otro.

Marta Diarra Lampi

Agua en los Kimberleys tras un día de lluvia.

Serpiente… diosa creadora… lluvias… ¡mi cuadro es una representación de la Serpiente Arcoíris trayendo agua al mundo! En ese instante comprendí por qué el artista me miró de esa forma tan obvia cuando pregunté por qué había una serpiente en el cielo. “Porque está lloviendo”.

“A mí no me gusta dibujar lo que veo. A mí me gusta dibujar lo que tengo en la cabeza”. Claro, ese señor no sólo dibujó un hecho de su cabeza, ese señor plasmó una parte de historia, de su historia, en un trozo de tela, y la compartió conmigo. Compartió sus enseñanzas, su leyenda, su tradición conmigo de la misma forma que los aborígenes llevan haciéndolo desde hace más de cuarenta mil años: a través de la palabra, la pintura y la mitología. ¡Y yo sin darme cuenta!

Más tarde, descubriría en un museo sobre el body painting aborigen. Los cuatro individuos –probablemente hombres- del dibujo tienen los cuerpos pintados. Descubrí que los aborígenes cuando hacen un ritual que implica danza, siempre se pintan sus cuerpos. Cada tribu se dibuja de una forma diferente según su tótem, y así es como saben quién pertenece a su grupo: si se pintan como tú, es de tu familia. Los que se pintan, son los que bailan. A veces, hasta las huellas de los pies quedan estampados en el suelo por la pintura… como en el cuadro.

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Aún con toda la información que la suerte me fue entregando, esto no fue todo. Un día navegando por Facebook se me apareció un artículo que decía que un señor en Florida encontró en el bosque una rara serpiente… una serpiente arcoíris que no se había visto por esa área en más de 50 años. Pero lo curioso fue la fotografía que acompañó el artículo. Mirad vosotros mismos los parentescos con la serpiente de mi dibujo. Además, el artículo añade información del tipo <<“Las serpientes arcoíris son muy acuáticas y pasan la mayor parte de su vida ocultas entre la vegetación acuática; rara vez las ven, incluso los herpetólogos, debido a sus hábitos crípticos”>>. Yo no sé si la serpiente que vio aquel hombre es como la de la foto, ni siquiera sé si esa serpiente existe o si así es la que inspiró a los aborígenes. Yo de eso no tengo ni idea. Lo que sí es evidente es la casualidad y el parentesco reptil.

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Fotografía del artículo.

Sin duda alguna, aquel día de marzo, tenía en mis manos la representación de la diosa creadora de la Tierra aborigen en pleno trabajo de brindar agua al planeta. Antes de descubrir todos estos datos tan maravillosos sobre la cultura aborigen australiana, ya guardaba mucho cariño de mi encuentro con aquel artista. Y cuanto más tiempo pasa, más crece mi afecto por él y su obra.

Gracias FRANKI.

Marta Diarra Lampi

Cráter Wolfe Creek, el ojo del desierto australiano

Uno de los lugares más alucinantes en el que jamás he estado y nunca pensé estar es, sin duda alguna, en Wolfe Creek. Y eso que, audiovisualmente, no invita mucho a ello…

Pero no voy a adelantar acontecimientos.

Hoy os voy a llevar a un lugar muuuuy especial de Australia que poca gente conoce y menos gente aun visita. Con todos ustedes… ¡el Cráter de Wolfe Creek!

Marta Diarra Lampi

Un poquito de historia

Fijaos lo grande y aislada que es Australia que no fue hasta 1947 que se “descubrió” el segundo cráter de meteorito más grande de nuestro planeta Tierra. Conocido como el cráter Wolfe Creek, este imponente boquete se encuentra a unos 145 kilómetros de Halls Creek en la región de Kimberley, en Australia Occidental.  Encima, fue descubierta completamente por casualidad por los geólogos Frank Reeves y NB Sauve, junto con el piloto Dudley Hart, quienes estaban simplemente haciendo un vuelo de reconocimiento de la zona.

Pero claro, si entrecomillo la palabra “descubrir” es por algo, pues los aborígenes ya sabían de él desde miles y miles de años antes…

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Fijáos si está aislado que no hay NADA a su alrededor…

Lo que dicen los científicos

Con un diámetro de 850-950 metros (¡ofú!) y encontrándose su cima a 35 metros sobre la llanura de su contorno, los geólogos estiman que el boquetoncio se formó hará unos 300.000 años cuando un meteorito de hierro que pesaba más de 50.000 TONELADAS le dio un buen porrazo a nuestro planetita, a unos quince kilómetros por segundo. Si esa velocidad no te sorprende, quizás lo haga cuando te diga que 15km/sg es igual que cruzarse toda Australia en menos de cinco minutos. Y yo tardé cuatro meses… 😜

¿Y dónde está el meteorito si tan grande era? Bueno, cuando impactó en la Tierra se formó tal explosión que su energía vaporizó al pedrusco… Sorry. PERO algunos fragmentos del mismo se encontraron dispersos hasta a cuatro kilómetros de distancia y (¡sorpresa, sorpresa!) en el Observatorio Astronómico de Perth puedes toparte con dos trocitos del ex-gigante meteorito de hierro 😃

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De mi visita al Observatorio de Perth

Lo que dicen los aborígenes

Como mencioné anteriormente, durante miles de años los aborígenes de las tribus Jaru y Walmajarri se reunían en el cráter, al que llamaban Gandilamal, a contar historias sobre la creación y a hacer vida. Una historia mitológica muy bonita cuenta que el cráter es el agujero por el que la Serpiente Arcoíris, la diosa creadora de vida, salió de la tierra para traer vida al Universo. Si no sabes quién es la Serpiente Arcoíris (¡muy mal!), échale un ojo a este post en el que cuento bastante sobre ella.

Sin embargo hay otro grupo aborigen de la zona, los Kandimalal, cuyos miembros más ancianos cantaban y contaban historias sobre una gran estrella que cayó sobre la Tierra… dando a entender que mucho, muchísimo antes de que los propios científicos encontraran el cráter, ellos ya habían deducido cómo se creó semejante agujero terráqueo.

Marta Diarra Lampi

¿No parece como un ojo?

Lo que dice el cine

Bueno, BUENO. Si tenéis pensado visitar el cráter algún día, no hagáis como yo y veáis la película ANTES de ir. Aun sabiendo que es sólo un film, eso de “basado en hechos reales” como que no inspira mucha confianza y uno se deja arrastrar por la paranoia colectiva…

Y es que en 2005 se estrenó una película de terror (bastante malilla, todo sea dicho) en el que tres mochileros deciden visitar y pasar la noche en Wolfe Creek, pero son secuestrados por un terrible, terrible torturador asesino.

Bueno, pero todo esto, ¿fue o no fue real?

Sí y no. El creador, Greg McLean, se inspiró en crímenes que sí que ocurrieron en Sídney en la época de los noventa, conocidos como los Backpacker murders, cometidos por Ivan Milat, uno de los serial killers más conocidos del país.

Lo curioso de todo esto es que la película ¡ni siquiera fue rodada en el cráter Wolfe Creek! El film se ambientó en el cráter, sí, pero se filmó en el estado de South Australia. O sea, ¡ni siquiera estuvieron allí! Si os interesa ver la película, en Internet podéis encontrarla fácilmente. Y si os gusta, estáis de suerte: en 2013 estrenaron la segunda parte 😋

A pesar de toda la ficción, todavía hay mucha gente que cree que el film es un documental fidedigno, y cuando comentas tus intenciones de ir o de haber ido, siempre hay alguien que suelta “¡pero bueno, ten mucho cuidado eh! Que ese sitio es peligrosísimo, ronda por ahí un asesino de backpackers…”

 

Bueno, pero que yo quiero visitarlo igual, ¿cómo lo hago?

El acceso al Parque Nacional Cráter Wolfe Creek se sitúa aproximadamente a 152 kilómetros por carretera al sur del pueblo Halls Creek, a través de la Carretera Tanami. Si vas, ármate de paciencia, porque es una carretera sin asfaltar que puede llegar a estar en muuuy malas condiciones. Más o menos tardarás en llegar al cráter en unas 2-3 horas de conducción.

Recomiendo encarecidamente que, antes de ir, repostes gasolina en Halls Creek, compres mucha agua y vayas (o llames por teléfono con anterioridad) a su Centro de Información Turística y preguntes por el estado de la carretera, ellos sabrán si es buen momento o no para ir. Afortunadamente cuando fui, justo acababan de “alisar” la carretera, por lo que conducir por ella no fue ningún problema. Aun así, se recomienda encarecidamente usar coche 4×4.

Puedes subir a pie a la parte más alta del cráter por un caminito corto de unos 200 metros. Lo subes en nada. Eso sí, no te metas dentro del cráter, que es peligroso. ¡Respétalo!

Como la carretera es larga (hasta un total de 6h de coche si regresas el mismo día), te invito a que pases la noche en el pequeño “camping” que hay. Es totalmente gratuito y tiene unos baño básicos. No se permite hacer fuegos, recoge tu basura y no te lleves de allí ninguna planta, animal y/o piedra, please. Como el camping sólo tiene baños, deberás ser 100% autosuficiente… si no te pilla el asesino 😜

Marta Diarra Lampi

Arriba a la izquierda, el camping; abajo a la derecha, el inicio de subida al cráter.

Pero si regresas sano y salvo, recuerda comprar tu pegatina de “yo sobreviví a Wolfe Creek” en el Visitor Centre de Halls Creek 😉 y de paso me compráis otra a mí y me la enviáis, ¡que yo me arrepentí de no hacerlo!

Bueno, espero que os haya gustado este post. A mí la verdad me maravilla este lugar, uno de mis lugares favoritos de mi viaje por Australia. Fue realmente mágico presenciar los resultados de un fenómeno astronómico-geológico tan único. Por eso quería compartir con vosotros un trocito de esa enormidad tan bonita 😊

Marta Diarra Lampi

Buenos viajes a todos ✈

Un abrazo desde el futuro

Querida Marta del 2017,

qué bonito y emocionante ha sido releerte. ¡Vaya tiarrona estás hecha! Hasta me das cierta envidia, quién pudiera tener la cara dura, la fuerza y ese “echá palanterío” que tienes. (¿O tenemos..?)

Quería escribirte primero para darte un abrazo virtual del tamaño de un oso. Sí, sé que el contacto físico no es lo tuyo, pero te sorprenderías de lo cariñosa que te vas a volver en 2020. Así que cállate y acepta este abrazo sin rechinchar, que las dos sabemos lo mucho que los disfrutas en realidad. A que sienta bien, tonti.

Pero principalmente quiero escribirte para decirte que lo hicimos, tía. Que lo conseguimos. Todos esos sueños que plasmaste en este blog se han cumplido, joder. Por eso necesito decírtelo, para recordarme todo lo que somos capaces tú, yo, las de antes y las que vendrán.

Confieso que a veces se me olvida. Estoy tan bien, a gusto y feliz donde estoy hoy que a veces se me olvida todo lo que hubo en los ayeres para llegar aquí. Que soñar sólo fue el primer paso de muchos esfuerzos que vinieron después. A veces se me olvidada que nada de lo que tengo me vino dado, que lo que soy y donde estoy me lo agencié yo solita.

Qué emocionante ha sido volver a sentir tu incertidumbre, volver a ser esa “virgen de viajes” que no sabía lo que era vivir en el extranjero, viajar por largo tiempo o incluso trabajar. No tenías ni idea de nada pero para allá que fuimos a averiguarlo.

No te quiero hacer spoiler porque ya lo acabarás viviendo tú misma, pero te puedo decir desde ya que no te agobies tanto, que seguir a tu instinto y tu corazón es la única respuesta para cuando todo esté cubierto de niebla y no veas qué camino tomar, que el mundo está lleno de bondad y de hermosas personas (aunque sé que ya lo sospechas), que vas a ser feliz, Marta. Vas a ser muy feliz, más de lo que jamás te hubieras imaginado. Y vas a tener la vida que exactamente habías planeado para ti.

Eres una campeona y te admiro de aquí a Júpiter. Y nunca dejes de luchar, la recompensa te está esperando a la vuelta de la esquina.

Olé tú, valiente.

Te ama con todo su corazón,

Marta.

Camarero, una de buenas decisiones, por favor.

Todavía me acuerdo de cuando vivía en Dargaville e intentaba planear un poquito mi futuro. Porque por mucho que parezca que voy por ahí a loco hacia donde me llevan los vientos, en la estructura, digamos, necesito tenerlo todo bien atado. De ahí a que escribiera planes de vida viajeros a cinco años vista meses antes de partir.

Y en Dargaville era donde no me ponía de acuerdo. «¿Qué hago? ¿Viajo o hago el máster que tanto deseo?» Luego en Tailandia, más de lo mismo: “¿Qué hago?». Pensé que quizás si hablaba con mi madre ella me daría un nuevo punto de vista. Y me lo dio. Pero no fue lo suficientemente amplio como para decidirme. Más tarde, cuando llegué a Australia, seguí igual: «¿Qué hago? ¿Viaje o audiovisual?». Y ahora, cuatro meses después de mi llegada, sigo preguntándome exactamente lo mismo. «¿Qué hago?».

No quiero presionarme, pero tampoco quiero cagarla. Me da miedo equivocarme. Y siempre he “pospuesto” la decisión porque, quizás sea muy romántica, pero soy de las que piensan que, llegado el momento, sabemos qué hacer. Pero… ¿y si el momento no llega?

Pasan los meses y yo todavía no tengo ni idea de qué hacer una vez termine de trabajar en Fitzroy Crossing y mi visita de un mes a España llegue a su fin.

¿Y si en realidad debo forzarme a decidir algo? ¿Y si me flipo cuando pienso en que, como si de un golpe de viento se tratara, de repente sabré qué quiero? ¿Y si dejo la toma de decisión para el futuro y cuando el futuro llegue, sigo sin saber qué hacer?

No me gustaría verme en septiembre de 2019 tomando una posición cualquiera porque no me he aclarado la cabeza. Es más, ¿cómo se aclaran las cabezas? ¿Con tiempo?¿Reflexión? ¿Autoanálisis? ¿Agua y jabón?

Porque por un lado quiero seguir viajando, quiero cumplir mi plan viajero de vida, quiero dar una vuelta al mundo. Ahora mismo estoy trabajando muchísimo y esforzándome el doble para ahorrar dinero y, al menos, viajar por varios meses. Y pienso que ahora es el mejor momento porque

  1. Ya estoy “en movimiento”, no tengo que dejar ni casa ni trabajo ni familia porque ya lo hice en su día.
  2. Estoy en Oceanía, tengo a mi alcance muchísimos destinos que desde Europa son más complicados -y caros- de llegar y
  3. Tengo ganas y ánimos para ello.

Pero por otro lado añoro el mundo audiovisual. Sueño también con estudiar un máster de documental creativo en Barcelona, sueño con tener mi propia habitación con mi propio escritorio y mi propia estantería donde colocar mis libros FÍSICOS (sigue sin gustarme leer desde una pantallita). Sueño con relacionarme con gente con mis mismas inquietudes culturales, con crecer artísticamente, con grabar y hacer documentales y trabajar pero de lo mío.

Y siento que, ahora mismo, no puedo tener ambas cosas. No puedo viajar a la vez que asentarme. Siento que en un futuro igual sí, quizás pueda combinar periodos de asentamiento con viajes. O, mejor aún, trabajar en proyectos que requieran viajar. Pero que ahora mismo o es uno u otro.

Y a veces me da miedo asentarme ahora y que luego me sea difícil volver a “la vida viajera”. Y a veces me da miedo dejar para después el meterme en el mundo audiovisual por si es “demasiado tarde” o me quedo desfasada. Jamás he trabajado en el mundillo así que no tengo ni idea de “cómo” funciona, o qué perfiles buscan o si quiera si buscan perfiles. Yo qué sé. No sé nada. ¿Y si sólo quieren gente joven que ha ido creando su propia experiencia al término de sus carreras?

Yo cuando terminé la carrera me fui a Nueva Zelanda… Quizás estoy perdiendo tiempo audiovisual… (?)

Y lo sé, mira que soy fiel defensora del nunca es tarde, del que si se trabaja duro se puede con todo y, sobre todo, que la edad nunca es un impedimento para nada. Pero no sé, a veces me da miedo. Y no se me da bien eso de seguir mis propios consejos, aun creyendo en ellos de todo corazón.

Y lo que más me ¿aterra? de todo es equivocarme. Por nada del mundo querría tomar una decisión y al tiempo darme cuenta que fue la errónea. Porque dar una vuelta al mundo durante un año y pagar la matrícula del máster+vivir en Barcelona sin depender de un trabajo, según mis cálculos, me costarían más o menos lo mismo. Y según mis cálculos también, si sigo trabajando como lo estoy haciendo ahora, es lo que ahorraré en Fitzroy en cuestión de unos cuantos meses más.

¿Por cuál sueño me decanto?

Sé que todavía queda tiempo, que no tengo que decidir nada aún.

Pero a veces no sé gestionar bien la incertidumbre. A veces estoy tranquila y me digo slow down Marta, todo se llegará… o no.

Ay…

¿Algún consejo para tomar buenas decisiones? Necesito una ración doble de eso, por favor.

 

P.D: la foto de portada es de diciembre de 2014, cuando por una extraña razón tenía por costumbre poner un marco blanquinegro a mis fotografías, ugh 😫

Mi vida en el desierto australiano

Estoy en el momento más tranquilo de mi vida.

Fíjate que en Nueva Zelanda no paré quieta. Durante los catorce meses no dejé de viajar ni un momento. Y cuando estaba “asentada” salía a explorar en casi todos mis días libres. Y entrecomillo “asentada” porque el máximo de tiempo que estuve viviendo en un mismo lugar fueron tres meses. Es decir, me mudaba de un sitio a otro en menos de 90 días. No podía aguantarme las ganas de viajar.

Y ahora pretendo quedarme seis meses en el mismo lugar.

Porque en Australia esta Work and Holiday la estoy viviendo de un modo totalmente diferente. Ahora mismo llevo dos meses y poco en una comunidad en el medio del desierto. En un «pueblo» de unos mil habitantes, probablemente el 80% de ellos aborígenes. Y como no tengo coche, desde que llegué aquí sólo he salido una vez (a 20min de distancia). ¿Os imagináis no salir durante meses de, por ejemplo, vuestro barrio? Yo sí, porque no tengo ninguna necesidad de salir. A pesar de que aquí no hay grandes entretenimientos. Es más, por poder, no te puedes ni tomar una cerverza porque el alcohol está baneado (tampoco me importa, no me gusta la cerverza) ((siii odiadme birra-lovers!!!)).

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Las calles de Fitzroy Crossing

En cuanto al trabajo, lo hago seis días a la semana en la cocina de una gasolinera que, aunque es verdad que a veces es estresante, no es muy duro. Y cuatro días a la semana trabajo en un supermercado. Los días que combino ambos, hago 12h de trabajo al día.

Los momentos que más disfruto es cuando me despierto temprano y me voy a mi terraza –porque mi habitación tiene terraza propia– a escribir, a leer, a ver alguna serie o película o documental. Ese, es mi momento favorito del día.

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Porque aquí siempre hay luz. Vivir en el desierto significa que siempre hace calor. Nunca baja de 35º y casi siempre veo el termómetro alrededor de los 40º. Nunca está nublado y rara vez llueve por el día. Y eso que estamos en rainy season, por eso hay tormentas eléctricas casi todas las noches. Algunas de ellas son verdaderamente fabulosas.

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Porque aquí no hay edificios, ni ruido, ni contaminación. Aquí sólo escuchas a los pájaros piar o a los sapos croar. Ah, y las águilas. Decenas de águilas que surcan los cielos. Siempre que las escucho (¿cantar? ¿piar? ¿aguilear?) me da la sensación de estar metida en una película del lejano oeste. Bueno, es que estoy viviendo en la costa oeste australiana.

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Águilas en el tendido eléctrico

Lo bonito de vivir en un lugar sin edificios es que tienes el horizonte casi a ras del suelo o el cielo, libre. Lo que significa que cuando hay un atardecer bonito, lo inunda todo y lo ves completo.

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Estos son las casas más altas, de dos pisos.

Además, tengo dos mascotas adoptivas. Una es un gatete que viene a visitarnos a la gasolinera en días aleatorios y es un amor. Pero el otro es una rana verde verde que sospecho vive en una tubería, porque a veces la escucho croar y el sonido que se crea, engrandecido por el tubo, es espectacular.

https://www.instagram.com/p/BvOx9Ergt0W/

Lo que me gusta de la rana es que siempre la encuentro, más o menos, a la misma hora en el mismo lugar: la hora en la que terminamos de trabajar cerca de la puerta de salida. Siempre que la veo, le saco una foto. A veces me gusta pensar que se pone ahí por lo mismo que le saco fotos: quizás le parezca curioso que el mismo grupo de humanos pase a la vez por el mismo sitio a la misma hora todos los días.

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Así que mi rutina es levantarme, trabajar a veces 12 horas o tener unas horillas libres para mí e ir a la gasolinera; volver a casa, hablar con mis compañeros de piso, ver un capítulo de «The Big Bang Theory» y a dormir. Los días libre quizás escribo, quizás leo, quizás voy a la piscina… según.

Tengo la vida más tranquila y aburrida del mundo, y no la cambiaría ahora mismo. Quizás menos horas de trabajo sí, pero estoy feliz aquí donde estoy. Como diría un amigo gallego: «felizmente cansada».

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Tenemos piscina pública gratuita

Esto me demuestra que somos cambio constante, que mutamos. Que la Marta de hace un año no es la misma de ahora. Hace un año esto se me habría hecho insufrible, mientras que ahora es placentero. Por eso es importante conocerse bien a uno mismo, para poder estar en el momento adecuado en el sitio adecuado haciendo aquello que se adecúe mejor para hacernos feliz.

Y yo por suerte me conozco muy bien.

 

P.D: durante el mes de marzo realicé un proyectillo fotográfico en el que saqué una fotografía al día de, básicamente, mí trabajando. Pincha aquí si quieres echarle un vistazo 😊

Mi plan viajero-vital 2.0

¿Sabéis de esas veces que estáis viendo una cosa determinada que te lleva a otra, y a  otra, y a otra hasta el punto de que acabas haciendo algo que no tenía nada que ver con la actividad inicial?

Pues así es como he acabado releyendo y reflexionando sobre el primer post de este blog.

Todo empezó con la publicación en mi Facebook personal de un proyecto fotográfico que realicé durante el mes de marzo (si quieres verlo, pincha aquí). El caso es que me puse a revisar todo el proyecto y como me pareció corto, decidí revisionar de principio a fin otro proyecto fotográfico del año pasado, en el que hice una fotografía al día (aquí). El caso es que en una fotografía de julio hay un enlace a un post mío, que es el que escribí como despedida a Ohakune, el pueblo donde viví por tres meses en el medio de la isla norte de Nueva Zelanda.

Y claro, entré y ese post me redirigió a otro, y a otro, y a otro… hasta llegar al primero que publiqué en el blog. Y ahí me detuve. Porque me di cuenta de una cosa: ese es un post potente. Potentísimo. Y han tenido que pasar como dos años para darme cuenta de ello.

Ese post es muy potente porque tiene decisión. En aquel entonces, en diciembre de 2016, Miguel y yo vivíamos en Málaga y no teníamos ni un duro. Literal. En diciembre de 2016 no sólo no sabía si llegaría a tener el dinero suficiente ni para comprarme un billete de avión, es que ni siquiera sabía si conseguiría la visa de Nueva Zelanda. Sin visa, se desmorona el plan, no hay nada que hacer.

Ese primer post es potente porque sentencio firmemente que

«yo quiero dar la vuelta al mundo. Vivir viajando.

Y mi primer destino será Nueva Zelanda.»

¿Cómo podía yo afirmar tan rotundamente algo tan grande? Sin visa, sin dinero y hasta sin los estudios acabados. ¿Qué pasa si suspendía alguna asignatura que tuviera que repetir?

Ese primer post es toda una declaración de intenciones tanto hacia mí como hacia el mundo entero. Estaba gritando que sabía lo que quería y que estaba decidida a conseguirlo. Ni siquiera existía un Plan B, no había nada de «bueno, si no lo consigo puedo hacer X». No, no lo había porque no concebía no alcanzar mis metas.

 

Por eso hoy tengo ganas de escribir otra vez, porque me siento orgullosa. De mí y de todo lo que he conseguido. Por cómo soy, por soñar fuerte y por trabajar aun más fuerte para cumplir mis locas onirias.

Y por eso hoy también quiero repasar aquel post que escribí un 26 de febrero de 2017 en el que ponía en palabras el plan de vida de viaje que me gustaría tener, para ver y analizar qué cosas he alcanzado y qué no. Así que allá voy.

 

En febrero de 2017 escribía que quería…

1º: Salir de España a Nueva Zelanda con una Working Holiday Visa. Estar allí de 12 a 15 meses. Solicitar una WHV para Australia.

¡Conseguido! El 16 de octubre de 2017 me monté en cuatro aviones y 56h después aterricé en Aotearoa, el país de la gran nube blanca, donde viví unos maravillosos 14 meses. Ese año, además, conseguí la visa para Australia 😃

2º: Con el dinero ahorrado en Nueva Zelanda, hacer un viaje por el sudeste asiático de seis meses aproximadamente. Según el ritmo que llevemos -probablemente lento- nos dará tiempo a visitar más o menos países. Pero la ruta “ideal” sería Indonesia, Filipinas, Vietnam y Tailandia, ya que no daría tiempo a más. Y desde Tailandia, volar a Australia.

JAJAJAJAJA no te lo crees ni tú, maja. Con lo que yo no había contado en este plan viajero-vital es con los costos de la visa australiana. Entre los papeleos, el costo de ir mil veces a la embajada de Wellington, el costo de la visa en sí, el costo del examen de inglés, el costo de los biométricos y el costo de la gasolina para ir a todos estos sitios, los seis meses por el sudeste asiático se redujeron a uno.

Bueno, al menos un punto sí que lo cumplí: volé desde Tailandia a Australia.

3º: Pasar un año (o dos) en Australia. Al terminar la visa, con el dinero ahorrado ir en barco a Argentina.

Bueno, ahora mismo sólo llevo tres meses en Australia, así que no sé si se cumplirá este tercer punto o no. Por lo pronto, lo dudo mucho porque es algo que ya no quiero.

Uno de mis mayores sueños es recorrer Sudamérica y Centroamérica, pero con lo que tampoco contaba en aquellos días es que una visita a las Islas Cook y vivir en Nueva Zelanda me harían enamorarme de la cultura Polinesia, por lo que ahora mi sueño sudamericano combate con el de viajar por las Islas del Pacífico Sur.

Lo que sí que planeo ahora es quedarme en Australia dos años y muy probablemente un tercero (ahora que la visa lo permite) para poder unir mi sueño Pacífico con el Sudamericano en un mismo viaje: viajar por las islas del Pacífico Sur y entrar en Sudamérica a través de la Isla de Pascua y ya allí recorrer el continente.

4º: ¡Por fin en Sudamérica, mi mayor sueño! ❤ Una vez en Argentina, lo ideal sería probar suerte por si pudiéramos llegar a la Antártida, que queda “cerquita” 😜Y ya de ahí hacer un recorrido por toda Sudamérica (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, las Guayanas y Suriman), hasta llegar a Centroamérica y México. De ahí solicitar de nuevo una WHV a…

Sigue siendo mi sueño, pero va a tener que esperar un poquito más.

5º: …Canadá, y pasar allí un año para recuperar algo de dinero y volver a Europa (pasando por Groenlandia).

Uf, no sé yo. Como la WHV de Canadá es hasta los 35 años, ahora me planteo «aplazarla» un poco más para hacer antes otras cosas, como la WHV de Japón, por ejemplo.

6º: El primer destino europeo sería España para visitar (tras un lapso de… ¿cinco o seis años? 😱) a la familia y amigos. Y después partir por una ruta a través de Europa hasta llegar a Finlandia, donde me gustaría pasar un año.

JAJAJAJAJAJAAAAA X10000, que te creías tú que aguantarías cinco o seis años sin ver a tu familia y amigos, ya, claro. Por lo pronto ya tengo un billete comprado para agosto de 2019 para pasar un mes y medio en España. O sea, que sólo has aguantado dos añitos, guapi.

De todos modos ha sido bonito descubrir que soy mucho más apegada de lo que pensaba. Al final va a resultar que tengo sentimientos 😜

La ruta de Europa me encantaría, la verdad. Y también me gustaría vivir en Finlandia (es más, hay un Máster de dos años en Helsinki que me encantaría estudiar). Pero nope, todavía no.

7º: Al término del año finés, lo ideal sería cruzar Rusia con el Transmongoliano, hasta llegar a Mongolia o China. De ahí pasar a Japón, Corea del Sur, Laos, Myanmar, Nepal y estar una larga temporada en la India. No tengo muy claro qué haré con los países de alrededor, ya que no sé cómo será su situación política para aquellos años, pero me gustaría llegar a…

Me sigue pareciendo un plan de putísima madre que me encantaría realizar algún día.

8º: …Turquía, y de ahí dar un salto al continente africano.

Sí y no. Últimamente tengo TANTAS ganas de conocer más África que creo que va a ser de los primeros viajes que haré, no el último. Tengo más interés en viajar primero por África que por Asia, si soy sincera.

La verdad es que no voy en mal camino. Más o menos he cumplido mis previsiones a dos años vista, con sus más y sus menos. Y me encanta ver que mis gustos y sueños han cambiado, que yo he mutado, conocido y crecido más. Aunque ahora me encuentro mucho más confusa para con mi plan de vida viajero.

Ahora mismo, a 3 de abril de 2019, estoy trabajando en Fitzroy Crossing. Aquí me quedaré hasta finales de julio. En agosto iré a España y a mitad de septiembre volveré a Australia. De ahí en adelante, no tengo planes.

A veces me apetece coger e iniciar en 2020 una vuelta al mundo. A veces me apetece comprarme un coche y recorrer Australia sin prisa. Y a veces hasta me apetece ir a Barcelona a estudiar el máster de documental creativo que tanto me interesa.

No sé.

No sé qué pasará ni qué haré. Lo único que sé con una certeza feroz es que, en el momento que sepa lo que quiero, lo tendré.

Es una autopromesa.

 

P.D: sigo amando la canción de la postdata del viejo plan viajero-vital ❤ 

I’m back!

Ya mismo hago dos meses en Australia (y tres que no escribes en el blog, chata) ((no nos desviemos, anda)).

Ay, empiezo de nuevo:

Ya mismo hago dos meses en Australia y desde hace un tiempo siento que tengo mucho que escribir. Quiero terminar de escribir los diarios de viaje de Tailandia y publicar los que ya lo están, quiero compartir reflexiones, pensamientos y alguna que otra vivencia. Pero para ello siento que debo poner un poco en contexto. O sea, no sé si es eso realmente, pero siento que está feo eso de desaparecer y dejar a alguien (el blog) tirado para luego reaparecer al cabo de los meses fingiendo que no ha pasado nada.

Eso está feo.

Mínimo, le debo una explicación ya no sé si al blog, a mí o a los posibles lectores que tenga. Y explicación no tengo ninguna más allá que la de que no me apetecía escribir, ni aquí ni en Instagram. Y como no me apetecía, pues no lo hice. ¿Para qué forzarnos a hacer algo que no queremos? Yo ya aprendí hace mucho tiempo que ese no era el camino…

Pero ahora sí me siento con ganas –y energía- para volver (cibernéticamente, físicamente nunca me fui) ((o sí. Quizás fui abducida y no me di cuenta???)) (((ay ya, para, loca))).

Lo que estoy intentando decir es que antes de retomar el blog, me parece justo contar qué pasó entre el 4 de diciembre de 2018 y hoy, 20 de febrero de 2019:

  • El cuatro de diciembre nos despedimos de Nueva Zelanda después de haber vivido en ella catorce meses y pusimos rumbo a Tailandia.
  • Bangkok fue todo un desafío para mí. El comienzo de mi viaje por Tailandia se me hizo durillo, pero a medida que fui comprendiendo el país, fui encontrando mi lugar en él y comencé a disfrutar.
  • A las dos semanas de explorar Tailandia, mi madre se nos unió al viaje. Cabe destacar que hacía más de un año que no la veía y que a sus cincuenta y ocho años, ese era ya no su primer viaje de mochilera, sino su primer gran viaje en general.
  • Miguel, mi madre y yo, juntos los tres, pasamos otras dos semanas recorriendo el país. Nos lo pasamos tan bien que ahora mismo escribo con una sonrisa en mis labios 🙂
  • El 30 de diciembre nos despedimos de mi madre, el 31 celebramos año nuevo en Bangkok, el 1 cogimos un avión y el 2 de enero de 2019 aterrizamos en Sydney.
  • En Sydney cuidamos a dos perritos durante diez días, luego nos fuimos a Melbourne en coche de alquiler a cuidar de dos gatos por otros diez días.
  • Mientras, encontramos trabajo en una gasolinera en el medio de la nada, más concretamente en el outback, en el estado de Western Australia, a un pueblo que es comunidad aborigen.
  • Dos aviones y un autobús de seis horas después, llegamos a Fitzroy Crossing, el lugar que sería nuestro hogar por seis meses y en el que ya llevamos uno.

Este es el resumen de lo vivido en los últimos tres meses. Aunque me dejo atrás lo que importa de verdad: los que pasa por dentro, en la cabeza y el corazón (y en mis nervios, pa’ qué engañarnos). Y quiero que este post sea mi pistoletazo de salida para escribir y publicar todo lo que quiero escribir y publicar.

Así que me autobienvenideo (?) a mí misma a mi blog. Vosotras ya sabéis que sois más que bienvenidas 🙂

See you soon!

Resumen de mi añazo en Nueva Zelanda

Un año en Nueva Zelanda.

Todavía recuerdo una conversación que tuve con Lorena, una chica española que estaba viajando sólo ida por seis meses, cuyos caminos se cruzaron con los míos para convertirnos en amigas; una conversación que se dio cuando llevaba menos de cuatro meses en el país.

  • No creo que pueda soportar estar un año en Nueva Zelanda. Es demasiado –sentencié.

Quién me ha visto y quién me ve. Que no sólo he llegado al año, sino que encima extendí mi visa, y me quedé un par de meses más. Cuánto menosprecié sin darme cuenta a este maravilloso país, del que todavía me quedan asuntos pendientes por hacer (lo que me lleva a tener obligatoriamente una segunda visita).

Ha sido un año de extremos: de extrema felicidad y libertad pero también de extremo llanto y tristeza. Porque ya me lo escribí en una carta antes de venir: cuanto más lejos estés de casa, más se intensifican los sentimientos. Y este ha sido un año de sentir(me) los 365 días del año.

CA-DA-U-NO.

Ahora me encuentro en la biblioteca de Auckland, a un día de irme del país. Pero no de vacaciones. Esta vez de verdad, para no volver… pronto.

Y desde aquí quiero hacer un post para mí, para la Marta del futuro. Porque no lo sé, pero lo intuyo: voy a echar de menos esto. Voy a echar de menos a Nueva Zelanda y a mi vida aquí. Un tipo de vida que, precisamente, por las características del país, sólo puede darse aquí.

Un post para mí para tener un refugio del corazón para cuando la memoria del cerebro me falle.

Un post para mí para volver a sentir el año tan bonito que he vivido en Nueva Zelanda.

Así que he decidido hacer una recopilación de cosas que –conociéndola como lo hago- seguro que a la Marta del futuro, la de la añoranza por tiempos pasados, le va a encantar.

Este seguramente sea un post largo e, incluso, aburrido. Así que si lo deseas tu lectura puede acabar aquí. Tranquila, no me ofenderé. Ya te dije que, esta vez, el post sería más para mí que para ti. Pero eres más que bienvenida a quedarte y a viajar virtualmente por mi resumen anual en las antípodas.

Empecemos:

 

OCTUBRE

El 19 de octubre de 2017 llegamos a Auckland después de haber cogido cuatro vuelos, viajado por 56h y haber visitado Shanghái.

Ese mes fue el de aclimatación, el de darme cuenta que Auckland no me gustaba y que si el resto del país era así, no sobreviviría. De hacer papeleos, buscar WiFi, comer barato, dormir en backpackers y de buscar trabajo y coche.

El último día del mes, en Halloween, compramos a nuestra querida Dama de Negro.

 

NOVIEMBRE

Con nuestra van recién comprada nos dirigimos a la Península de Coromandel a comenzar nuestro primer trabajo: un campo de kiwis.

Duramos una semana.

Mientras, estuvimos dando los últimos retoques de la van y buscando trabajo en granjas lecheras. Finalmente, con la excusa de un esguince que se hizo Miguel, aprovechamos el accidente para no volver nunca más a ese horrible trabajo y a los días nos cogieron en una granja.

A 1.576 kilómetros de donde estábamos.

A 22 horas de viaje.

En tres días nos recorrimos el país entero.

 

DICIEMBRE

El 10 de noviembre comenzamos a trabajar ordeñando vacas a las 4am. Noviembre y diciembre fueron meses de trabajo duro pero de mucha felicidad. Trabajábamos once días seguidos y luego teníamos tres días libres que aprovechábamos siempre para coger el coche e irnos a explorar ciudades más lejanas.

Fueron meses de verdadera Libertad.

 

ENERO

Dimos la bienvenida al año nuevo en Queenstown sin todavía ser conscientes de todo lo que nos depararía ese mes.

El cinco de enero fue nuestro último día de trabajo, y el seis de enero comenzamos la aventura de nuestras vidas. Nos recorrimos TODA la isla sur de Nueva Zelanda en 25 días viviendo en nuestra van: vimos Milford Sound, hicimos la Ruta Escénica del Sur pasando por Los Catlins y por el punto más al sur del sur de Nueva Zelanda, nos despedimos de Dunedin, nos asombramos con Tekapo, Pukaki, Twizel, Monte Cook, Tasman, también dijimos adiós a Queenstown y conocimos al glaciar Rob Roy y a Wanaka, a las Blue Pools y a los glaciares Fox y Franz Joseph; me enamoré de Hokitika y pasé miedo en Greymouth, infravaloramos –injustamente- a Christchurch, nos relajamos en Hamner Spring, nos sorprendimos con las focas y delfines de Kaikoura, nos contagiamos del “hipperío” en Takaka y nos bañamos con nostalgia en Nelson.

El 30 de enero cogimos el ferry en Picton para volver a la isla norte.

 

FEBRERO

Comenzamos el mes en Welligton, dejando atrás a la isla sur y comenzando nuestro viaje de 23 días por la isla norte.

En la capital del país nos pilló muy mal tiempo, así que nuestro días se basaron en visitas a museos, quedándome prendada por primera vez en mi vida de uno: Te Papa Museum.

Tras dejar la capital, continuamos el viaje por carretera volviendo a la Península de Coromandel, visitando una de las supuestas playas más bonitas del mundo, quemándonos los pies en Hot Water Beach con espectáculo acrobático de delfines incluido y visitando mi referencia de nuestras antípodas: Cathedral Cove. De ahí subimos a una lluviosa Northland que nos permitió disfrutarla a ratitos contados: visitamos Whangarei y sus Mermaid Pools, conocimos al Kauri Tane Mahuta, nos maravillamos con los gusanos luminosos de las Waipu Caves y sentimos paz en el punto más al norte del norte de Nueva Zelanda: Cabo Reinga.

El 15 de febrero volvimos a Auckland con billete avión a hacer un sueño realidad: Rarotonga.

Pasamos una semana en la capital de las Islas Cook. Nos enamoramos del país, lo flipamos haciendo snorkel y hasta me quemé la piel por primerísima vez en toda mi vida. Fueron unos días maravillosos.

A la vuelta estábamos tan cansados, que disfrutamos a medias de Hamilton, Hobbiton, Rotorua y Taupo. Estábamos felices de viajar pero también extremadamente cansados.

Necesitábamos un parón.

 

MARZO

El mes de marzo lo pasamos haciendo housesittings: uno en Napier y otro en Levin. Fue un mes de parón en el que descansamos, asimilamos el viaje, comprendimos que es humano necesitar una pausa y encontramos un nuevo trabajo.

Ah, también visitamos Taumata, el lugar con el nombre más largo del mundo.

 

ABRIL, MAYO Y JUNIO

El cinco de abril (día siguiente a mi cumpleaños) se acabaron nuestras vacaciones de tres meses y comenzamos a trabajar en una fábrica de zanahorias y patatas en Ohakune, un pueblo en el centro de la isla norte de Nueva Zelanda.

Fue curioso, cuando buscábamos trabajo nos negamos a volver a la isla sur. ¿Quién en su sano juicio se iría en pleno invierno a donde más frío hace?

Nosotros.

Resulta que Ohakune es de los lugares más fríos del país. Pero nosotros no lo sabíamos. Aunque eso sí, es de corazón caliente a rabiar.

Allí pasamos tres meses de altibajos: todo me hacía feliz menos mi trabajo, que desde el principio me sumergía en una tristeza profunda. Pero gracias a pasar nuestros meses allí conocimos a gente maravillosa (por fin teníamos amigos después de seis meses en NZ), conseguimos la extensión de la visa y aprobamos el examen de inglés que nos permitiría solicitar la WHV de Australia.

Con mucho cariño dejamos Ohakune para seguir con la aventura.

 

JULIO

Julio fue un mes movidito: comenzamos haciendo un housesitting en Feilding y luego en Wellington, para volver después a Feilding para trabajar en una granja familiar criando a terneritos recién nacidos.

 

AGOSTO

El trabajo en la granja nos gustaba, nuestro jefe nos gustaba, pero su mujer no. Por primera vez nos enfrentamos a una violación del contrato de trabajo: la esposa de nuestro jefe se lo quería saltar, con lo que ganaríamos mucho menos dinero del pactado.

Tuvimos que tomar una decisión: aceptar o renunciar.

Con mucho valor renunciamos y decidimos volver a la isla sur para caer en otra granja con el mismo trabajo. Todo parecía perfecto: buena localización, buen sueldo, buenos compañeros, buenas condiciones.

Pero no trataban bien a los animales.

Así que con el alma en pena por lo presenciado, abandonamos ese trabajo también.

 

SEPTIEMBRE

Septiembre fue un mes de curación.

Decidimos retirarnos del mundo en Sumner, un pueblo costero de Christchurch a cuidar de dos perritos. Estaba tan afectada por lo ocurrido en la granja que necesitaba esa desconexión. Y la tuve. Y me curé.

Me curaron la relajación y la falta de preocupaciones graves, los paseos en la playa, las excursiones por el Distrito de Mackenzie y por Christchurch, las fotografías a los impresionantes ríos azules y la ilusión por organizar un viaje a Tailandia donde me vería con mi madre tras un año.

En septiembre además vimos una aurora austral y nos hicimos veganos.

 

OCTUBRE

Los primeros días del mes fueron para despedirnos de Ragna y Rollo, nuestros compañeros de cuatro patas por todo un mes.

De nuevo volvimos a conseguir un trabajo en la otra punta del país: en Dargaville, Northland, a 1.269 kilómetros de donde estábamos. Así que, de nuevo, en tres días nos cruzamos el país entero aprovechando para visitar la República Independiente de Whangamomona y a nuestros queridos amigos de Ohakune.

El 10 de octubre empezamos a trabajar en una plantación de kumara.

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Ragna & Rollo ❤

 

NOVIEMBRE Y DICIEMBRE

Nuestros últimos meses en el país los pasamos en Dargaville, donde trabajamos tranquilos al son de la música isleña. Convivimos con doce personas e hicimos muchos amigos maoríes (incluso aprendimos algunas palabras). Dargaville fue para interiorizar Nueva Zelanda, para descansar.

El 30 de noviembre dejamos Dargaville y nos fuimos para Auckland donde pasamos nuestros días con una uruguaya con la que compartimos habitación hasta hoy, cuatro de diciembre de 2018, que estoy escribiendo estas palabras.

https://www.instagram.com/p/BqzAnyvHNhO/

 

Escribiendo me doy cuenta de todo lo que he hecho. Ha sido un año increíble de no parar y de aprendizaje y autoconocimiento constante. He hecho un montón de cosas alucinantes que jamás en mi vida me hubiera imaginado llegar a hacer. Y también he llorado y sufrido una barbaridad. Pero si pongo todo en una balanza, la tristeza no tiene nada que hacer aquí. Es una total perdedora.

Y como a nostálgica no me gana a nadie, voy a seguir resumiendo mi año en una lista de cosas totalmente aleatorias que he hecho/visto/me han sucedido pero que me parecen interesantes de mencionar (ahora porque no tengo tiempo, pero subiré fotillos):

 

CIUDADES DONDE HE VIVIDO

Auckland CBD (15 días)

Whitianga (7 días)

Lumsden (2 meses)

Coche (2 meses)

Napier (10 días)

Levin (20 días)

Ohakune (3 meses)

Wellington (4 días)

Feilding (1 mes y medio)

Hinds (2 semanas)

Sumner (1 mes)

Dargaville (2 meses)

 

VIAJES HECHOS

Shanghái, China (16h)

Viaje en coche por las dos islas de Nueva Zelanda (2 meses)

Rarotonga, Islas Cook (7 días)

 

TRABAJOS REALIZADOS

Campo de kiwi

Ordeñadores de vacas

Fábrica de patatas y zanahorias

Criadores de terneros

Plantadores de kumara

 

HOUSESITTINGS

Napier: Sooty y Bella

Levin: Goldie & Co.

Feilding: dos gatitas

Wellington: Rudolf

Sumner: Ragna & Rollo

 

SITIOS CHULOS/CURIOSOS DONDE HEMOS DORMIDO

Frente al mar (Dunedin, Tauranga, Greymouth)

En un vecindario (Whitianga)

En una playa (Cocacola Lakes)

Junto a unas cascadas (Whangarei)

En puertos marítimos (Auckland y Wellington)

A la orillas de ríos y lagos

En el parking de un restaurante, dos veces (entre Kumara y Hokitika, y en Waihi)

En bahías

Debajo de un puente (Takaka y Taupo) – te da sombra, por lo que puedes dormir más tiempo 😀

En una base militar (Waiouru, llegando a Ohakune)

En un campo de tiro (Wanaka)

En un parque nacional (Levin)

En innumerables cunetas

Al lado de un circo (Dunedin)

Junto a un campo de críquet (Dunedin)

A los pies del Pukaki con vistas al Monte Cook (Twizel)

En una estación antigua de trenes (Lumsden)

En un camping de pago pero alojándonos gratis porque era temporada baja (Kaikoura)

Frente al océano pacífico con delfines saltando (Kaikoura)

En un complejo de tiendas en el centro de la ciudad (Blenhein)

 

DÓNDE NOS HEMOS DUCHADO

Con eso de vivir en el coche nos hemos duchado en…

Playas (agua fría)

Baños públicos

Piscinas municipales

Gasolineras

 

MOMENTOS TOP

Ver la aurora austral

Surfear con delfines

Jugar en la calle más empinada del mundo

Espectáculo de salto de delfines improvisado en Kaikoura y en Hot Water Beach

Cuando vimos de sorpresa un pingüino azul

Cuando vimos Pukaki en invierno

Estar rodeados de terneritos y abrazarlos

Darme cuenta de que estaba en China

Ver el azul de Black Rock Beach, en Rarotonga

Celebrar la Navidad en Bikini

Desear “feliz verano” en la nieve

Tener una experiencia musical con el viento

Ver cinco keas a la vez

 

ANIMALES QUE HEMOS VISTO

Focas y leones marinos

Pingüinos de ojos amarillos y pingüino azul

Kea

Weka

Águilas

Vacas, toros y ovejas

Ciervos

Alpacas y llamas

Gaviotas

Albatross

Tüi

Delfines Héctor y buscar

Diferentes tipos de peces

Tortugas marinas

Morenas

Estrellas de mar

Liebres salvajes

Possums

Cabras

Erizos

Caballos

 

NÚMEROS SUELTOS

Aviones: 6

Kilómetros con la Dama: 25.000km (lo sé, una burrada)

Noches dormidas en el coche: 77

Noches dormidas en el coche que hemos pagado: 0

 

COSAS QUE NOS FALTARON POR HACER

  • Realizar el Tongariro Alpine Crossing
  • Completar el Great Walk del Abel Tasman National Park
  • Taranaki hike
  • Visitar Tauranga
  • Visitar la zona de Gisborne
  • Visitar Rotorua en condiciones
  • Hacer el Great Walk en Kayak
  • Visitar la Stewart Island
  • Hacer un voluntariado en Curio Bay

 

ACCIDENTES WTF

  • Caída de moto (me dañé las dos rodillas por varias semanas)
  • Rotura de labio inferior por el cabezazo de un ternero
  • Rotura del labio inferior por golpe con manguera
  • Esguince de tobillo por pisar una piedra
  • Tendiditis en dos dedos por frío
  • Heridas varias como moratones, cortes, quemaduras, raspaduras…
  • Me corté un trocitito de dedo
  • Tuve un día de trabajo realmente malo malísimo
  • Una vaca me cagó en la cabeza

 

Pinceladas de mis días en Dargaville

Cuando suena la música, sé que es hora de entrar a trabajar. Vivo, literalmente, a 30 segundos de mi puesto de trabajo, por lo que no es de extrañar que a veces me levante quince minutos antes del comienzo de mi jornada laboral.

A pesar de vivir doce personas en casa, nunca hay colas en la cocina ni en el baño, asi que es imposible llegar tarde. Imposible.

Probablemente la música que se escuche sea un 65% rap afroamericano, un 10% de reggae, un 5% de música isleña maorí y un 20% de grandes éxitos de los ’70.  Todo mezclado. Esa será mi banda sonora por ocho horas diarias.

Dudo que exista en el mundo un ambiente de trabajo más relajado. Puedes trabajar de pie. O sentado, si quieres. Puedes escuchar música, hablar, reír, trabajar a la velocidad de la luz o ir leeeeeennntooo. Todo vale. Lo importante es que el trabajo quede hecho. Y el hecho de estar escuchando música isleña no hace más que ayudar a la relajación.

Porque así son los maoríes. O al menos, mis compañeros de trabajo. Salvo los doce que vivimos en casa y un par más, todos -jefa incluida- son maoríes. Hablan alto, fuman mucho, fuck es la palabrota más suave de su vocabulario básico y en realidad decir que fuman mucho se queda corto, visten como raperos-gánsteres en pijama y su lenguaje no verbal va en sintonía con su aspecto. Para mí, son la versión neozelandesa del -muchas veces injusto- imaginario gitano español. Pero a su vez ríen fuerte, bromean mucho, son felices y contagian esa felicidad a todos; son relajados y alegres y trabajadores. Mucho. Por eso es imposible estar mal en el trabajo. Es imposible estar triste o estresado. Y si lo estás, sólo basta con iniciar una conversación con ellos: su buen humor es contagioso.

A veces pienso en mis compañeros como si los malotes del Bronx se hubieran mudado a Rarotonga, y que un encontronazo a mano armada con ellos sería en plan “give me all your fucking money madafaka!!! But take it eaaasy bro, take your time. Peace my fucking bro!”.

Algo así.

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Pero no sólo me gusta mi trabajo por mis compañeros, también me gusta por el trabajo en sí. Los primeros días me sentaron genial. Cortamos plantas a mano, preparamos las plantas a mano y las plantamos a mano. Es decir, todo el proceso es artesanal, sin mucha maquinaria de por medio. Creo que eso me sentó de maravilla después de haber tenido mis experiencias con grandes producciones de grandes maquinarias. Necesitaba ese ratito terapéutico de coger la planta, mirarla, oler a qué huele cuando es cortada, notar sus imperceptibles pequeños pelitos de los tallos en mis dedos. Eso me brindó la oportunidad de centrarme en el ahora y conectar un poco más con la naturaleza.

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Porque no lo he dicho, pero trabajo en una plantación de kumara. Perdonad, seguramente no lo sepáis, pero kumara es el nombre que los maoríes dan a la sweet potato. Yo no lo sabía, pero resulta que la patata tiene una hermana gemela a veces morada, a veces naranja, cuyo sabor es dulce. A mí no me gusta, porque es como si al freír patatas en lugar de echar un toque de sal, echaras azúcar. Pero podéis imaginar que tiene sus seguidores. Miguel el primero.

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Kumara/Sweet potato

Los días libres suelen deberse a dos causas: una, porque es fin de semana y toca; y dos, porque ha llovido. Salvo excepciones contadas, los días de lluvia no se trabaja porque no podemos plantar. Así que la mayoría de días libres son para pasarlos en casa. En una casa que, por cierto, no tiene Internet. No os podéis ni imaginar la de juegos de cartas que he aprendido a jugar con mis compañeros. Una vez tuvimos una semana en la que llovieron varios días seguidos. Esos días fueron duros. Estar encerrados en casa a veces se hace duro.

Porque donde vivimos no hay nada que hacer. Trabajar en el campo y vivir a 30 segundos de tu puesto de trabajo, significa vivir en el campo. Y eso en Nueva Zelanda se traduce a vivir en medio de la nada. Dargaville, la ciudad, está entre cinco y diez minutos en coche de nuestra casa. Y ahora que hemos vendido el coche, dependemos de nuestros compañeros para que nos lleven a la ciudad.

En Dargaville no hay mucho que hacer: hay una biblioteca que deja el WiFi encendido 24h al día, un par de supermercados, unos cuantos restaurantes y cafeterías, un par de tiendas, unos cuantos talleres de coches, un videoclub (sí, aún existen), un hospital que abrió en 2010 y poco más. Es más, el cuerpo de bomberos está formado por voluntarios: cuando se necesitan sus servicios, suena una sirena que se escucha por todo el pueblo (al principio creí que era una especie de toque de queda), y ahí es cuando todos los voluntarios deben ir corriendo al edificio de bomberos para coger los camiones. Lo vi todo una vez que estaba en el parking de la biblioteca conectada al WiFi.

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Pero a veces, si la suerte te sonríe y tienes un día libre soleado y tienes coche, no te faltarán cosas por hacer. Dargaville se encuentra en Northland, la parte más norte del país, esa que la mayoría de turistas no visitan. Northland es tremendamente verde, con preciosas playas, pueblitos costeros y selvas templadas. Es más, a unos 40 minutos de donde vivimos, hay un lago enorme llamado Kai Iwi que es verdaderamente precioso. Sus aguas son de un azul turquesa que, abruptamente, como si se hubiera trazado una línea con regla, se torna de color azul añil. Creo que esta vez, una foto vale más que mil palabras.

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Kai Iwi Lakes

 

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Por no hablar de los compañeros, que no nos faltan. Somos cinco franceses, tres taiwanesas, un alemán, una sueca, Miguel y yo, los españoles. Somos muchos, todos jóvenes backpackers que sorprendentemente no montamos fiestas de desmadre, tenemos turnos de limpieza que respetamos mucho y, curiosamente, todos comemos muy sano. Vamos, todo lo contrario al típico mochilero (y a Ohakune).

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De izq a dcha: Stephen, Eva, Alex, Lucas, Solenm, Danita, Juanita, Jonathan, Violeta, yo, Miguel y Melanie en Halloween

La casa no es enorme pero tampoco pequeña. Las camas literas están repartidas en dos habitaciones. Miguel y yo compartimos habitación con una pareja francesa y el alemán. Aunque parezca que seamos muchos, nunca tenemos problemas con la cocina gracias a nuestras diferencias culturales: cuando nosotros vamos a cenar, algunos ya están dormidos o lo hicieron hace horas. Maravilloso, ¿verdad?

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Ese domingo todos cocinamos un plato típico de nuestro país 🙂

Mi vida en Dargaville es tranquila. Quizás demasiado para algunos. Quizás demasiado para mí en otro momento de mi vida, pero no ahora. Nada más llegar, le dije a Miguel que no podríamos haber caído en mejor lugar para pasar nuestros últimos dos meses en Nueva Zelanda. Y ahora que me quedan tres días aquí, lo confirmo. Vivir y trabajar en este ambiente me ha brindado tiempo para interiorizar todo lo vivido en un año, que no es poco. Y de descansar y canalizar en condiciones mis emociones, que ya se me estaban agolpando en el pecho.

Dargaville ha sido para asimilar, para decir adiós y para prepararse para lo que está por llegar.

Hasta siempre, kumara country.

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Todo lo que ocurrió entre Ohakune y el presente

Esto de llevar un blog de viajes mientras se está de viaje no es nada fácil. A veces uno tiene que encontrar el equilibrio entre lo que está viviendo y escribir sobre lo que está viviendo. Y yo todavía no he encontrado mi punto medio, pero estoy en ello.

Lo último que publiqué por aquí sobre mi paradero fue que, tras tres meses de llanto y felicidad absoluta, dejábamos la encantadora Ohakune. Y de eso han pasado casi cinco meses ya.

¡Casi cincomeses!

Ni siquiera me había dado cuenta…

Cerca de cinco meses en los que he vivido de todo. Y en ese todo, una de las experiencias más duras y desgarradoras de toda mi vida. Pero de eso escribiré en otro post, que lo necesito.

Así que para actualizar mi presente y que os ubiquéis entre los posts que llegarán a continuación (¿estoy muy optimista con eso de que ahora escribiré más?), y porque las listas molan, he aquí la…

LISTA DE TODO LO QUE ME PASÓ ENTRE OHAKUNE Y EL PRESENTE:

  • La misma noche que dejamos Ohakune llegamos a Fielding, un pueblito que vete tú a saber por qué se había llevado el título de la “ciudad más bonita de Nueva Zelanda”. O sea, ¿khé? Es exactamente igual que las demás. Pero buéh…
  • En Fielding pasamos un par de semanas ciudando de dos gatitas en un housesitting. Una de ellas tenía el labio mal y se le asomaba el colmillo cual vampira, la otra tenía complejo de perro y le gustaba jugar a que le tiraran la pelota.
  • Al término del housesitting, fuimos por unos días a lo que tendría que ser nuestro hogar y trabajo por tres meses: una granja lechera familiar en medio de la nada a trabajar alimentando a terneritos chiquitos bonitos. Pero como todavía no nos necesitaban para trabajar…
  • Nos fuimos a hacer otro housesitting por unos días a Wellington a cuidar de un perrito viejito y a hacer papeleos para la Work and Holiday Visa de Australia.
  • Tras unas vacaciones en Wellington, mi ciudad favoritísima de NZ, volvimos a Feilding para comenzar a trabajar con los terneros.
  • En el trabajo pasamos unas semanas. El trabajo nos resultaba fácil, no era cansado, la casa estaba bien, nuestro jefe era un cielo… pero su mujer, la “jefa”, no lo era tanto. Hasta el punto que cuando comenzó a saltarse el contrato, decidimos irnos del trabajo antes de que fuera demasiado tarde. Estábamos perdiendo un dinero que nos correspondía.
  • Después de las angustias y discusiones tenidas con la “jefa” para que cumpliera el contrato, nos sentíamos agotados y temerosos por el desempleo. Estábamos en pleno invierno y el único buen trabajo para los backpackerscomo nosotros era el de cuidador de terneros, pero la temporada ya había empezado.
  • Lo que jamás nos hubiésemos imaginado fue que al dejar un mensaje en una web de granjeros sobre nuestra disponibilidad, nos LLOVIERAN las llamadas. Teníamos tanta experiencia con granjas de NZ que todas nos querían.
  • Así que entre tanta oferta, nos decantamos por una que estaba en la isla sur, mi gran amor de verano. Nada nos hacía más ilusión que volver a la isla sur y verla en invierno.
  • Y para allá que fuimos, a un lugar cerca de Ashburton, a 1h aproximada de Christchurch y de los lagos Pukaki y Tekapo, a trabajar en una granja grande, con jornadas laborales de +10h al día, con compañeros geniales, sin pagar alojamiento, ganando mu-chí-si-mo dinero… pero con una depresión y pesadumbre encima que me estaba superando. Todo parecía perfecto en la granja, pero no lo era. Tenía un lado muy oscuro que me acabó consumiendo y dejándome los ánimos por los suelos…
  • Así que hablamos con mi jefe y decidimos abandonar el trabajo. Yo estaba tan triste y derrotada que sólo me apetecía desconectar del mundo entero y desaparecer. Y eso hicimos.
  • Nos fuimos durante un mes entero a cuidar(me) de dos perritos a Sumner, un pueblito costero de Christchurch. Ese mes para mí fue como de retiro espiritual: tuve tiempo para mí sin preocupaciones, llevando una vida y rutina normal lejos de todo aquello que yo quisiera tener lejos. La primavera, el sol, la tranquilidad, los paseos por la playa fueron medicina para mi alma. Poco a poco fui recuperando el ánimo y las ganas de seguir con la aventura. Y eso volvimos a hacer.
  • Tras un mes de parón, conseguimos trabajo en una plantación de kumara (papa dulce), en Dargaville, Northland. Es decir, en la otra punta del país. Así que de nuevo cogimos carretera y manta y en tres días nos recorrimos el país entero, haciendo una parada en nuestra querida Ohakune para visitar a nuestros queridos amigos argentino-colombianos.
  • Lo que nos lleva a hoy: ahora mismo estoy escribiendo desde mi cama en un día libre. El trabajo me gusta, mis compañeros de casa me gustan, mi casa me gusta, los compis de trabajo me gustan, la ciudad me gusta. Trabajar con las plantas a mano me encanta, me relaja y me parece súper terapéutico. O sea, que me pagan por hacerme autoterapia (?). Cortamos, seleccionamos y plantamos las patatas todo a mano con cariño, es como más artesanal y menos industrial, y creo que eso me hacía mucha falta.

Y eso es todo lo que me pasó entre Ohakune y el hoy. En otro post entraré a hablaros más en profundidad sobre todo lo que es Dargaville y mi vida en ella, que también da para rato.

¡Nos vemos en la próxima!