Bangkok, segundo asalto

Lunes, 17 de diciembre de 2018

Ya empezó, segundo asalto.

Y esperaré el gran impacto.

Golpea bien.

Hazlo bien.

“Segundo Asalto”, Love of Lesbian

 

Aquí estoy, tumbada en un sofá blandito de un hostal perdido en uno de los miles de callejones de Bangkok. Sí, esos callejones sucios y oscuros, esos que encienden la luz de tu sentido común para decirte gritarte “si entras ahí, nada bueno puede pasarte”.

Hace tanto calor que se me pegan las ropas, y éstas al sofá, y de repente somos una misma masa blandiblú de piel, tela, colchón y rizos. Y eso que la ventana está abierta detrás de mí. Cada suspiro de brisa me da la vida. No puedo comprender cómo la Navidad está a la vuelta de la esquina con 27º a las doce de la noche. Son mis segundas navidades “de verano” seguidas y soy incapaz de acostumbrarme. Pero es o estar en el sofá, o irme a la habitación con un aire acondicionado tan fuerte que no tengo más remedio que estar bajo una manta.

Y me niego a taparme con veintisiete grados.

Porque ya he aprendido a encajar los golpes de Bangkok. Sí, a encajarlos, que no a esquivarlos. Bangkok sigue tan peleona como siempre, solo que ahora sé que el combate no lo inició ella. Fui yo. Enfrentarse a Bangkok es como dejar en ridículo delante de todos al malote de clase: te vas a llevar una paliza.

O estás en el bando de Bangkok, o estás en su contra, que es lo mismo que salir perdiendo.

Tuve que alejarme de ella para poder comprenderla. Tuve que salir de su caos para aprender a fluir y entender que hay cierto orden dentro de este puzzle de piezas que aparentan no encajar entre sí.

Ahora ya no te peleo. Ya no te planto cara. Ya no me defiendo.

Ahora fluyo por tus carreteras. Me siento a ver tu vida pasar. Y más que entenderte, te respeto. Respeto que seas diferente a mí y a lo que he vivido antes de ti. Y comprendo que tus diferencias no te hacen mi enemiga, ni que remamos en un barco distinto.

Es obvio que tú no puedes adaptarte a mi forma de navegar. Eres demasiado como para cambiar (por favor, no lo hagas nunca). Pero si quiero llegar al mismo puerto, tengo que hacerlo a tu estilo, a tu ritmo y con tus reglas.

Y así, sólo así, podré disfrutar de esta maravillosa travesía que es Bangkok.

– – – – – – – – –

Lo que es la mente.

Llevo ya más de un mes que no dejo de pensar en Bangkok. No en Tailandia, no, en BANGKOK. Y siempre me preguntaba «¿cómo es posible que tenga ganas de volver a Bangkok si yo la odiaba?». Hasta llamé a mi madre por teléfono para comentarle lo raro del asunto. Es como decir «odio tanto el arroz con leche que me apetece muchísimo comer arroz con leche». No tiene ningún sentido.

Pero aprovechando el tiempo libre me decidí a ordenar los archivos de mi ordenador, y mira qué cosa me encontré. Algo que escribí en diciembre de 2018, un poco después de volver a Bangkok después de viajar por el norte del país.

Yo recordaba lo mal que lo pasé en mi primera visita a la capital, pero no recordaba que había hecho las paces con ella, que la comprendí y, sobre todo, comencé a disfrutarla. Teniendo como cúlmen la última noche que pasé en ella, una en la que salí sin rumbo a meterme en los callejones que me llamaban, a comprar la comida que mi olfato me pedía. A caminar y ver y vivir.

Esa noche la recuerdo con el mismo cariño que se recuerdan las Navidades de la infancia.

Ay… ahora te entiendo, cuerpo. Qué útil escribir. Creo que voy a empezar un diario.

¿Será momento de volver a Tailandia también? Quién pudiera.

Who knows… ✈

República Independiente de Whangamomona, la joya del mundo olvidado

– ¡Joder con el pájaro!

Y frenazo.

El parón fue tan brusco, que la fuerza de la inercia no sólo detuvo al coche, sino a mi corazón por unos instantes. Lo que me pareció un loro en miniatura de color rojo-azul-verde-amarillofluorescente se había cruzado ante nosotros con intenciones si no suicidas, al menos bromistas, pero de muy mal gusto.

– Este sitio es muy raro, Miguel.

 

La curiosidad fue lo que nos llevó a ese momento. Estábamos, otra vez, cruzando las dos islas de Nueva Zelanda para comenzar en un trabajo nuevo. Todavía nos quedaban dos días de viaje cuando, de repente, lo vimos por la ventanilla del coche.

«FORGOTTEN WORLD HIGHWAY BEGINS»

Autopista al mundo olvidado. Qué nombre tan… curioso. «Mundo olvidado», suena casi poético. Teníamos tiempo para un desvío. ¿Por qué no? Seguro no llevará mucho tiempo. ¿Cómo resistirse? Autopista al mundo olvidado… Como si de un eco se tratara, el nombre de la autopista resonó y rebotó por todas las paredes de mi cabeza. Ya no podía soltar la idea de descubrir ese mundo olvidado.

Así que allá nos adentramos.

IMG_7010.jpgLa carretera comenzó como toda Nueva Zelanda: verde. Verde hasta donde la vista te alcanza, veinte por ciento azul del cielo, ochenta por ciento verde lima, verde menta, verde pino, verde caqui, verde pistacho, verde oliva, verde esmeralda. Incluso se dejó ver algún que otro verde amarillento, pero verde al fin y al cabo.Marta Diarra LampiTodo este verde era el manto de un sinfín de montes redonditos plagados de vacas y toros y ovejas que a lo lejos no eran más que puntos negros, como si un gigante hubiera ido dejando bollitos por doquier, y en ellos se subieran hormiguitas a por su trocito de merienda.

Marta Diarra LampiIncluso juraría que algunos árboles tenían el color verde en toda su expresión, un verde que me hacía sentir que ese debía ser el original, el puro. Creo que el efecto óptico-colórico vino de la mano del sol, que aun fuerte a esas horas del día ya se preparaba para el atardecer, apreciándose en él las primeras pérdidas de intensidad antes de tornarse naranja y desaparecer en la noche. Me hacía pensar en el sol como un culturista de 60 años: musculoso pero pachucho.

_MG_7023-Pano.jpgLos cuarenta minutos de carretera plácida y en línea recta mutaron sin apenas darnos cuenta a una serie de serpenteantes curvas inseguras que curva tras curva susurraban a mis sesos que de ese sitio mi psique no saldría ilesssa. Curva tras curva tras curva…

El camino, sin quitamiedos y con precipicios, nos adentró en una selva templada donde las palmeras verde oscuro fueron las protagonistas. Bajamos la ventanilla del coche para que me diera el aire fresco en la cara, tenía el estómago descompuesto.

Y entonces lo olí.Marta Diarra Lampi

– Miguel, ¿lo hueles?

Sí… huele a… a Coromandel. Y a los Catlins.

¡A la cascada! –adivinamos a la vez.

Olía a lo que huele cuando te adentras en la vegetación del país, a una humedad aplastante pero tan gélida que al respirar te enfría la nariz, los conductos nasales y hasta los pulmones. Olía a madera de árbol que de tan mojado que está sabes que se ha ablandecido aun sin tocarlo. Olía a frondosidad, a apartar árboles con las manos para darte paso y a oscuridad porque las ramas se también niegan a dárselo a los rayos del sol.

Olía a mi año en Nueva Zelanda, a recuerdos que dibujan sonrisas en el alma, a abrazos que son hogar. Ahí fue cuando tuve la certeza de, nos llevase a donde nos llevase esta carretera del mundo olvidado, sería a un sitio especial.

Porque a eso huelen los lugares especiales en Nueva Zelanda.

– ¡Joder con el pájaro!

Y frenazo.

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Un pequeño loro de colores (que más tarde descubrí se llaman kākāriki) se cruzó frente a nuestro parabrisas. Al ave suicida le siguieron más loros, faisanes de colores y colas laaargas, cabras, pavos y hasta toros sobre vías de tren. La carretera, ahora de grava, fue una locura animal que terminó en el único pueblo de toda la «autopista»: Whangamomona.

Después de tanto verde, parecía que habíamos llegado a otro mundo. En el pueblo sólo había un par de casas, un parque, un hotel, una oficina de correos destartalada y lo que creo era un mecánico. Parecía que estábamos en un silencioso lejano oeste de asfalto, sólo faltaba la bola de paja solitaria rodando ante nuestros ojos. Porque el individuo bebiendo en el porche del hotel con ropa tejana, pocos dientes, muchos tatuajes, barba gris de varios días y expresión de no haber salido nunca de allí ya lo teníamos frente a nuestros ojos.

Era la reencarnación en vida de Cletus, el cateto de Los Simpsons._MG_7061.jpgEntramos en el hotel, pregunté rápido por el servicio y corrí hacia él. Hice que mis intestinos volvieran a su posición original entre carteles consejeros del tipo “no tire al W.C. productos sanitarios, pañales, cachorritos, sueños ni esperanzas” o “la jardinería es más barata que ir a terapia y encima obtienes tomates”.

Hasta que no salí del baño recompuesta, no me había tomado el tiempo suficiente para examinar el lugar donde estaba. Las paredes de este hotel, que más que acomodación parecía un bar, estaban plagadas de carteles chistosos, recortes de periódicos y fotografías antiguas. En un corcho titulado «REPUBLIC DAY 2005» colgaban fotografías de cientos de personas vestidas de cabaret, otras cortando leña, otros pintando a niños, otros en una bañera con ¿serptientes?, otros viendo carreras de ovejas…

Cada rincón de pared tenía una historia distinta. Había de todo.

 

Volviendo sobre mis pasos me encontré de nuevo en el bar del hotel, con su billar en el centro, sus paredes adornadas con cráneos y cuernos de cabras, fotografías de equipos de rugby y merchandising con camisetas y gorras del pueblo; con sus cuatro personas viendo las noticias y con su camarera en la barra. Un cartelito de “PASSPORT OFFICE” llamó mi atención.

– Por dos dólares te sellamos el pasaporte. Te lo pueden sellar el mismísimo presidente de la república y la primera dama –me dijo la camarera señalando a una pareja de ancianos que bebía cerveza detrás mía.

¿Presidente de la república? ¿Primera dama? ¿Sellar pasaporte? ¿Dónde me había metido? Tenía que averiguarlo.

– Excuse me… can you…? My passport…

Yes, It’s two dollars.

Ese breve chapurreo mío inglés dio paso a toda una conversación en la que descubrí que no estaba en un pueblo, sino en una micronación. Todo se remontó a 1989 cuando, tras haber formado desde siempre parte de la región de Taranaki, el gobierno redibujó las fronteras regionales haciendo que el pueblo ahora formara parte de la región de Manawatu-Wanganui. Los ¿whangamomoneños?, se negaron al cambio. Y el gobierno se negó a que se negaran. Visto que no podían luchar contra la ley, se inventaron la suya: el 1 de noviembre de 1989 se autodeclararon República Independiente de Whangamomona como protesta, separándose así no sólo de Manawatu-Wanganui, sino de todo el país.

Y como micronación que es cada dos años enero es el mes de las elecciones. Y si la historia de la República de Whangamomona ya me suponía una genialidad, la historia de sus presidentes ya me parece brillante: el primer presidente, Ian Kjestrup, gobernó durante diez años. Lo curioso es que ni siquiera sabía que formaba parte de la candidatura, alguien puso su nombre sin su permiso.

En 1999 «Billy Gumboot» pasó a ser el nuevo presidente porque… se comió todas las papeletas y no tuvo más remedio que aceptar el mando. Ah, se me olvidó comentar que Billy es una CABRA que gobernó la República durante dieciocho meses.

El siguiente presidente fue Tan, un caniche cuyo mandato no duró mucho, pues fue atacado por un mastín. Tai sobrevivió, pero nunca llegó a recuperarse del todo del ataque. Algunos, todavía sospechan que fue un intento de asesinato…

En 2005 el caballero Sir Murt «Murtle the Turtle» ganó unas elecciones bastante reñidas. Aunque lo apodaban «turtle», éste era un hombre de verdad. En 2009 fue reelegido por un solo voto. Lamentablemente murió en 2015, y en memoria el pueblo lo nombró como primer y único caballero de la República.

Durante dos años y por primera vez en la historia de la República Independiente de Whangamomona, una mujer se hace con el poder: Vicky Pratt. Resulta curioso que gobierne una cabra años antes que una mujer. Como la vida misma…

Y en ese instante de octubre de 2018 estaba conversando con John, el actual presidente de la República, y su mujer en un bar perdido en medio del universo.

IMG_7063.jpgCuando le di mis dos dólares por el sello que me estampó, puso las monedas en un tarrito de cristal con más monedas y billetes.

– Con el dinero que recaudamos de los pasaportes y del merchandaising, es con lo que pagamos los arreglos del pueblo, el colegio y el equipo de rugby. Porque aquí vivimos 200 personas eh, en 20km cuadrados.

Y yo me preguntaba dónde vivirían estas personas. Yo no vi casa alguna al llegar. Y existir, existen, que las he visto en las fotografías del bar. ¿Dónde estarán? ¿Por la montaña? ¿A qué se dedicarán? Y como si me leyera la mente, me explica que

– Aquí no tenemos Internet. Aquí las personas nos relacionamos las unas con las otras, hablamos entre nosotros, no como en las ciudades. Aquí los niños salen a jugar a cazar possums y cabras.

Mi móvil me confirma que efectivamente, no hay cobertura, por lo que no podría haber Internet. Y pienso que a veces sentimos que el mundo es muy moderno y «avanzado» (habría que ver qué se entiende por «mundo avanzado»), pero que todavía existen rincones donde no hay Internet, ni YouTube, ni memes, ni vídeos virales. Todavía existen lugares donde los niños salen a cazar.

Y a veces los tenemos a un par de horas en coche.

– Marta, tenemos que irnos ya. No podemos conducir de noche.

Noquiero-noquiero-noquiero-noquiero.

Mi mente y mis pies deseaban anclarse en ese lugar por unos días más, quería saber más, quería ser estar y vivir, hablar con más ciudadanos, conocer. Pero anochecía y debíamos seguir con la ruta. Whangamomona sólo era un paréntesis en el camino. Un paréntesis hecho de bosque puro cuya curvatura abraza a la República Independiente más fascinante en la que jamás haya estado.

IMG_7067.jpgEl atardecer se comía el cielo mientras cubría a las montañas con su manto anaranjado. Al día le quedaban pocas horas de vida. Y viendo por última vez el pueblo desde la ventana del coche comprendí que en el hotel de Whangamomona no sólo me sellaron el pasaporte. También dejaron una estampilla de felicidad en mi corazón, que desde ese día se hizo un poquito más grande.

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Diario de viaje kiwi: memorias de un trayecto en ferry

En realidad este post lo escribí hace mucho tiempo, hace ya mas de un ano. Ano de anual, no el del culo… Lo que pasa es que el cargador de mi portátil se ha roto por lo que adiós portátil y adiós tildes (bendito autocorrector) y adiós a la letra «ene» pero con rallita encima. A ver cómo encuentro yo un cargador de Macbook en el medio del desierto

Pero bueno, a lo que iba: que este texto lo escribí hace muchísimo tiempo y hoy, que tengo la manana libre me apetecía publicar fotos y textos en el blog. Pero como no puedo acceder a mis fotos… me he limitado a escribir. Y revisando las entranas del blog me he encontrado con este post que jamás llegué a publicar y que me parece de lo mas tierno (!y tiene fotos! 😜).

Así que nada, disfrutad de este trayecto en ferry por mis recuerdos 😊

Día 25 de viaje (30 de enero de 2018): después de haber viajado durante casi un mes por la isla sur, tocaba decirle adiós. Esto es lo que escribí ese mismo día en el trayecto en ferry que une ambas islas:

 

Ferry Picton-Wellington (30 enero 2018)

Aquí estoy, escribiendo. Triste. Melancólica. Debería haberme puesto calcetines y pantalones largos, el aire del ferry está muy frío. Miguel juega con el móvil a mi lado y de fondo oigo un gran ronquido probablemente masculino.

Todo está en calma. El ferry se mueve muy suavemente. Cuasi sigiloso.

He conseguido un asiento amplio, cómodo y junto a la ventana, por lo que puedo hacerme un ovillo humano y envolverme en mi chaqueta. El sol brilla y el mar es intenso y azul y ocupa toda la ventanilla. Todo es azul hasta donde alcanzan mis ojos.

El mutismo ha llegado a mis cuerdas vocales, paralizándolas. Sólo puedo mirar por la ventana y pensar.

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Y recordar.

“¿Por qué me siento triste, Miguel? ¿Por qué siento que se acaba un viaje en lugar de emocionarme por empezar otro?”.

 “Ya te lo dije cuando vivíamos en Murcia, con lo emocional que eres viajar te va a costar mucho”.

 “¿Pero por qué me siento así?”.

 “Eres emocional. Pero eso es bonito, es parte de tu magia, de tu cariño por las ciudades, es bonito”.

“Pero es difícil” pienso sin poder abrir la boca y soltarlo.

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El mar está hermoso. Nada que ver con cuando llegamos a la isla sur. Aquel día tuvimos una tormenta horrible. Eran las tantas de la madrugada y hacía tanto viento que creía que saldríamos volando, y estábamos tan cansados que dormimos todo el trayecto.

Pero esta vez es distinto.

El sol brilla fuerte y el mar… está hermoso. Hasta veo un pequeño arcoíris en las faldas marinas del barco.

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“Ahora sí puedes decir que mereció la pena”.

Al principio no comprendo a qué se refiere Miguel, pero poco a poco voy pillando el sentido de la frase. Desde que escribí el post de año nuevo, Miguel y yo nos hemos prohibido utilizar la frase “merecer la pena” y la sustituimos por “mereció el esfuerzo/la inversión/el tiempo/la paciencia” o derivados que nos eviten la necesidad de sentir tristeza para conseguir o valorar las cosas buenas de la vida.

“Ahora puedes decir que, aunque te de pena, mereció el viaje. Viajar es esto, decir adiós. Ahora mismo te sientes triste pero a cambio has tenido veinticinco días de viaje. Merece la pena, ¿no?”

Supongo que sí, que merece la pena.

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El Estrecho de Cook, la ruta en ferry que une las dos islas

Pero cuanto más lo pienso más triste me pongo. Nos recuerdo llegando a la isla sur sin saber con qué nos encontraríamos, nos recuerdo en nuestros primeros días de trabajo con agujetas en cada extremidad, recuerdo a las vacas y lo preciosas que estaban cuando el amanecer las teñía de rosa… estaban sencillamente fabulosas. Recuerdo lo bien que nos acogieron en la granja, como si fuéramos de la familia, pasando las Navidades juntos (haciendo una barbacoa, jugando al críquet y viendo un mundial de dardos). Nos recuerdo yendo a Lumsden a por helados, y a Gore cuando nos apetecía KFC. Nos recuerdo pasando la Navidad en Bluff en la Dama (nuestra van). Nuestras primeras navidades en el hemisferio sur con bikini y gorrito de Papá Noel. Nos recuerdo felices y tranquilos.

El viaje recorriendo el país por 25 días ha sido espectacular. Pero es que la isla sur ha sido más que eso. Ha sido mucho. Y me alegro que haya ocurrido pero me entristece que se acabe. Aunque tampoco lo quiero para siempre.

 

Es raro.

Es triste.

Es difícil.

Es decir adiós.

 

Pero mereció la pena.

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Falta poco para llegar a Wellington. Quiero subir a la azotea, me apetece sentir la brisa del mar.

Subimos y ahora el azul del mar nos rodea en 360º. Hasta que lo veo. Allá, en el horizonte, lo veo. Edificios… Me sorprende el sorprenderme. Este es el momento en el que me doy cuenta de lo rural que es la isla sur de Nueva Zelanda.

Marta Diarra Lampi

¡Edificios! ¡Estoy viendo edificios!

Y noto cómo cierta energía eléctrica recorre mi cuerpo. Noto la adrenalina en mis venas. Noto que mis extremidades se tensan y cogen fuerza, que el pulso se me acelera, que estoy ansiosa, inquieta, impaciente, que los edificios se hacen más grandes, más altos, más presentes, que son inminentes que nos acercamos que YA.

 Y con una sonrisa comienzo a dar saltitos de emoción e impaciencia, porque una idea, una palabra, se ha cruzado rápida como una flecha por mi mente:

A V E N T U R A

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Wellington me estaba recordando que todavía quedaba mucho por viajar y conocer, por experimentar, por explorar. Que no hay tiempo para lamentarse, que es hora de seguir viajando.

 

La aventura continúa.

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El puerto de Wellington y el ferry Interislander

Bangkok vs. Marta: primer asalto

Noté cómo la sangré se acumuló en cuestión de microsegundos en una zona concreta de mi piel para luego, aún más rápido, dejar paso a un dolor intenso y candente que incendió mi mejilla derecha de tal modo que no pude sostener el torrente de lágrimas que mis ojos pretendían bloquear con un dique de falso orgullo.

En ese preciso instante comprendí que la decepción me había hostiado la cara con todas sus fuerzas.

Porque así me sentía, en un ring de boxeo.

Damas y caballeros, agárrense bien fuerte a sus asientos porque el combate que van a presenciar hoy será recordado ya no por sus hijos, ni por sus nietos, sino que hasta sus bisnietos hablarán de él: de cómo una joven principiante decidió enfrentarse a uno de los grandes del muay thai. Damas y caballeros, let’s get ready to rumble!

En la esquina inferior izquierda, con su metro sesenta de altura y con 0 años de experiencia como mochilera, encontramos a una Marta de 23 tiernos añitos y seis países a sus espaldas. Y en la esquina superior derecha tenemos a Bangkok, con sus diez millones de habitantes, sus sensaciones térmicas de 42º en invierno, su olor a suciedad y alcantarilla constantes, sus timos y su circulación temeraria.

Recordemos, queridos espectadores, que Bangkok tiene un récord de peleas ganadas y cero derrotas por la vía del K.O. ¡Comencemos!

Bangkok se prepara y calienta sus músculos para el combate sin quitarle el ojo de encima a su contrincante. Choca los puños, lanza golpes al aire, da saltitos rápidos en un juego de pies, esquiva golpes imaginarios, contraataca. Wow, ¡qué mirada, qué movimientos, qué agilidad! Se lee a través de sus ojos que no tendrá piedad con ella. 

Mientras… ehm, bueno… Marta está sentada en una silla… balanceando sus pies colgantes… mientras se come una piruleta. Su mirada está más bien dirigida hacia Babia. Sospechamos que no tiene ni idea de lo que se le avecina.

 

Cuando me recuerdo en mis primeros días en Bangkok, me visiono a mí misma como una Dora la Exploradora de la vida, como un personaje inocente, infantil y positiva –que no estresada- ante las adversidades. Y a Bangkok lo recuerdo como un Godzila rugiente escupefuegosrayosláseroculares. David y Goliat. Marta y Bangkok.

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Bangkok y yo.

Cada vez que la ciudad me cruzaba con un amable tailandés que detrás de la falsa ayuda aguardaba un timo, yo respondía con un “bueno, es lo que hay, habrá que acostumbrarse”. Y cuando me lanzaba una bola de humo de pura contaminación hacia mi sistema respiratorio, yo respondía con un “bueno, es lo que hay, habrá que acostumbrarse”. Y cuando lo que hacía era marearme con su ola de calor, ya podéis imaginar lo que seguí predicando. También lo hice cuando los taxis me cobraron muuuucho más de lo que correspondía, cuando me perseguían y asaltaban para coger tuk-tuks, cuando una noche me dio diarrea por comer una comida cuya salsa tenía un sabor sospechoso, cuando en un hotel me querían cobrar más de la cuenta, cuando se rompió una rueda de mi maleta en el horrible asfalto o cuando esperé bajo un sol abrasador a un autobús que nunca llegó.

Pero la gota que colmó mis ojos me golpeó en la estación de trenes de Bangkok.

 

Suenan las campanas y el combate comienza. El público está eufórico, hasta los asientos tiemblan por sus rugidos. Oh, un momento, ¿qué es eso? Hay tanto humo en la sala que Marta parece que no ve bien. Se mueve por el cuadrilátero como un zombie: con los brazos extendidos hacia ningún lugar. Creo que le están lagrimeando los ojos. Me da a mi que va a pillar una conjuntivitis –y la pillé-. La desorientación de Marta crece aun más cuando miles de espectadores le hablan a la vez desde distintos puntos para venderle cosas: tuk tuk, lady? Massage? Tuk tuk, taxi, taxi. cheap, ping-pong show, suit, massage? lady, lady, LADY MASSAGE? TUK TUK? Marta no ve nada y no sabe hacia dónde dirigir su atención yOH DIOS MÍO, aprovechando la desorientación, Bangkok da el primer paso con un combo de movimientos gancho hacia el hígado y luego a la mandíbula y ahora da un golpe bajo (-Pero señor réferi, ¿esto no es ilegal en el boxeo? -Da igual, ¡es Bangkok! :D) gancho en las costillas izquierda derecha izquierda arriba a la frente puño nariz sangre y…

 

Todo negro.

 10… 9… 8… 7… 6… 5… 4… 3… 2… 1…

 Knock-out.

 Bangkok ha derribado a su oponente. Marta está incapacitada para reincorporarse a la pelea.

Bangkok gana.

 

El momento en el que me vi en la estación de trenes con una maleta rota, una mochila de 50L y otra de 70L y con dos mochilas pequeñas, una de ellas de 7kg aproximados; con la imposibilidad de dejar la maleta rota en las taquillas de la estación porque (oh, sorpresa) resulta que “justo” cuando nosotros queremos hacer uso de ellas el precio se triplica, solo que no habían actualizado el cartelito de precios (oh, sí, vaya, muy casual); en ese mismo momento me golpearon el calor, el tráfico, la gente, el picante, la frustración, los timos, la señora que me persigue con una rana de madera que hace cri-cri-cri, los vendedores y el ser vista como un saco de billetes con patas.

En ese mismo instante, mi cuerpo no pudo aguantar más y me quebré y lloré todo lo que había intentado combatir con positivismo.

 

Y, derrotada, con las pocas fuerzas que me quedaban, me arrastré hacia el tren 13, vagón 2, asiento-cama número 33 que me llevaría hasta la otra punta del país.

Diario de viaje kiwi 5: Hokitika, una serendipia en forma de arcoíris

Día 16 de viaje (del 21 al 23 de enero de 2018)

Después de un primer bocadito de hielo con el lago Tasman y el Monte Cook, nos metimos de lleno en el corazón glacial neocelandés con los glaciares Rob Roy, Fox y Franz Josef. Nuestro siguiente destino era Christchurch, pero la casualidad hizo de las suyas y terminamos en la mágica Hokitika.

 

La llegada

Nosotros sólo queríamos repostar gasolina, nada más. El tiempo que le dedicaríamos a Hokitika sería el equivalente al de salir del coche, coger la manguera, llenar el depósito, pagar e irnos.

Sería cosa de haber pasado varios días seguidos entre glaciares y montañas que mi cuerpo al oler la brisa fresca y salada del mar, la brisa que se desliza por las fosas nasales y te enfría los pulmones. No fui yo, fue esa brisa la que me informó que Hokitika merecía más tiempo. De ahí que mis primeras palabras al salir del coche fueran «Miguel, vamos a ir al iSite a ver qué se puede hacer aquí”.

Mis piernas se aferraron como anclas en ese pueblo costero de sabor sal y sonido gaviota. La decisión de quedarnos ya estaba tomada mucho antes de siquiera haberla pensado.

 

El feto de la suerte

Yo no sé vosotros pero yo una llave sin llavero me parece una llave desprotegida, como que sin llavero, sin peso, tiene más oportunidades de perderse. Por eso no tardamos mucho en hacernos con uno cuando compramos nuestro coche. El ganador como acompañante de nuestra llave había sido un feto de la suerte maorí que al llegar a Hokitika se autodecapitó.

Sí, a nuestro feto de la suerte se le partió la cabeza.

Ya no era cuestión de placer, era una necesidad ir al iSite (centro de información turística) para comprar un nuevo llavero, no vaya yo a quedarme sin suerte ahora. Fuimos al iSite, compramos un nuevo feto (esta vez de metal, para tener suerte reforzada) y nos fuimos con panfleto en mano de cosas que hacer en el pueblo.

Marta Diarra Lampi

Hei-tiki, el feto de la suerte maorí

 

Hokitika, «the cool little town»

Leyendo un poco sobre Hokitika descubrí que era una localidad de la West Coast que se fundó en 1864 gracias a la fiebre del oro, llegando a ser uno de los mayores centros de población del país. ¡Del país! Sin embargo, a partir del siglo XIX su población ha ido decreciendo notablemente, siendo así que en el pueblo viven actualmente unas 3.000 personas.

Descubrí también la historia del pounamu, más conocida como greenstone (piedra verde). En el río de Hokitika se esconden unas piedras de jade color verde brillante, piedras que son todo un tesoro espiritual para los maoríes.

Con ellas, los maoríes creaban diferentes joyas llenas de simbolismos que regalaban de generación en generación. Casualmente, una de las joyas más comunes son el Hei-tiki de jade, nuestro feto de la suerte.

Pero lo más bonito de todo es que, según la mitología maorí, todos tenemos un pounamu que es nuestra alma gemela, y si algún día te encuentras con una no pienses que has sido tú el que ha encontrado la piedra, sino que el pounamu, que tiene alma propia, te encontró y te eligió a ti como compañero de vida.

Dicen que algunas de estas piedras pueden encontrarse en la playa de Hokitika.

 

Y claro… yo me enamoro con estas historias. Así que nuestro plan fue pasar la tarde en la playa a esperas de que mi alma gemela pétrea me encontrara.

Marta Diarra Lampi

Pasamos la tarde paseando por la playa, buscando posibles pounamus, sacando fotos y aprovechando los últimos rayos del sol. Encontrar un pounamu no es fácil, porque cuando está seco su apariencia es como la de una piedra corriente, sólo cuando se moja es cuando su color se torna verde intenso.

Así que nos pasamos la tarde cogiendo piedras que al mojarlas se volvieran verdosas. Y verdaderamente encontramos varias, pero… ¿cómo saber si era un pounamu real? Más que nada porque se supone que son piedras difíciles de encontrar y yo ya tenía un buen puñado.

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Las piedras verdes que encontré

Disfrutamos de un atardecer naranja en la playa, con un cielo que se reflejaba en la orilla cuando las olas se retiraban. Notaba la frescura del agua bajo mis pies y el picorcillo del olor a sal en mi nariz.

Y me sentí tremendamente feliz por haber seguido a mi instinto y haberme quedado en este lugar.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Hasta tienes tu propio sofá en la playa para ver el atardecer.

Marta Diarra Lampi

Pero lo mejor de Hokitika ocurre precisamente después del atardecer, aunque yo aún no lo sabía.

 

La noche en la que salieron dos veces las estrellas

Al llegar creí que nos habíamos equivocado.

Las indicaciones se suponían correctas, pero estábamos ahí, un poco en medio de nada, rodeados de vegetación y de… nada.

– ¿Seguro que es aquí, Miguel?

– No lo sé, vamos a esperar…

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Todavía no se había escondido el sol, pero ya se podían vislumbrar las primerísimas estrellas en el cielo, a través de la copa de los árboles.

La noche se iba ciñendo sobre nosotros, de forma gradual e imperceptible a los ojos, pero notable, evidente. Hasta que vimos las primeras luces, que se asomaron tímidas pero brillantes.

No, no nos habíamos equivocado de lugar.

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A medida que oscurecía y nuestra visibilidad se reducía, iban apareciendo más y más lucecitas a nuestro alrededor.

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Cuando la oscuridad fue total, se me encogió el corazón. Es más, se me está encogiendo en este mismo instante sólo de recordarlo. Estábamos en medio de un cuento de hadas, rodeados de estrellas azules. La noche era cerrada y la visibilidad era nula. Me sentía  flotando en el espacio rodeada de miles de estrellas.

Y no podía más que maravillarme por semejante espectáculo de la naturaleza.

Estos gusanos luminiscentes son pura magia.

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No existe fotografía en el mundo que pueda retratar la belleza de estar en medio de esa fantasía lumínica.

 

Nos quedamos tres horas admirando a los gusanos luminiscentes.

 

La hora de la verdad

Nos despertamos con el sonido de las gotas al caer sobre nuestra van. El ambiente era frío y nublado, y mi plan era hacer un picnic en uno de los lagos del pueblo.

¿Qué sandfly le había picado? ¿Por qué Hokitika estaba de morros? ¿A qué viene esta lluvia desproporcional después de toda la magia del día anterior?

Fuimos a la biblioteca a cargar nuestros dispositivos con el deseo de que el clima mejorara. Pero no, Hokitika estaba decidida a mostrar su furia tormentosa.

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También aprovechamos e hicimos la colada

¿Recordáis el día anterior que había recogido varias postulantes a ser mi alma gemela? Pues era el momento de saber la verdad.

Como sabía que en Hokitika había una joyería especializada en la piedra de jade, decidí echarle cara y plantarme allí para preguntar a sus expertos si alguna de mis adquisiciones era una greenstone.

Tras pasar la ostentosidad de la joyería, vi a un joven trabajando en un estudio. Me acerqué con el corazón latiendo tan fuerte pensé que el chico lo escucharía. Por no hablar de mis mejillas, que hubieran servido para asar un pollo.

Me acerqué al joven y le comenté que había recogido algunas piedras en la playa y quería saber si alguna era un pounamu.

Miguel y yo teníamos especial esperanza en una piedra chiquitita que al mojarla se tornaba verde verde. Pero al experto en pounamus no le hizo falta mojar las piedras para saber que eran eso, piedras. Sin embargo, con la piedrita chiquitita le entraron ciertas dudas. La miró y remiró, le dio vueltas, la lijó, sacó el móvil, encendió la linterna,  la alumbró y me confirmó que no era un pounamu.

Mi gozo en un pozo.

Pero mi curiosidad por comprender eso de la luz desbancó a la desilusión, y así se lo hice saber. Y el artesano me enseñó un piedra verde oscura que, al alumbrarla, se volvió translúcida y verde y con manchitas y relieve y… hermosa.

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Esta piedra sin luz se vería verde oscura. Fotografía cogida de Google Imágenes.

Salimos de la tienda con nuestras piedras normales, con la esperanza de que nuestra alma gemela nos encontrara algún día.

 

El significado de los arcoíris

Si el mal tiempo no amainaba, no tendríamos más remedio que continuar con el viaje y dejar el pueblo atrás. Pero había un lugar que quería visitar sí o sí, lloviese o no, y eso era Hokitika Gorge.

Este río se encuentra a unos kilómetros del pueblo, y es famoso por su color azul turquesa que se torna grisáceo cuando llueve.

Entre bosques, ríos y puentes, nos volvimos a asombrar con la naturaleza de Nueva Zelanda.

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Justo en ese momento comenzó a llover otra vez.

Como el tiempo no hacía más que empeorar, no hubo más remedio que continuar el viaje. Yo estaba decepcionada, ¿de verdad tenía que dejar tan pronto este lugar? Para mí había encontrado un tesoro, un secretillo fuera de las rutas turísticas, ¡y encima sin buscarlo! ¿Por qué tenía que abandonar forzosamente mi descubrimiento?

Le dije a Miguel que parecía que Hokitika se hubiera enfadado con nosotros.

 

Pero a la salida del pueblo comprendí que no cuando lo vi. Estábamos en el coche y frente a nosotros brillaba un gran arcoíris.

«Miguel, ¡Hokitika no está enfadada con nosotros! Simplemente quiere que sigamos con la ruta. Mira ese arcoíris, nos está diciendo que no está molesta, que todo está bien. La lluvia ha sido su forma de decirnos que debemos continuar, que no nos podemos anclar, que debemos seguir. Y eso está bien».

No sé qué pensaría Miguel en ese momento, si pensaría que estaba loca o no. Simplemente me apretó la mano con fuerza, y eso fue suficiente para mí.

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Mi teoría de los arcoíris se volvió a confirmar cuando llegamos Greymouth, donde volví a ver uno y pensé «aquí nos vamos a quedar a dormir». Mi confirmación llegó unos minutos después cuando, al terminar las compras en el supermercado, Miguel me ofreció pernoctar allí.

«Yo ya sabía que dormiríamos aquí porque he visto un arcoíris».

Y esa noche nos acostamos viendo Netflix frente al mar.

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Aquí tienes los otros diarios del viaje por Nueva Zelanda:

Diario de viaje kiwi 4: cuando viajar cansa

Día 9 de viaje (del 14 al 17 de enero de 2018):

Después de pasar unos días de recuperación, diversión y avistamiento de pingüinos en Dunedin (puedes leer el diario de viaje que corresponde a Dunedin aquí), decidimos ir directamente al punto neurálgico-turístico de Nueva Zelanda: a los lagos Tekapo, Pukaki, Tasman y al Monte Cook. Así, del tirón, haciéndonos un viaje de tres horas por carreteras estrechitas, de esas que cuando pasa un camión te da la sensación de un choque frontal inminente.

 

Es curioso porque mucho se ha escrito sobre las bondades de viajar, incluso de viajar largo y lento, pero hay un aspecto del que no se habla mucho.

Y es que viajar cansa.

Sí, cansa.

Nueve días de viaje no parecen mucho, pero hagamos cálculos:

  • 9 días son 216 horas.
  • Si quitamos las 8 horas de dormir diarias, nos quedamos con 144 horas.
  • Si a eso le restamos todas las 10 horas de coche conducidos desde el primer día + otras 10 horas que se habrán ido en comer, nos quedamos con 124 horas.
  • En esas horas hemos: hecho un crucero por fiordos, surfeado, avistado pingüinos, focas y delfines, hemos hecho rutas de senderismo y visitado varias cascadas, faros, playas, acantilados… en total, habremos hecho unas 23 actividades/visitas.
  • Si 124 horas son algo más de 5 días, hemos hecho 4,6 actividades al día, cuando cada actividad te lleva más o menos de media unas 2-3 horas.

O sea, en 124 horas/5 días activos, he llegado a hacer unas 25 actividades, o lo que es lo mismo, demasiadas cosas para tan poco tiempo.

Por eso no es de extrañar que cuando llegara al lago Tekapo, casi ni saliera del coche.

 

El cansancio

El lago Tekapo y el Pukaki son famosos por su característico color azul intenso, de esos que se te derrite el corazón nada más verlo. Pero yo estaba tan cansada que cuando llegué mis ojos sólo pudieron fijarse en la horda de turistas asiáticos y en el «click click click click CLICK» de sus cámaras que ametrallaban fotos, en la pareja de al lado y en su niña llorona, y también en la pareja de novios (asiáticos) que, entre el gentío y a vestido blanco pomposo, estaban en medio de su sesión de fotos de boda.

Ese lugar estaba tan congestionado, que preferí irme a dormir.

 

Después de la siesta y de comer, le (nos) dimos una oportunidad al Tekapo, la otra maravilla del lugar.

Como una imagen vale más que mil palabras, dejo plasmado mi cansancio en formato fotografía chusta:

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Lo que es el lago Tekapo.

Marta Diarra Lampi

Mi foto.

Preciosa Marta, preciosa, sí señor.

 

Lo que sí eran preciosas fueron las vistas hacia el Monte Cook de nuestro free camping. El tener una van self-contained y poder dormir en tantos lugares gratis, nos ha permitido amanecer en lugares maravillosos. Y este es uno de los mejores en los que hemos amanecido.

Marta Diarra Lampi

Al fondo el Monte Cook, la montaña más alta de Nueva Zelanda.

El enfado

El día amaneció soleado y despejado, perfecto para ver el Monte Cook y el lago Tasman. Éramos suertudos, pues no pocos son los que llegan a esos lares y se van a casa decepcionados, pues las nubes y la lluvia no les han permitido no disfrutar, sino siquiera admirar los paisajes.

Lo que yo no sabía es que incluso en el día más resplandeciente de todos, puede formarse una tormenta interior que te arrebata el disfrute.

 

Condujimos por un valle verde, con montañas enormes cuyos picos, durante el verano más caluroso que ha registrado el país, estaban todavía nevados. Hasta que el verde dio paso al marrón y a nuestro lado apareció un río color azul grisáceo único, pues sus aguas viene directamente de un glaciar.

Marta Diarra LampiLlegamos a un aparcamiento, dejamos el coche y subimos bajo un sol ardiente lo que para mí fueron como mil escaleras hasta que llegamos a un mirador con vistas hacia el glaciar Tasman y el Monte Cook.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Ojalá una foto así con mis amigos 😂

Allí Miguel y yo respiramos paz, disfrutamos, nos asombramos, nos embelesamos… y nos peleamos. Lo peor de todo es que ni siquiera recuerdo el motivo del enfado, simplemente recuerdo que me quería ir y no me apetecía ver nada más ni mucho menos sacar fotos.

 

Estaba cansada, enfadada y al borde de una insolación. Así que nos volvimos por el mismo valle por el que llegamos, pero sin ser los mismos.

Marta Diarra LampiEste post me resulta algo difícil de escribir, ya no por el enfado en sí, sino porque éste borró todo lo que sentí en esos momentos, incluso se borró a sí mismo, porque ni siquiera sé a día de hoy qué leñes me molestó tanto como para preferir irme de un lugar tan alucinante en vez de calmarme, dejarlo pasar, poner una sonrisa y seguir disfrutando de un lugar tan único.

Sobre todo porque poco después de irnos me calmé.

Pero ya por logística no íbamos a volver atrás.

Al menos aprendí una lección: no dejar nunca más que mi temperamento y estado de ánimo tomen el timón de MI viaje.

 

Calmando los calores

Hay una cordillera montañosa en la ciudad Twizel que dicen es muy bonita, pero no sabíamos muy bien cómo encontrarla. Paramos en Twizel para comprar unos helados que pensábamos aplacarían los sudores que ya mojaban nuestras ropas.

Paseando con nuestros helados vimos un mapa de la ciudad.

– Oye Miguel, aquí hay un lago, y pone que se pueden hacer picnics…

Eso fue más que suficiente para coger el coche e irnos hacia el lago Ruataniwha a zambullirnos de lleno en sus refrescantes aguas.

Fuimos buscando montañas y encontramos un lago.

Me pareció una alternativa perfecta.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Nos refrescamos, hicimos la comida, me tumbé a leer bajo la sombra de los árboles, hice fotos… y cuando llegó el atardecer, seguimos con el viaje. Como me pasaría más adelante con Hokitika, encontré algo que para nada iba buscando.

Y me encantó.

 

Así que segunda lección aprendida: date lo que necesitas. Que sí, que en la ruta que planificaste estaba hacer una ruta de 3h por el monte, sí. Pero si lo que necesitas es descansar, hazlo. ¿Para qué vas a ir al monte si no vas a estar agusto? ¿Para que tu malestar aumente y en la siguiente excursión estés aun peor? Si tu cuerpo te pide algo, dáselo. Es más sabio de lo que creemos 😉

 

El resto del viaje continuó por las montañas y glaciares de Nueva Zelanda, fuimos a Cromwell donde desvirtualicé a una amiga de mi Instagram, cruzamos el Lindis Pass (un paso de montaña que cruza los alpes del sur de NZ), visitamos Queenstown, Glenorchi, Rob Roy, Wanaka, Tasman Glacier, Fox Glacier, Blue Pools…

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Con tanto destino montañoso, no es de extrañar que al llegar a Hokitika sintiera una conexión más que especial.

Pero eso os lo contaré en el siguiente diario de viaje.

 

Diario de viaje kiwi 3: lo que mal empieza… bien acaba en Dunedin

Día 8 de viaje (del 11 al 13 de enero de 2018): después de recorrer Los Catlins, tenía el cuerpo hecho polvo. En cuestión de días habíamos surfeado, hecho largas caminatas de senderismo, visitado varios puntos de interés… Tenía agujetas y me dolía el pecho por la tabla de surf, así que decidimos relajarnos unos días en Dunedin, el último punto de la Ruta Escénica del Sur.

 

Es curioso, que nuestro coche sea nuestra casa nos ha dado la oportunidad de dormir en todo tipo de lugares. Desde despertar frente al mar hasta dormir en cunetas. Sin embargo, lo que nunca me imaginé fue que dormiría al lado de un circo que, para qué engañarnos, le daba al ambiente cierto toque… tétrico. Será que esa tetricidad (?) se nos contagió un poquito y al día siguiente todos nuestros planes se fueron al garete.

O casi.

Marta Diarra Lampi

Anda y dime que te da buen rollo

Después de haber pasado unos días en Dunedin, notaba cómo mi cuerpo se estaba recuperando, así que el viaje debía continuar. Sin embargo, Miguel quería despedirse de Dunedin con un picnic en las alturas, admirando el paisaje de la ciudad.

Ese habría sido un plan perfecto si no fuera porque estaba nublado. Extremadamente nublado. No se veía un carajo.

Así que con cierta desilusión descartamos el plan picnic. Lo último que queríamos era tener que salir corriendo monte abajo porque la lluvia decidiera hacer acto de presencia sin ser invitada. Mejor buscar una alternativa.

Y eso hicimos. Encontramos el plan perfecto: traspasar el picnic a una playa donde, en teoría, se pueden ver focas y pingüinos de ojos amarillos. Así que fuimos al Pack’n Save, compramos comida para el picnic y para allá que nos fuimos.

Marta Diarra Lampi

Un día estúpidamente nublado

Hay veces que en Nueva Zelanda el Google Maps decide volverse loco, y estoy segura que la aplicación no encontró mejor día que este para mandarnos al quinto carajo, lejos de donde queríamos ir.

– Miguel… ¿seguro que es por aquí?

– Eso dice el Maps.

– Yo creo que el cartel ese de «Albatross & Penguins ➙» ya lo hemos visto dos veces.

– Mierda…

Exacto. Google Maps se había hecho un lío y nos estaba llevando por donde no debía, haciéndonos dar vueltas y vueltas.

Finalmente encontramos el lugar sin ayuda del Maps, pasamos por una carretera horrible de tierra y llegamos al inicio de la playa. Sí, al inicio, porque para llegar a ella debías recorrer un camino de 1h ida… y yo con el cuerpo malo todavía… Nope.

– Oye Miguel, ¿recuerdas el cartel ese de los albatros?

– ¿Qué carajo es un albatros?

– Ay, yo qué sé. ¿Vamos a averiguarlo?

– ¡Venga!

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Básicamente un albatros es una gaviota gigante

Así que volvimos a pasar la horrible carretera de tierra, pasamos el cartel de los albatros y pingüinos, me emocioné un montón al descubrir en Internet qué era un albatros, buceé un poco más sobre ellos y… resulta que nos estábamos dirigiendo hacia Royal Albatross Centre, un centro de conservación de flora y fauna y el único sitio donde puedes ver a estas aves en libertad en su ambiente natural…

… pagando un tour.

Más de lo mismo con los pingüinos azules, ya que la zona donde están es restringida y sólo puedes visitarla con guía.

Nuestro gozo en un pozo.

No es que fueran tours caros, la verdad (50NZD los albatross, 35NZD los pingüinos azules), pero nos habíamos propuesto ver a los animales en libertad si la Naturaleza así lo quería, no través de agencias o centros, aunque fueran de conservación. Sin embargo -bendito Internet-, encontré un comentario que decía que si te paseas por los alrededores del Royal Albatross Centre, podías tener la suerte de que alguno volara por allí.

No teníamos nada que hacer y ya se dice que la esperanza es lo último que se pierde, así que ¡allá que fuimos!

Marta Diarra Lampi

Llegamos a lo alto de un acantilado, a un lugar en el que debía haber también una colonia de gaviotas, porque la cantidad de aves por metro cuadrado era de una cifra anormal. Lo que tampoco era normal era el VIENTO -en mayúsculas- que hacía. Ni las propias gaviotas podían volar si ser revoloteadas. Cada vez que una alzaba el vuelo, salía disparada hacia los confines del cielo.

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A la izquierda, un mirador; enfrente nuestra, el Royal Albatross Centre; y a la derecha, otro mirador. Debíamos decidir a dónde ir. Y en esta decisión, fue cuando nuestra suerte comenzó a cambiar.

Decidimos ir a la derecha, donde había gente.

Estuvimos mirando un rato el espectáculo de las gaviotas que querían volar pero no podían, hasta que Miguel divisó un ave grande. Quiero decir, inusualmente grande…

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Se supone que de punta a punta, las alas de los albatros pueden llegar a medir hasta tres metros. Y había un pájaro gigante sobrevolándonos. Menos mal que decidimos traer nuestros prismáticos, porque sino nunca habríamos salido de dudas sobre si lo que estábamos viendo era o no un albatros. Y vaya si lo era, ¡yujuuu! 😁

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No sé si vimos varias veces al mismo o es que iban y venían, pero sobrevolaron la zona varios albatros. Estuvimos allí más o menos una media hora. Así que contentos con el avistamiento, decidimos explorar el otro mirador.

Marta Diarra Lampi

El otro lado del acantilado

Allí encontramos una playa con mil gaviotas y focas. Eso sí, todas durmiendo la siesta y dándose algún que otro chapuzón repentino. Sin embargo nos encontrábamos muy augusto, observando a las focas con los prismáticos, examinando e inventándonos historias sobre el extraño comportamiento de las gaviotas y las focas, disfrutando del lugar y su «tranquilidad» (en serio, las gaviotas son muy ruidosas).

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Nos encontrábamos tan a gusto que estuvimos dos horas observando. Hasta que una gaviota gigante y enfadada llegó a la playa y «regañó» a las otras gaviotitas, vaya usted a saber por qué.

Quizás debía ser hora de irse.

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La gaviota mandona

Cuando estábamos subiendo las escaleras para regresar al coche, una señora mayor me miró de lejos y puso su dedo índice sobre sus labios. Yo la miré desconcertada, y le hice un gesto con la cabeza. Ella asintió con la suya.

No mediamos palabra, pero supe exactamente qué me estaba diciendo. Y el corazón me dio un vuelco.

Escondido, entre los arbustos, había un pingüino azul. ¡¡¡Un pingüino azul!!! Nos os podéis ni imaginar la enorme alegría que me invadió, sobre todo porque yo daba por hecho que jamás vería uno por lo difícil de su avistamiento. Pero allí estaba, pequeñito, escondido y verdaderamente azul.

Marta Diarra Lampi

El pingüino azul, también conocido como pingüino del hada (?), es la especie de pingüino más pequeña del mundo, siendo su medida habitual 40 centímetros y pesan -atentos- un kilito. Viven todo el año en grandes colonias y cuando salen por las mañanas hacia el mar, lo hacen en grupos pequeños para poder defenderse de los depredadores.

¿A que es adorable? 😍

 

Y aquí debería acabarse el relato de un mal día que acabó bien.

Pero no.

Estábamos tan on fire por el pingüino azul, que en lugar de conformarnos con la mano que nos tendió la buena suerte, le agarramos el brazo. Y claro, pasa lo que pasa: que la retira.

En plena euforia pingüinística (?) nos vinimos arriba y dijimos «¡oye, ya que hemos tenido suerte con los animales, vamos a buscar más pingüinos!» y nos fuimos a Sandfly Bay, una playa preciosa donde habitan leones marinos y pingüinos de ojos amarillos (que ya habíamos visto en Curio Bay).

Ya por el camino nos encontramos con bastante niebla en la carretera, pero estábamos tan emocionados que no había clima que nos parara los pies.

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Marta Diarra Lampi

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Claro, tú la ves así y dices «ooohhh, qué bonita». Pero son 40 minutos para bajar a una playa de dunas… ¿Sabes lo que significa que sea de dunas? ¡¿SABES LO QUE SIGNIFICA!?

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Esto. A cada paso. Real como la vida misma.

Marta Diarra Lampi

No había humano en el mundo que pudiera avanzar por un terreno así. Cada paso te enterraba a mil kilómetros bajo tierra. Es decir, que los 40 minutos de bajada se multiplicaron por tres. Y no sólo eso: el viento. Hacía un viento horrible que alzaba al vuelo a la arenita fina de la playa directa a nuestros ojos.

Cuando bajamos, el viento era tan intenso que el choque de la fina arena con la piel dolía mil demonios, y a Miguel se le metió tanta arena en los ojos que no hubo más remedio que darnos la vuelta y volver.

A los DIEZ minutos.

Eso sí, los diez minutos mejor aprovechados de nuestra vida: vimos dos pingüinos de ojos amarillos y un león marino. Uno de los pingüinos, el muy pobre, estaba subiendo una enorme y empinada duna. Anda que tener que hacer eso todos los días de su vida… No me atreví a sacar la cámara por miedo a que se llenara de arena y la liara parda, sino hubiera retratado la ardua -y bastante admirable- tarea del pingüino.

Marta Diarra Lampi

¿Ves la arena arrastrada por el viento?

En fin, que venga otras mil horas de subida, con más arena en los zapatos que en el Desierto del Sahara, con los ojos como un chino sospechando y la piel más dolida que la de un alemán en pleno agosto en la Costa del Sol española. Y os recuerdo que yo tenía el cuerpo chunguele por el trote que le di en Los Catlins.

Un desastre, vaya.

 

Para cuando llegamos al coche, estaba cayendo la tarde, así que tuvimos que conducir de noche. Cabe explicar que nosotros siempre evitamos a toda costa conducir por la noche porque… bueno. En Nueva Zelanda te arriesgas a atropellar a algún animal nocturno, que desgraciadamente son muchos.

Pero si esa noche algún animalejo se quedó bajo nuestras ruedas -espero que no-, ni siquiera podríamos haberlo visto. Porque nos habíamos introducido de lleno en la novela The Mist de Stephen King. Jamás, y repito, JAMÁS habíamos estado en un lugar con una niebla TAN espesa. No podíamos ver nada en 360º. Encima conduciendo… la verdad es que pasamos (pasé) miedillo. Pero menos mal que Miguel es un excelente conductor y tomó todas las precauciones habidas y por haber.

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Si te fijas, sólo se ve una rallita de la carretera. UNA.

Sin embargo llegamos sanos y a salvo al sitio elegido para dormir, un amplio camping con váteres portátiles. Al final la suerte se apiadó un poco de nosotros y por la noche vino a visitarnos (bueno, a la tienda de campaña de al lado) un erizo simpaticón buscacomidas 🙂

Tocaba descansar, ya que al día siguiente empezaríamos a explorar lo que más ilusión hacía a Miguel: la zona de glaciares.

 

Y tú, ¿alguna vez viajando se han truncado todos tus planes? ¿Cómo acabó el día finalmente? Cuéntamelo en los comentarios 🙂

 

Diario de viaje kiwi 2: carta abierta a Curio Bay

Día 4 de viaje (del 7 al 11 de enero de 2018)

Después de visitar Milford Sound y dormir en Lumsden, pusimos rumbo a The Catlins. Visitamos el faro Waipapa Point, fuimos a Slope Point, el punto más al sur de Nueva Zelanda; hicimos la ruta de senderismo Waipohatu Walk, en cuyas entrañas se esconde una cascada, y finalmente llegamos a Curio Bay, una bahía que me conquistó y a quien escribí una carta.

Marta Diarra Lampi

Querida Curio Bay,

te echo de menos. Lo llevo haciendo desde el primer momento en que me alejé de tu suave arena. No lo sabes, pero eres muy importante para mí, porque contigo aprendí muchas cosas. Y has sido testigo de momentos importantes de mi vida. ¿Cómo un espacio tan pequeño puede albergar tantas emociones?

Es curioso, porque no tenemos la menor idea de cómo llegamos hasta ti. Te explico: en mi móvil tengo una carpeta con mil fotografías de mil localizaciones de Nueva Zelanda, sitios que he estado recolectando desde hace años y hemos ido apuntando en el Google Maps. Un día Miguel me dijo «tenemos una playa cerquita», y para allá que fuimos. Lo más curioso es que no hay rastro de ti en mi teléfono móvil. No tengo fotos ni menciones. He repasado la lista más de una vez y no apareces en ningún lado.

¿Cómo llegaste hasta nuestro Maps? ¿De dónde saliste?

Sea como fuere nos habías encontrado. De alguna forma estabas dispuesta a hacerte ver y a no quedar en el olvido.

Marta Diarra Lampi

Fuiste importante para mí porque contigo aprendí cosas muy valiosas. Tú fuiste la playa que me hizo darme cuenta que estaba viviendo un sueño de niñez: pasar unas navidades en verano. El día que me fotografié en tus arenas en bikini y con gorrito de Papá Noel fue el día en el que me di cuenta que los sueños no se crearon sólo para soñarlos, sino también para realizarlos. Aunque hayan pasado años de su nacimiento, si los mantienes y crees en ellos, se materializarán.

Fuiste el primer «oye, ¡que yo puedo!» que mi alma gritó. Un gritito de guerra interno que más adelante se repetiría y acabaría marcando un cambio de actitud en mí.

Marta Diarra Lampi

Navidades en bikini, mi sueño de niñez

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También dimos la bienvenida al año por estos lares

Pero también me enseñaste sobre libertad, amor y paciencia.

Jamás imaginé que en una sola playa pudiera reunirse tanta fauna. ¿Cómo es posible que en un espacio tan reducido puedan avistarse delfines, leones marinos y dos tipos de pingüinos? En una-sola-playa.

Recuerdo que nada más llegar por primera vez a Curio Bay, vi a lo lejos delfines saltando en el mar. Mi primera vez viendo delfines en libertad. Lo recuerdo como si hubiera sido hace un momento. Todas las veces que volvimos a Curio Bay vimos delfines. Me encantaba sentarme en un banco de la colina a verlos con los prismáticos.

Delfines héctor, los más pequeños del mundo y en peligro. Delfines simpáticos que se acercan a ti. Recuerdo a los bañistas que de repente se veían rodeados de delfines. Pero también recuerdo a personas que iban en su busca, los perseguían y atosigaban hasta hacerlos desaparecer. Lo mismo con las focas y los pingüinos: turistas que no respetaban las distancias de seguridad, peligrando así la seguridad tanto del animal como la de ellos mismos.

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Delfines que se acercaron al bañista sin ser atraídos ✅

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Bañistas que esperaron a que los delfines se acercaran por voluntad propia ✅

Marta Diarra Lampi

Personas que invadieron demasiado el espacio del león marino hasta estresarlo ❎

Contigo, Curio Bay, aprendí lo que era amar y emocionarse con los animales en libertad, comprendí lo serio que era invadir su espacio personal, comprendí que su avistamiento es un regalo que debemos cuidar si queremos que siga existiendo. Y aprendí lo que era la paciencia. La naturaleza es aleatoria y caprichosa, y somos nosotros los que debemos adaptarnos a ella, no al revés.

Fue muy emocionante esperar con los ojos y los sentidos a mil, con los oídos afinados para diferenciar los ruidos. Pero más emocionante fue avistar a un animal así, libre, viviendo su cotidianidad, comportándose de forma natural. Saltando porque quiere, no porque un zoológico se lo impone. Ahí descubrí lo mucho que me gustan estos «safaris» al aire libre.

Marta Diarra Lampi

Nadie puede predecir cuándo aparecerá qué animal. Sólo puedes esperar y disfrutar 🙂

Marta Diarra Lampi

Recuerdo los delfines que «surfeaban» las olas

Marta Diarra Lampi

Estuvimos 4h esperando a los pingüinos de ojos amarillos

Marta Diarra Lampi

Pingüino en el bosque petrificado

Pero también eres importante porque fuiste la que nos introdujiste a un deporte del que todavía no nos hemos saciado: el surf. Fuiste nuestro primer bocadito de surf y ahora queremos más. Y más. Y más.

Nos diste buenas olas, diversión, aprendizaje y la fortuna, de nuevo, de disfrutar de la naturaleza, pues durante nuestra primera clase de surf unos simpáticos delfines nos acompañaron a surcar las olas.

Va a ser muy difícil superar un momento así. La vida va a tener que esforzarse mucho para desbancar al día que hice surf con delfines. Me explota el corazón nada más de recordarlo.

Marta Diarra Lampi

La primera vez que llegamos a ti fue porque tenía las rodillas malas por un accidente de moto, y me diste lo que necesitaba: descanso. La segunda vez me volviste a dar lo que necesitaba: libertad. Y la última vez que te vi me diste un aprendizaje, pero esta vez fue un regalo amargo: me diste una despedida.

Hasta que no llegué a ti no comprendí que este viaje es eso, un viaje, y que me voy a tener que despedir de personas y lugares quién sabe hasta cuándo. Incluso hasta siempre. Contigo aprendí a desprenderme y a quedarme con la alegría de haber vivido buenos momentos, no con la tristeza de irme. Contigo comprendí que es muy probable que nunca vaya a volver a muchos sitios por los que pasaré.

O no.

Quizás, si sueño mucho y muy fuerte, haré mis sueños realidad.

Y yo sueño con volver a ti.

 

Te adora,

Marta.

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Os dejo por aquí algunos tips para disfrutar de Curio Bay:

  • Respeta las distancias de seguridad: más o menos eran 30 metros para los leones marinos y 50 metros para los pingüinos. Y NUNCA os pongáis delante de un pingüino interfiriendo su salida del agua. Los pingüinos cuando salen del agua es para dirigirse a sus nidos, donde les esperan sus crías. Si no se sienten seguros volverán al agua dejando solos a sus bebés, quienes podrían morir de hambre. Los nidos suelen estar entre los arbustos, así que tampoco merodeéis por ahí.
  • Llevaos prismáticos. Al no poder acercarte a los animales tanto como te gustaría, los prismáticos te permitirán no perder detalle. Será como si los tuvieras a dos palmos de ti. Y si eres fotógrafo, échate mano de un teleobjetivo, lo agradecerás.
  • La época de delfines hector va de Noviembre a Mayo (verano y otoño). El delfín hector es el más pequeño del mundo y sus 7.000 ejemplares sólo se encuentran en Nueva Zelanda. En Curio Bay hay una colonia de unos 15 delfines que juegan, comen y descansan por la bahía. Por favor, no les des de comer ni les persigas, ellos se acercarán a ti cuando les plazca.
  • Tampoco toques a los delfines, tienen una piel sensible.
  • La mejor hora para ver a los pingüinos de ojos amarillos es de 19:00 a 21:00, que es cuando, después de haber pasado todo el día pescando, vuelven a sus nidos a alimentar a sus crías.
  • El mejor sitio para ver a los pingüinos de ojos amarillos es en el bosque petrificado. Sí, Curio Bay tiene un bosque petrificado de la era Jurásica, ¡toma ya!
  • Aunque más difícil, también pueden verse pingüinos azules. Estos viven y se esconden en madrigueras. Nosotros no vimos ninguno.
  • También se pueden ver golondrinas de frente blanca alrededor de la bahía.
  • Los perros están prohibidos, pues pueden matar la fauna silvestre.
  • Si quieres hacer surf, en la propia bahía hay un puestecito donde se alquila equipo de surf e incluso puedes dar clases para todos los niveles. También hay un camping donde pernoctar.

 

Después de abandonar Curio Bay continuamos recorriendo Los Catlins hasta llegar al siguiente punto de la Ruta Escénica del Sur: la ciudad de Dunedin.

 

Puedes leer mis otros diarios de viaje por Nueva Zelanda aquí:

Diario de Viaje kiwi 1: Milford Sound, la octava maravilla del mundo

Día 1 de viaje (6 enero 2018)

 

Nueva Zelanda es impredecible.

Esa mañana amaneció con un sol resplandeciente, una mañana de luz. Eran nuestros últimos momentos en la granja donde habíamos estado viviendo y trabajando dos meses. Una granja en la que nos trataron como familia, donde aprendimos un montón y donde, a pesar de los sentimientos encontrados, fuimos tremendamente felices.

Por fin seis de enero. Parecía que nunca iba a llegar, pero después de Navidad me di de bruces con él sin verlo llegar. El tiempo había volado y ya era seis de enero. El sol brillaba fuerte, nos despedimos de nuestros compañeros y comenzó a llover.

Mucho. Muchísimo.

En cuestión de un parpadeo todo quedó cubierto de niebla, y en unas horas teníamos que hacer un crucero por el fiordo Milford Sound. ¿Cómo se puede ver un fiordo si está todo nublado?

Recogimos rápido nuestras ropas tendidas y pusimos rumbo a Te Anau, la última ciudad antes de llegar a Milford Sound, confiando en que el mal tiempo nos diera tregua.

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Sabes que estás de camino a Milford Sound cuando la banda sonora del viaje son los «wooow», «buuuufff increíble», «ooooohhh» y «uuuuuhhh» que salen sorprendidos de la boca de los viajeros. Me he recorrido Nueva Zelanda de punta a punta y puedo afirmar que Milford Road es de las carreteras más bonitas del país -que no la más-.

Es más, es tan bonita que hasta el Departamento de Conservación neocelandés te avisa de que conduzcas con cuidado, ya que las vistas pueden distraerte. Tómate tu tiempo y disfruta de cada minuto que pases en esa carretera.

No seas como nosotros, que llegábamos tarde y a la ida sólo pudimos disfrutar de las vistas desde la ventanilla del coche. Suerte que el cielo se estaba despejando.

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Casi llegando a Milford Sound encontrarás el Homer Tunnel, un túnel de 1,2km con semáforo, ya que es de un sólo sentido. Había leído que en ese punto podían verse keas, el único loro alpino del mundo. Los keas son los loros más inteligentes, pues son muy buenos resolviendo problemas y abriendo cerrojos y candados, y además sólo pueden encontrarse en la isla sur de Nueva Zelanda. Así que nada más llegar y parar el coche, salí y esperé por si la suerte me dejaba ver una de estas curiosidades.

Muy, muy a lo lejos divisé la silueta de un pájaro volando. «¿Te imaginas que es un kea?» le comento a Miguel esperanzada, pues tenía mucha ilusión puesta en el avistamiento. Mucha ilusión sí, pero poca confianza… Al menos la parada nos sirvió para poder admirar, esta vez desde fuera y en pausa, el tremendo paisaje.

Marta Diarra Lampi

Homer Tunnel Parking. A la derecha los coches esperan su turno para cruzar el túnel.

Marta Diarra Lampi

Homer Tunnel

Marta Diarra Lampi

Nieve en pleno verano en el parking de Homer Tunnel. No, no hacía frío.

Sigo con la mirada puesta en el lejano ave volador, cuya figura va haciéndose más y más grande. Se está acercando. Vuela por encima de nosotros y yo le veo su indiscutible plumaje de colores. «¡Miguel eso es un kea, ha venido un kea!» grito de emoción.

Un pájaro color oliva aterrizó en la acera de enfrente, simpático. Con aires de loro pero… salvaje. Definitivamente era un kea. Estaba tremendamente emocionada, pues había perdido toda esperanza en verlos. Me parecía un pájaro precioso, no podía quitarle el ojo de encima. Ni la cámara.

Así que voy a la acera de enfrente a conocerle más de cerca, perdiendo así nuestro turno de cruzar el túnel.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Pero llegábamos tarde y no podíamos perder más turnos para cruzar el Homer Tunnel, así que con gran alegría por haber conocido al kea, continuamos nuestro camino hacia la considerada como la octava maravilla del mundo.

 

Consejos con los keas:

  1. En general los keas son aves muy simpáticas, así que NO recurras a darles comida para atraerlos, probablemente se acerquen a ti por sí solos. Los alimentos humanos no tienen por qué digerirlos bien y pueden convertirse en «mendigos» de comida.
  2. No permitas que suban a tu coche ni dejes las puertas abiertas. Los keas tienden a picotear y romper las gomas, limpiaparabrisas e incluso las ruedas de los coches. Cuanto más lejos de tu vehículo, mejor para todos.
  3. Disfruta sin tocar, deja que la naturaleza fluya libremente 🙂

 

Hay tres formas de visitar Milford Sound: en crucero, haciendo kayak por sus aguas y sobrevolando los fiordos. Nosotros optamos por el crucero al ser la opción más barata. Existen varias agencias que operan diferentes cruceros, nosotros nos decantamos por GoOrange al ser la más barata y ofrecer prácticamente lo mismo que otras. Con ellos hicimos un crucero de dos horas a través de los fiordos + una tarta de zanahoria de regalo. Fueron 65NZD (38€) por persona, es decir, 130NZD (76€) en total.

Recomendación: cada empresa ofrece diferentes horarios para visitar Milford Sound. Seguramente el horario más barato que encuentres sea el de la mañana (sobre las 09:00). ¡No lo escojas! Es muy probable que por la mañana el tiempo esté nublado y no puedas ver bien los fiordos. Ah, y no olvides tu crema solar, ¡que el sol de Nueva Zelanda pega muuuuy fuerte!

Marta Diarra Lampi

Tickets para el crucero y tarta, ñam 🙂

Finalmente llegamos a tiempo, pero nos encontramos con un problema: el aparcamiento. No había sitio. Si no fuera porque justo un coche dejó libre su aparcamiento delante de nosotros, no habríamos encontrado ningún sitio donde aparcar. Así que ya sabéis: id con tiempo.

Hicimos el check-in, nos dieron nuestros tickets y subimos al barco.

El cielo se había despejado, quizás demasiado, porque el sol quemaba la piel hasta picar. Menos mal que uno de los trabajadores de GoOrange ofreció a todos los pasajeros crema solar.

A estas alturas del relato he de confesar una cosa: tenía bajas expectativas sobre Milford Sound. No sabía por qué pero tenía la sensación de que no me iba a gustar, o al menos no taaaanto. Y entonces entré en conflicto conmigo misma: si no fuera porque Milford Sound es el típico «must» de Nueva Zelanda, no estaría ahí. Sabía que estaba porque debía estarlo, pero no me apetecía del todo. También tenía que salir de dudas: ¿es Milford Sound tan maravilloso como lo pintan? Si es así, ¿por qué a mí no me interesa? ¿Hay o no hay que hacer las turistadas? ¿Por qué me siento mal al pensar en no hacerlo? Quizás si no fuera una turistada, ¿me interesaría más? ¿O era simplemente cuestión de gustos?…

Mis reflexiones se vieron interrumpidas por el pitido de salida del barco. ¡Zarpamos!

Marta Diarra Lampi

Las preocupaciones se fueron disipando a medida que el barco se alejaba del muelle. Ahora tocaba disfrutar. Estábamos en la planta de arriba del barco, viendo el paisaje. De repente, se asomó por una montaña una enorme cascada que había permanecido escondida. A los pocos minutos de zarpar ya tuvimos nuestra primera gran sorpresa. Por un megáfono escuchábamos las explicaciones de lo que veíamos.

La cascada se llama Lady Bowen Falls y tiene una caída de 162 metros. Se supone que es una de las cascadas que usó Peter Jackson para recrear Rivendel en El Señor de los Anillos. Esta cascada además proporciona electricidad al asentamiento de Milford Sound alimentando un pequeño sistema hidroeléctrico.

Marta Diarra Lampi

Lady Bowen Falls

Marta Diarra Lampi

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Poco a poco fuimos dejando atrás la cascada, dando paso a nuevos paisajes. Nos estábamos adentrando en un mar rodeados de montañas enormes y frondosas. Incluso vimos algunos picos nevados. El brillo del sol puso el broche haciendo que el azul del agua y el verde de los valles se intensificara.

A medida que nos adentrábamos en los fiordos, divisamos a lo lejos una nueva cascada a la cual llaman «velo de novia» por, ya sabéis, la similitud blanca y larga de su caída con un velo nupcial.

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Cascada velo de novia

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¡Nieve en verano!

Hasta que en un momento nos dimos cuenta de que todo el mundo estaba reunido en la parte delantera del barco. Como no escuchamos bien qué dijo el megáfono, decidimos ir a investigar.

¡Focas!

Estábamos ante una colonia de focas que dormían y nadaban. Focas grandes y focas pequeñas. Pero sobre todo focas muy lejos. Y con mucha gente. Yo apenas pude ver nada…

Marta Diarra Lampi

¿Focas? ¿Dónde?

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¡¡¡AQUÍ!!!

El crucero se paró un ratito para ver las focas y reanudó su camino.

Estábamos tranquilos, relajados, disfrutando y comentando si recomendaríamos el crucero por Milford Sound o no. Estábamos indecisos, ambos teníamos confrontaciones emocionales con el tema. Sí pero no. No pero sí. Depende. Bueno sí. Mejor no… ay no sé. Milford Sound es precioso, cosa indiscutible. Pero… ¿maravilla del mundo? Habíamos viajado apenas nada por Nueva Zelanda pero ya habíamos visto otras formaciones naturales que nos habían sorprendido y maravillado mucho. No sabíamos muy bien dónde poner a Milford Sound.

De repente las montañas desaparecieron y solo vimos agua. Habíamos llegado a mar adentro. Si el barco siguiese, llegaríamos a Australia. Pero como ese no era el plan, el barco dio media vuelta y comenzó el regreso. Nos cambiamos de lado en el barco para ver los paisajes del lado opuesto. Y a disfrutar.

Marta Diarra Lampi

El regreso

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Picos de Milford Sound

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¡Pero el crucero tenía una sorpresa preparada! Una sorpresa que te deja con una enorme sonrisa en la cara y algo de adrenalina. ¿Recordáis la cascada del velo de la novia? Pues volvimos a verla, cada vez más de cerca, y más cerca, y más cerca, Y MÁS CERCA Y MÁS Y MÁS Y MÁS hasta que… ¡metió la parte delantera del barco bajo ella! Y nosotros, por lo supuesto, estábamos ahí.

¡Qué emoción! ¡Qué divertido! ¿Cuántas veces en la vida tienes la oportunidad de estar bajo la furia de una cascada? Fue una experiencia que todavía me hace sonreír al recordarla 🙂

Marta Diarra Lampi

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Recién bañados 🙂

En esos momentos de tanta emoción, ambos decidimos en que sí recomendaríamos el crucero a Milford Sound.

El crucero estaba llegando a su fin. Las horas habían pasado rápido. Volvimos a ver los picos nevados y volvimos a ver a Lady Bowen Falls, las cascadas que ocultas custodian el muelle del puerto. Detrás de ellas estaría el fin del crucero. Bye bye Milford!

Marta Diarra Lampi

Lady Bowen Falls. Parece la silueta de una mujer, ¿verdad?

Finalmente, ¿recomendaría el crucero a Milford Sound? Todavía no estoy segura del todo, al final cada persona es un mundo. Lo que para mí puede ser sorprendente para ti puede ser una indiferencia, y viceversa. ¿Es bonito? Sí, mucho. Pero a mí no me sorprendió.

Al menos a ras del suelo.

Porque he visto imágenes de Milford Sound desde el aire y… ahí la cosa cambia. Es una maravilla (sobre todo cuando hay nieve, le da un toque muy bonito). De esa forma realmente puedes apreciar lo que son los fiordos de Milford Sound. Pero claro, esa experiencia no la puedo recomendar porque nunca la he hecho. Pero sí os puedo dejar con una foto que he encontrado en Google:

milford-sound-scenic-flights

Impresionante, ¿verdad?

El crucero ya estaba hecho y no teníamos más planes por el día. La tarde estaba cayendo y en cuestión de un par de horas se haría de noche, así que comenzamos nuestra ruta de vuelta, pero esta vez parando donde quisiéramos, pues no había prisa por llegar a ningún lado.

Esta vez pudimos saborear bien la Milford Road…

Marta Diarra Lampi

Cae la tarde sobre Milford Road

… y de nuevo cruzamos el Homer Tunnel.

Miguel: Marta, si quieres podemos quedarnos por si vemos…

Yo: ¡¡¡MADRE DE DIOS!!!

Y ahí estaban. Sí, ESTABAN. No uno ni dos, ni siquiera tres, sino CUATRO keas que paseaban por el parking. «Y yo que te iba a proponer esperarlos» bromea Miguel, y con una sonrisa vamos a verlos.

Marta Diarra Lampi

Pero mirad qué alas más bonitas y coloridas

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Grupito de keas

Hasta que vino un coche e hizo EXACTAMENTE lo que NUNCA hay que hacer con los keas (me remito a los consejos que di anteriormente).

Marta Diarra Lampi

MAL. Puerta abierta = te pueden robar y la culpa será TUYA

Marta Diarra Lampi

MAL MAL. ¿En serio quieres ver roto tu limpia parabrisas?

Marta Diarra Lampi

MAL MAL MAL MAL MAL MAL MAL

Un poco indignados pero felices por haber tenido la suerte de haber visto cinco keas el mismo día, retomamos el viaje y nos volvimos a encontrar con otra peculiaridad animal neocelandesa: un weka.

Yo a los wekas los defino como el primo del kiwi, pues son aves ¡sin alas! O sea, un pájaro que no tiene alas??? Los wekas son más escurridizos que los keas, por lo que es mejor verlos desde lejos para no espantarlos. Aunque con ellos también hay que tener ojo. ¿Sabes cuál es su afición? Robar cosas brillantes. Y no tendrán ningún problema en merodear por tus pertenencias y coche. Una vez vi a uno con la cabeza metida en una bota de montaña, así que ni el sudor les parará el llevarse esa cuchara tan brillante que tienes (real). Por lo demás, son muy monos y no hacen ningún daño.

Marta Diarra Lampi

¿Es eso un weka?

Marta Diarra Lampi

¡Sí, es un weka!

De camino (o de regreso) a los fiordos hay un montón de puntos interesantes donde pararse: la explanada Eglinton Valley, lagos como Mirror Lake o Lake Gunn Nature Walk, rutas de senderismo como Routeburn Track, Pop’s View Lookout, o cascadas al lado de la carretera como las Falls Creek o The Chasm… Lo bueno de haber visto estas cosas en el regreso es que las tuvimos sólo para nosotros, sin masas.

También hay rutas de senderismo tanto de un día como de varios. Por la carretera hay varias zonas de campings del DOC en el que puedes pernoctar por 13NZD por persona. Nosotros como no queríamos pagar por dormir fuimos hasta Lumsden, donde tienes un espacio amplísimo con supermercado, una biblioteca (dejan el WiFi encendido 24/7), baños 24h, basuras, lavadero y hasta un parque para niños. Para nosotros es el camping más completo de toda Nueva Zelanda, y está a 1h de Te Anau, a 90min de Queenstown y a 1h de Invercagill. O sea, en medio de to’ el meollo.

Aquí acaba nuestro primer día de lo que, aun sin saberlo, se convertiría en un viaje de 55 días. Next stop? Una playa muy especial para mí

Marta Diarra Lampi

Eglinton Valley para nosotros solos

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado este primer diario de viaje? Nunca había escrito uno, así que si quieres puedes dejarme alguna crítica constructiva o consejo. Por cierto, ¿alguna vez te ha ocurrido algo parecido a mí con el tema de las «turistadas»? ¿Alguna vez te has sentido como «obligado» a visitar algo sólo por ser un «imperdible»?

 

Puedes leer mis otros diarios de viaje por Nueva Zelanda aquí: