Toda la cultura aborigen que cabe en un cuadro

Él no fue el primero en intentarlo. De hecho, se convertiría en costumbre que los aborígenes más talentosos se pasaran por la gasolinera a intentar sacar provecho de su arte. A algunos, la palabra “talentoso” se les quedaba verdaderamente corta. Otros… bueno, lo intentaban. Pero, al final del día, ¿quién soy yo para decidir qué es arte?

El caso es que cuando lo vi, me enamoré. Conecté profundamente con él. Me maravilló, me cautivó, me asombró.

– ¿Cuánto pides?

– ¿50?

– 30 dólares y te los doy ahora mismo.

– Hecho.

Ni siquiera tenía dinero. Sólo sabía que no podía ignorar aquel flechazo. Ya lo describía Michael Corleone en la novela de El Padrino cuando ve a Apolonia por primera vez: “el rayo” me había atravesado. Y a mí por las venas ya sólo me corría electricidad.

Menos mal que el que era mi novio por aquellos tiempos me dio los treinta dólares que me brindarían uno de los objetos más preciados que conservo.

Marta Diarra Lampi

La gasolinera donde trabajaba.

Todo fueron risas cuando volví con mi enorme cuadro a mi puesto de trabajo. “¡pero qué feo!”, me dijo mi compañera belga. “Bueno, lo importante es que te guste a ti, cariño”, me decía mi novio con una sonrisa torcida. Y más risas entre los compis. Pero nada podía afectarme porque yo estaba radiante, sobre todo después de la conversación que tuvimos:

– A mí no me gusta dibujar lo que veo. A mí me gusta dibujar lo que tengo en la cabeza.

– ¿Y qué tienes en la cabeza?

– Estos son mis antepasados, están bailando y tocando el didgeridoo porque están muy felices. ¡Por fin está lloviendo! Esto de aquí son las huellas de mis ancestros, que están ahí para protegerte.

– ¿Y por qué hay una serpiente gigante en el cielo?

(jamás olvidaré la mirada de obviedad, extrañeza y dulzura que me echó, como si fuera una niña pequeña haciendo una pregunta estúpida)

– Porque está lloviendo.

Está claro que sin la interpretación del artista, no habría llegado a comprender qué ocurría dentro del dibujo. Aunque algo sí que sospechaba, ya que la noche anterior hubo una tormenta que ni el apocalipsis. Estábamos en el inicio de la rainy season de los Kimberleys, en medio del desierto de la Australia Occidental.

Marta Diarra Lampi

Algunas tormentas en los Kimberleys eran brutales.

Yo creí que lo que el dibujo representaba era un grupo de personas que se estaban defendiendo con armas de una serpiente que les atacaba. Fíjate, nada que ver. Aun así, el dibujo tenía algo que me atraía, y me terminó de encandilar cuando comprendí del todo de qué iba la cosa.

Pasaron los meses (en total, estuve seis viviendo en aquella comunidad aborigen), y siempre que veía el cuadro en mi habitación sentía cierto orgullo mezclado con un profundo cariño. Eso sí, mis amigos seguían preguntándose qué era lo que veía yo en ese cuadro tan “feo”. Cuando volví a España de vacaciones, lo guardé a muy buen recaudo, para que esperase a salvo mi regreso definitivo.

Lo que yo no sabía era que ese dibujo escondía todavía más secretos. Secretos que descubrí en mi visita al Parque Nacional Kakadu. Allí, me encontré cara a cara con una de las mayores galerías de arte rupestre aborigen australiano del mundo. Son pinturas maravillosas que no sólo han retratado el paso de los años, los siglos, las eras y la historia general, no; es que son pinturas que divulgan conocimientos, pues los aborígenes no registraban sus vivencias a través de la escritura, sino que enseñaban por la palabra y las pinturas. Son historia aborigen pura y dura, desde cómo cocinar un pescado hasta de cómo eran los barcos que llegaban de Europa.

Una de las metodologías con las que los aborígenes enseñan a los jóvenes los códigos de conducta es a través de la misma práctica que han ejercido tantas y tantas otras culturas en el mundo, desde la griega a la egipcia, a la japonesa, a la budista o la maorí: a través de la mitología. Y la mitología aborigen australiana es igual de fascinante y bonita como cualquier otra.

Marta Diarra Lampi

Pintura de la Serpiente Arcoíris en el P.N. Kakadu.

Por ejemplo, una de las figuras más importantes de su mitología es la Serpiente Arcoíris, diosa creadora de la vida –y el universo- a través de su relación con el agua. Cuenta la leyenda que esta inmensa serpiente salió de la tierra (¿recordáis el cráter Wolfe Creek?) levantando a su alrededor enormes cimas, montañas y desfiladeros a medida que avanzaba hacia arriba. Una vez fuera, mientras la serpiente se deslizaba por la Tierra, fue creando a su paso pozos, barrancos, canales, cauces… pues ella es quien controla el recurso más preciado de la existencia: el agua. Sin ella, no hay vida.

Se dice que habita en profundos pozos de agua y que, al igual que puede dar vida, si se enfada, puede enviar grandes tormentas que arrasan con todo. O, si está de buenas, permite que los pozos estén perennemente llenos de agua aun siendo plena temporada seca en el desierto. Cuando se ve el arcoíris en el cielo, se rumorea que es la Serpiente Arcoíris pasando de un pozo de agua a otro.

Marta Diarra Lampi

Agua en los Kimberleys tras un día de lluvia.

Serpiente… diosa creadora… lluvias… ¡mi cuadro es una representación de la Serpiente Arcoíris trayendo agua al mundo! En ese instante comprendí por qué el artista me miró de esa forma tan obvia cuando pregunté por qué había una serpiente en el cielo. “Porque está lloviendo”.

“A mí no me gusta dibujar lo que veo. A mí me gusta dibujar lo que tengo en la cabeza”. Claro, ese señor no sólo dibujó un hecho de su cabeza, ese señor plasmó una parte de historia, de su historia, en un trozo de tela, y la compartió conmigo. Compartió sus enseñanzas, su leyenda, su tradición conmigo de la misma forma que los aborígenes llevan haciéndolo desde hace más de cuarenta mil años: a través de la palabra, la pintura y la mitología. ¡Y yo sin darme cuenta!

Más tarde, descubriría en un museo sobre el body painting aborigen. Los cuatro individuos –probablemente hombres- del dibujo tienen los cuerpos pintados. Descubrí que los aborígenes cuando hacen un ritual que implica danza, siempre se pintan sus cuerpos. Cada tribu se dibuja de una forma diferente según su tótem, y así es como saben quién pertenece a su grupo: si se pintan como tú, es de tu familia. Los que se pintan, son los que bailan. A veces, hasta las huellas de los pies quedan estampados en el suelo por la pintura… como en el cuadro.

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Aún con toda la información que la suerte me fue entregando, esto no fue todo. Un día navegando por Facebook se me apareció un artículo que decía que un señor en Florida encontró en el bosque una rara serpiente… una serpiente arcoíris que no se había visto por esa área en más de 50 años. Pero lo curioso fue la fotografía que acompañó el artículo. Mirad vosotros mismos los parentescos con la serpiente de mi dibujo. Además, el artículo añade información del tipo <<“Las serpientes arcoíris son muy acuáticas y pasan la mayor parte de su vida ocultas entre la vegetación acuática; rara vez las ven, incluso los herpetólogos, debido a sus hábitos crípticos”>>. Yo no sé si la serpiente que vio aquel hombre es como la de la foto, ni siquiera sé si esa serpiente existe o si así es la que inspiró a los aborígenes. Yo de eso no tengo ni idea. Lo que sí es evidente es la casualidad y el parentesco reptil.

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Fotografía del artículo.

Sin duda alguna, aquel día de marzo, tenía en mis manos la representación de la diosa creadora de la Tierra aborigen en pleno trabajo de brindar agua al planeta. Antes de descubrir todos estos datos tan maravillosos sobre la cultura aborigen australiana, ya guardaba mucho cariño de mi encuentro con aquel artista. Y cuanto más tiempo pasa, más crece mi afecto por él y su obra.

Gracias FRANKI.

Marta Diarra Lampi

República Independiente de Whangamomona, la joya del mundo olvidado

– ¡Joder con el pájaro!

Y frenazo.

El parón fue tan brusco, que la fuerza de la inercia no sólo detuvo al coche, sino a mi corazón por unos instantes. Lo que me pareció un loro en miniatura de color rojo-azul-verde-amarillofluorescente se había cruzado ante nosotros con intenciones si no suicidas, al menos bromistas, pero de muy mal gusto.

– Este sitio es muy raro, Miguel.

 

La curiosidad fue lo que nos llevó a ese momento. Estábamos, otra vez, cruzando las dos islas de Nueva Zelanda para comenzar en un trabajo nuevo. Todavía nos quedaban dos días de viaje cuando, de repente, lo vimos por la ventanilla del coche.

«FORGOTTEN WORLD HIGHWAY BEGINS»

Autopista al mundo olvidado. Qué nombre tan… curioso. «Mundo olvidado», suena casi poético. Teníamos tiempo para un desvío. ¿Por qué no? Seguro no llevará mucho tiempo. ¿Cómo resistirse? Autopista al mundo olvidado… Como si de un eco se tratara, el nombre de la autopista resonó y rebotó por todas las paredes de mi cabeza. Ya no podía soltar la idea de descubrir ese mundo olvidado.

Así que allá nos adentramos.

IMG_7010.jpgLa carretera comenzó como toda Nueva Zelanda: verde. Verde hasta donde la vista te alcanza, veinte por ciento azul del cielo, ochenta por ciento verde lima, verde menta, verde pino, verde caqui, verde pistacho, verde oliva, verde esmeralda. Incluso se dejó ver algún que otro verde amarillento, pero verde al fin y al cabo.Marta Diarra LampiTodo este verde era el manto de un sinfín de montes redonditos plagados de vacas y toros y ovejas que a lo lejos no eran más que puntos negros, como si un gigante hubiera ido dejando bollitos por doquier, y en ellos se subieran hormiguitas a por su trocito de merienda.

Marta Diarra LampiIncluso juraría que algunos árboles tenían el color verde en toda su expresión, un verde que me hacía sentir que ese debía ser el original, el puro. Creo que el efecto óptico-colórico vino de la mano del sol, que aun fuerte a esas horas del día ya se preparaba para el atardecer, apreciándose en él las primeras pérdidas de intensidad antes de tornarse naranja y desaparecer en la noche. Me hacía pensar en el sol como un culturista de 60 años: musculoso pero pachucho.

_MG_7023-Pano.jpgLos cuarenta minutos de carretera plácida y en línea recta mutaron sin apenas darnos cuenta a una serie de serpenteantes curvas inseguras que curva tras curva susurraban a mis sesos que de ese sitio mi psique no saldría ilesssa. Curva tras curva tras curva…

El camino, sin quitamiedos y con precipicios, nos adentró en una selva templada donde las palmeras verde oscuro fueron las protagonistas. Bajamos la ventanilla del coche para que me diera el aire fresco en la cara, tenía el estómago descompuesto.

Y entonces lo olí.Marta Diarra Lampi

– Miguel, ¿lo hueles?

Sí… huele a… a Coromandel. Y a los Catlins.

¡A la cascada! –adivinamos a la vez.

Olía a lo que huele cuando te adentras en la vegetación del país, a una humedad aplastante pero tan gélida que al respirar te enfría la nariz, los conductos nasales y hasta los pulmones. Olía a madera de árbol que de tan mojado que está sabes que se ha ablandecido aun sin tocarlo. Olía a frondosidad, a apartar árboles con las manos para darte paso y a oscuridad porque las ramas se también niegan a dárselo a los rayos del sol.

Olía a mi año en Nueva Zelanda, a recuerdos que dibujan sonrisas en el alma, a abrazos que son hogar. Ahí fue cuando tuve la certeza de, nos llevase a donde nos llevase esta carretera del mundo olvidado, sería a un sitio especial.

Porque a eso huelen los lugares especiales en Nueva Zelanda.

– ¡Joder con el pájaro!

Y frenazo.

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Un pequeño loro de colores (que más tarde descubrí se llaman kākāriki) se cruzó frente a nuestro parabrisas. Al ave suicida le siguieron más loros, faisanes de colores y colas laaargas, cabras, pavos y hasta toros sobre vías de tren. La carretera, ahora de grava, fue una locura animal que terminó en el único pueblo de toda la «autopista»: Whangamomona.

Después de tanto verde, parecía que habíamos llegado a otro mundo. En el pueblo sólo había un par de casas, un parque, un hotel, una oficina de correos destartalada y lo que creo era un mecánico. Parecía que estábamos en un silencioso lejano oeste de asfalto, sólo faltaba la bola de paja solitaria rodando ante nuestros ojos. Porque el individuo bebiendo en el porche del hotel con ropa tejana, pocos dientes, muchos tatuajes, barba gris de varios días y expresión de no haber salido nunca de allí ya lo teníamos frente a nuestros ojos.

Era la reencarnación en vida de Cletus, el cateto de Los Simpsons._MG_7061.jpgEntramos en el hotel, pregunté rápido por el servicio y corrí hacia él. Hice que mis intestinos volvieran a su posición original entre carteles consejeros del tipo “no tire al W.C. productos sanitarios, pañales, cachorritos, sueños ni esperanzas” o “la jardinería es más barata que ir a terapia y encima obtienes tomates”.

Hasta que no salí del baño recompuesta, no me había tomado el tiempo suficiente para examinar el lugar donde estaba. Las paredes de este hotel, que más que acomodación parecía un bar, estaban plagadas de carteles chistosos, recortes de periódicos y fotografías antiguas. En un corcho titulado «REPUBLIC DAY 2005» colgaban fotografías de cientos de personas vestidas de cabaret, otras cortando leña, otros pintando a niños, otros en una bañera con ¿serptientes?, otros viendo carreras de ovejas…

Cada rincón de pared tenía una historia distinta. Había de todo.

 

Volviendo sobre mis pasos me encontré de nuevo en el bar del hotel, con su billar en el centro, sus paredes adornadas con cráneos y cuernos de cabras, fotografías de equipos de rugby y merchandising con camisetas y gorras del pueblo; con sus cuatro personas viendo las noticias y con su camarera en la barra. Un cartelito de “PASSPORT OFFICE” llamó mi atención.

– Por dos dólares te sellamos el pasaporte. Te lo pueden sellar el mismísimo presidente de la república y la primera dama –me dijo la camarera señalando a una pareja de ancianos que bebía cerveza detrás mía.

¿Presidente de la república? ¿Primera dama? ¿Sellar pasaporte? ¿Dónde me había metido? Tenía que averiguarlo.

– Excuse me… can you…? My passport…

Yes, It’s two dollars.

Ese breve chapurreo mío inglés dio paso a toda una conversación en la que descubrí que no estaba en un pueblo, sino en una micronación. Todo se remontó a 1989 cuando, tras haber formado desde siempre parte de la región de Taranaki, el gobierno redibujó las fronteras regionales haciendo que el pueblo ahora formara parte de la región de Manawatu-Wanganui. Los ¿whangamomoneños?, se negaron al cambio. Y el gobierno se negó a que se negaran. Visto que no podían luchar contra la ley, se inventaron la suya: el 1 de noviembre de 1989 se autodeclararon República Independiente de Whangamomona como protesta, separándose así no sólo de Manawatu-Wanganui, sino de todo el país.

Y como micronación que es cada dos años enero es el mes de las elecciones. Y si la historia de la República de Whangamomona ya me suponía una genialidad, la historia de sus presidentes ya me parece brillante: el primer presidente, Ian Kjestrup, gobernó durante diez años. Lo curioso es que ni siquiera sabía que formaba parte de la candidatura, alguien puso su nombre sin su permiso.

En 1999 «Billy Gumboot» pasó a ser el nuevo presidente porque… se comió todas las papeletas y no tuvo más remedio que aceptar el mando. Ah, se me olvidó comentar que Billy es una CABRA que gobernó la República durante dieciocho meses.

El siguiente presidente fue Tan, un caniche cuyo mandato no duró mucho, pues fue atacado por un mastín. Tai sobrevivió, pero nunca llegó a recuperarse del todo del ataque. Algunos, todavía sospechan que fue un intento de asesinato…

En 2005 el caballero Sir Murt «Murtle the Turtle» ganó unas elecciones bastante reñidas. Aunque lo apodaban «turtle», éste era un hombre de verdad. En 2009 fue reelegido por un solo voto. Lamentablemente murió en 2015, y en memoria el pueblo lo nombró como primer y único caballero de la República.

Durante dos años y por primera vez en la historia de la República Independiente de Whangamomona, una mujer se hace con el poder: Vicky Pratt. Resulta curioso que gobierne una cabra años antes que una mujer. Como la vida misma…

Y en ese instante de octubre de 2018 estaba conversando con John, el actual presidente de la República, y su mujer en un bar perdido en medio del universo.

IMG_7063.jpgCuando le di mis dos dólares por el sello que me estampó, puso las monedas en un tarrito de cristal con más monedas y billetes.

– Con el dinero que recaudamos de los pasaportes y del merchandaising, es con lo que pagamos los arreglos del pueblo, el colegio y el equipo de rugby. Porque aquí vivimos 200 personas eh, en 20km cuadrados.

Y yo me preguntaba dónde vivirían estas personas. Yo no vi casa alguna al llegar. Y existir, existen, que las he visto en las fotografías del bar. ¿Dónde estarán? ¿Por la montaña? ¿A qué se dedicarán? Y como si me leyera la mente, me explica que

– Aquí no tenemos Internet. Aquí las personas nos relacionamos las unas con las otras, hablamos entre nosotros, no como en las ciudades. Aquí los niños salen a jugar a cazar possums y cabras.

Mi móvil me confirma que efectivamente, no hay cobertura, por lo que no podría haber Internet. Y pienso que a veces sentimos que el mundo es muy moderno y «avanzado» (habría que ver qué se entiende por «mundo avanzado»), pero que todavía existen rincones donde no hay Internet, ni YouTube, ni memes, ni vídeos virales. Todavía existen lugares donde los niños salen a cazar.

Y a veces los tenemos a un par de horas en coche.

– Marta, tenemos que irnos ya. No podemos conducir de noche.

Noquiero-noquiero-noquiero-noquiero.

Mi mente y mis pies deseaban anclarse en ese lugar por unos días más, quería saber más, quería ser estar y vivir, hablar con más ciudadanos, conocer. Pero anochecía y debíamos seguir con la ruta. Whangamomona sólo era un paréntesis en el camino. Un paréntesis hecho de bosque puro cuya curvatura abraza a la República Independiente más fascinante en la que jamás haya estado.

IMG_7067.jpgEl atardecer se comía el cielo mientras cubría a las montañas con su manto anaranjado. Al día le quedaban pocas horas de vida. Y viendo por última vez el pueblo desde la ventana del coche comprendí que en el hotel de Whangamomona no sólo me sellaron el pasaporte. También dejaron una estampilla de felicidad en mi corazón, que desde ese día se hizo un poquito más grande.

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Crónica de un mal día de trabajo

Esta mañana, cuando desperté (el dinosaurio todavía estaba allí), lo primero que hice fue buscar la leche. Miguel todavía dormía, pues su turno de trabajo comenzaba a las diez; no como el mío, cuyo inicio se daría a la friolera hora de las cuatro. De la madrugada. Por lo que debía buscar la leche con sumo silencio.

No hubo forma de encontrarla.

Soy una persona que a la hora de guardar sus pertenencias hace uso de la costumbre, siempre procuro dejar todo en el mismo lugar. Por eso, cuando algo no está en su sitio, me desubico y pierdo toda orientación sobre el paradero del objeto perdido.

Finalmente, encontré el paquete de leche (en polvo) debajo de la cama y sin despertar a Miguel. Objetivo cumplido.

 

Mientras desayunaba apresurada por el tiempo perdido buscando la leche, debería haberme dado cuenta entre cucharada y cucharada de que el pequeño episodio de la lactosa extraviada no era más que un enorme presagio de lo que acabaría ocurriendo a lo largo del día.

Pero yo en aquel momento, cándida de mí, no me di cuenta de nada.

 

Cuando llega la hora de salir para el trabajo apuro mis cereales, me visto y saco la moto. Más bien, intento sacar la moto, pues se me hace imposible. Creo que una de las ruedas debe estar enquistada en una especie de hoyo pequeño. Insisto e insisto tironeando con mis manos, linterna en boca (pues a esas horas intempestivas ni la luz se ha despertado todavía), pero nada. La moto ha decidido quedarse.

Hasta que cede un poco y consigo sacarla. Bien, ahora sólo queda girar la llave a «on», apretar el freno, poner primera, encender la luz y arrancar… y arrancar… y arran… arra… a…

No arranca.

Así que decido mirar en derredor por si encontrara el culpable de la detención del vehículo. Me despisto de tal manera que CAPUM, la moto se cae. Así que de nuevo linterna en boca intento levantar la moto que pesa mil demonios. Me pongo en una postura, en otra, desde un lado, desde el otro, sudo, babeo por la linterna, tiro, cambio de sitio, vuelvo a tirar y sigo sudando y babeando y sudando. Hasta que la impotencia y la desesperación comienzan a llamar con un picor en la garganta y una acuosidad lacrimal tal que decido hacer justo lo que intenté evitar durante mi búsqueda de la leche: despertar a Miguel.

Eh… ¿sí? … ¿qué pasa? hmm… sí… ya voy.

Llega un somnoliento Miguel con su metro noventa y ¡pluf! levanta la moto como si de una pluma se tratara, sin ningún esfuerzo y en cuestión de cinco segundos, y yo maldigo mi fuerza de peo.

Diez minutos de atraso… doy las gracias, dejo a Miguel con la moto a ver si la hace arrancar y me voy al trabajo linterna en mano. Ya que iba a llegar tarde, que fuera lo menos tarde posible.

 

Como trabajamos con vacas que, como todo ser viviente, defecan, nuestra indumentaria laboral se compone de varias piezas para proteger el cuerpo del agua y los excrementos. La primera capa son calcetines, leggins y camiseta de mangas largas (opcionalmente puedes añadir una chaquetita si hace frío). La segunda capa de ropa se compone de otros calcetines más gordos con botas de agua, un mono granjero style y un chaquetón impermeables. Éstas prendas son las que tienes en casa, la capa final de ropa te la pones en el trabajo, y consta de unas mangas impermeables, un enorme delantal y unos guantes de látex.

 

Y esto no sería una crónica de un mal día de trabajo si no fuera porque las mangas impermeables estaban mojadas en la zona de las muñecas. Intenté buscar otras que estuvieran secas, pero no eran de mi talla. Así que hice la peor decisión del mundo: primé talla antes que sequedad. Y claro, pasó lo que pasó.

 

Al entrar a trabajar a las cuatro de la madrugada siempre hace frío, y uno no sabe cómo de fresco o caluroso va a ser el día hasta bien entrada la mañana. Y no, en Nueva Zelanda no sirve mirar el día antes el Tiempo: siempre fallan. SIEMPRE (si hay un meteorólogo en paro en la sala por favor que se mude a Nueva Zelanda, gracias). Así que volví a cometer un segundo error: pensar que sería un día caluroso por haberlo sido el día anterior. Así que no me puse mi chaquetita.

 

Al principio se me mojaron las mangas de la camiseta de mangas largas que llevaba debajo, pero no le di importancia. Sin embargo, a medida que pasaban las horas, iba notando cómo se me iban humedeciendo más las muñecas, el antebrazo, el codo… e iba amaneciendo pero el sol no se dejaba asomar. Y yo iba teniendo cada vez más y más frío. No podía comprender qué estaba pasando para tener ambos brazos mojados. ¿De verdad una manga puede mojar tanto? Temblaba de frío, me dolían los músculos de tenerlos agarrotados, y hasta comencé a notar la humedad en mis costillas y en los pechos (no uso sujetador), y yo ya no sabía si era cosa de mi imaginación o me estaba mojando realmente. Y llegué a tener tanto frío y a sentirme tan mojada que sólo quería llorar y no paraba de pensar en quién me había mandado a irme tan lejos, por qué mierda querría yo una WHV seré tonta debería haberme quedado y haber solicitado una beca unas practicas profesionales lo que fuera pero como mucho dentro de Europa y en una oficina calentita oggg Marta ¿por qué eres tan inconformista? Siempre tan ambiciosa quires más quieres libertad pues ea toma libertad muérete de frío mientras haces un trabajo durísimo (es duro de verdad), lista, que eres mu’ lista.

 

Seguramente estaréis pensando «será tonta, ¡pero si tiene una chaqueta, que se la ponga!». No es tan fácil cuando toda tu ropa está llena de caca de vaca y tienes varias capas y no puedes desatender tu trabajo. Así que tocó apechugar.

 

Estaba yo pensando en lo a gusto que estaría en una oficina con calefacción cuando CAPUM, toma coz bovina en mi muñeca. Vi las estrellas. De verdad, no le deseo a nadie que una vaca le de una coz, porque duele lo que no está escrito. Y una parte de mi trabajo consiste en coger las cups que ordeñan a las vacas y ponérselas/quitárselas con movimientos de muñeca. Así que tocó apechugar de nuevo más dolorida y mojada si cabía. Work is work.

 

Veo la luz cuando todas las vacas han sido ordeñadas y sólo queda limpiar para volver a casa. Pero como esto es un mal día de trabajo, no uno regular, ocurrió que di dos pasos y PUM pisé sin querer una manguera y se desató el caos. El cabezal de la manguera se salió y ésta comenzó a moverse como si de una serpiente se tratara, arriba y abajo y un lado y otro mientras no paraba de echar agua y mojándolo todo y no había manera de cogerlo porque era súper escurridiza y había al lado una vaca que comenzó -literalmente- a cagarse del miedo y yo intentaba coger la manguera, nada; intentaba encontrar el grifo de la manguera (ya que el cabezal por donde se corta el agua se había separado) y nada. Hasta que vino un compañero de trabajo a ayudarme y cortó el agua.

 

Resultado: una Marta con el pelo, la cara y toda la espalda (la única parte impermeablemente no cubierta) chorreando. Estaba calada y notaba cómo el frío se apoderaba de mis huesos. Miro el reloj y todavía quedaba UNA HORA para acabar mi jornada laboral. Así que, derrotada, me puse a limpiar.

 

Son las diez, acaba mi turno y comienza el de Miguel, quien me ayuda a ponerme las dos chaquetas porque yo estaba literalmente helada. El hecho de mover los dedos era una hazaña dolorosa. Ya abrigada, vuelvo a casa por un camino digno de Silent Hill: todo gris, frío y nublado. Cuando el día anterior había dado las gracias por tener una gorra con la que combatir el fuerte sol. Así es Nueva Zelanda…

 

Llego a casa y en el patio comienzo a quitarme la ropa, que a veces se complica por las botas y el mono. Tengo ganas de hacer pipí. La ropa no se quita. Las ganas aumentan. Me deshago de la ropa. Corro hacia el servicio y sólo meo la mitad en el wáter. La otra mitad me la he meado encima, tal y como me ocurrió en otro mal día de trabajo.

 

Sentada en el wáter, con las bragas, los leggins y los calcetines miccionados, la espalda mojada y la muñeca dolorida, sólo pude pensar «esto no puede ir peor». Y me fui directa a la ducha.

 

Llevaba varias horas soñando con el momento de llegar a la ducha y ponerme bajo un chorro de agua calentita. Pero había un detalle que no había tenido en cuenta: estaba helada. Por lo que el contraste con el agua de la ducha me hacía muchísimo daño en varias zonas de mi cuerpo: el agua templada para mis muslos era agua fresca y para mis manos o pies era agua hirviendo. No sabía qué hacer más que ducharme con agua tibia para no quemarme las zonas más frías. Adiós a mi ducha con agua caliente.

(aunque he de confesar que al tiempo mi termostato corporal se reguló y pude disfrutar un rato de ducha calentita revitalizante).

 

Y aquí estoy, en la cama hecha un rollo de kebab de mantas comiéndome un Kit-Kat mientras escribo estas líneas. Mejor desahogarme escribiendo que llorando descolodamente, ¿verdad? 😜

Marta Diarra Lampi

¿Has tenido alguna vez un mal día de trabajo, de universidad o, simplemente, un mal día; de esos que piensas «de aquí ya sólo puede ir a mejor» y va y empeora? Si es así (¡seguro que sí!) te invito a compartirlo en los comentarios. Así podremos apoyarnos los unos a los otros y hacer menos amargos y más divertidos los días de mierda 💩💩💩

 

Crónica de un vuelo casi perdido

Miguel, hoy no volamos…

 

Os pongo en situación: imagináos a dos tiernos veinteañeros (bueno, una más veinteañera que el otro (ejemejem, cof cof, codazo codazo). Comienzo de nuevo: imagináos a dos tiernos jóvenes en un aeropuerto, cada uno con una maleta y una mochila cargadas de ilusiones, con los ojos pletóricos de emoción y una sonrisa tan brillante que hasta puede escucharse el clinnnn del brillito.

Pues esos éramos Miguel y yo antes de hacer el check-in de nuestro equipaje. Más bien, esos éramos nosotros antes de que se desatara la súpertragedia (tragedia por sí sola me parecía poquita cosa para lo que viví).

 

Todo fue bien al comienzo. Billetes por favor, ajá, sí, ponga su maleta ahí, perfecto, etiqueta por allí, maleta por allá, jiji, jajá, venga que nos vamos… pues no. Todo eran risas hasta que nos pidieron el pasaporte.

 

Señora de Iberia (POR QUÉ tuvo que ser de Iberia si yo no volaba con esa aerolínea??????): ehm… no tenéis visado para China, ¿verdad?

Nosotros: ah no, es que se puede solicitar on arrival.

Señora de Iberia: pero no podéis viajar a China si no tenéis visado chino.

Nosotros: yaaa, pero que se puede sacar on arrival, una vez cuando llegas, en el propio aeropuerto.

Estúpida de Iberia, digo… señora: pero yo no les puedo dejar volar si no tienen visado chino. Sin visado, les van a devolver y a mí me van a sancionar.

Nosotros perdiendo la paciencia: ya, pero existe un visado que puedes solicitar en el propio aeropuerto de Shanghái si pretendes quedarte menos de 24h (para saber más de él pincha aquí), y nosotros sólo vamos a estar 16h.

[Relee esta conversación como tres veces mas y ve al paso siguiente:]

Señora de Iberia: voy a hablar con vetetúasaberquién.

 

Total, que nos quedamos esperando con el corazón cogido en el pecho. Cuando vuelve la señora de Iberia nos comunica que sin visado no se viaja a China, que ella no puede hacer nada y que no va a arriesgarse a que la sancionen enviando a gente sin visado AUNQUE LE DIJÉRAMOS VEINTE VECES QUE SE PUEDE PEDIR UNA VISA ON ARRIVAL.

Y cundió el pánico.

Y yo le lancé la mirada más sincera del mundo a mi compi de vida y le dije: Miguel, hoy no volamos…

 

Mientras todo el cotarro ocurría, había un guardia de seguridad algo cotilla (¡benditos cotillas!) que tenía puesto el oído en nosotros. Yo andaba nerviosa repitiendo sin cansancio «mira que llamé a la aerolínea dos veces, DOS VECES para preguntar lo del visado y ahora me vienen con estas, DOS VECES que llamé, DOS VECES, se van a cagar». Recuerdo el silencio sepulcral de mis familiares, todos estaban estupefactos; menos mi madre, que parecía que estaba enferma por la cara de preocupación que llevaba encima. Y mientras nos dirigíamos a la oficina (?) de Aeroflot (nuestra compañía), vino el guardia de seguridad, espera, que repito: G U A R D I A  D E   S E G U R I D A D (necesito recalcarlo) a preguntarnos por la movida. Y nos acompañó a hablar con un tipo que sólo vendía billetes de la compañía aérea.

 

Mientras Miguel hablaba con el vendedor de billetes (?) yo me aparté para llamar al comparador de vuelos al que habíamos comprado los billetes. «Oh-oh, actualmente sólo tienen disponible personal de habla inglesa… Shit». Llamo al número inglés y me toca  responder con el teclado numérico las preguntas de un contestador automático horrible, y después espero una eternidad a que me atiendan mientras escucho la típica musiquita de ascensor que hace que te den ganas de arrancarte los oídos y la vida.

Hello, It’s John here, what’s your problem?

 

Y aquí fue cuando digievolucioné, encontré las bolas de dragón, destruí los horrocruxes y llegué a una especie de nirvana con halo alrededor mía incluido, todo a la vez, y de repente me convertí en inglesa nativa por unos momentos, y hablé el mejor inglés que he hablado en toda mi vida y que hasta el momento nunca jamás se ha vuelto a repetir. Yo creo que fue cosa de la necesidad, me dije «Marta, o solucionas esto AHORA o no te vas, así de claro; así que empieza a hablar bien en inglés para explicarle el problema a este señor o te quedas en tierra, tú sabrás».

Y expliqué perfectamente, es más, MUY perfectamente todo el problema, y cuando John comenzó a responderme para ver qué hacer, toda mi familia comienza desde la lejanía (já, «lejanía», serían unos metros na más) a levantarme el dedo pulgar y a decir como que ya está solucionado.

Oh sorry John they are telling me that I was right and they was wrong, John they was wrong!!! I have to make the check-in thanks byeeeeeee!

Wow haha good, grrrasias (así tal cual, me dio las gracias él a mí jaja).

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Lo que voy a relatar a continuación es lo que ocurrió -en teoría- paralelamente a mi conversación telefónica. Evidentemente yo no estaba presente en estos hechos, así que los transcribo tal cual me los contaron, suuuuuuuper fiel:

Guardia de seguridad al vendedor de billetes: oye, que resulta que estos chavales vuelan a China sin visado porque dicen que lo pueden sacar allí, y la estúpida de Iberia no los deja volar. ¿Qué hacemos?

Vendedor de billetes: a mí no me preguntes, sólo soy un vendedor de billetes, jijijí-jijijí

Guardia de seguridad: ya tío… y yo soy un guardia de seguridad que no tiene NADA que ver con esto ni forma parte PARA NADA de mi trabajo pero soy un cielo de persona y he venido a salvarle el culo a estos chavales.

Vendedor de billetes: bueno, podría llamar a la aerolínea a ver qué me dicen.

… después de interminables minutos …

Vendedor de billetes: he hablado con Dimitri, que es como el jefe supremo de la erolínea, y dice que sí que se puede pedir un visado on arrival, y que estos chicos pueden quedarse hasta SEIS DÍAS en el país.

Y mi familia a lo lejos me levanta el pulgar.

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Comienza la carrera hacia la zona del check-in, el guardia le cuenta la movida a una responsable diferente, check-ineamos (?) nuestras maletas, le digo al guardia de seguridad (que se llama Jonatan) que es nuestro ángel de la guardia, me despido de mi familia y a volar.

 

Os juro que pasaron horas del suceso y mi angustia no se aminoró de lo mal que lo había pasado. Lo más curioso es que mi llamada telefónica sólo duró 16 minutos. DIECISÉIS. Lo que yo viví como una eternidad sólo fue cuestión de un cuarto de hora. Un cuarto de hora en el que veía cómo mis sueños se hacían trizas y no veía momento para incendiar todo el aeropuerto de Málaga y destruir a Iberia y comerme la cabeza de la señorita inepta que no tiene corazón para dejar a dos jóvenes ilusos en tierra con sus maletitas y sus caritas de perrito abandonado AAAAAARRRGHHHH QUÉ MUJER!!!!

 

Uf…

Como sabéis (y si no, os quito la duda ya) finalmente volamos. Aunque en China CASI volvemos a tener un problema con la entrada al país jaja, pero eso lo explico aquí, que este es mu’ largo. Sólo os digo que lo ángeles de la guarda existen 😉

Ah, y si quieres saber qué hicimos/vimos por Shanghái, no te pierdas este post.