Mi vida en el desierto australiano

Estoy en el momento más tranquilo de mi vida.

Fíjate que en Nueva Zelanda no paré quieta. Durante los catorce meses no dejé de viajar ni un momento. Y cuando estaba “asentada” salía a explorar en casi todos mis días libres. Y entrecomillo “asentada” porque el máximo de tiempo que estuve viviendo en un mismo lugar fueron tres meses. Es decir, me mudaba de un sitio a otro en menos de 90 días. No podía aguantarme las ganas de viajar.

Y ahora pretendo quedarme seis meses en el mismo lugar.

Porque en Australia esta Work and Holiday la estoy viviendo de un modo totalmente diferente. Ahora mismo llevo dos meses y poco en una comunidad en el medio del desierto. En un «pueblo» de unos mil habitantes, probablemente el 80% de ellos aborígenes. Y como no tengo coche, desde que llegué aquí sólo he salido una vez (a 20min de distancia). ¿Os imagináis no salir durante meses de, por ejemplo, vuestro barrio? Yo sí, porque no tengo ninguna necesidad de salir. A pesar de que aquí no hay grandes entretenimientos. Es más, por poder, no te puedes ni tomar una cerverza porque el alcohol está baneado (tampoco me importa, no me gusta la cerverza) ((siii odiadme birra-lovers!!!)).

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Las calles de Fitzroy Crossing

En cuanto al trabajo, lo hago seis días a la semana en la cocina de una gasolinera que, aunque es verdad que a veces es estresante, no es muy duro. Y cuatro días a la semana trabajo en un supermercado. Los días que combino ambos, hago 12h de trabajo al día.

Los momentos que más disfruto es cuando me despierto temprano y me voy a mi terraza –porque mi habitación tiene terraza propia– a escribir, a leer, a ver alguna serie o película o documental. Ese, es mi momento favorito del día.

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Porque aquí siempre hay luz. Vivir en el desierto significa que siempre hace calor. Nunca baja de 35º y casi siempre veo el termómetro alrededor de los 40º. Nunca está nublado y rara vez llueve por el día. Y eso que estamos en rainy season, por eso hay tormentas eléctricas casi todas las noches. Algunas de ellas son verdaderamente fabulosas.

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Porque aquí no hay edificios, ni ruido, ni contaminación. Aquí sólo escuchas a los pájaros piar o a los sapos croar. Ah, y las águilas. Decenas de águilas que surcan los cielos. Siempre que las escucho (¿cantar? ¿piar? ¿aguilear?) me da la sensación de estar metida en una película del lejano oeste. Bueno, es que estoy viviendo en la costa oeste australiana.

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Águilas en el tendido eléctrico

Lo bonito de vivir en un lugar sin edificios es que tienes el horizonte casi a ras del suelo o el cielo, libre. Lo que significa que cuando hay un atardecer bonito, lo inunda todo y lo ves completo.

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Estos son las casas más altas, de dos pisos.

Además, tengo dos mascotas adoptivas. Una es un gatete que viene a visitarnos a la gasolinera en días aleatorios y es un amor. Pero el otro es una rana verde verde que sospecho vive en una tubería, porque a veces la escucho croar y el sonido que se crea, engrandecido por el tubo, es espectacular.

https://www.instagram.com/p/BvOx9Ergt0W/

Lo que me gusta de la rana es que siempre la encuentro, más o menos, a la misma hora en el mismo lugar: la hora en la que terminamos de trabajar cerca de la puerta de salida. Siempre que la veo, le saco una foto. A veces me gusta pensar que se pone ahí por lo mismo que le saco fotos: quizás le parezca curioso que el mismo grupo de humanos pase a la vez por el mismo sitio a la misma hora todos los días.

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Así que mi rutina es levantarme, trabajar a veces 12 horas o tener unas horillas libres para mí e ir a la gasolinera; volver a casa, hablar con mis compañeros de piso, ver un capítulo de «The Big Bang Theory» y a dormir. Los días libre quizás escribo, quizás leo, quizás voy a la piscina… según.

Tengo la vida más tranquila y aburrida del mundo, y no la cambiaría ahora mismo. Quizás menos horas de trabajo sí, pero estoy feliz aquí donde estoy. Como diría un amigo gallego: «felizmente cansada».

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Tenemos piscina pública gratuita

Esto me demuestra que somos cambio constante, que mutamos. Que la Marta de hace un año no es la misma de ahora. Hace un año esto se me habría hecho insufrible, mientras que ahora es placentero. Por eso es importante conocerse bien a uno mismo, para poder estar en el momento adecuado en el sitio adecuado haciendo aquello que se adecúe mejor para hacernos feliz.

Y yo por suerte me conozco muy bien.

 

P.D: durante el mes de marzo realicé un proyectillo fotográfico en el que saqué una fotografía al día de, básicamente, mí trabajando. Pincha aquí si quieres echarle un vistazo 😊

Mi plan viajero-vital 2.0

¿Sabéis de esas veces que estáis viendo una cosa determinada que te lleva a otra, y a  otra, y a otra hasta el punto de que acabas haciendo algo que no tenía nada que ver con la actividad inicial?

Pues así es como he acabado releyendo y reflexionando sobre el primer post de este blog.

Todo empezó con la publicación en mi Facebook personal de un proyecto fotográfico que realicé durante el mes de marzo (si quieres verlo, pincha aquí). El caso es que me puse a revisar todo el proyecto y como me pareció corto, decidí revisionar de principio a fin otro proyecto fotográfico del año pasado, en el que hice una fotografía al día (aquí). El caso es que en una fotografía de julio hay un enlace a un post mío, que es el que escribí como despedida a Ohakune, el pueblo donde viví por tres meses en el medio de la isla norte de Nueva Zelanda.

Y claro, entré y ese post me redirigió a otro, y a otro, y a otro… hasta llegar al primero que publiqué en el blog. Y ahí me detuve. Porque me di cuenta de una cosa: ese es un post potente. Potentísimo. Y han tenido que pasar como dos años para darme cuenta de ello.

Ese post es muy potente porque tiene decisión. En aquel entonces, en diciembre de 2016, Miguel y yo vivíamos en Málaga y no teníamos ni un duro. Literal. En diciembre de 2016 no sólo no sabía si llegaría a tener el dinero suficiente ni para comprarme un billete de avión, es que ni siquiera sabía si conseguiría la visa de Nueva Zelanda. Sin visa, se desmorona el plan, no hay nada que hacer.

Ese primer post es potente porque sentencio firmemente que

«yo quiero dar la vuelta al mundo. Vivir viajando.

Y mi primer destino será Nueva Zelanda.»

¿Cómo podía yo afirmar tan rotundamente algo tan grande? Sin visa, sin dinero y hasta sin los estudios acabados. ¿Qué pasa si suspendía alguna asignatura que tuviera que repetir?

Ese primer post es toda una declaración de intenciones tanto hacia mí como hacia el mundo entero. Estaba gritando que sabía lo que quería y que estaba decidida a conseguirlo. Ni siquiera existía un Plan B, no había nada de «bueno, si no lo consigo puedo hacer X». No, no lo había porque no concebía no alcanzar mis metas.

 

Por eso hoy tengo ganas de escribir otra vez, porque me siento orgullosa. De mí y de todo lo que he conseguido. Por cómo soy, por soñar fuerte y por trabajar aun más fuerte para cumplir mis locas onirias.

Y por eso hoy también quiero repasar aquel post que escribí un 26 de febrero de 2017 en el que ponía en palabras el plan de vida de viaje que me gustaría tener, para ver y analizar qué cosas he alcanzado y qué no. Así que allá voy.

 

En febrero de 2017 escribía que quería…

1º: Salir de España a Nueva Zelanda con una Working Holiday Visa. Estar allí de 12 a 15 meses. Solicitar una WHV para Australia.

¡Conseguido! El 16 de octubre de 2017 me monté en cuatro aviones y 56h después aterricé en Aotearoa, el país de la gran nube blanca, donde viví unos maravillosos 14 meses. Ese año, además, conseguí la visa para Australia 😃

2º: Con el dinero ahorrado en Nueva Zelanda, hacer un viaje por el sudeste asiático de seis meses aproximadamente. Según el ritmo que llevemos -probablemente lento- nos dará tiempo a visitar más o menos países. Pero la ruta “ideal” sería Indonesia, Filipinas, Vietnam y Tailandia, ya que no daría tiempo a más. Y desde Tailandia, volar a Australia.

JAJAJAJAJA no te lo crees ni tú, maja. Con lo que yo no había contado en este plan viajero-vital es con los costos de la visa australiana. Entre los papeleos, el costo de ir mil veces a la embajada de Wellington, el costo de la visa en sí, el costo del examen de inglés, el costo de los biométricos y el costo de la gasolina para ir a todos estos sitios, los seis meses por el sudeste asiático se redujeron a uno.

Bueno, al menos un punto sí que lo cumplí: volé desde Tailandia a Australia.

3º: Pasar un año (o dos) en Australia. Al terminar la visa, con el dinero ahorrado ir en barco a Argentina.

Bueno, ahora mismo sólo llevo tres meses en Australia, así que no sé si se cumplirá este tercer punto o no. Por lo pronto, lo dudo mucho porque es algo que ya no quiero.

Uno de mis mayores sueños es recorrer Sudamérica y Centroamérica, pero con lo que tampoco contaba en aquellos días es que una visita a las Islas Cook y vivir en Nueva Zelanda me harían enamorarme de la cultura Polinesia, por lo que ahora mi sueño sudamericano combate con el de viajar por las Islas del Pacífico Sur.

Lo que sí que planeo ahora es quedarme en Australia dos años y muy probablemente un tercero (ahora que la visa lo permite) para poder unir mi sueño Pacífico con el Sudamericano en un mismo viaje: viajar por las islas del Pacífico Sur y entrar en Sudamérica a través de la Isla de Pascua y ya allí recorrer el continente.

4º: ¡Por fin en Sudamérica, mi mayor sueño! ❤ Una vez en Argentina, lo ideal sería probar suerte por si pudiéramos llegar a la Antártida, que queda “cerquita” 😜Y ya de ahí hacer un recorrido por toda Sudamérica (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, las Guayanas y Suriman), hasta llegar a Centroamérica y México. De ahí solicitar de nuevo una WHV a…

Sigue siendo mi sueño, pero va a tener que esperar un poquito más.

5º: …Canadá, y pasar allí un año para recuperar algo de dinero y volver a Europa (pasando por Groenlandia).

Uf, no sé yo. Como la WHV de Canadá es hasta los 35 años, ahora me planteo «aplazarla» un poco más para hacer antes otras cosas, como la WHV de Japón, por ejemplo.

6º: El primer destino europeo sería España para visitar (tras un lapso de… ¿cinco o seis años? 😱) a la familia y amigos. Y después partir por una ruta a través de Europa hasta llegar a Finlandia, donde me gustaría pasar un año.

JAJAJAJAJAJAAAAA X10000, que te creías tú que aguantarías cinco o seis años sin ver a tu familia y amigos, ya, claro. Por lo pronto ya tengo un billete comprado para agosto de 2019 para pasar un mes y medio en España. O sea, que sólo has aguantado dos añitos, guapi.

De todos modos ha sido bonito descubrir que soy mucho más apegada de lo que pensaba. Al final va a resultar que tengo sentimientos 😜

La ruta de Europa me encantaría, la verdad. Y también me gustaría vivir en Finlandia (es más, hay un Máster de dos años en Helsinki que me encantaría estudiar). Pero nope, todavía no.

7º: Al término del año finés, lo ideal sería cruzar Rusia con el Transmongoliano, hasta llegar a Mongolia o China. De ahí pasar a Japón, Corea del Sur, Laos, Myanmar, Nepal y estar una larga temporada en la India. No tengo muy claro qué haré con los países de alrededor, ya que no sé cómo será su situación política para aquellos años, pero me gustaría llegar a…

Me sigue pareciendo un plan de putísima madre que me encantaría realizar algún día.

8º: …Turquía, y de ahí dar un salto al continente africano.

Sí y no. Últimamente tengo TANTAS ganas de conocer más África que creo que va a ser de los primeros viajes que haré, no el último. Tengo más interés en viajar primero por África que por Asia, si soy sincera.

La verdad es que no voy en mal camino. Más o menos he cumplido mis previsiones a dos años vista, con sus más y sus menos. Y me encanta ver que mis gustos y sueños han cambiado, que yo he mutado, conocido y crecido más. Aunque ahora me encuentro mucho más confusa para con mi plan de vida viajero.

Ahora mismo, a 3 de abril de 2019, estoy trabajando en Fitzroy Crossing. Aquí me quedaré hasta finales de julio. En agosto iré a España y a mitad de septiembre volveré a Australia. De ahí en adelante, no tengo planes.

A veces me apetece coger e iniciar en 2020 una vuelta al mundo. A veces me apetece comprarme un coche y recorrer Australia sin prisa. Y a veces hasta me apetece ir a Barcelona a estudiar el máster de documental creativo que tanto me interesa.

No sé.

No sé qué pasará ni qué haré. Lo único que sé con una certeza feroz es que, en el momento que sepa lo que quiero, lo tendré.

Es una autopromesa.

 

P.D: sigo amando la canción de la postdata del viejo plan viajero-vital ❤ 

Bangkok vs. Marta: primer asalto

Noté cómo la sangré se acumuló en cuestión de microsegundos en una zona concreta de mi piel para luego, aún más rápido, dejar paso a un dolor intenso y candente que incendió mi mejilla derecha de tal modo que no pude sostener el torrente de lágrimas que mis ojos pretendían bloquear con un dique de falso orgullo.

En ese preciso instante comprendí que la decepción me había hostiado la cara con todas sus fuerzas.

Porque así me sentía, en un ring de boxeo.

Damas y caballeros, agárrense bien fuerte a sus asientos porque el combate que van a presenciar hoy será recordado ya no por sus hijos, ni por sus nietos, sino que hasta sus bisnietos hablarán de él: de cómo una joven principiante decidió enfrentarse a uno de los grandes del muay thai. Damas y caballeros, let’s get ready to rumble!

En la esquina inferior izquierda, con su metro sesenta de altura y con 0 años de experiencia como mochilera, encontramos a una Marta de 23 tiernos añitos y seis países a sus espaldas. Y en la esquina superior derecha tenemos a Bangkok, con sus diez millones de habitantes, sus sensaciones térmicas de 42º en invierno, su olor a suciedad y alcantarilla constantes, sus timos y su circulación temeraria.

Recordemos, queridos espectadores, que Bangkok tiene un récord de peleas ganadas y cero derrotas por la vía del K.O. ¡Comencemos!

Bangkok se prepara y calienta sus músculos para el combate sin quitarle el ojo de encima a su contrincante. Choca los puños, lanza golpes al aire, da saltitos rápidos en un juego de pies, esquiva golpes imaginarios, contraataca. Wow, ¡qué mirada, qué movimientos, qué agilidad! Se lee a través de sus ojos que no tendrá piedad con ella. 

Mientras… ehm, bueno… Marta está sentada en una silla… balanceando sus pies colgantes… mientras se come una piruleta. Su mirada está más bien dirigida hacia Babia. Sospechamos que no tiene ni idea de lo que se le avecina.

 

Cuando me recuerdo en mis primeros días en Bangkok, me visiono a mí misma como una Dora la Exploradora de la vida, como un personaje inocente, infantil y positiva –que no estresada- ante las adversidades. Y a Bangkok lo recuerdo como un Godzila rugiente escupefuegosrayosláseroculares. David y Goliat. Marta y Bangkok.

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Bangkok y yo.

Cada vez que la ciudad me cruzaba con un amable tailandés que detrás de la falsa ayuda aguardaba un timo, yo respondía con un “bueno, es lo que hay, habrá que acostumbrarse”. Y cuando me lanzaba una bola de humo de pura contaminación hacia mi sistema respiratorio, yo respondía con un “bueno, es lo que hay, habrá que acostumbrarse”. Y cuando lo que hacía era marearme con su ola de calor, ya podéis imaginar lo que seguí predicando. También lo hice cuando los taxis me cobraron muuuucho más de lo que correspondía, cuando me perseguían y asaltaban para coger tuk-tuks, cuando una noche me dio diarrea por comer una comida cuya salsa tenía un sabor sospechoso, cuando en un hotel me querían cobrar más de la cuenta, cuando se rompió una rueda de mi maleta en el horrible asfalto o cuando esperé bajo un sol abrasador a un autobús que nunca llegó.

Pero la gota que colmó mis ojos me golpeó en la estación de trenes de Bangkok.

 

Suenan las campanas y el combate comienza. El público está eufórico, hasta los asientos tiemblan por sus rugidos. Oh, un momento, ¿qué es eso? Hay tanto humo en la sala que Marta parece que no ve bien. Se mueve por el cuadrilátero como un zombie: con los brazos extendidos hacia ningún lugar. Creo que le están lagrimeando los ojos. Me da a mi que va a pillar una conjuntivitis –y la pillé-. La desorientación de Marta crece aun más cuando miles de espectadores le hablan a la vez desde distintos puntos para venderle cosas: tuk tuk, lady? Massage? Tuk tuk, taxi, taxi. cheap, ping-pong show, suit, massage? lady, lady, LADY MASSAGE? TUK TUK? Marta no ve nada y no sabe hacia dónde dirigir su atención yOH DIOS MÍO, aprovechando la desorientación, Bangkok da el primer paso con un combo de movimientos gancho hacia el hígado y luego a la mandíbula y ahora da un golpe bajo (-Pero señor réferi, ¿esto no es ilegal en el boxeo? -Da igual, ¡es Bangkok! :D) gancho en las costillas izquierda derecha izquierda arriba a la frente puño nariz sangre y…

 

Todo negro.

 10… 9… 8… 7… 6… 5… 4… 3… 2… 1…

 Knock-out.

 Bangkok ha derribado a su oponente. Marta está incapacitada para reincorporarse a la pelea.

Bangkok gana.

 

El momento en el que me vi en la estación de trenes con una maleta rota, una mochila de 50L y otra de 70L y con dos mochilas pequeñas, una de ellas de 7kg aproximados; con la imposibilidad de dejar la maleta rota en las taquillas de la estación porque (oh, sorpresa) resulta que “justo” cuando nosotros queremos hacer uso de ellas el precio se triplica, solo que no habían actualizado el cartelito de precios (oh, sí, vaya, muy casual); en ese mismo momento me golpearon el calor, el tráfico, la gente, el picante, la frustración, los timos, la señora que me persigue con una rana de madera que hace cri-cri-cri, los vendedores y el ser vista como un saco de billetes con patas.

En ese mismo instante, mi cuerpo no pudo aguantar más y me quebré y lloré todo lo que había intentado combatir con positivismo.

 

Y, derrotada, con las pocas fuerzas que me quedaban, me arrastré hacia el tren 13, vagón 2, asiento-cama número 33 que me llevaría hasta la otra punta del país.

I’m back!

Ya mismo hago dos meses en Australia (y tres que no escribes en el blog, chata) ((no nos desviemos, anda)).

Ay, empiezo de nuevo:

Ya mismo hago dos meses en Australia y desde hace un tiempo siento que tengo mucho que escribir. Quiero terminar de escribir los diarios de viaje de Tailandia y publicar los que ya lo están, quiero compartir reflexiones, pensamientos y alguna que otra vivencia. Pero para ello siento que debo poner un poco en contexto. O sea, no sé si es eso realmente, pero siento que está feo eso de desaparecer y dejar a alguien (el blog) tirado para luego reaparecer al cabo de los meses fingiendo que no ha pasado nada.

Eso está feo.

Mínimo, le debo una explicación ya no sé si al blog, a mí o a los posibles lectores que tenga. Y explicación no tengo ninguna más allá que la de que no me apetecía escribir, ni aquí ni en Instagram. Y como no me apetecía, pues no lo hice. ¿Para qué forzarnos a hacer algo que no queremos? Yo ya aprendí hace mucho tiempo que ese no era el camino…

Pero ahora sí me siento con ganas –y energía- para volver (cibernéticamente, físicamente nunca me fui) ((o sí. Quizás fui abducida y no me di cuenta???)) (((ay ya, para, loca))).

Lo que estoy intentando decir es que antes de retomar el blog, me parece justo contar qué pasó entre el 4 de diciembre de 2018 y hoy, 20 de febrero de 2019:

  • El cuatro de diciembre nos despedimos de Nueva Zelanda después de haber vivido en ella catorce meses y pusimos rumbo a Tailandia.
  • Bangkok fue todo un desafío para mí. El comienzo de mi viaje por Tailandia se me hizo durillo, pero a medida que fui comprendiendo el país, fui encontrando mi lugar en él y comencé a disfrutar.
  • A las dos semanas de explorar Tailandia, mi madre se nos unió al viaje. Cabe destacar que hacía más de un año que no la veía y que a sus cincuenta y ocho años, ese era ya no su primer viaje de mochilera, sino su primer gran viaje en general.
  • Miguel, mi madre y yo, juntos los tres, pasamos otras dos semanas recorriendo el país. Nos lo pasamos tan bien que ahora mismo escribo con una sonrisa en mis labios 🙂
  • El 30 de diciembre nos despedimos de mi madre, el 31 celebramos año nuevo en Bangkok, el 1 cogimos un avión y el 2 de enero de 2019 aterrizamos en Sydney.
  • En Sydney cuidamos a dos perritos durante diez días, luego nos fuimos a Melbourne en coche de alquiler a cuidar de dos gatos por otros diez días.
  • Mientras, encontramos trabajo en una gasolinera en el medio de la nada, más concretamente en el outback, en el estado de Western Australia, a un pueblo que es comunidad aborigen.
  • Dos aviones y un autobús de seis horas después, llegamos a Fitzroy Crossing, el lugar que sería nuestro hogar por seis meses y en el que ya llevamos uno.

Este es el resumen de lo vivido en los últimos tres meses. Aunque me dejo atrás lo que importa de verdad: los que pasa por dentro, en la cabeza y el corazón (y en mis nervios, pa’ qué engañarnos). Y quiero que este post sea mi pistoletazo de salida para escribir y publicar todo lo que quiero escribir y publicar.

Así que me autobienvenideo (?) a mí misma a mi blog. Vosotras ya sabéis que sois más que bienvenidas 🙂

See you soon!

Resumen de mi añazo en Nueva Zelanda

Un año en Nueva Zelanda.

Todavía recuerdo una conversación que tuve con Lorena, una chica española que estaba viajando sólo ida por seis meses, cuyos caminos se cruzaron con los míos para convertirnos en amigas; una conversación que se dio cuando llevaba menos de cuatro meses en el país.

  • No creo que pueda soportar estar un año en Nueva Zelanda. Es demasiado –sentencié.

Quién me ha visto y quién me ve. Que no sólo he llegado al año, sino que encima extendí mi visa, y me quedé un par de meses más. Cuánto menosprecié sin darme cuenta a este maravilloso país, del que todavía me quedan asuntos pendientes por hacer (lo que me lleva a tener obligatoriamente una segunda visita).

Ha sido un año de extremos: de extrema felicidad y libertad pero también de extremo llanto y tristeza. Porque ya me lo escribí en una carta antes de venir: cuanto más lejos estés de casa, más se intensifican los sentimientos. Y este ha sido un año de sentir(me) los 365 días del año.

CA-DA-U-NO.

Ahora me encuentro en la biblioteca de Auckland, a un día de irme del país. Pero no de vacaciones. Esta vez de verdad, para no volver… pronto.

Y desde aquí quiero hacer un post para mí, para la Marta del futuro. Porque no lo sé, pero lo intuyo: voy a echar de menos esto. Voy a echar de menos a Nueva Zelanda y a mi vida aquí. Un tipo de vida que, precisamente, por las características del país, sólo puede darse aquí.

Un post para mí para tener un refugio del corazón para cuando la memoria del cerebro me falle.

Un post para mí para volver a sentir el año tan bonito que he vivido en Nueva Zelanda.

Así que he decidido hacer una recopilación de cosas que –conociéndola como lo hago- seguro que a la Marta del futuro, la de la añoranza por tiempos pasados, le va a encantar.

Este seguramente sea un post largo e, incluso, aburrido. Así que si lo deseas tu lectura puede acabar aquí. Tranquila, no me ofenderé. Ya te dije que, esta vez, el post sería más para mí que para ti. Pero eres más que bienvenida a quedarte y a viajar virtualmente por mi resumen anual en las antípodas.

Empecemos:

 

OCTUBRE

El 19 de octubre de 2017 llegamos a Auckland después de haber cogido cuatro vuelos, viajado por 56h y haber visitado Shanghái.

Ese mes fue el de aclimatación, el de darme cuenta que Auckland no me gustaba y que si el resto del país era así, no sobreviviría. De hacer papeleos, buscar WiFi, comer barato, dormir en backpackers y de buscar trabajo y coche.

El último día del mes, en Halloween, compramos a nuestra querida Dama de Negro.

 

NOVIEMBRE

Con nuestra van recién comprada nos dirigimos a la Península de Coromandel a comenzar nuestro primer trabajo: un campo de kiwis.

Duramos una semana.

Mientras, estuvimos dando los últimos retoques de la van y buscando trabajo en granjas lecheras. Finalmente, con la excusa de un esguince que se hizo Miguel, aprovechamos el accidente para no volver nunca más a ese horrible trabajo y a los días nos cogieron en una granja.

A 1.576 kilómetros de donde estábamos.

A 22 horas de viaje.

En tres días nos recorrimos el país entero.

 

DICIEMBRE

El 10 de noviembre comenzamos a trabajar ordeñando vacas a las 4am. Noviembre y diciembre fueron meses de trabajo duro pero de mucha felicidad. Trabajábamos once días seguidos y luego teníamos tres días libres que aprovechábamos siempre para coger el coche e irnos a explorar ciudades más lejanas.

Fueron meses de verdadera Libertad.

 

ENERO

Dimos la bienvenida al año nuevo en Queenstown sin todavía ser conscientes de todo lo que nos depararía ese mes.

El cinco de enero fue nuestro último día de trabajo, y el seis de enero comenzamos la aventura de nuestras vidas. Nos recorrimos TODA la isla sur de Nueva Zelanda en 25 días viviendo en nuestra van: vimos Milford Sound, hicimos la Ruta Escénica del Sur pasando por Los Catlins y por el punto más al sur del sur de Nueva Zelanda, nos despedimos de Dunedin, nos asombramos con Tekapo, Pukaki, Twizel, Monte Cook, Tasman, también dijimos adiós a Queenstown y conocimos al glaciar Rob Roy y a Wanaka, a las Blue Pools y a los glaciares Fox y Franz Joseph; me enamoré de Hokitika y pasé miedo en Greymouth, infravaloramos –injustamente- a Christchurch, nos relajamos en Hamner Spring, nos sorprendimos con las focas y delfines de Kaikoura, nos contagiamos del “hipperío” en Takaka y nos bañamos con nostalgia en Nelson.

El 30 de enero cogimos el ferry en Picton para volver a la isla norte.

 

FEBRERO

Comenzamos el mes en Welligton, dejando atrás a la isla sur y comenzando nuestro viaje de 23 días por la isla norte.

En la capital del país nos pilló muy mal tiempo, así que nuestro días se basaron en visitas a museos, quedándome prendada por primera vez en mi vida de uno: Te Papa Museum.

Tras dejar la capital, continuamos el viaje por carretera volviendo a la Península de Coromandel, visitando una de las supuestas playas más bonitas del mundo, quemándonos los pies en Hot Water Beach con espectáculo acrobático de delfines incluido y visitando mi referencia de nuestras antípodas: Cathedral Cove. De ahí subimos a una lluviosa Northland que nos permitió disfrutarla a ratitos contados: visitamos Whangarei y sus Mermaid Pools, conocimos al Kauri Tane Mahuta, nos maravillamos con los gusanos luminosos de las Waipu Caves y sentimos paz en el punto más al norte del norte de Nueva Zelanda: Cabo Reinga.

El 15 de febrero volvimos a Auckland con billete avión a hacer un sueño realidad: Rarotonga.

Pasamos una semana en la capital de las Islas Cook. Nos enamoramos del país, lo flipamos haciendo snorkel y hasta me quemé la piel por primerísima vez en toda mi vida. Fueron unos días maravillosos.

A la vuelta estábamos tan cansados, que disfrutamos a medias de Hamilton, Hobbiton, Rotorua y Taupo. Estábamos felices de viajar pero también extremadamente cansados.

Necesitábamos un parón.

 

MARZO

El mes de marzo lo pasamos haciendo housesittings: uno en Napier y otro en Levin. Fue un mes de parón en el que descansamos, asimilamos el viaje, comprendimos que es humano necesitar una pausa y encontramos un nuevo trabajo.

Ah, también visitamos Taumata, el lugar con el nombre más largo del mundo.

 

ABRIL, MAYO Y JUNIO

El cinco de abril (día siguiente a mi cumpleaños) se acabaron nuestras vacaciones de tres meses y comenzamos a trabajar en una fábrica de zanahorias y patatas en Ohakune, un pueblo en el centro de la isla norte de Nueva Zelanda.

Fue curioso, cuando buscábamos trabajo nos negamos a volver a la isla sur. ¿Quién en su sano juicio se iría en pleno invierno a donde más frío hace?

Nosotros.

Resulta que Ohakune es de los lugares más fríos del país. Pero nosotros no lo sabíamos. Aunque eso sí, es de corazón caliente a rabiar.

Allí pasamos tres meses de altibajos: todo me hacía feliz menos mi trabajo, que desde el principio me sumergía en una tristeza profunda. Pero gracias a pasar nuestros meses allí conocimos a gente maravillosa (por fin teníamos amigos después de seis meses en NZ), conseguimos la extensión de la visa y aprobamos el examen de inglés que nos permitiría solicitar la WHV de Australia.

Con mucho cariño dejamos Ohakune para seguir con la aventura.

 

JULIO

Julio fue un mes movidito: comenzamos haciendo un housesitting en Feilding y luego en Wellington, para volver después a Feilding para trabajar en una granja familiar criando a terneritos recién nacidos.

 

AGOSTO

El trabajo en la granja nos gustaba, nuestro jefe nos gustaba, pero su mujer no. Por primera vez nos enfrentamos a una violación del contrato de trabajo: la esposa de nuestro jefe se lo quería saltar, con lo que ganaríamos mucho menos dinero del pactado.

Tuvimos que tomar una decisión: aceptar o renunciar.

Con mucho valor renunciamos y decidimos volver a la isla sur para caer en otra granja con el mismo trabajo. Todo parecía perfecto: buena localización, buen sueldo, buenos compañeros, buenas condiciones.

Pero no trataban bien a los animales.

Así que con el alma en pena por lo presenciado, abandonamos ese trabajo también.

 

SEPTIEMBRE

Septiembre fue un mes de curación.

Decidimos retirarnos del mundo en Sumner, un pueblo costero de Christchurch a cuidar de dos perritos. Estaba tan afectada por lo ocurrido en la granja que necesitaba esa desconexión. Y la tuve. Y me curé.

Me curaron la relajación y la falta de preocupaciones graves, los paseos en la playa, las excursiones por el Distrito de Mackenzie y por Christchurch, las fotografías a los impresionantes ríos azules y la ilusión por organizar un viaje a Tailandia donde me vería con mi madre tras un año.

En septiembre además vimos una aurora austral y nos hicimos veganos.

 

OCTUBRE

Los primeros días del mes fueron para despedirnos de Ragna y Rollo, nuestros compañeros de cuatro patas por todo un mes.

De nuevo volvimos a conseguir un trabajo en la otra punta del país: en Dargaville, Northland, a 1.269 kilómetros de donde estábamos. Así que, de nuevo, en tres días nos cruzamos el país entero aprovechando para visitar la República Independiente de Whangamomona y a nuestros queridos amigos de Ohakune.

El 10 de octubre empezamos a trabajar en una plantación de kumara.

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Ragna & Rollo ❤

 

NOVIEMBRE Y DICIEMBRE

Nuestros últimos meses en el país los pasamos en Dargaville, donde trabajamos tranquilos al son de la música isleña. Convivimos con doce personas e hicimos muchos amigos maoríes (incluso aprendimos algunas palabras). Dargaville fue para interiorizar Nueva Zelanda, para descansar.

El 30 de noviembre dejamos Dargaville y nos fuimos para Auckland donde pasamos nuestros días con una uruguaya con la que compartimos habitación hasta hoy, cuatro de diciembre de 2018, que estoy escribiendo estas palabras.

https://www.instagram.com/p/BqzAnyvHNhO/

 

Escribiendo me doy cuenta de todo lo que he hecho. Ha sido un año increíble de no parar y de aprendizaje y autoconocimiento constante. He hecho un montón de cosas alucinantes que jamás en mi vida me hubiera imaginado llegar a hacer. Y también he llorado y sufrido una barbaridad. Pero si pongo todo en una balanza, la tristeza no tiene nada que hacer aquí. Es una total perdedora.

Y como a nostálgica no me gana a nadie, voy a seguir resumiendo mi año en una lista de cosas totalmente aleatorias que he hecho/visto/me han sucedido pero que me parecen interesantes de mencionar (ahora porque no tengo tiempo, pero subiré fotillos):

 

CIUDADES DONDE HE VIVIDO

Auckland CBD (15 días)

Whitianga (7 días)

Lumsden (2 meses)

Coche (2 meses)

Napier (10 días)

Levin (20 días)

Ohakune (3 meses)

Wellington (4 días)

Feilding (1 mes y medio)

Hinds (2 semanas)

Sumner (1 mes)

Dargaville (2 meses)

 

VIAJES HECHOS

Shanghái, China (16h)

Viaje en coche por las dos islas de Nueva Zelanda (2 meses)

Rarotonga, Islas Cook (7 días)

 

TRABAJOS REALIZADOS

Campo de kiwi

Ordeñadores de vacas

Fábrica de patatas y zanahorias

Criadores de terneros

Plantadores de kumara

 

HOUSESITTINGS

Napier: Sooty y Bella

Levin: Goldie & Co.

Feilding: dos gatitas

Wellington: Rudolf

Sumner: Ragna & Rollo

 

SITIOS CHULOS/CURIOSOS DONDE HEMOS DORMIDO

Frente al mar (Dunedin, Tauranga, Greymouth)

En un vecindario (Whitianga)

En una playa (Cocacola Lakes)

Junto a unas cascadas (Whangarei)

En puertos marítimos (Auckland y Wellington)

A la orillas de ríos y lagos

En el parking de un restaurante, dos veces (entre Kumara y Hokitika, y en Waihi)

En bahías

Debajo de un puente (Takaka y Taupo) – te da sombra, por lo que puedes dormir más tiempo 😀

En una base militar (Waiouru, llegando a Ohakune)

En un campo de tiro (Wanaka)

En un parque nacional (Levin)

En innumerables cunetas

Al lado de un circo (Dunedin)

Junto a un campo de críquet (Dunedin)

A los pies del Pukaki con vistas al Monte Cook (Twizel)

En una estación antigua de trenes (Lumsden)

En un camping de pago pero alojándonos gratis porque era temporada baja (Kaikoura)

Frente al océano pacífico con delfines saltando (Kaikoura)

En un complejo de tiendas en el centro de la ciudad (Blenhein)

 

DÓNDE NOS HEMOS DUCHADO

Con eso de vivir en el coche nos hemos duchado en…

Playas (agua fría)

Baños públicos

Piscinas municipales

Gasolineras

 

MOMENTOS TOP

Ver la aurora austral

Surfear con delfines

Jugar en la calle más empinada del mundo

Espectáculo de salto de delfines improvisado en Kaikoura y en Hot Water Beach

Cuando vimos de sorpresa un pingüino azul

Cuando vimos Pukaki en invierno

Estar rodeados de terneritos y abrazarlos

Darme cuenta de que estaba en China

Ver el azul de Black Rock Beach, en Rarotonga

Celebrar la Navidad en Bikini

Desear “feliz verano” en la nieve

Tener una experiencia musical con el viento

Ver cinco keas a la vez

 

ANIMALES QUE HEMOS VISTO

Focas y leones marinos

Pingüinos de ojos amarillos y pingüino azul

Kea

Weka

Águilas

Vacas, toros y ovejas

Ciervos

Alpacas y llamas

Gaviotas

Albatross

Tüi

Delfines Héctor y buscar

Diferentes tipos de peces

Tortugas marinas

Morenas

Estrellas de mar

Liebres salvajes

Possums

Cabras

Erizos

Caballos

 

NÚMEROS SUELTOS

Aviones: 6

Kilómetros con la Dama: 25.000km (lo sé, una burrada)

Noches dormidas en el coche: 77

Noches dormidas en el coche que hemos pagado: 0

 

COSAS QUE NOS FALTARON POR HACER

  • Realizar el Tongariro Alpine Crossing
  • Completar el Great Walk del Abel Tasman National Park
  • Taranaki hike
  • Visitar Tauranga
  • Visitar la zona de Gisborne
  • Visitar Rotorua en condiciones
  • Hacer el Great Walk en Kayak
  • Visitar la Stewart Island
  • Hacer un voluntariado en Curio Bay

 

ACCIDENTES WTF

  • Caída de moto (me dañé las dos rodillas por varias semanas)
  • Rotura de labio inferior por el cabezazo de un ternero
  • Rotura del labio inferior por golpe con manguera
  • Esguince de tobillo por pisar una piedra
  • Tendiditis en dos dedos por frío
  • Heridas varias como moratones, cortes, quemaduras, raspaduras…
  • Me corté un trocitito de dedo
  • Tuve un día de trabajo realmente malo malísimo
  • Una vaca me cagó en la cabeza

 

Pinceladas de mis días en Dargaville

Cuando suena la música, sé que es hora de entrar a trabajar. Vivo, literalmente, a 30 segundos de mi puesto de trabajo, por lo que no es de extrañar que a veces me levante quince minutos antes del comienzo de mi jornada laboral.

A pesar de vivir doce personas en casa, nunca hay colas en la cocina ni en el baño, asi que es imposible llegar tarde. Imposible.

Probablemente la música que se escuche sea un 65% rap afroamericano, un 10% de reggae, un 5% de música isleña maorí y un 20% de grandes éxitos de los ’70.  Todo mezclado. Esa será mi banda sonora por ocho horas diarias.

Dudo que exista en el mundo un ambiente de trabajo más relajado. Puedes trabajar de pie. O sentado, si quieres. Puedes escuchar música, hablar, reír, trabajar a la velocidad de la luz o ir leeeeeennntooo. Todo vale. Lo importante es que el trabajo quede hecho. Y el hecho de estar escuchando música isleña no hace más que ayudar a la relajación.

Porque así son los maoríes. O al menos, mis compañeros de trabajo. Salvo los doce que vivimos en casa y un par más, todos -jefa incluida- son maoríes. Hablan alto, fuman mucho, fuck es la palabrota más suave de su vocabulario básico y en realidad decir que fuman mucho se queda corto, visten como raperos-gánsteres en pijama y su lenguaje no verbal va en sintonía con su aspecto. Para mí, son la versión neozelandesa del -muchas veces injusto- imaginario gitano español. Pero a su vez ríen fuerte, bromean mucho, son felices y contagian esa felicidad a todos; son relajados y alegres y trabajadores. Mucho. Por eso es imposible estar mal en el trabajo. Es imposible estar triste o estresado. Y si lo estás, sólo basta con iniciar una conversación con ellos: su buen humor es contagioso.

A veces pienso en mis compañeros como si los malotes del Bronx se hubieran mudado a Rarotonga, y que un encontronazo a mano armada con ellos sería en plan “give me all your fucking money madafaka!!! But take it eaaasy bro, take your time. Peace my fucking bro!”.

Algo así.

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Pero no sólo me gusta mi trabajo por mis compañeros, también me gusta por el trabajo en sí. Los primeros días me sentaron genial. Cortamos plantas a mano, preparamos las plantas a mano y las plantamos a mano. Es decir, todo el proceso es artesanal, sin mucha maquinaria de por medio. Creo que eso me sentó de maravilla después de haber tenido mis experiencias con grandes producciones de grandes maquinarias. Necesitaba ese ratito terapéutico de coger la planta, mirarla, oler a qué huele cuando es cortada, notar sus imperceptibles pequeños pelitos de los tallos en mis dedos. Eso me brindó la oportunidad de centrarme en el ahora y conectar un poco más con la naturaleza.

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Porque no lo he dicho, pero trabajo en una plantación de kumara. Perdonad, seguramente no lo sepáis, pero kumara es el nombre que los maoríes dan a la sweet potato. Yo no lo sabía, pero resulta que la patata tiene una hermana gemela a veces morada, a veces naranja, cuyo sabor es dulce. A mí no me gusta, porque es como si al freír patatas en lugar de echar un toque de sal, echaras azúcar. Pero podéis imaginar que tiene sus seguidores. Miguel el primero.

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Kumara/Sweet potato

Los días libres suelen deberse a dos causas: una, porque es fin de semana y toca; y dos, porque ha llovido. Salvo excepciones contadas, los días de lluvia no se trabaja porque no podemos plantar. Así que la mayoría de días libres son para pasarlos en casa. En una casa que, por cierto, no tiene Internet. No os podéis ni imaginar la de juegos de cartas que he aprendido a jugar con mis compañeros. Una vez tuvimos una semana en la que llovieron varios días seguidos. Esos días fueron duros. Estar encerrados en casa a veces se hace duro.

Porque donde vivimos no hay nada que hacer. Trabajar en el campo y vivir a 30 segundos de tu puesto de trabajo, significa vivir en el campo. Y eso en Nueva Zelanda se traduce a vivir en medio de la nada. Dargaville, la ciudad, está entre cinco y diez minutos en coche de nuestra casa. Y ahora que hemos vendido el coche, dependemos de nuestros compañeros para que nos lleven a la ciudad.

En Dargaville no hay mucho que hacer: hay una biblioteca que deja el WiFi encendido 24h al día, un par de supermercados, unos cuantos restaurantes y cafeterías, un par de tiendas, unos cuantos talleres de coches, un videoclub (sí, aún existen), un hospital que abrió en 2010 y poco más. Es más, el cuerpo de bomberos está formado por voluntarios: cuando se necesitan sus servicios, suena una sirena que se escucha por todo el pueblo (al principio creí que era una especie de toque de queda), y ahí es cuando todos los voluntarios deben ir corriendo al edificio de bomberos para coger los camiones. Lo vi todo una vez que estaba en el parking de la biblioteca conectada al WiFi.

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Pero a veces, si la suerte te sonríe y tienes un día libre soleado y tienes coche, no te faltarán cosas por hacer. Dargaville se encuentra en Northland, la parte más norte del país, esa que la mayoría de turistas no visitan. Northland es tremendamente verde, con preciosas playas, pueblitos costeros y selvas templadas. Es más, a unos 40 minutos de donde vivimos, hay un lago enorme llamado Kai Iwi que es verdaderamente precioso. Sus aguas son de un azul turquesa que, abruptamente, como si se hubiera trazado una línea con regla, se torna de color azul añil. Creo que esta vez, una foto vale más que mil palabras.

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Kai Iwi Lakes

 

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Por no hablar de los compañeros, que no nos faltan. Somos cinco franceses, tres taiwanesas, un alemán, una sueca, Miguel y yo, los españoles. Somos muchos, todos jóvenes backpackers que sorprendentemente no montamos fiestas de desmadre, tenemos turnos de limpieza que respetamos mucho y, curiosamente, todos comemos muy sano. Vamos, todo lo contrario al típico mochilero (y a Ohakune).

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De izq a dcha: Stephen, Eva, Alex, Lucas, Solenm, Danita, Juanita, Jonathan, Violeta, yo, Miguel y Melanie en Halloween

La casa no es enorme pero tampoco pequeña. Las camas literas están repartidas en dos habitaciones. Miguel y yo compartimos habitación con una pareja francesa y el alemán. Aunque parezca que seamos muchos, nunca tenemos problemas con la cocina gracias a nuestras diferencias culturales: cuando nosotros vamos a cenar, algunos ya están dormidos o lo hicieron hace horas. Maravilloso, ¿verdad?

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Ese domingo todos cocinamos un plato típico de nuestro país 🙂

Mi vida en Dargaville es tranquila. Quizás demasiado para algunos. Quizás demasiado para mí en otro momento de mi vida, pero no ahora. Nada más llegar, le dije a Miguel que no podríamos haber caído en mejor lugar para pasar nuestros últimos dos meses en Nueva Zelanda. Y ahora que me quedan tres días aquí, lo confirmo. Vivir y trabajar en este ambiente me ha brindado tiempo para interiorizar todo lo vivido en un año, que no es poco. Y de descansar y canalizar en condiciones mis emociones, que ya se me estaban agolpando en el pecho.

Dargaville ha sido para asimilar, para decir adiós y para prepararse para lo que está por llegar.

Hasta siempre, kumara country.

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Todo lo que ocurrió entre Ohakune y el presente

Esto de llevar un blog de viajes mientras se está de viaje no es nada fácil. A veces uno tiene que encontrar el equilibrio entre lo que está viviendo y escribir sobre lo que está viviendo. Y yo todavía no he encontrado mi punto medio, pero estoy en ello.

Lo último que publiqué por aquí sobre mi paradero fue que, tras tres meses de llanto y felicidad absoluta, dejábamos la encantadora Ohakune. Y de eso han pasado casi cinco meses ya.

¡Casi cincomeses!

Ni siquiera me había dado cuenta…

Cerca de cinco meses en los que he vivido de todo. Y en ese todo, una de las experiencias más duras y desgarradoras de toda mi vida. Pero de eso escribiré en otro post, que lo necesito.

Así que para actualizar mi presente y que os ubiquéis entre los posts que llegarán a continuación (¿estoy muy optimista con eso de que ahora escribiré más?), y porque las listas molan, he aquí la…

LISTA DE TODO LO QUE ME PASÓ ENTRE OHAKUNE Y EL PRESENTE:

  • La misma noche que dejamos Ohakune llegamos a Fielding, un pueblito que vete tú a saber por qué se había llevado el título de la “ciudad más bonita de Nueva Zelanda”. O sea, ¿khé? Es exactamente igual que las demás. Pero buéh…
  • En Fielding pasamos un par de semanas ciudando de dos gatitas en un housesitting. Una de ellas tenía el labio mal y se le asomaba el colmillo cual vampira, la otra tenía complejo de perro y le gustaba jugar a que le tiraran la pelota.
  • Al término del housesitting, fuimos por unos días a lo que tendría que ser nuestro hogar y trabajo por tres meses: una granja lechera familiar en medio de la nada a trabajar alimentando a terneritos chiquitos bonitos. Pero como todavía no nos necesitaban para trabajar…
  • Nos fuimos a hacer otro housesitting por unos días a Wellington a cuidar de un perrito viejito y a hacer papeleos para la Work and Holiday Visa de Australia.
  • Tras unas vacaciones en Wellington, mi ciudad favoritísima de NZ, volvimos a Feilding para comenzar a trabajar con los terneros.
  • En el trabajo pasamos unas semanas. El trabajo nos resultaba fácil, no era cansado, la casa estaba bien, nuestro jefe era un cielo… pero su mujer, la “jefa”, no lo era tanto. Hasta el punto que cuando comenzó a saltarse el contrato, decidimos irnos del trabajo antes de que fuera demasiado tarde. Estábamos perdiendo un dinero que nos correspondía.
  • Después de las angustias y discusiones tenidas con la “jefa” para que cumpliera el contrato, nos sentíamos agotados y temerosos por el desempleo. Estábamos en pleno invierno y el único buen trabajo para los backpackerscomo nosotros era el de cuidador de terneros, pero la temporada ya había empezado.
  • Lo que jamás nos hubiésemos imaginado fue que al dejar un mensaje en una web de granjeros sobre nuestra disponibilidad, nos LLOVIERAN las llamadas. Teníamos tanta experiencia con granjas de NZ que todas nos querían.
  • Así que entre tanta oferta, nos decantamos por una que estaba en la isla sur, mi gran amor de verano. Nada nos hacía más ilusión que volver a la isla sur y verla en invierno.
  • Y para allá que fuimos, a un lugar cerca de Ashburton, a 1h aproximada de Christchurch y de los lagos Pukaki y Tekapo, a trabajar en una granja grande, con jornadas laborales de +10h al día, con compañeros geniales, sin pagar alojamiento, ganando mu-chí-si-mo dinero… pero con una depresión y pesadumbre encima que me estaba superando. Todo parecía perfecto en la granja, pero no lo era. Tenía un lado muy oscuro que me acabó consumiendo y dejándome los ánimos por los suelos…
  • Así que hablamos con mi jefe y decidimos abandonar el trabajo. Yo estaba tan triste y derrotada que sólo me apetecía desconectar del mundo entero y desaparecer. Y eso hicimos.
  • Nos fuimos durante un mes entero a cuidar(me) de dos perritos a Sumner, un pueblito costero de Christchurch. Ese mes para mí fue como de retiro espiritual: tuve tiempo para mí sin preocupaciones, llevando una vida y rutina normal lejos de todo aquello que yo quisiera tener lejos. La primavera, el sol, la tranquilidad, los paseos por la playa fueron medicina para mi alma. Poco a poco fui recuperando el ánimo y las ganas de seguir con la aventura. Y eso volvimos a hacer.
  • Tras un mes de parón, conseguimos trabajo en una plantación de kumara (papa dulce), en Dargaville, Northland. Es decir, en la otra punta del país. Así que de nuevo cogimos carretera y manta y en tres días nos recorrimos el país entero, haciendo una parada en nuestra querida Ohakune para visitar a nuestros queridos amigos argentino-colombianos.
  • Lo que nos lleva a hoy: ahora mismo estoy escribiendo desde mi cama en un día libre. El trabajo me gusta, mis compañeros de casa me gustan, mi casa me gusta, los compis de trabajo me gustan, la ciudad me gusta. Trabajar con las plantas a mano me encanta, me relaja y me parece súper terapéutico. O sea, que me pagan por hacerme autoterapia (?). Cortamos, seleccionamos y plantamos las patatas todo a mano con cariño, es como más artesanal y menos industrial, y creo que eso me hacía mucha falta.

Y eso es todo lo que me pasó entre Ohakune y el hoy. En otro post entraré a hablaros más en profundidad sobre todo lo que es Dargaville y mi vida en ella, que también da para rato.

¡Nos vemos en la próxima!

Diario de viaje kiwi 5: Hokitika, una serendipia en forma de arcoíris

Día 16 de viaje (del 21 al 23 de enero de 2018)

Después de un primer bocadito de hielo con el lago Tasman y el Monte Cook, nos metimos de lleno en el corazón glacial neocelandés con los glaciares Rob Roy, Fox y Franz Josef. Nuestro siguiente destino era Christchurch, pero la casualidad hizo de las suyas y terminamos en la mágica Hokitika.

 

La llegada

Nosotros sólo queríamos repostar gasolina, nada más. El tiempo que le dedicaríamos a Hokitika sería el equivalente al de salir del coche, coger la manguera, llenar el depósito, pagar e irnos.

Sería cosa de haber pasado varios días seguidos entre glaciares y montañas que mi cuerpo al oler la brisa fresca y salada del mar, la brisa que se desliza por las fosas nasales y te enfría los pulmones. No fui yo, fue esa brisa la que me informó que Hokitika merecía más tiempo. De ahí que mis primeras palabras al salir del coche fueran «Miguel, vamos a ir al iSite a ver qué se puede hacer aquí”.

Mis piernas se aferraron como anclas en ese pueblo costero de sabor sal y sonido gaviota. La decisión de quedarnos ya estaba tomada mucho antes de siquiera haberla pensado.

 

El feto de la suerte

Yo no sé vosotros pero yo una llave sin llavero me parece una llave desprotegida, como que sin llavero, sin peso, tiene más oportunidades de perderse. Por eso no tardamos mucho en hacernos con uno cuando compramos nuestro coche. El ganador como acompañante de nuestra llave había sido un feto de la suerte maorí que al llegar a Hokitika se autodecapitó.

Sí, a nuestro feto de la suerte se le partió la cabeza.

Ya no era cuestión de placer, era una necesidad ir al iSite (centro de información turística) para comprar un nuevo llavero, no vaya yo a quedarme sin suerte ahora. Fuimos al iSite, compramos un nuevo feto (esta vez de metal, para tener suerte reforzada) y nos fuimos con panfleto en mano de cosas que hacer en el pueblo.

Marta Diarra Lampi

Hei-tiki, el feto de la suerte maorí

 

Hokitika, «the cool little town»

Leyendo un poco sobre Hokitika descubrí que era una localidad de la West Coast que se fundó en 1864 gracias a la fiebre del oro, llegando a ser uno de los mayores centros de población del país. ¡Del país! Sin embargo, a partir del siglo XIX su población ha ido decreciendo notablemente, siendo así que en el pueblo viven actualmente unas 3.000 personas.

Descubrí también la historia del pounamu, más conocida como greenstone (piedra verde). En el río de Hokitika se esconden unas piedras de jade color verde brillante, piedras que son todo un tesoro espiritual para los maoríes.

Con ellas, los maoríes creaban diferentes joyas llenas de simbolismos que regalaban de generación en generación. Casualmente, una de las joyas más comunes son el Hei-tiki de jade, nuestro feto de la suerte.

Pero lo más bonito de todo es que, según la mitología maorí, todos tenemos un pounamu que es nuestra alma gemela, y si algún día te encuentras con una no pienses que has sido tú el que ha encontrado la piedra, sino que el pounamu, que tiene alma propia, te encontró y te eligió a ti como compañero de vida.

Dicen que algunas de estas piedras pueden encontrarse en la playa de Hokitika.

 

Y claro… yo me enamoro con estas historias. Así que nuestro plan fue pasar la tarde en la playa a esperas de que mi alma gemela pétrea me encontrara.

Marta Diarra Lampi

Pasamos la tarde paseando por la playa, buscando posibles pounamus, sacando fotos y aprovechando los últimos rayos del sol. Encontrar un pounamu no es fácil, porque cuando está seco su apariencia es como la de una piedra corriente, sólo cuando se moja es cuando su color se torna verde intenso.

Así que nos pasamos la tarde cogiendo piedras que al mojarlas se volvieran verdosas. Y verdaderamente encontramos varias, pero… ¿cómo saber si era un pounamu real? Más que nada porque se supone que son piedras difíciles de encontrar y yo ya tenía un buen puñado.

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Las piedras verdes que encontré

Disfrutamos de un atardecer naranja en la playa, con un cielo que se reflejaba en la orilla cuando las olas se retiraban. Notaba la frescura del agua bajo mis pies y el picorcillo del olor a sal en mi nariz.

Y me sentí tremendamente feliz por haber seguido a mi instinto y haberme quedado en este lugar.

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Hasta tienes tu propio sofá en la playa para ver el atardecer.

Marta Diarra Lampi

Pero lo mejor de Hokitika ocurre precisamente después del atardecer, aunque yo aún no lo sabía.

 

La noche en la que salieron dos veces las estrellas

Al llegar creí que nos habíamos equivocado.

Las indicaciones se suponían correctas, pero estábamos ahí, un poco en medio de nada, rodeados de vegetación y de… nada.

– ¿Seguro que es aquí, Miguel?

– No lo sé, vamos a esperar…

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Todavía no se había escondido el sol, pero ya se podían vislumbrar las primerísimas estrellas en el cielo, a través de la copa de los árboles.

La noche se iba ciñendo sobre nosotros, de forma gradual e imperceptible a los ojos, pero notable, evidente. Hasta que vimos las primeras luces, que se asomaron tímidas pero brillantes.

No, no nos habíamos equivocado de lugar.

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A medida que oscurecía y nuestra visibilidad se reducía, iban apareciendo más y más lucecitas a nuestro alrededor.

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Cuando la oscuridad fue total, se me encogió el corazón. Es más, se me está encogiendo en este mismo instante sólo de recordarlo. Estábamos en medio de un cuento de hadas, rodeados de estrellas azules. La noche era cerrada y la visibilidad era nula. Me sentía  flotando en el espacio rodeada de miles de estrellas.

Y no podía más que maravillarme por semejante espectáculo de la naturaleza.

Estos gusanos luminiscentes son pura magia.

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No existe fotografía en el mundo que pueda retratar la belleza de estar en medio de esa fantasía lumínica.

 

Nos quedamos tres horas admirando a los gusanos luminiscentes.

 

La hora de la verdad

Nos despertamos con el sonido de las gotas al caer sobre nuestra van. El ambiente era frío y nublado, y mi plan era hacer un picnic en uno de los lagos del pueblo.

¿Qué sandfly le había picado? ¿Por qué Hokitika estaba de morros? ¿A qué viene esta lluvia desproporcional después de toda la magia del día anterior?

Fuimos a la biblioteca a cargar nuestros dispositivos con el deseo de que el clima mejorara. Pero no, Hokitika estaba decidida a mostrar su furia tormentosa.

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También aprovechamos e hicimos la colada

¿Recordáis el día anterior que había recogido varias postulantes a ser mi alma gemela? Pues era el momento de saber la verdad.

Como sabía que en Hokitika había una joyería especializada en la piedra de jade, decidí echarle cara y plantarme allí para preguntar a sus expertos si alguna de mis adquisiciones era una greenstone.

Tras pasar la ostentosidad de la joyería, vi a un joven trabajando en un estudio. Me acerqué con el corazón latiendo tan fuerte pensé que el chico lo escucharía. Por no hablar de mis mejillas, que hubieran servido para asar un pollo.

Me acerqué al joven y le comenté que había recogido algunas piedras en la playa y quería saber si alguna era un pounamu.

Miguel y yo teníamos especial esperanza en una piedra chiquitita que al mojarla se tornaba verde verde. Pero al experto en pounamus no le hizo falta mojar las piedras para saber que eran eso, piedras. Sin embargo, con la piedrita chiquitita le entraron ciertas dudas. La miró y remiró, le dio vueltas, la lijó, sacó el móvil, encendió la linterna,  la alumbró y me confirmó que no era un pounamu.

Mi gozo en un pozo.

Pero mi curiosidad por comprender eso de la luz desbancó a la desilusión, y así se lo hice saber. Y el artesano me enseñó un piedra verde oscura que, al alumbrarla, se volvió translúcida y verde y con manchitas y relieve y… hermosa.

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Esta piedra sin luz se vería verde oscura. Fotografía cogida de Google Imágenes.

Salimos de la tienda con nuestras piedras normales, con la esperanza de que nuestra alma gemela nos encontrara algún día.

 

El significado de los arcoíris

Si el mal tiempo no amainaba, no tendríamos más remedio que continuar con el viaje y dejar el pueblo atrás. Pero había un lugar que quería visitar sí o sí, lloviese o no, y eso era Hokitika Gorge.

Este río se encuentra a unos kilómetros del pueblo, y es famoso por su color azul turquesa que se torna grisáceo cuando llueve.

Entre bosques, ríos y puentes, nos volvimos a asombrar con la naturaleza de Nueva Zelanda.

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Justo en ese momento comenzó a llover otra vez.

Como el tiempo no hacía más que empeorar, no hubo más remedio que continuar el viaje. Yo estaba decepcionada, ¿de verdad tenía que dejar tan pronto este lugar? Para mí había encontrado un tesoro, un secretillo fuera de las rutas turísticas, ¡y encima sin buscarlo! ¿Por qué tenía que abandonar forzosamente mi descubrimiento?

Le dije a Miguel que parecía que Hokitika se hubiera enfadado con nosotros.

 

Pero a la salida del pueblo comprendí que no cuando lo vi. Estábamos en el coche y frente a nosotros brillaba un gran arcoíris.

«Miguel, ¡Hokitika no está enfadada con nosotros! Simplemente quiere que sigamos con la ruta. Mira ese arcoíris, nos está diciendo que no está molesta, que todo está bien. La lluvia ha sido su forma de decirnos que debemos continuar, que no nos podemos anclar, que debemos seguir. Y eso está bien».

No sé qué pensaría Miguel en ese momento, si pensaría que estaba loca o no. Simplemente me apretó la mano con fuerza, y eso fue suficiente para mí.

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Mi teoría de los arcoíris se volvió a confirmar cuando llegamos Greymouth, donde volví a ver uno y pensé «aquí nos vamos a quedar a dormir». Mi confirmación llegó unos minutos después cuando, al terminar las compras en el supermercado, Miguel me ofreció pernoctar allí.

«Yo ya sabía que dormiríamos aquí porque he visto un arcoíris».

Y esa noche nos acostamos viendo Netflix frente al mar.

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Aquí tienes los otros diarios del viaje por Nueva Zelanda:

Diario de viaje kiwi 4: cuando viajar cansa

Día 9 de viaje (del 14 al 17 de enero de 2018):

Después de pasar unos días de recuperación, diversión y avistamiento de pingüinos en Dunedin (puedes leer el diario de viaje que corresponde a Dunedin aquí), decidimos ir directamente al punto neurálgico-turístico de Nueva Zelanda: a los lagos Tekapo, Pukaki, Tasman y al Monte Cook. Así, del tirón, haciéndonos un viaje de tres horas por carreteras estrechitas, de esas que cuando pasa un camión te da la sensación de un choque frontal inminente.

 

Es curioso porque mucho se ha escrito sobre las bondades de viajar, incluso de viajar largo y lento, pero hay un aspecto del que no se habla mucho.

Y es que viajar cansa.

Sí, cansa.

Nueve días de viaje no parecen mucho, pero hagamos cálculos:

  • 9 días son 216 horas.
  • Si quitamos las 8 horas de dormir diarias, nos quedamos con 144 horas.
  • Si a eso le restamos todas las 10 horas de coche conducidos desde el primer día + otras 10 horas que se habrán ido en comer, nos quedamos con 124 horas.
  • En esas horas hemos: hecho un crucero por fiordos, surfeado, avistado pingüinos, focas y delfines, hemos hecho rutas de senderismo y visitado varias cascadas, faros, playas, acantilados… en total, habremos hecho unas 23 actividades/visitas.
  • Si 124 horas son algo más de 5 días, hemos hecho 4,6 actividades al día, cuando cada actividad te lleva más o menos de media unas 2-3 horas.

O sea, en 124 horas/5 días activos, he llegado a hacer unas 25 actividades, o lo que es lo mismo, demasiadas cosas para tan poco tiempo.

Por eso no es de extrañar que cuando llegara al lago Tekapo, casi ni saliera del coche.

 

El cansancio

El lago Tekapo y el Pukaki son famosos por su característico color azul intenso, de esos que se te derrite el corazón nada más verlo. Pero yo estaba tan cansada que cuando llegué mis ojos sólo pudieron fijarse en la horda de turistas asiáticos y en el «click click click click CLICK» de sus cámaras que ametrallaban fotos, en la pareja de al lado y en su niña llorona, y también en la pareja de novios (asiáticos) que, entre el gentío y a vestido blanco pomposo, estaban en medio de su sesión de fotos de boda.

Ese lugar estaba tan congestionado, que preferí irme a dormir.

 

Después de la siesta y de comer, le (nos) dimos una oportunidad al Tekapo, la otra maravilla del lugar.

Como una imagen vale más que mil palabras, dejo plasmado mi cansancio en formato fotografía chusta:

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Lo que es el lago Tekapo.

Marta Diarra Lampi

Mi foto.

Preciosa Marta, preciosa, sí señor.

 

Lo que sí eran preciosas fueron las vistas hacia el Monte Cook de nuestro free camping. El tener una van self-contained y poder dormir en tantos lugares gratis, nos ha permitido amanecer en lugares maravillosos. Y este es uno de los mejores en los que hemos amanecido.

Marta Diarra Lampi

Al fondo el Monte Cook, la montaña más alta de Nueva Zelanda.

El enfado

El día amaneció soleado y despejado, perfecto para ver el Monte Cook y el lago Tasman. Éramos suertudos, pues no pocos son los que llegan a esos lares y se van a casa decepcionados, pues las nubes y la lluvia no les han permitido no disfrutar, sino siquiera admirar los paisajes.

Lo que yo no sabía es que incluso en el día más resplandeciente de todos, puede formarse una tormenta interior que te arrebata el disfrute.

 

Condujimos por un valle verde, con montañas enormes cuyos picos, durante el verano más caluroso que ha registrado el país, estaban todavía nevados. Hasta que el verde dio paso al marrón y a nuestro lado apareció un río color azul grisáceo único, pues sus aguas viene directamente de un glaciar.

Marta Diarra LampiLlegamos a un aparcamiento, dejamos el coche y subimos bajo un sol ardiente lo que para mí fueron como mil escaleras hasta que llegamos a un mirador con vistas hacia el glaciar Tasman y el Monte Cook.

Marta Diarra Lampi

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Ojalá una foto así con mis amigos 😂

Allí Miguel y yo respiramos paz, disfrutamos, nos asombramos, nos embelesamos… y nos peleamos. Lo peor de todo es que ni siquiera recuerdo el motivo del enfado, simplemente recuerdo que me quería ir y no me apetecía ver nada más ni mucho menos sacar fotos.

 

Estaba cansada, enfadada y al borde de una insolación. Así que nos volvimos por el mismo valle por el que llegamos, pero sin ser los mismos.

Marta Diarra LampiEste post me resulta algo difícil de escribir, ya no por el enfado en sí, sino porque éste borró todo lo que sentí en esos momentos, incluso se borró a sí mismo, porque ni siquiera sé a día de hoy qué leñes me molestó tanto como para preferir irme de un lugar tan alucinante en vez de calmarme, dejarlo pasar, poner una sonrisa y seguir disfrutando de un lugar tan único.

Sobre todo porque poco después de irnos me calmé.

Pero ya por logística no íbamos a volver atrás.

Al menos aprendí una lección: no dejar nunca más que mi temperamento y estado de ánimo tomen el timón de MI viaje.

 

Calmando los calores

Hay una cordillera montañosa en la ciudad Twizel que dicen es muy bonita, pero no sabíamos muy bien cómo encontrarla. Paramos en Twizel para comprar unos helados que pensábamos aplacarían los sudores que ya mojaban nuestras ropas.

Paseando con nuestros helados vimos un mapa de la ciudad.

– Oye Miguel, aquí hay un lago, y pone que se pueden hacer picnics…

Eso fue más que suficiente para coger el coche e irnos hacia el lago Ruataniwha a zambullirnos de lleno en sus refrescantes aguas.

Fuimos buscando montañas y encontramos un lago.

Me pareció una alternativa perfecta.

Marta Diarra Lampi

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Nos refrescamos, hicimos la comida, me tumbé a leer bajo la sombra de los árboles, hice fotos… y cuando llegó el atardecer, seguimos con el viaje. Como me pasaría más adelante con Hokitika, encontré algo que para nada iba buscando.

Y me encantó.

 

Así que segunda lección aprendida: date lo que necesitas. Que sí, que en la ruta que planificaste estaba hacer una ruta de 3h por el monte, sí. Pero si lo que necesitas es descansar, hazlo. ¿Para qué vas a ir al monte si no vas a estar agusto? ¿Para que tu malestar aumente y en la siguiente excursión estés aun peor? Si tu cuerpo te pide algo, dáselo. Es más sabio de lo que creemos 😉

 

El resto del viaje continuó por las montañas y glaciares de Nueva Zelanda, fuimos a Cromwell donde desvirtualicé a una amiga de mi Instagram, cruzamos el Lindis Pass (un paso de montaña que cruza los alpes del sur de NZ), visitamos Queenstown, Glenorchi, Rob Roy, Wanaka, Tasman Glacier, Fox Glacier, Blue Pools…

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Con tanto destino montañoso, no es de extrañar que al llegar a Hokitika sintiera una conexión más que especial.

Pero eso os lo contaré en el siguiente diario de viaje.

 

Cómo aprovechar una escala en Shanghái: visita a Yuyuan Garden

Para llegar a Nueva Zelanda tuvimos que coger cuatro vuelos con tres escalas. Una de ellas fue de 16h en Shanghái. Por suerte, China tiene un visado que te permite salir del aeropuerto por un máximo de 24 horas, así que decidimos aprovechar la escala para descubrir una ciudad y un país nuevo.

Si quieres saber cómo se solicita el visado chino por 24h, entra aquí.

 

Como nuestro vuelo llegaba a Shanghái a las doce de la noche, decidimos reservar una habitación para descansar unas horas, que ya llevábamos sobre nuestras espaldas unas 18h de viaje. Dentro del propio Aeropuerto Internacional de Shanghái Pudong hay un hotel, el Da Zhong Pudong Airport Hotel. Al estar dentro del propio aeropuerto, no te hace falta ni salir de él.

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Nosotros reservamos una habitación doble con camas separadas por 65€ a través de Agoda. ¿Por qué camas separadas? Porque habíamos leído en Internet que la cama doble era incomodísima, como una piedra. Y es cierto que nuestras camas no fueron las mejores del mundo, pero a mi gusto fueron cómodas y para gusto de Miguel fueron duras. Como todo, dependerá de la persona y sus exigencias.

En la habitación tenías cama, Internet, una ducha, toallas, champú, gel, acondicionador, té y un teléfono.

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Nuestra habitación

Marta Diarra Lampi

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Las vistas de la habitación

A las 06:00 de la mañana sonó nuestro despertador. Teniendo en cuenta el tiempo y las distancias, teníamos dos opciones: ir al Bund en el barrio de Pudong, que es una zona del malecón a orillas del río Huangpu y desde donde se ve el famoso skyline de Shanghái, o ir al Jardín Yuyuan, que es uno de los jardines más famosos del país.

Como nosotros no somos muy de ciudades, escogimos la segunda opción, ya que nos parecía una actividad más «cultural» que ver edificios financieros.

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Pero antes, el desayuno: como en todo aeropuerto hay muchas cadenas de comida. Eso sí, vas a tener que hacer uso de tus aptitudes en mímica, porque ni siquiera en el aeropuerto vas a encontrar trabajadores que hablen inglés. Ni en el aeropuerto ni fuera de él. En China la gente no habla inglés.

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Miguel no estaba muy convencido con eso de desayunar fideos, pero donde fueres haz lo que vieres, ¿no? 😉

Una vez con el estómago lleno, para llegar a los jardines tendríamos que hacer uso tanto del tren como del metro. Al igual que nuestro hotel, dentro del aeropuerto está el tren Maglev, que es el tren más rápido del mundo y además es de levitación magnética, es decir, en lugar de ir sobre raíles, «flota» por la fuerza de los imanes. El Maglev llega a la velocidad de 300km/h y se recorre en 7min. lo que un coche tardaría 40min.

Nada más salir del hotel, encontrarás carteles que te indican dónde está el Maglev. La entrada la pagas en una taquilla y puedes pagar con tarjeta de crédito. Nos costó 10€ ida y vuelta para dos personas. Además, aprovechamos para cambiar algunos euros a yuanes en el aeropuerto antes de salir.

 

Fue muy emocionante montar en el Maglev y ver la ciudad por la ventana, rapidísimo. Incluso puedes ir viendo por un rótulo digital las velocidades que va cogiendo el tren. Una lástima que el trayecto sólo dure siete minutos.

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Súper felices en el Maglev 😀

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Os aconsejo que si queréis llegar al Jardín Yuyuan, cojáis en el aeropuerto un mapa del transporte de la ciudad y sigáis las indicaciones que os digo a continuación:

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Mapa de metro de Shanghái. Puede parecer lioso pero es fácil.

El Maglev sólo tiene una parada: Lyongyang Rd, que es una estación de tren semicubierta. De ahí tendremos que buscar la estación de metro, que está a la derecha, y seguir la línea de metro 2 color verde hasta la parada Nanjing Rd (que es donde se cruza con la línea morada clarita en el mapa). No os preocupéis, todo está muy bien indicado, no tiene pérdida. Además, para no saltarte la parada, puedes ver encima de las puertas del metro un mapita que te indica en qué parada estás.

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Las lucecitas te sirven de guía para saber en qué parada estás

Una vez ahí, bajamos del metro y cambiamos a la línea de metro 10 color morado claro hasta la parada Yuyuan Garden. Sólo es una parada y de transbordo, por lo que no necesitas comprar un nuevo billete.

A las malas, este recorrido lo completas en hora y media.

Anda, os dejo otro mapa que ha hecho Miguel para que os sea más fácil moveros por el metro (hip-hip hurra!!!):

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De nada 😉

Una vez llegamos a destino y salimos del metro, no tuvimos ni idea de qué hacer. ¡Estábamos en China! Y hacía menos de 24h en Rusia. No nos lo podíamos creer. El ambiente era gris, había tráfico, gente andando de un lado para otro, policías multando a viandantes… casi que nos costaba interiorizar que estábamos en CHINA.

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A lo lejos, los edificios financieros del Bund.

Ahora tocaba encontrar los jardines, y no teníamos ni la más remota idea de cómo llegar a ellos.

Como Google está prohibido en el gigante asiático, no podíamos usar el Maps, por lo que tuvimos que utilizar la aplicación Maps.Me. Así que recuerda descargar el mapa offline de Shanghái en la app si vienes por estos lares, ya que no podrás usar ninguna aplicación de Google, así que Facebook, Instagram y WhatsApp también quedan fuera (en teoría WhatsApp sí funciona, pero nos contaron que lo habían cortado por unos días porque se estaba dando un congreso comunista ????).

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Ubicándonos con Maps.Me

Una vez ubicados y sabiendo hacia dónde dirigirnos, comenzamos a andar por la caótica ciudad. Al inicio Shanghái nos parecía una ciudad como cualquier otra occidental. Sabíamos que estábamos en China porque veías carteles con caracteres asiáticos, pero por lo demás, podríamos haber estado en cualquier lugar.

Hasta que poco a poco fuimos adentrándonos en la ciudad, por sus rincones y callejuelas, y nos encontramos cada vez más inmersos no en la China de grandes edificios financieros, sino en la -aparentemente- más tradicional.

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Hasta que nos metimos en un callejoncito que hizo que por fin comprendiéramos que estábamos donde estábamos, a miles de kilómetros de casa, en un país nuevo, completamente diferente al nuestro y con un idioma aún más diferente.

Que estábamos en Shanghái.

Que estábamos en China.

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Al principio llegamos como a una plaza que es el mercado Yuyuan, que está en pleno centro de Shanghái, con un montón de tiendas al estilo tradicional para comprar tanto comida como souvenirs. Según tengo entendido los precios de estas tiendas son más elevadas al estar en una zona turística, pero simplemente el estar ahí y pasear por ese ambiente merece la pena.

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Típica comida china: KFC 😝

 

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Después llegarás a la parte exterior de los jardines, que son una preciosidad con estanques y muchísima vegetación. También es donde más turistas vimos por metro cuadrado, pero no es de extrañar. Es un lugar verdaderamente precioso.

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Ahí están las taquillas del Yuyuan Garden

Después llegas a la taquilla de entrada a los jardines Yuyuan. Abren todos los días de 8:30 a 17:30 y la entrada cuesta 30¥ o 40¥ (al rededor de unos 5€), según la temporada en la que vayas. Por si os interesa, la ubicación exacta es: 218, Anren Road.

Los jardines Yuyuan fueron construidos por un funcionario entre los años 1559 y 1577 como regalo a sus padres, que eran demasiado mayores como para viajar a la ciudad y ver los jardines imperiales. De ahí el nombre del jardín, pues Yu significa salud y tranquilidad.

Tras su muerte, la familia del funcionario quebró y el jardín quedó en el olvido, hasta que en 1760 fue comprado por unos comerciantes. A comienzos del siglo XX una parte del jardín se convirtió en bazar por orden de las autoridades, y la otra parte se restauró, convirtiéndose en lo que hoy es.

Os dejo algunas fotos de este maravilloso lugar:

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Bonito, ¿verdad? 😊

Después de nuestra corta pero intensa visita por el centro de Shanghái y los jardines Yuyuan, hicimos el camino de vuelta hacia el aeropuerto, pues nos esperaban dos vuelos más y una escala antes de llegar a Auckland, nuestro destino final.

No sin antes ir a algunas tiendas para comprarnos algún que otro dulce 😋

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Anécdota culinaria graciosa 1: después de sopesar durante muuuucho tiempo qué dulce elegir, finalmente nos decantamos por uno que resultó ser el típico dulce de huevo portugués, lo que pasa es que no lo sabíamos, pensábamos que serían dulces chinos. Sí, nos habíamos ido hasta china para comer comida portuguesa, bravo 🤦🏽‍♀

Anécdota culinaria graciosa 2: ¿recordáis que os dije que en China NADIE habla inglés? Pues fuimos a un KFC del centro porque teníamos poco tiempo y necesitábamos comida para llevar rápida. Había un menú que ofrecía dos opciones, la A y la B, pero en apariencia eran iguales. Intentamos descubrir cuál era la diferencia, hasta llamaron a una especie de manager, pero no nos hicimos entender. Escogimos la opción B… No era la opción picante, no, era la opción LAVA CON SÓLO MIRARLO. Tuvimos que comernos la comida aún más rápido para evitar el intenso picor 🤦🏽‍♀

Anécdota culinaria graciosa 3: en el aeropuerto Miguel fue como a 1372941 restaurantes porque quería un vaso de agua, pero nadie le entendía. Hasta que en un traductor consiguió escribir en chino «vaso de agua» y le dieron un vaso con agua hirviendo con hielos (?)  🤷🏽‍♀

 

En fin, espero que esta guía os ayude a aprovechar una escala laaaarrrrggggaaaa en Shanghái, seguro no os arrepentiréis. La mayoría de las personas prefieren visitar el centro financiero y ver el famoso skyline de Shanghái, pero si no os apasionan tanto la city, el mercado y los jardines Yuyuan son una opción genial.

Si tenéis cualquier duda, dejadla en los comentarios 😃